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viernes, 28 de agosto de 2026

La malignidad del gen comunista

Foto: PCC
 
 

Hay personas en la vida que son admirables, dignas, merecedoras de respeto, excelentes en lo suyo, incluso patriotas. Para mí, un patriota, en el tema de la libertad de Cuba, es mi hermano o mi hermana de lucha.

Eso cree uno: que por la Cuba libre se es un libro abierto, que incluso te doblegas por respeto a la edad y a la trayectoria. Nunca he sido un héroe y no lo pienso ser. Nada más lejos de mi esencia. Yo trabajo bajo la sombra de los flamboyanes que extraño.

Pero, coño, ya llevo casi seis décadas en esta dimensión. Nací en un tablero de ajedrez en el que Frank Domínguez —cubano sin igual— me dijo que somos caballos sin tablero en que saltar. Y ese tablero, a Frank (cubano como nadie) y a mí, nos lo metieron con tan pocos cuadros que no pudimos jugar bajo esas reglas: las reglas de una dictadura que nos impusieron.

Yo nací en 1969, bajo el cepo totalitario de un Orador Orate que me hizo creer —encantador de serpientes— que yo y mis amigos éramos unos niños privilegiados de un magnífico proyecto. Éramos los elegidos frente a tanto sufrimiento de los niños —como nosotros— de lo que llamaban Tercer Mundo.

Yo nací en un país esclavo que fue un país libre —en el que incluso los comunistas proscritos operaban como Blas por su casa— hasta que entregó su libertad a ese Orador Orate de la mano de esos comunistas que florecieron en una democracia permisiva.

Yo nací bajo una dictadura; me inocularon el germen de ese totalitarismo energúmeno. Inoculado, pero rechazado por mis genes libres. Dios me dotó de libertad desde niño. Me dotó también de bondad, de hombría, de decencia, de humanidad.

Le doy gracias; como le doy más a quien me lo regresó como avalancha consecuencia del mal: gracias a quien es mi vida, que me acercó de nuevo a Dios, a Martí, a la Cuba limpia, la soñada, por la que vivo y la que lograré sin dudas.

Hoy me tiran lodo, fango, desde la misma trinchera desde la que limpio —completamente limpio— lucho por la libertad de mi Cuba perdida. Palas de lodo sobre los que no hacemos más que trabajar por la Cuba libre. No me comparo con ese muchacho vecino del Arsenal de La Habana que nació aquel enero de 1853.

Nunca: no le llego al tacón gastado de sus zapatos caminando ciudades por la libertad de nuestra isla bella, de nuestra nación naciente. Al contrario: soy zócalo de un pedestal que solo sueño construir. Pero como él, con sus zapatos gastados de hacer patria, recibo estiércol inmerecido.

Martí recibió toneladas de estiércol inmerecido; sencillo como solo él pudo ser, lo paleó por Cuba. Yo soy un mosquito comparado con el fundador de la nación por la que vivo. Me pueden tirar la cagarruta de una mosca: la quito de en medio y pienso en Martí, pienso en mi Cuba libre, próspera y feliz.

Pienso en las calles de esa Habana abandonada que reconstruiré de la mano de mi amor. Del Milagro que Dios me mandó.

Los genes del comunismo desaparecerán de nuestra Cuba refundada; la malignidad intrínseca será filtrada, eliminada. Los genes del comunismo son malignos y perduran, nacen, florecen. Incluso lo hacen en personas aparentemente decentes, pero que ahí lo incuban y les florece.

La Cuba libre, la que viene, viene limpia, como agua de manantial cubano, cristalina. Lo sucio, el gen del comunismo, inevitablemente será sepultado muy lejos de la patria que Martí soñó, que fundó y que esos comunistas nos arrebataron hace tantos años.

Y ahí sigue, increíblemente, incluso entre los que han tenido que escapar del mal del comunismo: les retoña el mal.

Lo traen en los genes.

En la Cuba libre que viene tendremos la savia libre y limpia que neutralizará esa ponzoña.

Limpia, nuestra patria será limpia: la que Martí soñó. Coño, solo esa.

Limpia, pulcra, decente.

Nuestra, y pronto libre. Y siempre limpia, decente, próspera y feliz.

 

Foto: Prensa Latina.

lunes, 3 de agosto de 2026

En Cuba la comida abundaba y hasta sobraba

 

Foto: delcampe.net
 
 

Las generaciones de cubanos nacidos en la isla después de que Fidel Castro se la robara hace sesenta y siete años han crecido creyendo que su tierra natal siempre fue un territorio pobre y desabastecido. Lo han creído porque el totalitarismo comunista que nos impusieron desde octubre de 1960 convirtió a lo que fue un país próspero y autosuficiente en un territorio pobre y desabastecido.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

No solo eso: la narrativa oficial de ese totalitarismo comunista se empeñó —y lo logró bastante— en borrar el pasado de prosperidad y autosuficiencia que el propio sistema destruyó en pocos años. Los inicios de la conversión de Cuba en un país parásito e improductivo lo he contado en mi libro Se acabó la diversión.

