Foto: Noticias Martí
La telenovela de la caída del
castrismo totalitario parece no tener final, a pesar de que todos queremos ver
ese último episodio. Como en el béisbol, la bola pica y se extiende. La semana
pasada fuimos testigos de la visita de John Ratcliffe, director de la CIA, a La
Habana. No se reunió con las cabezas visibles de la Junta Militar de
Barrigones, sino con un gorila represor y con el nieto de lo que queda del
dictador Raúl Castro. Se reunió con el verdadero poder, no con sus marionetas.
📺 Si no me quiere leer,
véame, pero es peor. → Ver el video aquí
Ratcliffe fue a La Habana
—imagino y espero— a comunicarles un ultimátum a quienes mantienen a Cuba en la
miseria y la opresión. Durante sesenta y siete años, la CIA ha sido el enemigo
número uno para el régimen cubano. La dictadura ha culpado a la Agencia de todo
lo malo que ella misma les inflige a sus cautivos, desde el fracaso de una
zafra azucarera hasta un brote de dengue. Todo es culpa de la CIA.
En 1990, en vísperas de un
inesperado viaje a Nueva York, allá en La Habana, a mí y a otros cinco chicos
nos metieron por la cabeza una especie de curso de contraespionaje. Nos lo
impartió el “compañero que nos atendía”, un seguroso mediocre con el seudónimo
de Rubén. Uno de los pocos detalles que recuerdo del cursito fue que, estando
en Nueva York, si íbamos a un bar tendríamos que estar alertas, pues
seguramente se nos acercaría un agente de la CIA a invitarnos los tragos y
sacarnos información.
En 1992 andábamos por Nueva York
y, por supuesto, nos metimos a un bar. No a uno cualquiera, sino a uno de esos
que tienen muchos tubos y poca ropa; jóvenes que por primera vez disfrutábamos
un aire de libertad. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos en aquel oscuro y
retador ambiente, pero sí recuerdo que todo el rato estuvimos esperando por el
tipo de la CIA que nos prometieron en Cuba. Nunca llegó a invitarnos los tragos
ni a sacarnos información. Maldita CIA.
Pues bien, Ratcliffe se apeó esta
semana en La Habana ninguneando a Díaz-Contados, a Marrano, al Bruno y al
Descossío. Fue directo a hablar con los que manejan los hilos de la
destartalada marioneta que es hoy la dictadura cubana; que no por destartalada
es menos peligrosa o menos represora.
No sabemos hasta qué profundidad
fue la metedura de pie, pero el solo hecho de que lo recibieran es una patada
en el trasero para ese tareco totalitario. Hay que tener estómago para
estrechar la mano de esos asesinos. No solo se dieron la mano, se sentaron a
conversar y al final les recibieron hasta regalos. Si no me cree, vea el video
de los de la CIA regresando a su avión: todos portando una bolsa de regalos.
Foto: CiberCuba
A la par de que el director de la
CIA se sentara con los esbirros, la isla estuvo la semana pasada rodeada por
vuelos de aviones y drones de reconocimiento. Y digo rodeada porque he leído en
varias partes que un avión o dron norteamericano cruzó por encima del occidente
de la isla. Eso es mentira.
El director de la CIA en La
Habana, aviones y drones reconociendo a la isla —como en las semanas previas a
la extracción de Maduro y su madura esposa—, y el USS Iwo Jima anda por el
Caribe sin reportar su posición exacta. La Cuarta Flota también anda por ahí.
Todas las condiciones están dadas para desaparecer de un plumazo a la dictadura
empobrecedora y, sin embargo, la telenovela continúa.
Trump, para el caso cubano, está
actuando como esos gatos que juguetean con un ratón moribundo antes de
zampárselo. El problema es que, mientras él sigue jugueteando, los cautivos de
la isla siguen a oscuras, con hambre, buscando comida en los inmundos basureros,
muriendo de inanición y miseria. Vea usted cualquier video de los que nos
llegan de allá y no encontrará a ningún cubano que tenga la dentadura completa
o se vea bien alimentado. Bueno, excepto los dictadores Barrigones.
Como les dije hace unos días, lo
importante es que el tema continúa, aunque parezca telenovela. El asunto se
mueve, y en esos movimientos vemos que un día sí y otro también se filtran
noticias que, si las juntamos, indican que Estados Unidos está buscando una
justificación para finalmente tomar alguna acción concreta que destrabe el
futuro de Cuba.
No veo la lógica en esto, puesto
que la dictadura cubana ha hecho y hace tantas cosas contra el mundo libre que
no se necesitan nuevas razones para querer acabar con ella de una vez y para
siempre. La Cuba totalitaria es una plataforma de espionaje para rusos y
chinos, tiene a miles de mercenarios en la invasión rusa a Ucrania, tiene miles
de espías y agentes de influencia regados por el mundo, sirve de refugio para
delincuentes de toda clase y, a pesar de su estado miserable, la dictadura sabe
ganar tiempo y tergiversar la narrativa para intentar sobrevivir.
Aun así, vemos cómo la
administración Trump sigue buscando nuevas justificaciones. El Departamento de
Justicia, con bombo y platillo, anuncia que van a enjuiciar a la piltrafa de
dictador que es Raúl Castro hoy. Lo van a acusar de dar la orden para el
derribo de dos avionetas y la muerte de cuatro patriotas. Lo harán con treinta
años de retraso. Acusan al asesino y al mismo tiempo Ratcliffe se reúne con su
nieto. La suciedad de la política.
En esto de las justificaciones
para justificar meterle mano de una vez a los dictadores, lo último ha sido una
supuesta filtración a Axios de que Cuba habría adquirido trescientos
drones con los que pudiera atacar la Base Naval de Guantánamo o hasta Key West.
Diría nuestro genial Álvarez Guedes: “¡Qué manera de comer m…!”. ¿Trescientos
drones de qué tipo? No es lo mismo un Shahed iraní que un pequeño dron de esos
con los que los ucranianos cazan soldados rusos.
Trescientos Shahed sería algo
preocupante, aunque es imposible que la dictadura cubana los tenga. Trescientos
drones cazasoldados no significan nada de qué preocuparse. La filtración a Axios,
si sirvió para algo, fue para poner a nuestros políticos e influencers a
hablar del tema. Mírenme a mí, que ni soy político ni influencer,
hablando de drones.
Drones —drones de verdad— son los
que quiero ver liberando a Cuba. Mientras tanto, no pierdo la esperanza de que
esos cacerolazos que se escuchan cada noche a lo largo de la isla oscura se
conviertan en millones de cubanos en las calles dispuestos a cambiar por sí
mismos sus destinos. Cuba liberada por cubanos, sin necesidad de seguir en esta
telenovela ni depender de la CIA, ni de Trump, ni de Rubio.
Cubanos haciendo justicia,
recuperando su dignidad, abriendo el camino para un futuro de prosperidad y
felicidad. Barriendo con dictadores para juzgarlos en una Cuba libre. En lo que
eso llega —si llega—, no veo mal que se inventen juicios atrasados o drones
imposibles. Cualquier cosa es buena para incentivar la caída final de este mal
que nos ha estado devorando por sesenta y siete largos años.
Foto: El Vocero de Puerto Rico