lunes, 4 de mayo de 2026

A ver si México no nos gana el turno

 

Foto: Azteca Noticias

El presidente Donald Trump se empantanó en lo de Irán. No es que la teocracia iraní le esté ganando —como dicen gran parte de los medios de comunicación—, no es eso. Su operación en contra de esa teocracia asesina fue un éxito: los principales ayatolás están muertos, el uranio con el que pretendían terminar sus cabezas nucleares está a quinientos metros bajo escombros y el equipamiento de sus fuerzas armadas está destruido.

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La operación Furia Épica está empantanada por una combinación de factores, muchos de los cuales, al parecer, no se tuvieron en cuenta o se previnieron antes de su inicio el 28 de febrero pasado. Al decapitar al régimen, se perdió la certeza de con quién se negocia la paz; todo indica que hoy conviven varias tendencias dentro del poder político iraní. Unos que quieren negociar y otros fanáticos que prefieren un holocausto antes de rendirse a los “infieles a Alá”.

Y estos últimos están dando la batalla y han podido movilizar a sus aliados regionales —como Hezbolá en el Líbano o los hutíes en Yemen— para que, como mosquitos, se mantengan jodiendo tanto a estadounidenses como a israelíes. Los de esta radical facción son los mismos que se mantienen reprimiendo, encarcelando y ejecutando sumariamente a cualquier opositor dentro de Irán.

Trump, mientras tanto, tuvo que declarar que la operación había terminado. Un "embaraje", decían en mi Cuba; una mentira, digo yo. Es que si se cumplen sesenta días de operaciones militares en el extranjero, el Poder Ejecutivo —es decir, Trump— tendría que acudir al Congreso a solicitar aprobación.

El embaraje del fin de la operación —que en realidad es un frágil cese al fuego— se da también porque las fuerzas armadas estadounidenses concentradas en la zona están exhaustas. Exhausto está el personal, agotado el arsenal de municiones y sobreexplotados los equipos, desde los portaaviones hasta los aviones cisterna. Al parecer, nadie en el Pentágono advirtió que esto podía pasar después de décadas de presupuestos militares limitados.

Esta operación en Irán ha demostrado que Estados Unidos es como esos boxeadores invencibles en el primer round, pero que, si no noquean al adversario en ese asalto, se cansan en el segundo. En este caso, se quedan sin municiones. El problema es que la próxima pelea será con un boxeador chino que ahora mismo está viendo cómo el actual campeón jadea después de dos meses de guerra asimétrica.

Entonces, toda esta introducción es para llegar a la conclusión de que la victoria moral y ejecutiva de extraer al sátrapa Maduro en enero pasado ha sido opacada por el atasco del triunfo sobre Irán. Desde el punto de vista de la cruda realidad, Estados Unidos está en muy buena posición frente a Irán: acabó con su poderío militar y, con el estrecho de Ormuz cerrado, su economía está estrangulada.

Pero desde el punto de vista político, y conociendo a Trump, el hombre necesita una contundente victoria en política exterior antes de las elecciones de medio término en noviembre. Algo, como lo de Maduro, que demuestre que con Estados Unidos no se juega; que con los Estados Unidos del presidente Trump no se compite.

Los cubanos de bien, después de meses de expectativas frustradas, pensábamos —creímos— que esa victoria contundente que necesita el presidente se la iba a dar la maltrecha Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba. El propio Trump lo ha dicho repetidamente. Ha dicho que Cuba is next; ha dicho: “Tendré el honor de tomar Cuba”... y así, cosas por el estilo. Luego se olvida del tema hasta que vuelve a tropezar con el asunto cubano.

Hace unos días, dijo que Estados Unidos iba a tomar Cuba casi de inmediato y amplió las sanciones contra la dictadura cubana. Para mí, el problema no es imponerles más sanciones; el verdadero problema es que las apliquen. Párense en la orilla del río de Miami y no pasará mucho rato para que vean otro barco, cargado hasta el tope, saliendo hacia Cuba. Qué raras sanciones.

