domingo, 8 de noviembre de 2026

Con Ernesto en un Tren

 


Ayer, mi hermano Ernesto publicó un video en donde conversamos sobre Cuba, cuando no era libre, pero era próspera. Hablamos de una Cuba que no le tenía miedo al progreso, de una isla que construyó el primer ferrocarril de Hispanoamérica.

Escribí un libro sobre eso, y lo conversamos con Ernesto. Siempre soñando con nuestra Cuba libre, próxima. Cuba libre viene pronto, nos espera mucho trabajo.

Dice un proverbio suizo: "Las palabras son enanos, los ejemplos son gigantes". 

Les dejo aquí el epílogo de ese libro, un tren que es un hogar hermoso, un milagro eterno:


A partir de 1763, Cuba se fue convirtiendo en la locomotora económica del reino. Para continuar y expandir su desarrollo, su pujante clase de hacendados y comerciantes no dudó en emplear todos los adelantos que la Revolución Industrial le ofrecía. Se trataba de avances no disponibles en España, sino en Inglaterra y en los jóvenes Estados Unidos, a los que los criollos tanto habían ayudado durante su guerra de independencia. Cuando el pésimo estado de los caminos de la isla se convirtió en un lastre frente a la competencia de otros puertos del trópico, los hacendados y comerciantes de La Habana no titubearon en lanzarse a probar la novedosa tecnología que tanto éxito estaba teniendo en tierras anglosajonas. 

Y era, en verdad, una novedad sin precedentes. Durante doscientos cincuenta mil años, el ser humano se había valido de su propia motilidad o de la fuerza animal para transportarse por tierra; la mayoría de la humanidad nunca viajó muy lejos de su lugar de nacimiento, y nadie se movió a más de treinta kilómetros por hora. Todo eso cambió con el ferrocarril, un cambio de paradigma comparable al de la imprenta o al de la máquina de vapor de la que nació. El ferrocarril fue el que puso a la humanidad sobre ruedas. Le dio movilidad. Y Cuba la tuvo antes que España, antes que casi todo el mundo.  

Esta es la historia documentada de esa gran obra. Es también el relato de la metamorfosis de una isla que durante siglos fue devota de España, pero en la que, tras las independencias continentales, germinaron sentimientos de nacionalidad y de marcadas diferencias con su metrópoli. España tampoco hizo nada por atenuar esas divergencias; al contrario: desde la Constitución de 1812 en adelante comenzó a labrarse una grieta entre criollos y peninsulares que terminaría convirtiéndose en un abismo infranqueable entre cubanos y españoles. Un abismo que, tras varias escaramuzas, tronará por primera vez de forma tajante el 10 de octubre de 1868.   

El ferrocarril no abrió esa grieta, pero la dejó ver. En su disputa se alinearon un capitán general peninsular y un superintendente criollo, y sin embargo los bandos nunca fueron tan nítidos: Ezpeleta, criollo como Villanueva, terminó enfrentado a él, y Villa Urrutia y Herrera, que juntos habían gestado el proyecto, acabaron en orillas opuestas. Esta es, en última instancia, la historia de dos grandes egos.  

Dos egos que, aunque se despreciaban mutuamente, hicieron mucho por el desarrollo y el avance del país. Miguel Tacón, autoritario e intransigente, lo saneó y mejoró como nadie lo había hecho antes; Claudio Martínez de Pinillos, altanero y avaricioso, fomentó la prosperidad de la isla y engordó las arcas del reino. Cada uno desde su trinchera, atacándose sin tregua, contribuyó a la bonanza de Cuba hasta llevarla a ser más próspera que su propia metrópoli. 