Fue un proceso muy rápido. Tan solo tres años después de que Fidel Castro y su pandilla convirtieran un país en finca privada, tuvieron que implantar, en 1962, el racionamiento de alimentos y productos básicos. Al principio dijeron que sería una medida temporal, pero duró sesenta y cuatro años, hasta 2026, cuando ya fue eliminado.

Y no fue eliminado porque en 2026 abunden los alimentos, como abundaban antes de que los cubanos entregaran sus destinos a ese Orador Orate. No: la Junta Militar de Barrigones que heredó la finca miserable ha eliminado el racionamiento porque ya no tiene nada que racionar. Ya no tiene alimentos con qué alimentar a los mismos a los que impide producir alimentos. Un poco más y culparán a los cubanos de querer comer, tomar agua, bañarse y hasta respirar.

Son generaciones —me incluyo en ellas— que crecieron en un país que siempre tenía dificultades, que siempre tenía problemas para cumplir planes de producción. Que si el bloqueo, que si la falta de piezas de repuesto, que si la sequía, que si las lluvias, que si el moho azul o la roya de la caña. Siempre era algo.

Y les digo: no siempre fue así. Es más, nunca, hasta la llegada de esos bandidos barbudos, Cuba sufrió de escasez de alimentos. Nunca. Durante los casi cuatro siglos y medio antes de que ese vago pichón de gallego resentido se apoderara de un país próspero, pujante y funcional, nunca esa fértil isla sufrió de una escasez generalizada de alimentos.

Me dirán que sí, que cuando Valeriano Weyler encerró a miles de campesinos sí hubo hambre. Y tienen razón: miles de cubanos murieron de hambre por la nefasta —pero efectiva, aunque duela decirlo— política de reconcentrar campesinos en los pueblos de Cuba. Hambre por falta de suministros y porque las cosechas de los campos de Cuba eran quemadas consuetudinariamente por las fuerzas insurrectas, por los mambises.

Excepto esos dos o tres años, nunca en Cuba hubo escasez de alimentos. Nada parecido a lo que empezó en 1960 y tiene hoy a más de ocho millones de cautivos viviendo en condiciones primitivas. Y ya ven que soy historiador —o al menos creo que lo soy— y, escribiendo la historia de esa isla que llevo en mí, encuentro cosas que no solo me indignan ante la miseria actual, sino que me llenan de esperanza para ese futuro que ya vemos en el horizonte, y que no es utopía.

Les he contado historias parecidas a la que les voy a contar ahora, la de hoy es de mediados del siglo XVIII, hace más de doscientos cincuenta años. Les he contado descripciones similares a esta, pero que datan de los siglos XVI y XVII, hace una pila de años. Y desde hace una pila de años, durante toda su historia hasta la llegada del comunismo totalitario, en Cuba abundó la comida.

No me crean a mí; créanle a Nicolás Joseph de Ribera, un habanero que nació a finales de los 1600 y creció en una ciudad que crecía y se ennoblecía por entonces. En 1760, siendo profesor de la Universidad de San Jerónimo, escribió una Descripción de la Isla de Cuba para enviarla a España con algunas recomendaciones para el gobierno metropolitano.

Y lo que describe nuestro paisano Joseph es un país maravilloso. Miren un ejemplo:

Toda la isla está cubierta de florestas y bosques siempre verdes, que la hermosean mucho. Por partes abunda en sabanas que son dehesas pingües, que producen mucho pasto de ganados. Su inmensa arboleda es, o frutífera o de preciosas maderas. Su tierra es feracísima, lleva bien trigo, arroz, millo, maíz, garbanzos, chícharos, gandules, caballeros, congos, judías, con otras mil especies de frijoles y generalmente cuantos granos se conocen.

Abundan mucho la yuca, ñames, jengibre, batatas, jícamas, y otras raíces sabrosas e importantes. Son muchas las especies de sus frutas, saludables y grandes; cuales piñas, cimarronas y de Cuba, mameyes, zapotes, dominicos y colorados, plátanos machos, hembras, y guineos, papayas, aguacates, guanábanas, mamones, anones, nísperos, caimitos, jaguas, guayabas, cocos, corojos, granadas, naranjas y limones; también de muchas especies; y en abundancia extrema, cidras, limas, toronjas, melones, sandías, pepinos, y una infinidad de frutas pequeñas, como dátiles, uvas, ciruelas, jobos y otras. Las calabazas de todo género son abundantísimas y generalmente toda [la isla] está llena de frutas, semillas y otras producciones gustosas y de buen alimento. La caña dulce se da con gran abundancia en todas partes, el tabaco es común, el añil lo produce la tierra sin sembrarlo. Viene bien el café. El cacao con bastante prontitud y críanse las vacas y caballos de la raza de Andalucía con tan gran abundancia que en muchas partes los hay sin dueños, y en todas andan sin pastos. Los cerdos son infinitos, y de mejor gusto que en España.