Hace unos días dijo que tomaría Cuba casi de inmediato, ojalá. Pero también hace unos días su Departamento de Justicia acusó formalmente a un gobernador, a un senador y a un grupo de mandos policiacos del estado mexicano de Sinaloa de pertenecer y estar al servicio de un cártel del crimen organizado, considerada organización terrorista por el gobierno de Trump.

Desde hace años se sabe que el gobierno del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) llegó al poder de la mano de los cárteles del narcotráfico, en específico del de Sinaloa. El propio AMLO visitó Badiraguato —la tierra del Chapo Guzmán y cuna del cártel— en seis ocasiones. Hasta les hizo una carretera para conectar esa zona con Chihuahua; así el fentanilo llegaría más rápido a la frontera con Estados Unidos.

Y ahí en Sinaloa, en las elecciones de 2021, ganó el candidato del partido de AMLO. Ganó Rubén Rocha Moya en unas elecciones en las que los candidatos y funcionarios de otros partidos fueron secuestrados o amenazados por las tropas del Cártel de Sinaloa. En esos días, además de drogas y seres humanos, trasegaron también con urnas.

Salió en las noticias, pero las autoridades no hicieron nada. Al contrario, cuando el gobernador fue acusado de todo esto —y de más cosas—, AMLO y la presidenta electa Claudia Sheinbaum se fueron a Sinaloa a "apapacharlo" —como se dice en México a dar cariño con el alma—, a defenderlo; al cabo, es un miembro del equipo, pertenece al narcogobierno.

Y ahora Estados Unidos, al parecer, se cansó de que su vecino y principal socio comercial siga acabando con el sistema democrático mexicano, siga inhibiendo las inversiones, siga apoyando a la dictadura cubana, no ofrezca condolencias cuando dos agentes de la CIA mueren combatiendo los narcolaboratorios y siga funcionando como una mafia coludida con los criminales.

Al parecer se cansó, porque todo esto ya lo sabía desde antes. Lo de Rocha Moya y su gente es solo la primera acusación formal. El Departamento de Justicia tiene cantando a cientos de narcos en sus cárceles: desde los hijos del Chapo hasta el Mayo Zambada, pasando por los cabecillas y sicarios de muchos cárteles mexicanos catalogados como organizaciones terroristas, repito.

Entonces, uno, que es medio pesimista en este tema de la libertad de Cuba y su relación con Trump, se pone a pensar que, si esa libertad nos la prometieron después de que se acabara el tema de Irán, y como lo de Irán está empantanado y ahora se nos pone en medio lo de los narcopolíticos de México, puede uno pensar que, si seguimos en esta racha, puede ser que hasta Trump le meta mano primero a España —o a cualquier otra cosa— antes que a Cuba, coño.

Foto: U.S. DoJ

sábado, 2 de mayo de 2026

En Cuba no hay 2 de mayo

 


La dictadura cubana hizo del 1 de mayo un día significativo. En tiempos del Orador Orate, la robada plaza Cívica se llenaba de corderos que marchaban frente al cacique, genuflexos y agradecidos por haberlos librado de su condición de ciudadanos y llevarlos a esa marca superior que significa pertenecer a un “pueblo uniformado”.

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Todavía el año pasado, la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba logró acarrear a varios miles de corderos y llevarlos a desfilar por esa “plaza de las mentiras”. Digo de las mentiras pues, desde su tribuna, el Orate prometió “villas y castillas” a los cubanos que entusiásticamente entregaron sus destinos a un sujeto que nunca tuvo un empleo productivo.

Ayer fue 1 de mayo de 2026 y la Junta Militar no marchó por la plaza ahora vacía. Se fueron al Malecón de La Habana a pararse frente a la embajada de Estados Unidos. No sé si fueron a bravuconear o a implorar clemencia. No pudieron reunir ni a mil corderos.