Y los dos tenían razón. Lo dijo por escrito, en 1839, la Sección del Despacho de Ultramar: ambos exponían argumentos válidos y ambos los usaban según su conveniencia, en una pugna que tuvo más de temperamento que de técnica. Tacón acertó en lo esencial, la terminal en la bahía, y el tiempo le dio la razón cuando, en 1912, los trenes llegaron por fin a la Factoría; Villanueva acertó en lo demás, en hacer el camino, en hacerlo ya y en pagarlo con dinero de Londres que ningún acreedor habanero le habría prestado sin condiciones.  

Los expedientes que sostienen este libro muestran a los dos, alternativamente, como manipuladores y calumniadores, y como funcionarios leales y excelentes. Se odiaron durante ocho años y no se pusieron de acuerdo en nada, salvo en una cosa que ninguno habría reconocido: que Cuba merecía un ferrocarril, y que había que hacerlo ya. Lo hicieron. El resto es lo que este libro ha contado.



sábado, 7 de noviembre de 2026

Felicidades, mami y papi

 


Un día como hoy, hace sesenta y siete años, mis padres unieron sus vidas en matrimonio. Dos guajiritos recién llegados a una Habana que pronto cambiaría para mal durante esos mismos sesenta y siete años.

Los dos venían de excelentes familias. Gente noble y trabajadora, personas discretas que, juntas, se disponían a trabajar para crear una nueva rama de esas familias.

Ahorraron y compraron su propio negocio. No sabían que cruzando la avenida estaba la sede de un mal que destruiría a Cuba durante esos mismos sesenta y siete años. 

Un nido de ratas ponzoñosas que aún hoy siguen haciendo daño. Las ratas solo saben hacer daño, lo traen en la sangre.

Hoy mis padres sobreviven en la tierra donde están sus muertos, los que no pudieron abandonar. Hoy sus hijos tienen que vivir fuera de ella. 

Decía José Martí, que tanto dijo e hizo: sin Patria pero sin amo. En nuestro caso no solo es sin Patria, sino también sin padres. Sin padres, pero sin amo.

¡Felicidades, mami ypapi!

No veo el día en que pueda abrazarlos en nuestra Cuba libre.


viernes, 6 de noviembre de 2026

No tienen perdón

 

Foto: TranslatingCuba

Sesenta y siete años mintiendo, destruyendo y reprimiendo.

Mientras los cubanos mueren de hambre y miseria, desde aquí, desde Estados Unidos, les han vendido a esos dictadores disfrazados de mypimes, más de 1 000 000 000 de dólares. 

¿Donde están?

No tienen perdón.

Foto: Infobae

jueves, 5 de noviembre de 2026

Paliza merecida

 

Foto: BBC
 

El 12 de octubre pasado les dije que quien no viera las imbecilidades que estaba haciendo Donald Trump tenía que estar ciego. Hace unos días amanecimos con la noticia de que el Partido Demócrata barrió el piso con los republicanos.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

Y lo barrió por Trump, no por nadie más, aunque pedirle que lo reconozca es tan difícil como reconstruir Cuba.

Hace tres semanas les dije lo siguiente sobre su actuar:

 

Se metió en una guerra que no puede ganar.

Lloriqueó por un premio inútil y se lo quitó a una mujer.

Hace tratos con un asesino ruso con tal de aplacar el desastre energético en el que él mismo metió al mundo.

Le pone tarifas comerciales a sus aliados y le hace concesiones a nuestros enemigos.

Extrajo a un dictador y dejó una dictadura ahora servil, pero igual de corrupta y asesina.

Desprecia a un valiente ucraniano para admirar a ese mismo asesino ruso con el que hace tratos.

Declara que Cuba es un problema mientras negocia con su dictadura y la abastece de combustible para reprimir.

Ya sabremos hasta dónde llegan los actos de corrupción que cada día asoman más.

Moral y decencia opacados por un ego senil.

 

Eso les dije hace tres semanas.

Olvidé decirles que bajo su mando el U. S. Inmigration and Customs Enforcement, conocido como ICE, ha capturado y deportado no solo a criminales y convictos, sino a miles de inmigrantes que llevaban años en Estados Unidos, trabajando decentemente.

