viernes, 1 de mayo de 2026

Trump: a la tercera no fue la vencida

 

Foto: EFE
 
 

El pasado 25 de abril, durante la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca, un desequilibrado intentó traspasar el control de seguridad exterior disparándole en el abdomen a un policía para, inmediatamente, correr hacia el salón donde se celebraba el evento. Un estúpido plan ejecutado por Cole Tomas Allen, un joven de treinta y un años proveniente de Torrance, California.

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Un joven que trabaja en C2 Education, una escuela dedicada a entrenar y preparar a los jóvenes que se aprestan a pasar los exámenes de ingreso a prestigiosas universidades. Una escuela de tutoría en la que Allen recibió el título de Maestro del Mes en diciembre de 2024. Un antitrumpista desequilibrado, como casi todos.

El chico pertenece a un grupo conocido como The Wide Awakes (Los Bien Despiertos), aliado del movimiento No Kings (No a los Reyes), que se organizó en contra de la presidencia de Donald Trump. Si en su primer término los enemigos de Trump sacaron a la calle a Black Lives Matter, ahora, en la segunda, inventaron el No Kings.

El problema es que Black Lives Matter, para este segundo término, estaba ya muy desacreditado por la corrupción rampante de muchos de sus líderes. Al parecer, hay dinero de sobra para ejecutar políticas que erosionen la democracia, la libertad de expresión, la convivencia y la gobernabilidad de Estados Unidos.

Este atentado a Trump es ejemplo de ello. Es ejemplo de la hipocresía de la llamada izquierda o de los autodenominados progresistas. Qué les habrá inculcado este estúpido a sus alumnos. Son de los que toman calles, atacan policías y hacen destrozos defendiendo a los extremistas islámicos en Gaza o en Irán, da igual. No importa que unos y otros se escuden detrás de inocentes civiles mientras masacran a todo el que puedan. Lo importante no es defenderlos; lo importante es joder a Occidente, a la democracia, a la libertad, al capitalismo, a nuestro modo de vida.

Defienden lo indefendible buscando instaurar en nuestras vidas eso indefendible. Da igual que sea Gaza, Irán o la dictadura cubana. Hamás puede matar a miles de israelíes, la teocracia iraní asesinar a treinta mil civiles o la Junta Militar cubana encarcelar a niños y ancianos y matarlos de hambre o golpes en sus mazmorras. Eso no importa; lo importante es joder a Estados Unidos.

Como en los tiempos del bloque comunista, se la pasan hablando de paz mientras fomentan la guerra. Exigen a Estados Unidos una paz que no le piden al contrario. No ves a nadie exigiéndole a Putin retirarse de Ucrania, pero no das dos pasos sin ver a alguien hablando de que negocien o de que Ucrania ceda parte de su territorio.

Ves a la representante Maxine Waters pidiéndole a la gente que, si ven en la calle o en un restaurante a cualquier miembro del gabinete federal, le caigan a palos in situ. Es la misma que se la pasaba viajando a La Habana y lamiéndole las botas a Fidel Castro. La misma que llamaba a ese Orador Orate “amigo de Cuba”.

El actor Robert de Niro, haciéndose el “toro salvaje”, diciendo que si ve en persona a Trump le daría un puñetazo en la cara. Atacar a un presidente elegido democráticamente mientras, en 2018, acogió a Miguel Díaz-Contados en Nueva York como si no fuera la cabeza visible de la dictadura que tiene a miles de presos políticos languideciendo en mazmorras hediondas solo por pedir libertad.

O Nancy Pelosi, rompiendo un discurso de Trump en pleno Congreso y acusando a ese mismo presidente electo democráticamente de ser “la peor cosa en la faz de la Tierra”. Otra que fue a La Habana a rendirle pleitesía a los dictadores que tienen a los cautivos de la isla de Cuba sumidos en una catástrofe humanitaria que, al parecer, a nadie —menos a nosotros— les importa.

Ese enrarecido clima que, desde la política, los medios y la cultura, se ha desatado en contra de Trump y de su equipo tiene consecuencias como lo que hizo el profesor Allen. No fue el primero en atentar contra Trump; aunque quizás ha sido el más torpe al hacerlo. Tampoco será el último mientras los políticos, artistas y periodistas sigan clamando por un nuevo John Wilkes Booth.

Los ciudadanos de bien que no votamos ni por Barack Hussein Obama ni por Joe Biden aguantamos doce años de desgobierno. Vimos con resignación cómo el primero rindió a Estados Unidos ante la dictadura cubana, que hasta se burló de él y de nosotros. Aguantamos ver al otro, senil, retirar a nuestras fuerzas armadas de Afganistán de manera desastrosa, traicionando a nuestros aliados y poniendo por el suelo el prestigio del país.

