Foto: Bloomberg
Cuando Fidel Castro y su pandilla de ineptos y asesinos
aislaron a Cuba del sistema económico occidental, cometieron un error que
resultó en la piedra angular de la catástrofe humanitaria en la que está sumida
hoy lo que queda de isla. Error que han sostenido durante sesenta y siete años
y contando. Incluso cuando han tenido oportunidad de enmendarlo —como en el
caso de la rendición de Barack Obama en 2016—, han hecho todo lo contrario. Así
son de ineptos. Así son de malvados.
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En 1959, Cuba era el principal productor de azúcar de caña
del mundo, su industria turística empezaba un palpable despegue, su industria
mostraba el inicio de una incipiente diversificación y el sector de los
servicios florecía. La “marca Cuba” valía; el país estaba de moda. Todo eso
desapareció de un plumazo —bueno, de muchos plumazos— bajo la bota y la
verborrea del Orador Orate; de Fidel Castro, pues.
Con tal de hacerse de los destinos de la isla y de sus
habitantes, el Orate extrajo a la isla de la autopista a la prosperidad y la
sumió en el lodazal del camino al fracaso. Privó a los cubanos de su condición
de ciudadanos y los convirtió en “pueblo unido que jamás será vencido”.
Vencidos ya estaban. Humillados, también.
Y al eliminar el ímpetu económico de aquel país —hoy
desaparecido—, dejó una gran ventana de oportunidad a los competidores que
hasta entonces había tenido contra las vallas: México, República Dominicana,
Panamá, Jamaica e incluso el sur de Estados Unidos se apresuraron a llenar ese
vacío. Es lo maravilloso del capitalismo: funciona por sí solo.
Al entregarle sus destinos a un Orate como Fidel Castro, los
cubanos se autoinfligieron un tiro en el pie. Pasaron de vivir en un país que
iba rumbo al desarrollo y a la prosperidad, a sobrevivir en una isla plagada de
fracasos, empobrecimiento y represión. Han pasado sesenta y siete años y, por
primera vez en ese tiempo, pareciera que el fin de la tragedia se aproxima.
Desapareciendo a la dictadura castrocomunista y liberando
las fuerzas productivas del país, la isla podría pronto tomar el sendero hacia
la reconstrucción inicial y, poco después, hacia el crecimiento económico y la
reformación social. Demográficamente, tiene el lastre del continuo drenaje de
la población económicamente activa, sobre todo en los últimos cinco años.
Todo indica que el rumor —de ser cierto— de la repatriación
a Cuba de medio millón de emigrados, pero portando una visa por cinco años para
entrar y salir de Estados Unidos, pudiera ser una solución efectiva para la
falta de mano de obra en una Cuba capitalista. El rumor ha sido desmentido por
abogados de inmigración y otros expertos, pero no es una idea descartable y
solucionaría dos problemas: ese de la falta de fuerza de trabajo y la solución
a la invasión migratoria orquestada por la Junta Militar cubana en componenda
con México y Nicaragua durante la administración de Joe Biden.
Y así como en 1959, el aislamiento de Cuba del sistema
económico norteamericano generó increíbles oportunidades para otros países, en
este 2026, a una próxima Cuba capitalista —no digo libre, pues ya vemos lo que
sucede en Venezuela—, el México de Claudia Sheinbaum le estaría ofreciendo una
oportunidad única en la historia.
Desde el realineamiento geopolítico ejecutado por Donald
Trump en su primer mandato entre 2016 y 2020, México —bajo la acomplejada
narcopresidencia de Andrés Manuel López Obrador— desperdició la coyuntura de
poder desplazar de lleno el papel de China en las cadenas productivas de
Estados Unidos. Al contrario: alió sus políticas económica y exterior a China,
Rusia, Irán, Venezuela y Cuba. Mientras comerciaba con Estados Unidos, en los
hechos actuaba a favor de sus enemigos.
Lo mismo ha venido sucediendo durante la administración de
la camarada Sheinbaum, dirigida por control remoto desde Palenque, donde reside
AMLO. La pupila del expresidente está aún más ideologizada que su maestro y,
pese a las presiones de la administración Trump, mantiene su protección a
políticos de su partido, Morena, acusados por Estados Unidos de estar coludidos
o ser parte de los cárteles del crimen organizado.
