Foto: RTVE.es
Eso fue lo que Obama les ofreció.
Les regaló una victoria gratuita.
Incluso se fue a La Habana, con
su esposa e hija, y allí el dictador heredero Raúl Castro lo paseó como payaso
de circo. Todavía no despegaba el Air Force One del aeropuerto de Rancho
Boyeros, y ya estaba la Junta Militar reprimiendo a los cautivos que se habían
mostrado favorables al americano.
La visita de Obama abrió un
período en que Cuba, y en especial La Habana, se convirtió en uno de los
lugares más chics del planeta. Chic para los turistas norteamericanos, y en
especial para las celebridades cabeza hueca. Se puso de moda.
Los ineptos dictadores
desaprovecharon la oportunidad. No solo atacaron a funcionarios de la recién
abierta embajada, sino que aceleraron su represión, continuaron con la cerrazón
económica y la asfixia de la iniciativa privada, mientras el Orador Orate publicaba
unas lunáticas "reflexiones" en el boletín Granma.
Una década perdida después de
eso. Pudieron dejar crecer una economía próspera en la fértil isla, y no. Desde
que el acomplejado de Birán designó a Miguel Díaz-Canel como cabeza visible de
la Junta Militar de Barrigones, todas las decisiones que tomaron en la economía
fueron cada vez más absurdas.
Con el petróleo venezolano y los
turistas del norte disfrutaron de un breve período de aparente bienestar.
Período que el Covid-19, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y la
estupidez innata de esos dictadores frustró casi de inmediato.
Luego vino lo que llamaron
"tarea de ordenamiento", que simplemente acabó por destrozar lo poco
que había, que apenas funcionaba. Inflación, escasez y carencias les metieron a
los cautivos de la isla.
La mejor solución que
encontraron, que, por supuesto, no era productiva ―es decir, para producir bienes materiales como
toda economía funcional―,
fue la de aprovechar la debilidad del presidente norteamericano y la
complicidad del sátrapa Daniel Ortega y el taimado destructor Andrés Manuel
López Obrador y llenar Estados Unidos de emigrantes cubanos.
Emigrantes cubanos cuya mayoría
llegó a partirse el lomo trabajando para mandar remesas a los cautivos que
dejaron atrás, y cuya minoría llegó a vivir del cuento, a bailar en casa del
trompo o a montar empresas para gestionar esas remesas y lavar el dinero de los
dictadores.
Y es que entre 2021 y 2025, un
viejito senil y corrupto llamado Joe Biden ocupó formalmente la presidencia de
Estados Unidos. Un traje vacío sentado en la Oficina Oval. Le ganó a Trump en
las elecciones de noviembre de 2020. Las impertinencias de Trump le robaron la
victoria.
Con este sujeto de presidente, la
Junta Militar cubana tuvo otra oportunidad de tomar medidas sensatas y
efectivas para redirigir la economía de la improductiva isla hacia la
funcionalidad mientras mantenían su régimen represivo.
Tenían el petróleo que les
robaban a Venezuela y a México, tenían decenas de miles de supuestos médicos
como esclavos en muchos países y a más de un millón de cubanos “pan con bistec”
mandándoles decenas de millones de dólares. Todo esto con un embargo comercial
norteamericano tan débil como su presidente.
Y no, no aprovecharon nada de eso
para intentar al menos que el timbiriche, el changarro, funcionase o al menos
diera la impresión de que funcionase.
Hoy no tienen el sustento de
Venezuela, y no lo tendrán. No pueden esquilmar todo lo que quisieran al
gobierno de su aliada Claudia Sheinbaum. Incluso si Putin les manda un
tanquero de vez en cuando no servirá de mucho.
Se quedaron sin alternativas.
Bueno, exagero, se quedaron sin alternativas viables para su supervivencia,
para su permanencia.
Y les digo todo esto porque hace
dos días escuché una entrevista al secretario de Estado Marco Rubio en la que
confirmó que la Junta Militar está aferrada al cascarón de su dictadura. Que a
pesar de las múltiples opciones que les han dado, siguen tercos esperando un
milagro que los salve.
Y no, no hay milagro que valga.
Espero yo.
No tienen dinero para comprar
petróleo y mantener al menos algunos rasgos de civilización en la vida de sus
cautivos, les están devolviendo a sus médicos esclavos, hasta los rusos están
evacuando a sus turistas, las agencias lavadoras de dinero han suspendido sus
servicios en la isla y los pocos barcos oxidados que tienen para transportar
combustible deambulan de puerto en puerto sin poder llenar sus bodegas.