Fuimos testigos pacientes de cómo Obama firmó un acuerdo con la teocracia iraní, abriéndole de par en par la posibilidad de fabricar armas nucleares. No solo eso; también le abrió las puertas a su financiamiento al liberar miles de millones de dólares que habían estado congelados por las sanciones a ese régimen terrorista. O Biden, que dejó crecer un narcoestado al sur de nuestra frontera mientras permitía una invasión migratoria sin precedentes en nuestra historia.

Vimos y fuimos testigos de todo. Nunca se nos escuchó pedir que mataran a ninguno de los dos. Ni a Bill Clinton cuando, en febrero de 1996, no le metió mano a la dictadura cubana después de que esta asesinó a cuatro hombres de bien.

La izquierda, los progresistas, los woke, los que sean, se la pasan acusando a Trump por dividir la sociedad norteamericana. No les falta razón: no solo divide nuestra sociedad, divide al mundo. Pero eso no es razón para pedir que lo asesinen o que ataquen a cualquier miembro de su gabinete.

Trump no está solo en esto; ellos dividen tanto o más: blancos contra negros, negros contra otras minorías, heterosexuales contra homosexuales, ricos contra pobres, musulmanes contra cristianos, respetuosos de la ley contra revoltosos. Una lista que no acaba nunca. Para ellos, todo lo que no es de su gusto hay que destruirlo.

Por eso mataron al joven Charlie Kirk o al influencer Rob Reiner y a su esposa Michele. Por eso atacaron al congresista Steve Scalise y al juez Brett Kavanaugh. Salvo un loco que entró a casa de Nancy Pelosi, no he visto a nadie del lado conservador pedir que maten a Zohran Mamdani por comunista o a Bernie Sanders por hipócrita.

No es coincidencia que todos los que piden e incitan el asesinato de Trump apoyen todo lo oscuro de este mundo. Apoyan a Hamás, a Hezbolá o a Irán contra Israel y el mundo libre; respaldan la migración masiva que está diluyendo la Europa que conocimos; suben nuestros impuestos para dilapidarlos en beneficio de sus absurdas causas o envenenan a nuestros hijos y nietos en las escuelas y las universidades. Otra larga lista que incluye, además, su solidaridad con la empobrecedora y asesina dictadura cubana que tiene a los cubanos sobreviviendo en la Edad de Piedra.

Por todo esto —y sobre todo por esto último—, anhelo ver a Trump acelerando y profundizando sus políticas. El tipo es un pesado, pero como empleado nuestro lo está haciendo muy bien. Que se apure en todo sin mirar a los lados; al cabo, ya lo quieren muerto. Que siga imponiendo el sentido común y defendiendo a este gran país, a esta democracia y a nosotros, sus ciudadanos.

 

Foto: Communist Party USA

Un año sin mi hermano Harry

 


Conocí a Harry en el año 2010. La vida hizo que yo fuera a vivir frente a su casa. La vida me puso a Harry frente a mi casa. La vida solo dejó que Harry fuera mi hermano por unos muy cortos quince años.

Hoy hace un año que Harry se mudó a otra dimensión. Sé que donde está, estará haciendo muchos hermanos. Si Dios existe, ya Harry le arregló el aire acondicionado, la tubería de los aspersores, el fregadero, la luz del garaje y el control remoto de la televisión.

Así era Harry, ya no hacen hombres así. 

Te extraño hermano.



I'm still drivin' that Chevrolet
That daddy bought new back in '88
And it's more rust than two-tone paint
But turn the key and it'll crank
My first guitar was an Epiphone
Same one I'm still pickin' on
I thought about sellin' when times got tough
But just couldn't give it up

'Cause they don't make 'em like that no more
Some things you can't find in the discount store
There's just something 'bout bein' handmade
And bought with cash on a firm handshake
Like old Zebcos and pocket knives
Shotguns, rifles, four-wheel drives
And this worn out pair of boots that my daddy wore
Well, they don't make 'em like that no more


Don't wanna hear him any other way
There's a little white house granddaddy built

He sawed every board at the local mill
And in a hundred years, it'll be standin' still

'Cause they don't make 'em like that no more
Some things you can't find in the discount store
There's just something 'bout bein' handmade
And bought with cash on a firm handshake
Like old Zebcos and pocket knives
Shotguns, rifles, four-wheel drives
And this worn out pair of boots that my daddy wore
Well, they don't make 'em like that no more
They don't make 'em like that no more