También hay ovejas, pero pocas, porque siendo tan delicadas necesitan del cuidado y pasto que allá no se usan. Hay burras y mulas muy fuertes. También hay cabras, y, en fin, cualquiera especie de animales se produce allí con abundancia.

De aves domésticas hay pavos reales y comunes, patos, gallinas, pichones. De la caza y grandes, las que llaman gallinas de Guinea, muy sabrosas, los cocos y los guariados. Las cayamas, los flamencos, las guananas y las grullas, las palomas (de muchísimas especies), las perdices, los patos, de tres clases, las yaguasas y otras diferentes.

Y así continuó por largos y hermosos párrafos, describiendo una isla hermosa. Joseph termina su descripción diciendo que Cuba "no tiene animal ponzoñoso, ni fieras".

En esto no se equivocó: en su época, hace más de doscientos años, no había animales ponzoñosos ni fieras en esa isla hermosa. Las fieras ponzoñosas llegaron en enero de 1959 y destruyeron toda la prosperidad que, desde antes de los tiempos de Joseph y mucho después, bendijo siempre a Cuba hasta que llegaron Fidel Castro y sus bandidos a demolerla.

Nicolás Joseph de Ribera nos recuerda un país hoy demolido. Nos describe una abundancia tal que, confiéselo, entre los productos que menciona hay muchos que ni usted ni yo hemos conocido. El totalitarismo comunista ha demolido tanto que la Cuba de hoy es irreconocible en un espejo de hace más de doscientos años.

Espejo que, gracias a la historia, nos servirá para reconstruirla, refundarla y volverla a convertir en una isla próspera, autosuficiente, feliz y, sobre todo, libre. No sé usted, pero a mí me encantaría probar, por primera vez en mi vida, una jagua, o volver a comer un jobo producido en la fértil tierra de la que tuve que escapar para ser libre.

Comunismo es igual a miseria, es igual a fieras, es un animal ponzoñoso. Lo digo yo y lo dice la historia. Durante 450 años la comida abundaba y hasta sobraba en aquella Cuba. Todo eso fue desapareciendo durante los últimos sesenta y siete años.

Comunismo es igual a miseria.

 

Foto: Martí Noticias

lunes, 29 de junio de 2026

Mensaje desgarrador

 

Foto: Ancopnoticias.mx

 

Disfruto mucho leer los comentarios a los videos que subo a mi canal de YouTube. Generalmente son positivos, provenientes de personas que desean y sueñan —como yo— ver una Cuba libre, próspera y feliz.

No solo Cuba, sino también Venezuela, Nicaragua y otros muchos países azotados por esa gangrena maligna que de fantasma pasó a realidad en 1917. Más de cien años hace, y todavía renace y renace; maligna gangrena.

No todos los comentarios son positivos, por supuesto. Otros —que también disfruto— me ponen como “botija verde” —diría mi madre—, o me dicen que tengo acento mexicano o guatemalteco, me llaman calvo —que lo soy, o casi—, equivocado o desubicado.

En realidad, disfruto todos los comentarios; la humanidad es plural y es un reto entenderla.

Hay comentarios que sí me hieren. Hubo uno en el que me dijeron “falso, hipócrita, fingido”. Incluso extorsionándome; a mí, que extorsionarme significa retarme a dar batalla y solucionar todo de un tajazo. Y lo hice. Sin regreso.

Lo peor es que provino de alguien a quien estimo mucho. El tajazo —qué americanismo tan certero— no se lo di al atacante; me lo di yo mismo, para que la cicatriz no me deje olvidar la agresión injustificada e inesperada. Inolvidable.

 Perdón por el desvío; así funciona mi mente. Pone a un lado lo malo y disfruta mucho, muchísimo, lo bueno. Por eso disfruto mucho los comentarios a los videos que suboa mi canal de YouTube.

Sin embargo, ayer leí uno que puso mis pies sobre la tierra. 

Un comentario, positivo hacia mis decires, pero que me mostró la verdadera situación de los cautivos de nuestra isla amada. Una muestra del abandono y desolación con que sesenta y siete años de gangrena maligna han aplastado a los habitantes de un país hoy perdido.

Un comentario que hace que hoy, más que ayer y menos que mañana, me dedique más a hacer todo lo posible —e imposible— por extirpar esa gangrena persistente. Un reto de vida.

Llevo más de tres décadas viviendo y creciendo en libertad. Ayer me hicieron recordar lo que es vivir bajo la bota de esa gangrena que es el totalitarismo comunista:

@cubanoenlaisla   14 hours ago

Sí, vivo en Cuba y es así, lo que pasa es que los que vivimos aquí no tenemos las condiciones para hacer un cambio verdadero. Estamos atados de pies y manos. Solo con ayuda internacional.


 Sin aspavientos, sin alardes, sin dramatismo. El retrato de un ser humano atado de pies y manos.
Ese cubano cautivo me hizo recordar esa sensación de invalidez. La viví, hace más de treinta años. El éxito para el totalitarismo de atarte de pies y manos. Invalidez.
Gracias, cubano en la isla. La libertad viene. En eso trabajamos todos.

Foto: Diario de Cuba