La mitad de los asistentes iba en uniformes militares. La excelsa “primera dama” portaba un proletario reloj de cinco mil dólares. El acomplejado hermano del Orador Orate, casi en condición de piltrafa humana, fue sacado de su escondite para ponerlo como búcaro —qué palabra tan cubana— frente a los imperialistas.

Tan decrépito está —lo que no lo exime de la condición de hijo de puta— que tuvo que sostenerse de otro gran hijo de puta con apellidos de esbirro: Machado Ventura. Fue, para mí, un encantador nivel de ridiculez que me indica que, con Trump o sin Trump, ese cascajo de “revolución” vive sus últimos días.

Últimos días no significa que, como una fiera famélica y hambrienta, no sigan haciendo daño. El castrismo, o lo que queda de él, nació, vivió y morirá haciendo daño. Está en su naturaleza; es implícito a su condición de encarnar todo lo indeseable en una conducta humana: envidia, rencor, odio, obtusidad, hipocresía, maldad, incapacidad, traición y mil adjetivos más.

La marchita de los corderos fue espejo de su condición de moribundos. El último ridículo, espero yo. Hace doscientos dieciocho años los madrileños —no todos, solo unos miles— se sublevaron en contra del invasor francés. Napoleón Bonaparte había puesto “patas p’arriba a toda Europa y España fue uno de sus bocadillos.

No le resultó difícil ocupar la Península. La podrida monarquía le abrió sus puertas. Los de arriba, como siempre, se acomodaron con el francés. Los de abajo no tanto; y ese 2 de mayo, en Madrid, los de más abajo se sublevaron y salieron a las calles a matar napoleónicos a ritmo de “olé”. Los atacados respondieron fusilando y masacrando. Cosas de humanos, ya saben.

Al día siguiente, lo de Madrid se esparció por todo el país. El desbarajuste que se formó transformó, literalmente, al mundo. De este lado del charco, la escabechina del 2 de mayo de 1808 en Madrid provocó un tsunami que disolvió el Imperio español en América en menos de diez años. La historia llamó a este proceso “independencias”: México, Colombia, Chile y el resto de la América española. Matando españoles y matándose entre sí, pero se independizaron.

Todos menos Cuba, ah, y Puerto Rico. Y es que Cuba era muy rica y exitosa. La gente vivía bien y hasta los esclavos comían tasajo y boniato —lo cual no quiere decir que la esclavitud no sea algo horrible—. Pero en Cuba no hubo un 2 de mayo en ese entonces.

Como no lo hubo en 2026, aunque ahora Cuba sea una ruina y un fracaso. Aunque la gente sobreviva en una catástrofe humanitaria sin precedentes en su historia. Aunque la Junta Militar de Barrigones, como aquella podrida monarquía española, abra sus puertas a cualquier extranjero que les regale un rublo o un yuan.

No hubo un 2 de mayo, ni un 3 de mayo en Cuba, aunque los siete u ocho millones de cautivos que quedan en la isla sean todos esclavos de una junta militar que los mantiene en la Edad de Piedra y los reprime si se quejan. Esclavos que, a diferencia de los de 1808, no tienen ni tasajo ni boniato.

Eso sí, tienen a Díaz-Contados con su tersa barriga, a su mujer con reloj caro, al dictador nonagenario y a los mil corderos que los acompañaron este 1 de mayo. Sobreviven bajo una dictadura que está en un callejón sin salida, y digo sin salida refiriéndome a los dictadores. Para los cubanos, los de allá y los de aquí, sí hay una salida.

Una salida que es la libertad; la lograremos de una forma u otra. Al menos tenemos la esperanza de que, si no hubo un 2 de mayo en La Habana, al menos tenemos a un Napoleón en la Casa Blanca. No alcanzaremos una libertad honorable, pero libertad, al fin, es mejor que esta opresión sin fin.