Well, my granddaddy cussed and chewed Red Man
Grandmama prayed and knew every hymn

And they don't make 'em like that no more
Well, they don't make 'em like that no more
'Cause they don't make 'em like that no more
Some things you can't find in the discount store
There's just something 'bout bein' handmade
And bought with cash on a firm handshake
Like old Zebco's and pocket knives
Shotguns, rifles, four-wheel drives
And this worn out pair of boots that my daddy wore
Well, they don't make 'em like that no more
They don't make 'em like that no more

jueves, 30 de abril de 2026

Presidentes sin república


 

Cada quien hace lo que le da la gana. En mi caso, yo estaría presionando para que le metan mano de una vez y borrar de una vez y por todas a esa maldita dictadura de la faz de la tierra.

Al Congreso de la Florida se va a exigir que nos bajen los impuestos a la propiedad, o que mejoren las autopistas, no a pedir por la libertad de Cuba. Que manera de perder el tiempo, de hacer "paripé", decían en mi Cuba.

Muchos candidatos a presidentes y muy pocos patriotas. 

Foto: TV Azteca

miércoles, 29 de abril de 2026

El bloqueo comunista de la realidad

 

Foto: Cubadebate 
 

En enero de 1959, un joven Fidel Castro se hizo del destino de Cuba —y de los cubanos— con asombrosa facilidad. Un país entero, o al menos su mayor parte, dejó que este individuo tomara las riendas de sus destinos. Tengo la impresión de que ni él mismo creía lo fácil que le resultó. Desequilibrado como era, hay que reconocerle que supo leer el tablero político en ese momento. Bandido como era, no dudó en aprovecharlo para su ventaja.

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Cuando llegó a La Habana ese enero, encontró una ciudad que era un arcoíris de neón, pletórica de autos y edificios nuevos. Capital de un país pujante, el principal productor de azúcar del mundo, pionero en tecnologías de comunicación, lleno de industrias que daban empleo a millones de cubanos y con un comercio exterior saludable y fluido.

No solo eso; a pesar de las limitaciones de las libertades políticas que se sucedieron durante el gobierno inconstitucional de Fulgencio Batista, Castro se hizo con el destino de un país con una muy bien organizada sociedad civil. Tomó el control de un país que tenía una muy activa y próspera clase media, y con unos índices de desarrollo entre los primeros de América Latina y mayores a los de muchos países de Europa.

La Cuba que le entregó sus destinos era uno de los principales socios comerciales de Estados Unidos. Las dos economías estaban imbricadas y funcionaban en coordinación natural, como con México y Canadá hoy en día. Cientos de empresas norteamericanas tenían grandes inversiones en Cuba; inversiones que no tenían nada de depredadoras, todo lo contrario.

Incluso el gobierno de Eisenhower fue el primero que reconoció al nuevo régimen impuesto sobre los cubanos en la primera semana de enero. También todo el sector privado —sobre todo los grandes empresarios— se puso al servicio del gobierno “revolucionario”. Todos a favor del cacareado, por Castro, desarrollo del país.

Pero no; Fidel Castro no quería ese desarrollo. Al sujeto no le gustaba la competencia, ni política ni económica. En la política destruyó una imperfecta democracia e impuso una dictadura totalitaria de corte comunista. En la economía, siguiendo el mismo plan, confiscó todas las grandes empresas de Cuba y la mayor parte de sus tierras.

Todo esto aduciendo que les robaba a los “explotadores” para entregárselo al “pueblo”. Todo esto prometiendo que lo hacía para, ahora sí, llevar a Cuba y a los cubanos a un nivel superior de desarrollo económico. Prometiendo que, bajo su mando, Cuba pronto exportaría carne de res, queso, automóviles y todo lo que usted imagine.

Promesas hechas por un tipo que nunca tuvo un empleo productivo en su vida. Pero, aun así, los cubanos —o al menos la mayoría de ellos— le creyeron. Le entregaron gratuitamente su condición de ciudadanos de una república para ser convertidos en “masas populares” por una dictadura totalitaria.

Como tampoco quería que le pusieran límites a su actuar, desde el principio no dejó —como Orador Orate que fue— de hablar y hablar en contra de Estados Unidos. Su retórica “antimperialista” corrió junto a ese afán de confiscar lo que no era suyo. Les confiscó todas las empresas a los norteamericanos, que eran particulares; no pertenecían a ningún gobierno.

