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miércoles, 20 de mayo de 2026

Con treinta años de retraso

 

Foto: Diario Las Américas
 
 

A la hora en que escribo esto, el Departamento de Justicia de Estados Unidos todavía no hacía efectiva la anunciada acusación federal contra el dictador Raúl Castro. Lo acusan específicamente por haber ordenado el derribo de dos avionetas civiles sobre aguas internacionales el 24 de febrero de 1996.

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Las dos avionetas pertenecían a Hermanos al Rescate, una organización que desde 1991 utilizaba aviones Cessna 337 Skymaster para sobrevolar las aguas del estrecho de la Florida en busca de cubanos que escapaban en embarcaciones precarias del manicomio comunista cubano. Una labor encomiable. Miles de balseros le deben a estos patriotas sus vidas.

Por supuesto que eso encabronó a Fidel Castro, para quien todo lo que oliera a libertad tenía que ser eliminado. Lo primero que hizo fue infiltrar en Hermanos al Rescate a un espía deleznable. Se llamaba Juan Pablo Roque, quien escapó de regreso a Cuba unos días antes del derribo de los aviones. Antes del escape le robó todo a su esposa Ana Margarita, con quien se había casado legalmente el Día de los Inocentes de 1995. Un gran hijo de p... Como buen comunista e hijo de p…, Netflix le dedicó una película a él y al resto de sus compinches. Por eso no veo Netflix.

 

Foto: Martí Noticias

Les he contado que recuerdo exactamente dónde estaba aquel 24 de febrero, hace treinta años, cuando me enteré del derribo de los aviones de Hermanos al Rescate. Estaba en Sevilla; la noticia de que cuatro civiles que volaban en avionetas turbohélice desarmadas fueron asesinados por dos cazabombarderos supersónicos de la fuerza aérea del régimen cubano me marcó de por vida. La dictadura asesinando.

Y es que asesinando llegaron ellos a hacerse de los destinos de Cuba desde el 1 de enero de 1959. Incluso desde antes: ejecutaron a muchos campesinos que no simpatizaban con su ideología, asesinaron a civiles con bombas terroristas, asesinaron a pasajeros de aviones civiles secuestrados y asesinaron a miembros del gobierno que querían derrocar.

Luego, desde el 1 de enero de ese 1959, cuando Fidel Castro mandó a Ernesto Guevara a La Habana, el argentino tiñó los muros de la fortaleza de la Cabaña con la sangre de cientos de cubanos libres. En Santiago de Cuba, Raúl Castro —el hermano acomplejado— no quiso quedarse atrás y, a falta de muros, llenó de cubanos fusilados varias fosas comunes.

Y continuaron asesinando en pelotones de fusilamiento, en las cárceles y presidios. Asesinaron en tierras extranjeras a civiles inocentes, en guerras inútiles de esos dos hermanos Castro que se sentían generales. Asesinaron a familias con niños, hundiendo remolcadores y barcos desarmados. Asesinaron hasta a sus propios cómplices para mantenerlos callados. Castro y sangre son sinónimos. Castro y muerte, también.

Decenas de miles de cubanos asesinados por esos Castro. Más de mil presos políticos languideciendo hoy en las mazmorras de la dictadura. Ninguno de ellos tendrá justicia en la acusación federal del Departamento de Justicia. Esta acusación solo busca justicia para cuatro patriotas asesinados a mansalva sobre aguas internacionales. Estados Unidos defiende a sus ciudadanos.

Ayer Donald Trump salió con otra de esas de las que suelta a cada rato. Dijo que quería ayudar a Cuba —lo ha dicho antes—. Pero ayer dijo que quiere ayudar a Cuba con el régimen o sin él. Del carajo. Todo pinta que tendremos una Venezuela 2.0. Harán escapar o, si nos va bien, capturarán al harapo humano que es Raúl Castro hoy y dejarán a un equivalente a Delcy administrando el tinglado mientras los puertos de Cuba se inundan de verdadera ayuda humanitaria.