Aquel 2 de mayo de 1808, los madrileños se sublevaron a tan solo seis meses de la ocupación francesa. Este 2 de mayo de 2026, los cubanos llevamos sesenta y siete años y medio bajo la bota castrista y los tenis de sus herederos. Vamos, que hay “pueblos” y “pueblos”.

Pobre Cuba. Qué triste destino le tocó en manos de un Orate y sus herederos. Qué triste que su destino ahora dependa de un extranjero.

 

Foto: Diario de Cuba

viernes, 1 de mayo de 2026

Trump: a la tercera no fue la vencida

 

Foto: EFE
 
 

El pasado 25 de abril, durante la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca, un desequilibrado intentó traspasar el control de seguridad exterior disparándole en el abdomen a un policía para, inmediatamente, correr hacia el salón donde se celebraba el evento. Un estúpido plan ejecutado por Cole Tomas Allen, un joven de treinta y un años proveniente de Torrance, California.

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Un joven que trabaja en C2 Education, una escuela dedicada a entrenar y preparar a los jóvenes que se aprestan a pasar los exámenes de ingreso a prestigiosas universidades. Una escuela de tutoría en la que Allen recibió el título de Maestro del Mes en diciembre de 2024. Un antitrumpista desequilibrado, como casi todos.

El chico pertenece a un grupo conocido como The Wide Awakes (Los Bien Despiertos), aliado del movimiento No Kings (No a los Reyes), que se organizó en contra de la presidencia de Donald Trump. Si en su primer término los enemigos de Trump sacaron a la calle a Black Lives Matter, ahora, en la segunda, inventaron el No Kings.

El problema es que Black Lives Matter, para este segundo término, estaba ya muy desacreditado por la corrupción rampante de muchos de sus líderes. Al parecer, hay dinero de sobra para ejecutar políticas que erosionen la democracia, la libertad de expresión, la convivencia y la gobernabilidad de Estados Unidos.

Este atentado a Trump es ejemplo de ello. Es ejemplo de la hipocresía de la llamada izquierda o de los autodenominados progresistas. Qué les habrá inculcado este estúpido a sus alumnos. Son de los que toman calles, atacan policías y hacen destrozos defendiendo a los extremistas islámicos en Gaza o en Irán, da igual. No importa que unos y otros se escuden detrás de inocentes civiles mientras masacran a todo el que puedan. Lo importante no es defenderlos; lo importante es joder a Occidente, a la democracia, a la libertad, al capitalismo, a nuestro modo de vida.

Defienden lo indefendible buscando instaurar en nuestras vidas eso indefendible. Da igual que sea Gaza, Irán o la dictadura cubana. Hamás puede matar a miles de israelíes, la teocracia iraní asesinar a treinta mil civiles o la Junta Militar cubana encarcelar a niños y ancianos y matarlos de hambre o golpes en sus mazmorras. Eso no importa; lo importante es joder a Estados Unidos.

Como en los tiempos del bloque comunista, se la pasan hablando de paz mientras fomentan la guerra. Exigen a Estados Unidos una paz que no le piden al contrario. No ves a nadie exigiéndole a Putin retirarse de Ucrania, pero no das dos pasos sin ver a alguien hablando de que negocien o de que Ucrania ceda parte de su territorio.

Ves a la representante Maxine Waters pidiéndole a la gente que, si ven en la calle o en un restaurante a cualquier miembro del gabinete federal, le caigan a palos in situ. Es la misma que se la pasaba viajando a La Habana y lamiéndole las botas a Fidel Castro. La misma que llamaba a ese Orador Orate “amigo de Cuba”.

El actor Robert de Niro, haciéndose el “toro salvaje”, diciendo que si ve en persona a Trump le daría un puñetazo en la cara. Atacar a un presidente elegido democráticamente mientras, en 2018, acogió a Miguel Díaz-Contados en Nueva York como si no fuera la cabeza visible de la dictadura que tiene a miles de presos políticos languideciendo en mazmorras hediondas solo por pedir libertad.