Pero sí pertenecían a ciudadanos de un país que sí defiende a su gente. Si a usted un vecino o un cliente le roba lo suyo mientras le mienta la madre, no creo que quiera seguir tratando o haciendo negocios con el truhan. Ladrón que, además, va por todo el vecindario alebrestando a todo el mundo en su contra.

Sacó a patadas a todos los empresarios de Cuba, tanto norteamericanos e ingleses como a los cubanos. A todos. Él y su pandilla le prometieron a esa “masa” enardecida que, bajo su tutela, Cuba sería en pocos años una potencia económica. Les dijo que tenían el orgullo de pertenecer al “primer territorio libre de América”.

Convirtió a Cuba en el primer territorio libre de América: libre de libertad, libre de prosperidad, libre de futuro. Como les he contado en mi libro Se acabó la diversión, bajo el totalitarismo comunista implantado por Fidel Castro y los viejos comunistas, la economía cubana colapsó en poco más de dos años. Desde 1962 se tuvo que establecer un racionamiento de alimentos y productos.

Castro convirtió a ese “territorio” que decía “libre” en un parásito de la Unión Soviética y, luego, de Venezuela. Parásito que, como parásito al fin, no produce por sí mismo lo que necesita un país para funcionar. Un parasitismo acelerado después de que los hermanos Castro le legaron el manicomio improductivo a la Junta Militar de Barrigones con Miguel Díaz-Canel como cabeza visible.

Este monigote se la pasa lloriqueando que la catástrofe humanitaria en la que tiene sumidos a los cautivos de la isla es culpa de Trump. Que los sesenta y siete años que lleva ese régimen empobrecedor destruyendo la prosperidad de Cuba no cuentan; que lo importante y lo definitorio para ese fracaso es el “bloqueo energético” impuesto por Trump hace tres meses.

Sus lágrimas de cocodrilo sirven para animar a sus cómplices internacionales, como Claudia Sheinbaum o Vladímir Putin, a culpar a Estados Unidos de las calamidades que esa dictadura ha desatado sobre la nación cubana. Sirven también, increíblemente, para convencer a cientos de descerebrados del mundo que se creen toda esa monserga del socialismo bueno y el capitalismo malo.

Ante ese lloriqueo, el mejor antídoto es el sentido común. Hace sesenta y siete años en Cuba había electricidad, gasolina y gas para cocinar. Había comida por donde quiera; de todo: carne de res, puerco en todas sus formas, tasajo, pollo, pescado, camarones, arroz, frijoles, yuca, malanga, naranjas, canisteles, chirimoyas... de todo. Había agua potable en las casas, jabón, pasta de dientes y papel de baño. Había de todo.

Foto: Instagram
 
 

La mayoría de todo esto era producido en Cuba, producido por cubanos. Eran los tiempos del gobierno inconstitucional de Fulgencio Batista. Decían que era un tirano, pero había prensa libre, libre empresa y libertad de asociación. Se respetaba la propiedad privada y la movilidad social. Cuba era próspera y autosuficiente.

A quienes culpan de la catástrofe humanitaria que tiene en la Edad de Piedra a los cautivos de la isla, hay que responderles con hechos y con sentido común. ¿Por qué Cuba, antes de Castro, era un país funcional? ¿Por qué la Cuba bajo los Castro y los militares totalitarios es hoy un Estado fallido?

No es por culpa de Trump ni de Estados Unidos. Castro les confiscó todo y los sacó a patadas hace sesenta y seis años. Lo hizo mientras prometía que Cuba no los necesitaba para desarrollarse y mejorar la vida de su gente; que él y su Estado totalitario se encargarían de todo. No pasaron dos años y ya habían fracasado.

De una forma u otra, llevan casi siete décadas de fracaso en fracaso, y ahí siguen. Cada día más fracasados y cada día con menos oportunidades de sobrevivir. A la dictadura solo le interesa su propia existencia, no la de los cautivos de la isla. Lloran por el “bloqueo energético” —que no lo es— mientras reprimen a quienes se quejan y asfixian a quienes intentan producir algo material, ya sea un campesino o un cuentapropista.

Son ellos, como lo han sido siempre, los causantes de la debacle cubana. Es su propio bloqueo el que ha convertido a Cuba en el páramo ruinoso que es hoy. Antes de 1959 no era un país perfecto —ninguno lo es—, pero había de todo, y producido, casi todo, en la propia Cuba. Tres años después ya no había nada.

Ellos, los dictadores, son el bloqueo. Son lo que bloquea, el obstáculo entre los cubanos y la prosperidad, el derecho a una vida digna y, lo más importante, la libertad y la felicidad. Son ellos, solo ellos.

Foto: Cubanet