Un desenlace feo, pero sería el menos malo de los posibles. Para los cautivos de la isla cualquier cosa es mejor que la catástrofe humanitaria en la que sobreviven hoy.

Como dijo alguna vez Guillermo García, uno de los más vividores de la cúpula de la dictadura: “A tiros llegamos y a tiros hay que sacarnos”. Evidentemente, el vividor tenía razón. Lástima que hoy, 20 de mayo, aniversario 124 del nacimiento de la república de Cuba libre, no estemos los cubanos barriéndolos a tiros. Solo tenemos una acusación federal hacia un tirano nonagenario, acusado de un crimen que ocurrió hace treinta años; que paradójicamente ocurrió un 24 de febrero, aniversario 101 de la fecha en que los cubanos tomaron las armas para ganarse su libertad definitiva.

En aquella ocasión —aquella guerra de independencia iniciada el 24 de febrero de 1895—, el valor de los cubanos no resultó suficiente para ganarle al ejército de España. Tuvieron que ser ayudados por el de Estados Unidos. En esta ocasión, en 2026, Estados Unidos nos vuelve a ayudar, con treinta años de retraso y sin cubanos libres con las armas en la mano sacando dictadores. Estoy muy orgulloso de ser cubano, pero les confieso: en ocasiones como esta, siento un poco de vergüenza.

 

Foto: Periódico Cubano

martes, 24 de febrero de 2026

Las masacres en el mar de los hermanos Castro

 

Foto: Diario las Américas

 

Hoy se cumplen treinta años de día en que esbirros de la fuerza aérea de la dictadura cubana derribaron dos avionetas civiles sobre aguas internacionales en el estrecho de la Florida. Hace poco les conté cómo el instante en que supe la macabra noticia quedó marcado, para siempre, en mi memoria.

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La implosión de la Unión Soviética en 1991 había dejado al descubierto ante el mundo y ante los cubanos el sistema sobre el que Fidel Castro, el Orador Orate, había basado durante treinta años su improductivo manicomio. El fin de los subsidios soviéticos y la terca necedad del dictador barbudo arrojaron a Cuba a una crisis sin precedentes hasta entonces.

El mito de la llamada “revolución” dio paso a una descarnada realidad que llevó a una buena parte de los cubanos de la isla a enfrentarse a una supervivencia de todos contra todos. Apagones, escasez de alimentos y epidemias por hambre contrastaban con decenas de miles de turistas que se regodeaban por las calles de Cuba, buena parte de ellos disfrutando el más descarnado turismo sexual.

Castro había acusado de ser la puta de América a la Cuba que él extinguió; ahora la convertía en la puta del mundo, pero con las prostitutas más instruidas del planeta. Ya sabemos que el individuo siempre quería ser el primero en todo.

En agosto de 1994, cubanos cansados de tantos discursos llenos de retórica inútil, con sus estómagos vacíos y el hartazgo lleno, salieron a las calles a pedir libertad. Como muchas veces antes, y muchas después, fueron brutalmente reprimidos por la dictadura represora.

Esa chispa ahogada por la represión la recordamos como el Maleconazo.

Cuando la tímida administración de William Clinton protestó ante el abuso, el Orate, siempre abusador, abrió sus costas a quienes quisieran escapar del fracaso totalitario: un ataque migratorio contra Estados Unidos.

Ya lo había hecho antes, cuando Camarioca en 1965, y lo duplicó con el Mariel en 1980. Camarioca y Mariel son dos bahías en la costa norte del occidente de Cuba.

Unas semanas después se produjo lo que conocemos como la “crisis de los balseros”. Si el éxodo del Mariel no lo viví de cerca por ser solo un niño, esta estampida de frágiles e improvisadas balsas sí la experimenté de cerca. Por entonces vivía frente al mar y vi a decenas de cubanos lanzar a ese mar varias de esas balsas que apenas flotaban.