Están en un callejón sin salida.
Claudia Sheinbaum podrá enviar
barcos de ayuda cómplice, disfrazada de ayuda humanitaria; no tienen
cómo distribuirla, y si tuvieran cómo, tampoco lo harían: se la quedarían para
ellos y su élite, como los ladrones que son.
Putin les podrá mandar petróleo.
Nunca será suficiente y el que llegue no generará electricidad en las derruidas
termoeléctricas abandonadas por décadas de desidia socialista. Incluso no lo
podrán refinar, puesto que hasta sus refinerías, aun sin petróleo, se incendian
como hace días.
El bono que reciben por cada
mercenario al servicio de Rusia en la guerra de Ucrania no les alcanzará para
mucho. Imagino que ese dinero termine en alguna cuenta secreta en algún paraíso
fiscal.
En medio de todo esto están los cautivos.
Aún callados y sumisos, aunque no tengan electricidad ni alimentos ni atención
médica ni medicinas. Aunque pernocten en inmuebles oscuros, en mal estado o a
punto de derrumbarse. Aunque sobrevivan sin transporte público ni servicio de
agua potable en medio de montañas de basura podrida.
Callados y sumisos, aún. Un
fenómeno sociológico para estudiarse.
Rubio tiene razón: los dictadores
no tienen salida, ni la tendrán.
Desde el punto de vista de la
economía, su destrucción inició a finales de 1959 a manos del Orador Orate y el
argentino Ernesto Guevara. Dos individuos que nunca tuvieron un empleo
productivo antes de hacerse con los destinos de Cuba. Aun así se creían genios
en las cuestiones económicas; como les cuento en mi libro Se acabó la diversión.
El Orate se deshizo del parlanchín argentino unos años después, pero continuó dilapidando los multimillonarios
subsidios que les sacaba a los soviéticos. Luego los que Hugo Chávez y Maduro
le ofrecieron.
Durante todas esas décadas, la
crisis estructural se disfrazó gracias a esas decenas de miles de millones de
dólares que la improductiva isla consumió. Siempre les he reconocido que el
Orate era un gran hijo de puta, pero era un hijo de puta muy listo.
Los Barrigones que le heredaron
el manicomio, les he dicho también, son otros grandes hijos de puta, pero no
son nada listos: son unos ineptos que, como el Orate y el argentino de las
camisetas, de veras creen que lo que hacen tiene lógica en el mundo real.
Raúl Castro tuvo mucho menos que ver con la economía.
Lo suyo fue organizar militares, reprimir opositores y asesinar a quien se le
atravesara. Asesinaba contento, como lo hizo con los tripulantes de aquellas dos avionetas en 1994.
Ahora dicen por acá que lo
quieren enjuiciar. Treinta años después y ahora que tiene un pie en la ridícula
piedra que le servirá de sepultura. Y es que de este lado también se
hacen cosas ridículas.
Los herederos de estos viejos
bandidos nunca han tenido relación con algo productivo. Nunca.
Díaz-Canel nació en 1960, el año
de las confiscaciones que llevaron a la instauración del socialismo totalitario
y al embargo norteamericano. Creció en el adoctrinamiento y, como los dos antes
mencionados, nunca ha tenido un empleo productivo.
Manuel Marrano nació en 1963, lo
mismo que el anterior. Según tuvo algún cargo en las inversiones en el turismo.
Inversiones socialistas que hoy se reflejan en hoteles vacíos.
El tuerto Castro Espín nació en
1965, es general de brigada sin haber tirado un tiro; lo hicieron general por
soplón, por comisario. Nunca ha trabajado en algo productivo, en algo que
genere riqueza.
Todos lo único que han hecho es
esconder dinero robado a los cubanos, de aquí y de allá, mientras asfixian la
creatividad, el ingenio y el espíritu emprendedor de los cautivos de la isla.
Con ellos nunca Cuba será
próspera y autosuficiente. Mucho menos libre.
Están en un callejón sin salida.
Y van de salida.
Lo harán si negocian, como Delcy,
con Trump y Rubio. O lo harán cuando llegue el momento en que los cautivos
pierdan el miedo y salgan a echarlos. La isla no tendrá combustible, pero el
combustible del hartazgo ahí está, y crece y crece. Solo falta la chispa.
O, algo muy probable, se irán del
juego: los extraerán como a Maduro, una de estas madrugadas en las que el viejo
Trump amanezca más pesado que de costumbre.
Dice Trump que irá a Caracas. No
veo la hora de verlo en La Habana.