En aras de arreglar el desastre migratorio que dejó Joe Biden, los agentes de ICE han capturado a miles de personas decentes cuyo estatus migratorio podría regularizarse. Gente con raíces, con familias ya aquí asentadas.

Por eso Texas es hoy azul demócrata en vez de republicano, y así otros estados, ciudades, condados, etcétera.

La soberbia tiene consecuencias. Las promesas populistas no cumplidas tienen consecuencias.

Este martes inició la carrera hacia el 2028. Este martes, eso que llaman socialismo entró al poder legislativo federal.

Nosotros, los cubanos, venimos del futuro. Este martes no fue un buen día para nosotros.

Ojalá Trump y los republicanos hayan aprendido la lección después de la paliza que se ganaron a pulso. No lo creo, pero ojalá.

Paliza merecida.
 

Foto: National Review

Amar La Habana

 


No sé si ustedes saben que nací en La Habana. Crecí en La Habana, aunque antes de los dieciocho años ya había recorrido toda Cuba. Bueno, no toda, me faltó conocer Baracoa, Guantánamo, Maisí y el cabo de San Antonio.

Me gustó toda Cuba, qué isla tan hermosa. Creo que sí saben cuánto la quiero, cuánto me duele verla arruinada y de rodillas y cuánta sed de justicia tengo hacia quienes la han destruido y hoy mantienen a mis paisanos muriendo en medio de una catástrofe humanitaria. 

Dice mi Dios que uno no debe odiar, pues perdóneme, Señor, eso se siente al ver a esos esbirros y sus cómplices no solo reprimiendo y aplastando a los cubanos, sino enriqueciéndose a su costa. 

Y saben que no veo nada malo en enriquecerse, al contrario. Pero el dinero, la riqueza, se hace creando riqueza, no robándola.

Pues bien, perdón por tanto rodeo. Amo a mi bella Cuba, a la que reconstruiremos pronto, pero adoro a mi Habana. Antes de los dieciocho recorrí toda Cuba, ahora, llegando casi a la edad de Matusalem, he recorrido medio mundo. Y les digo algo, como La Habana no hay dos.

Créanme, la he recorrido, la recorrí toda. Cientos de veces, la conozco mejor que a la palma de mi mano. Conozco La Habana, créanme.

Y miren qué hay lugares y ciudades que me gustan. Muchas. Pero como mi Habana no hay dos.

Y les voy a contar un secreto —quien me revisa estos textos se va a encabronar—, estoy terminando el primer volumen de una historia de mi ciudad favorita en el mundo. 

Le escribí a una historia a la ciudad donde nací, a la de mi milagro divino, a la ciudad en la que nació mi hija, esa misma por cuyas calles reconstruidas pasearé con mi nieto, y con la Luna milagrosa de voz suave, si me va bien. Con mi Milagro, claro está.

Falta aún para publicar el libro, ando liado promoviendo El tren de los egos. Pero como la paciencia no entra entre mis virtudes —no es que tenga muchas, la verdad—, no me pude aguantar contarles la nueva.

Y es que hoy estuvimos jugando con qué portada llevaría el libro. Jugamos a ver hasta qué título le pondría. Hoy se llama Piedras y Aguas: Historia documentada del nacimiento de La Habana (1519-1702).

No es el título definitivo, no lo sé. 

Ni la portada, pero como soy desesperado y tengo confianza en ustedes, aquí se lo anuncio.

Se aceptan sugerencias, que les preste atención —pregúntenle a la encabronada—, es otra cosa.

Lo principal es nuestra Habana, no la perdida, sino la que viene, la eterna. 

Ah, y Cuba libre. Cuba libre, siempre.