No se sabe el número de cubanos que intentaron escapar del manicomio totalitario a través de ese mar que yo conocía tan bien, ese mar que yo temía tanto, precisamente por conocerlo. Sabemos que más de treinta mil de ellos fueron interceptados en ese mar y trasladados a la Base Naval de Guantánamo.

Clinton, atemorizado por otro Mariel, los mandó al limbo migratorio por un buen rato. Luego dejó entrar a la mayoría a Estados Unidos, pero a continuación les regaló a los hermanos Castro una ley que conocemos como “pies secos, pies mojados”.

Si un cubano llegaba a pisar territorio norteamericano sin ser capturado antes, tenía derecho a acogerse a la llamada ley de ajuste cubano, una legislación que por décadas nos abrió las puertas de la libertad a los cubanos amantes de la libertad, y a algunos otros también, que conste.

Un regalo de Clinton a los hermanos asesinos. Tenía Guantánamo lleno de balseros cubanos, sabía que Cuba estaba llena de futuros balseros y lo más probable es que ya por entonces le hubiera puesto los ojos a una jovencita llamada Monica que andaba por los pasillos de la Casa Blanca.

Con este regalo a los dictadores, Clinton les dio un duro golpe a las esperanzas de libertad, de salvación, de muchos cubanos. Mi generación y las que me precedieron crecimos sabiendo que teníamos la posibilidad de reiniciar nuestras vidas en algún momento, en medio de leyes y libertad.

Yo personalmente, en 1994, todavía creía que iba a ser testigo del colapso de esa dictadura inepta y empobrecedora. Cuando vi que la gente de Clinton y la del Orate conversaban y decidían nuestro destino a espaldas de nosotros, me percaté de que no los vería caer y comprendí que, si quería ser libre, no lo sería en esa isla sin futuro.

En 1995, gracias a Dios sin necesidad de una balsa, partí para siempre, a comenzar mi vida de extranjero, huyéndole a la hoz y al verde olivo, a tirarme a la maroma. Aquello que “venía llegando” nunca llegó.

Lo que llegó, el 24 de febrero de 1996, fue que esos mismos dictadores con los que Clinton había negociado mandaron derribar dos avionetas de Hermanos al Rescate en aguas internacionales. Las circunstancias que llevaron al encuentro entre tres avionetas civiles, desarmadas, y dos cazabombarderos supersónicos de los tiranos son debatibles.

El derribo de dos de ellas, matando a cuatro patriotas, no lo es. Fue un asesinato, una masacre.

Una más: en 1980 lo habían hecho en el río Canímar; luego, en julio de 1994, antes de la rebelión del Malecón, lo hicieron con los tripulantes del remolcador 13 de marzo. Siempre asesinando civiles, hombres, mujeres y niños.

Hoy algunos piden que Raúl Castro sea enjuiciado por asesinar a cuatro patriotas que promovían la libertad de Cuba. No lo veo mal, pero lamentablemente ese 24 de febrero de 1996 no fue el único día en el que este acomplejado, y su barbudo hermano, no dudaron en ordenar matar a cubanos que solo querían escapar en busca de esa libertad.

En estos días en que dicen que Marco Rubio conversa con alguien en La Habana, no olvidemos a Armando, a Carlos, a Mario y a Pablo. Cuatro patriotas.

No olvidemos a los miles asesinados directamente por esos asesinos, a los miles desaparecidos en el mar o en inhóspitas tierras intentando ser libres.

Asesinos cobardes, abusando siempre de civiles desarmados. Como dijo Madeleine Albright días después del asesinato de Armando, Carlos, Mario y Pablo, los dictadores no tienen cojones, son cobardes.

No veo la hora de que paguen por todos estos asesinatos, de que paguen por el crimen de haber llevado a Cuba a la catástrofe humanitaria en la que hoy sobreviven sus cautivos.

 

Foto: Diario las Américas