Foto: Azteca Noticias
El
presidente Donald Trump se empantanó en lo de Irán. No es que la teocracia
iraní le esté ganando —como dicen gran parte de los medios de comunicación—, no
es eso. Su operación en contra de esa teocracia asesina fue un éxito: los
principales ayatolás están muertos, el uranio con el que pretendían terminar
sus cabezas nucleares está a quinientos metros bajo escombros y el equipamiento
de sus fuerzas armadas está destruido.
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La
operación Furia Épica está empantanada por una combinación de factores, muchos
de los cuales, al parecer, no se tuvieron en cuenta o se previnieron antes de
su inicio el 28 de febrero pasado. Al decapitar al régimen, se perdió la
certeza de con quién se negocia la paz; todo indica que hoy conviven varias
tendencias dentro del poder político iraní. Unos que quieren negociar y otros
fanáticos que prefieren un holocausto antes de rendirse a los “infieles a Alá”.
Y
estos últimos están dando la batalla y han podido movilizar a sus aliados
regionales —como Hezbolá en el Líbano o los hutíes en Yemen— para que, como
mosquitos, se mantengan jodiendo tanto a estadounidenses como a israelíes. Los
de esta radical facción son los mismos que se mantienen reprimiendo,
encarcelando y ejecutando sumariamente a cualquier opositor dentro de Irán.
Trump,
mientras tanto, tuvo que declarar que la operación había terminado. Un
"embaraje", decían en mi Cuba; una mentira, digo yo. Es que si se
cumplen sesenta días de operaciones militares en el extranjero, el Poder
Ejecutivo —es decir, Trump— tendría que acudir al Congreso a solicitar
aprobación.
El
embaraje del fin de la operación —que en realidad es un frágil cese al fuego—
se da también porque las fuerzas armadas estadounidenses concentradas en la
zona están exhaustas. Exhausto está el personal, agotado el arsenal de
municiones y sobreexplotados los equipos, desde los portaaviones hasta los
aviones cisterna. Al parecer, nadie en el Pentágono advirtió que esto podía
pasar después de décadas de presupuestos militares limitados.
Esta
operación en Irán ha demostrado que Estados Unidos es como esos boxeadores
invencibles en el primer round, pero que, si no noquean al adversario en
ese asalto, se cansan en el segundo. En este caso, se quedan sin municiones. El
problema es que la próxima pelea será con un boxeador chino que ahora mismo
está viendo cómo el actual campeón jadea después de dos meses de guerra
asimétrica.
Entonces,
toda esta introducción es para llegar a la conclusión de que la victoria moral
y ejecutiva de extraer al sátrapa Maduro en enero pasado ha sido opacada por el
atasco del triunfo sobre Irán. Desde el punto de vista de la cruda realidad,
Estados Unidos está en muy buena posición frente a Irán: acabó con su poderío
militar y, con el estrecho de Ormuz cerrado, su economía está estrangulada.
Pero
desde el punto de vista político, y conociendo a Trump, el hombre necesita una
contundente victoria en política exterior antes de las elecciones de medio
término en noviembre. Algo, como lo de Maduro, que demuestre que con Estados
Unidos no se juega; que con los Estados Unidos del presidente Trump no se
compite.
Los
cubanos de bien, después de meses de expectativas frustradas, pensábamos
—creímos— que esa victoria contundente que necesita el presidente se la iba a
dar la maltrecha Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de
Cuba. El propio Trump lo ha dicho repetidamente. Ha dicho que Cuba is next;
ha dicho: “Tendré el honor de tomar Cuba”... y así, cosas por el estilo. Luego
se olvida del tema hasta que vuelve a tropezar con el asunto cubano.
Hace
unos días, dijo que Estados Unidos iba a tomar Cuba casi de inmediato y amplió
las sanciones contra la dictadura cubana. Para mí, el problema no es imponerles
más sanciones; el verdadero problema es que las apliquen. Párense en la orilla
del río de Miami y no pasará mucho rato para que vean otro barco, cargado hasta
el tope, saliendo hacia Cuba. Qué raras sanciones.
Hace
unos días dijo que tomaría Cuba casi de inmediato, ojalá. Pero también hace
unos días su Departamento de Justicia acusó formalmente a un gobernador, a un
senador y a un grupo de mandos policiacos del estado mexicano de Sinaloa de
pertenecer y estar al servicio de un cártel del crimen organizado, considerada
organización terrorista por el gobierno de Trump.
Desde
hace años se sabe que el gobierno del entonces presidente Andrés Manuel López
Obrador (AMLO) llegó al poder de la mano de los cárteles del narcotráfico, en
específico del de Sinaloa. El propio AMLO visitó Badiraguato —la tierra del
Chapo Guzmán y cuna del cártel— en seis ocasiones. Hasta les hizo una carretera
para conectar esa zona con Chihuahua; así el fentanilo llegaría más rápido a la
frontera con Estados Unidos.
Y
ahí en Sinaloa, en las elecciones de 2021, ganó el candidato del partido de
AMLO. Ganó Rubén Rocha Moya en unas elecciones en las que los candidatos y
funcionarios de otros partidos fueron secuestrados o amenazados por las tropas
del Cártel de Sinaloa. En esos días, además de drogas y seres humanos,
trasegaron también con urnas.
Salió
en las noticias, pero las autoridades no hicieron nada. Al contrario, cuando el
gobernador fue acusado de todo esto —y de más cosas—, AMLO y la presidenta
electa Claudia Sheinbaum se fueron a Sinaloa a "apapacharlo" —como se
dice en México a dar cariño con el alma—, a defenderlo; al cabo, es un miembro
del equipo, pertenece al narcogobierno.
Y
ahora Estados Unidos, al parecer, se cansó de que su vecino y principal socio
comercial siga acabando con el sistema democrático mexicano, siga inhibiendo
las inversiones, siga apoyando a la dictadura cubana, no ofrezca condolencias
cuando dos agentes de la CIA mueren combatiendo los narcolaboratorios y siga
funcionando como una mafia coludida con los criminales.
Al
parecer se cansó, porque todo esto ya lo sabía desde antes. Lo de Rocha Moya y
su gente es solo la primera acusación formal. El Departamento de Justicia tiene
cantando a cientos de narcos en sus cárceles: desde los hijos del Chapo hasta
el Mayo Zambada, pasando por los cabecillas y sicarios de muchos cárteles
mexicanos catalogados como organizaciones terroristas, repito.
Entonces,
uno, que es medio pesimista en este tema de la libertad de Cuba y su relación
con Trump, se pone a pensar que, si esa libertad nos la prometieron después de
que se acabara el tema de Irán, y como lo de Irán está empantanado y ahora se
nos pone en medio lo de los narcopolíticos de México, puede uno pensar que, si
seguimos en esta racha, puede ser que hasta Trump le meta mano primero a España
—o a cualquier otra cosa— antes que a Cuba, coño.
Foto: U.S. DoJ