 

miércoles, 4 de noviembre de 2026

La impotencia de ser cubano

 

Foto: Facebook
 

Anoche hablaba yo con las “muchachitas”, invitado por Vilma y Diego, dos pilares de Cuba libre, a quienes cada día aprecio más. Las "muchachitas" son un grupo de bellas e incansables jóvenes que llegaron al exilio allá por los principios de la década de 1960, y ayer hablando, como siempre, caímos en el tema de la catástrofe humanitaria que asola —o asuela, da igual— a nuestra bella isla hoy. Todas ellas nacieron en aquella Cuba libre y próspera —imperfecta pero autosuficiente—, y sesenta y tantos años después aún la llevan en el corazón.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

Hablábamos de mi nuevo libro El tren de los egos, cuyo contenido se desarrolla entre 1834 y 1842. Por entonces, Cuba pertenecía a España y disfrutaba de una gran libertad económica, mas no política. Eso sí: los peninsulares y criollos —todos españoles— más afortunados no dudaron en construir el primer ferrocarril del Reino de España cuando vieron las posibilidades que ofrecía ese invento que apenas empezaba a transformar la actividad humana.

Lo hicieron por codicia, por emprendimiento, por producir más y ganar más. Lo hicieron por capitalistas. Corrieron el riesgo de invertir capitales en una empresa desconocida y —luego de las típicas dificultades— triunfaron. Lo hicieron por sus bolsillos y también por su tierra: aquella Cuba española.

Construyeron ese primigenio ferrocarril empleando a irlandeses y canarios contratados, y a prisioneros enviados a Cuba por pelear en el bando contrario a la monarquía en las guerras carlistas que asolaban —asuelaban, da igual— a España. Emplearon también a esclavos: la prosperidad de Cuba en esa época se levantaba sobre el sudor y el dolor de ese horror humano.

Eso sí, como se ve en el libro, los irlandeses y los canarios sufrieron más en esta obra que los propios esclavos. Construir un ferrocarril en la tercera década del siglo XIX era una dolorosa proeza: en Cuba, en Estados Unidos o en Rusia. Difícilísimo en cualquier parte.

De eso hablábamos anoche en la “peña de las muchachitas”: de aquella Cuba antes de su independencia que avanzaba hacia la prosperidad a base de trabajo esclavo y acometimiento capitalista. Pero no tardamos mucho en llegar a lo que nos preocupa hoy, a lo que nos ocupa, a nuestra Cuba actual, llena de esclavos y con un acometimiento capitalista que ya no se basa en la competencia, sino en la complicidad.

En los tiempos en que se construía el ferrocarril del libro, los dueños de esos esclavos y los patrones de los irlandeses y canarios estaban obligados a alimentarlos, proveerles de techo y de atención médica; a los dos últimos, también de paga —una miseria, pero paga al fin—. En la Cuba de finales de 2026, los que actúan como dueños de los cubanos de la isla los explotan, los maniatan para impedirles producir su propio bienestar, les venden comida que no pueden pagar, les arruinaron los hospitales y sus casas y, si protestan, los encarcelan o los destierran.

Y anoche las “muchachitas” me preguntaban —con una preocupación muy genuina— por qué los cubanos de la isla no se rebelan contra esos impostores, a la vez asesinos, ineptos, corruptos y empobrecedores. Pregunta genuina: la Cuba donde ellas nacieron venía de una tradición de valentía, coraje, dignidad e intrepidez. Todo eso con su toque revoltoso, que así era.

Quizás por ese mismo ímpetu de los cubanos de la Cuba donde estas jóvenes nacieron es por lo que estamos aquí hoy, por lo que nuestra bella isla sufre hoy.

Fidel Castro y su pandilla fueron uno de los resultados de aquella sociedad libre, próspera y sin restricciones económicas. El Orador Orate era un experto en hablar tonterías y manipular a la gente, pero más que todo era un astuto gañán que pronto comprendió que para mantener su poder debía eliminar a la misma sociedad que le permitió llegar a él.