Foto: Small Wars Journal
Basada en pruebas aportadas por
los líderes del Cártel de Sinaloa presos en Estados Unidos y muchas otras
evidencias, la fiscalía de Nueva York acusó a Rubén Rocha Moya, gobernador de
Sinaloa; a Enrique Inzunza, senador por ese estado, y a otros funcionarios, de
ser parte de ese nocivo y poderoso cártel. Tres de los acusados ya se
entregaron —cargados, por cierto, de evidencias documentales—. El gobernador y
el senador siguen protegidos por el gobierno mexicano, en violación abierta de
los tratados de extradición.
Hace unos días, Sheinbaum se
reunió con Markwayne Mullin, secretario del Departamento de Seguridad Interior
de Estados Unidos. El funcionario entró a Palacio Nacional cargando una gruesa
carpeta y salió con las manos vacías, literalmente.
Ante la reticencia del gobierno
de México de dejar de proteger a narcopolíticos, el representante de Comercio
de Estados Unidos —encargado de la renegociación del Tratado entre México,
Estados Unidos y Canadá, de libre comercio— canceló su visita a México. Solo
enviará a un “equipo técnico”. Sara Carter, la zar antidrogas, ha hecho lo
mismo: ha cancelado una visita y reunión con Sheinbaum. A los gringos, como a
un servidor, no les gusta perder el tiempo.
Al mismo tiempo, Mullin no
descartó aplicar aranceles tanto a México como a Canadá. También dijo que “por
estrategia de seguridad nacional preferimos construir nuestras cadenas de valor
en este hemisferio” y que “si podemos llegar con México a un entendimiento
sobre aranceles a terceros” —es decir, a China—, “podemos otorgarle tratamiento
preferencial”. Y es que México, desde tiempos de AMLO, es una plataforma para
el contrabando de productos chinos hacia Estados Unidos. Productos que llegan
hechos de China, se reetiquetan como “hechos en México” y son introducidos en
Estados Unidos libres de impuestos.
Todo esto, aunado a la
complicidad con los productores de fentanilo y drogas sintéticas y a los
traficantes de personas, así como la protección a los cárteles y a sus
políticos, han convertido a México en un problema de seguridad nacional para
Estados Unidos. Claudia Sheinbaum está protegiendo a políticos relacionados con
organizaciones criminales catalogadas como “organizaciones terroristas”,
equivalentes a Hamás o Hezbolá.
Lo ha dicho hace poco Pete
Hegseth, secretario de Guerra: su país entrará a una nueva guerra, esta vez
contra esos cárteles, por mar, aire y tierra. Para eso se implementó la
operación Escudo de las Américas, de la que ya les conté. Un grupo de
países del hemisferio —excluyendo a México— para aniquilar cárteles
terroristas.
La ofensiva no es solo militar,
es judicial, comercial y financiera. Y aquí entra la oportunidad para una Cuba
libre y capitalista. Claudia Sheinbaum es quizás la figura más moderada dentro
del autodenominado movimiento de la Cuarta Transformación. Es un
grupo heterogéneo, pero intrínsecamente antidemocracia, anticapitalista, anti
todo lo que signifique libertad y, extremadamente, antinorteamericano.
Tal y como lo era la pandilla de
Fidel Castro en enero de 1959. Entonces no les importó romper con Estados
Unidos, a pesar de que la economía cubana dependía y estaba íntegramente
vinculada a la de su vecino, como lo es la economía de México al día de hoy. Lo
he contado en mi libro Se acabó la diversión.
Yo aún tengo mis dudas, pero
existe la posibilidad de que el México de estos “transformadores” se dé un tiro
en el pie, como los cubanos en 1960. Y si no es un disparo certero, al menos
pudieran darse un buen tajo de cuchillo. Esto abriría una gran ventana de
oportunidad para que otros países corran a ocupar el vacío que la estupidez del
Gobierno mexicano pueda dejar.
Entre esos países, con una
ventaja geográfica indiscutible, estaría una Cuba capitalista y libre. El
problema es que hoy no es lo uno ni lo otro.
Foto: CiberCuba