Foto: Yahoo Noticias
El gobierno de República
Dominicana ha exigido a la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que
queda de Cuba —y que usurpa el título de Gobierno de la República de Cuba— que
retire a nueve integrantes de su misión diplomática en ese país. En el comunicado
de la cancillería dominicana no se especifican las causas de la expulsión; pero
si usted es cubano, venezolano, nicaragüense o conoce la malignidad de las
embajadas cubanas por el mundo, deducirá las causas de la orden.
La dictadura cubana sigue
teniendo muchos cómplices entre los gobiernos del mundo, pero desde la llegada
de Donald Trump a su segunda administración, los vientos les han empezado a
soplar en contra. Ya era hora. En marzo pasado, Ecuador expulsó a toda la
delegación diplomática cubana, Costa Rica cerró su embajada en La Habana y
ahora el presidente colombiano Abelardo de la Espriella ha declarado su
intención de romper relaciones diplomáticas con los panzones de verde olivo.
Como en todos estos casos,
enseguida salió Bruno Rodríguez Parrilla, el no sé qué Descossío, a —y uso su
lenguaje habitual— protestar energéticamente por estas “agresiones
injustificadas y arbitrarias que socavan la convivencia entre las naciones”.
Cosas por el estilo. Ah, y por supuesto, a denunciar al mundo a estas “naciones
mercenarias” que ceden ante las presiones del “imperialismo norteamericano”
contra su noble gobierno amante de la paz.
La realidad es otra: como
siempre, la dictadura cubana miente mientras respira. No solo cada embajada que
tienen regada por el mundo es un centro de entrenamiento, espionaje y
subversión, sino que, desde los tiempos del Orador Orate, la dictadura cubana
no ha dudado en usar la fuerza en contra de países con los que mantenía
relaciones diplomáticas. Ahora que están en esta crisis final, la deben estar
usando de forma más taimada, pero en los tiempos de bonanza lo hicieron de
manera más “imperialista” que los propios a los que ellos llamaban
imperialistas.
Les cuento un caso, precisamente
con República Dominicana:
Foto: Diario Libre
Llevaba Fidel
Castro —el Orador Orate— ya dieciocho años dueño de los destinos de la isla
cautiva y exprimiéndoles a los soviéticos hasta el último rublo y gotita de
petróleo, y se sentía un gran estadista mundial. Sus barcos mercantes
atravesaban el Atlántico llevando y trayendo soldados y armamento para sus
aventuritas africanas. Sus pesqueros recorrían las aguas del Caribe espiando y
pescando.
En septiembre
de 1977, uno de estos últimos fue capturado por la Marina de la República
Dominicana en aguas territoriales de ese país y llevado, a golpe de
guardacostas y pases rasantes de viejos aviones de hélice P-51, a Puerto Plata.
Sus tripulantes fueron detenidos y llevados a tierra.
Al enterarse,
el Orate entró en una de sus famosas rabietas de caudillo malcriado. Joaquín
Balaguer, el presidente dominicano, era una especie de Trujillito pero con un
disfraz democrático y, probablemente por esos días, necesitaba un escándalo que
cohesionara el ambiente político local. Aprovechó el incidente, le plantó cara
a las demandas del cubano y no quiso entregarle ni el barco ni a los marineros.
Castro,
teniendo en sus manos la mayor y más moderna fuerza aérea de Latinoamérica,
preparó un ataque al país vecino. "Operación Pico" la llamó. Ordenó
que doce cazabombarderos supersónicos, fuertemente armados, se establecieran en
la punta oriental de Cuba.
Primero habría
un vuelo sobre varios puntos de la República Dominicana a baja altura para que
los jets rompieran la barrera del sonido sobre Santo Domingo. Si los
dominicanos no cedían, al día siguiente atacarían varias bases militares sin
importar que algunas estuvieran ubicadas en populosas zonas urbanas.
Sigilosamente
se ubicaron doce MiG-21 en varias bases del Oriente cubano: en Guantánamo —casi
en las narices de los militares norteamericanos de la base naval allí situada—,
en Santiago de Cuba y en Baracoa. Por supuesto, también se movilizó a todo el
Ejército Oriental de la isla con la justificación de ejecutar maniobras
tácticas de entrenamiento.
El coronel
Rafael del Pino, experimentado veterano de las batallas aéreas sobre la Bahía
de Cochinos en 1961, fue puesto al frente del escuadrón. Los aviones fueron
preparados con tanques auxiliares de combustible —a los que se les borraron
todas las identificaciones soviéticas— y cada uno llevaría cuatro misiles K-13.
No se usarían en esta primera misión, pero estaban allí por si acaso.
Despegaron a
las 8:30 de la mañana del 9 de septiembre de 1977 y se dirigieron, rodeando el
espacio aéreo de Haití, hacia Puerto Plata en el norte de la isla y hacia la
capital, Santo Domingo, en el sur.
Varios vuelos
rasantes, el boom sónico rompiendo cristales, y el asombro y el pánico
en las calles.
Regresaron a su
base en el Oriente cubano felices del éxito. Del Pino voló a La Habana para
informar directamente al Orate de los detalles de la misión. Se sorprendió al
ver que sobre la mesa estaban todas las transcripciones de las comunicaciones
entre los militares dominicanos y Balaguer. Así de buenos eran —y son— los
espías de la cautiva.
Balaguer mandó
un mensaje para negociar; pero como no liberó de inmediato a los
"pescadores", el escuadrón fue rearmado con bombas de 250 y 500
libras y los destructivos cohetes de fragmentación S-24. Listos para la
masacre.
A punto de
despegar para la misión de bombardeo, Del Pino recibió un mensaje cifrado:
"Barco devuelto. Regresar el circo a casa a las 14:00 h".
En 1977, Cuba
violó el espacio aéreo de un país al que no le había declarado la guerra. Al
día siguiente lo iba a bombardear con un poder de fuego muy superior al del
agredido. Unilateralmente. Todo por unos "pescadores" detenidos y
sujetos a juicio. Y no sería la única vez; ya les contaré otro día.
Hace casi cincuenta años, el
Orate de La Habana iba a bombardear a un país vecino y hermano para solucionar
un tema diplomático. Hoy los herederos de su debacle salen a lloriquear porque
les expulsan a nueve espías y a sus familias. Cuando se sentían poderosos y
dilapidaban los miles de millones de rublos que recibían de subsidio, actuaban
como el abusador del barrio. Ahora que están en la lona —pero no vencidos, que
conste—, actúan como pobres víctimas de un mundo cruel que no quiere que su
totalitarismo siga empobreciendo y matando a los cubanos de la isla.
Les digo: son hipócritas,
mentirosos y cobardes.
Foto: Minrex.cu
Posdata: En agosto de
1998, durante una visita oficial a República Dominicana, el Orate visitó a un
ya muy mayor Balaguer en su casa. Senil o no, quién sabe, le balbuceó al
barbudo: “Como soldado, estoy a sus órdenes”. Sin comentarios.