Un ciudadano próspero es un ciudadano libre; un ciudadano —en el sentido legal— tiene derechos. Entre 1959 y 1961 el Orate dio su golpe más fuerte y contundente —no sería el único— contra esa sociedad en la que él, su hermano acomplejado y el resto de la pandilla crecieron. Contra esa sociedad en la que nacieron mis jóvenes “muchachitas”.

Durante sesenta y siete años los cubanos de la isla hemos sido —por el rato que me tocó vivir en aquella granja— no ciudadanos, sino animales de granja. No fuimos —son— mascotas; ni eso. A una mascota la cuidas y la mimas; a un animal de granja lo alimentas y lo dejas encerrado. Si se enferma, lo curas.

Así nos tuvo el Orate mientras los soviéticos le mantenían la finca. La Junta Militar de Barrigones que heredó sus ruinas ya no hace ni eso. Ahora los animales de esa granja —como los de los zoológicos de la isla— no son alimentados ni reciben atención médica. Eso sí: siguen encerrados, maniatados, y si protestan, ya ustedes saben lo que sucede. Impotentes ante el poder omnímodo y criminal.

Y esa situación de impotencia la vivió quien suscribe: anoche se lo contaba a las "muchachitas". Y es más: recuerdo exactamente el día y el momento en que —muy joven— me percaté de mi condición de animal de una granja pésimamente administrada.

Iba yo, con dieciocho años, cruzando la calle 3ra del Vedado. Había bajado once pisos por las escaleras de un horrendo edificio donde tenía la suerte de dormir bajo techo. Un parabán socialista clavado en una Habana repudiada por el barbudo gañán.

Iba cruzando esa calle —trazada en la Cuba próspera de las “muchachitas”— luego de bajar once pisos con unos zapatos que me quedaban grandes —regalados, por supuesto— y me dirigía a la “bodega” que estaba a dos cuadras. La libreta, o cartilla de racionamiento, en la mano, con mis zapatos grandes caminando hacia la bodega: un edificio socialista igual de feo que el parabán de once pisos.

Y caminando frente a lo que quedaba del Centro Vasco, con los zapatos grandes, las ropas desteñidas y la libreta de racionamiento en la mano, camino a una fila o cola de otros iguales que yo, comprendí la impotencia que se siente al ser un humano convertido en un animal de granja, de rebaño.

Yo estaba ahí no porque quería, no porque lo hubiera decidido. No calzaba zapatos grandes porque me gustaran grandes, no vestía ropa vieja porque fuera la moda, no iba a un supermercado a comprar lo que se me antojaba. No: yo estaba ahí, en esas condiciones, porque el dueño de la granja y sus mayorales así lo habían decidido.

Lo peor no fue darme cuenta de mi humillante situación; lo peor fue percatarme de que no solo estaba así por decisión de otros, sino de que en mis circunstancias no tenía opción alguna para remediarlas. Estaba impotente ante un Estado que en realidad era una gavilla de bandidos.

El Orador Orate, a la par que arruinaba a Cuba con su narcisismo de hijo de papi, nos eliminó —inteligente y despiadadamente— a los cubanos de la isla cualquier posibilidad de ejercer nuestra propia voluntad. Por entonces yo era muy joven, pero en ese mismo momento —hace cuarenta años— otros cubanos valientes se levantaban ante esos bandidos defendiendo el derecho de todos nosotros.

Unos fueron asesinados, los más encarcelados y otros desterrados. Eso sucedió hace cuarenta años. Hoy el método es el mismo. Cautivos en una granja, y a quien se ponga de pie le aplican lo mismo: muerte, cárcel o exilio. Eso sí: la granja es hoy ya una ruina total y el rebaño sigue igual de impotente, pero cada vez más despierto y consciente de su situación.

Huyendo de la impotencia de ser un animal de granja en la finca de unos bandoleros, brinqué la cerca y escapé. Antes y después de mí, otros millones han hecho lo mismo. En la finca destruida quedan millones más de mis paisanos, abandonados y desamparados ante los ineptos desalmados que heredaron la dictadura del siniestro Orate. Abandonados y desamparados por los mismos que los mantienen encerrados.

Hace cuarenta años quien suscribe —con dieciocho años, zapatos grandes y libreta de pobreza en mano, cruzando la calle 3ra después de bajar once pisos— se dio cuenta de su situación de impotencia y decidió tomar en sus manos el rumbo de su vida. El rumbo que fuera, pero en libertad.

Hoy millones de cautivos de la isla —estoy seguro— sienten lo mismo. Siguen impotentes y desarticulados frente a un Estado represor —que los reprime usando combustible norteamericano, que no se nos olvide—. Pero ya saben que, si quieren vivir, tendrán que barrer con las alambradas que los encierran desde 1960 y con los Panzones que así los tienen.

Y para eso —anoche les decía a las “muchachitas”— necesitan de nuestra ayuda. Hace casi doscientos años los habitantes de Cuba —a pesar de sus diferencias— se pusieron de acuerdo para construir un ferrocarril que cambiaría para siempre —y para bien— su isla. Ojalá que en este 2026 nos podamos poner de acuerdo y actuar para eliminar para siempre al clan que la empobrece y reprime.

Acabar con la impotencia del cubano y convertir la impuesta granja en una nueva república. Una república de ciudadanos libres y, si se puede, con victimarios entre rejas, claro está. Ver en sus propias cárceles a los responsables de tanto sufrir, de tanta destrucción, de tanta pobreza, de tantas muertes.

Para bien de nuestra Cuba: para hacerla como aquella de El tren, próspera y fuerte. Para hacerla —a diferencia de aquella de El tren y de esta de hoy— libre y feliz. Llena de ciudadanos emprendedores y dignos, como esas “muchachitas” con las que tuve el gusto de conversar ayer.

 

Foto: OnCuba

martes, 3 de noviembre de 2026

Pódcast sobre el Tren donde habita mi Cuba

 

Despierto con la alegría de escuchar un pódcast de Zoé Valdés sobre El tren de los egos, mi nuevo libro dedicado a aquella Cuba libre y próspera que hoy espera por todos para que la rescatemos de ese largo secuestro que aún la aniquila.

En realidad son tres alegrías: la primera es que el pódcast de Zoé no es solo sobre un tren, es sobre una casa en la que habitaremos todos.

La segunda es que ese tren, morada, ya salió de la estación y lo presentaré el próximo 13 de noviembre de FIU.


Luego lo presentaremos en muchos lugares más. 

La tercera es que el pódcast está publicado en Noticias Martí, cuyas ondas radiales escuchaba yo siendo casi niño en La Habana.

Hoy escucho a Zoé hablando de ese tren de progreso, milagro por donde se vea, en esa misma radio que siendo casi niño escuchaba en aquella Habana cautiva.

Hoy la escucho siendo libre, siendo libres. Allá en La Habana la escuchaba, la oía —como te guste más— a pesar de la interferencia electrónica con la que el castrismo intentaba detener la verdad de sus ondas.

Hoy la escucho clara y limpia, incluso sin las interferencias —los zumbidos— con los que de vez en cuando el castrismo, o quien sea —da igual a efectos prácticos—, ha tratado, infructuosamente, de entrometer.

Con la libertad y la decencia nada -ni nadie- puede. 

El tren de los egos es un libro lindo, entretenido y un recuerdo de lo que Cuba fue y la premonición de lo que volverá a ser. 

Disfruté mucho escribirlo, disfruté mucho más regalarlo.

Acompañemos a Zoé, subámonos al tren, en pocos segundos sentirán que su voz los sumerge en ese vaivén adictivo de las ruedas corriendo sobre los rieles.


Bamboleo rítmico de historia, progreso y, en nuestro caso, con rumbo a la libertad.