O Nancy Pelosi, rompiendo un discurso de Trump en pleno Congreso y acusando a ese mismo presidente electo democráticamente de ser “la peor cosa en la faz de la Tierra”. Otra que fue a La Habana a rendirle pleitesía a los dictadores que tienen a los cautivos de la isla de Cuba sumidos en una catástrofe humanitaria que, al parecer, a nadie —menos a nosotros— les importa.

Ese enrarecido clima que, desde la política, los medios y la cultura, se ha desatado en contra de Trump y de su equipo tiene consecuencias como lo que hizo el profesor Allen. No fue el primero en atentar contra Trump; aunque quizás ha sido el más torpe al hacerlo. Tampoco será el último mientras los políticos, artistas y periodistas sigan clamando por un nuevo John Wilkes Booth.

Los ciudadanos de bien que no votamos ni por Barack Hussein Obama ni por Joe Biden aguantamos doce años de desgobierno. Vimos con resignación cómo el primero rindió a Estados Unidos ante la dictadura cubana, que hasta se burló de él y de nosotros. Aguantamos ver al otro, senil, retirar a nuestras fuerzas armadas de Afganistán de manera desastrosa, traicionando a nuestros aliados y poniendo por el suelo el prestigio del país.

Fuimos testigos pacientes de cómo Obama firmó un acuerdo con la teocracia iraní, abriéndole de par en par la posibilidad de fabricar armas nucleares. No solo eso; también le abrió las puertas a su financiamiento al liberar miles de millones de dólares que habían estado congelados por las sanciones a ese régimen terrorista. O Biden, que dejó crecer un narcoestado al sur de nuestra frontera mientras permitía una invasión migratoria sin precedentes en nuestra historia.

Vimos y fuimos testigos de todo. Nunca se nos escuchó pedir que mataran a ninguno de los dos. Ni a Bill Clinton cuando, en febrero de 1996, no le metió mano a la dictadura cubana después de que esta asesinó a cuatro hombres de bien.

La izquierda, los progresistas, los woke, los que sean, se la pasan acusando a Trump por dividir la sociedad norteamericana. No les falta razón: no solo divide nuestra sociedad, divide al mundo. Pero eso no es razón para pedir que lo asesinen o que ataquen a cualquier miembro de su gabinete.

Trump no está solo en esto; ellos dividen tanto o más: blancos contra negros, negros contra otras minorías, heterosexuales contra homosexuales, ricos contra pobres, musulmanes contra cristianos, respetuosos de la ley contra revoltosos. Una lista que no acaba nunca. Para ellos, todo lo que no es de su gusto hay que destruirlo.

Por eso mataron al joven Charlie Kirk o al influencer Rob Reiner y a su esposa Michele. Por eso atacaron al congresista Steve Scalise y al juez Brett Kavanaugh. Salvo un loco que entró a casa de Nancy Pelosi, no he visto a nadie del lado conservador pedir que maten a Zohran Mamdani por comunista o a Bernie Sanders por hipócrita.

No es coincidencia que todos los que piden e incitan el asesinato de Trump apoyen todo lo oscuro de este mundo. Apoyan a Hamás, a Hezbolá o a Irán contra Israel y el mundo libre; respaldan la migración masiva que está diluyendo la Europa que conocimos; suben nuestros impuestos para dilapidarlos en beneficio de sus absurdas causas o envenenan a nuestros hijos y nietos en las escuelas y las universidades. Otra larga lista que incluye, además, su solidaridad con la empobrecedora y asesina dictadura cubana que tiene a los cubanos sobreviviendo en la Edad de Piedra.

Por todo esto —y sobre todo por esto último—, anhelo ver a Trump acelerando y profundizando sus políticas. El tipo es un pesado, pero como empleado nuestro lo está haciendo muy bien. Que se apure en todo sin mirar a los lados; al cabo, ya lo quieren muerto. Que siga imponiendo el sentido común y defendiendo a este gran país, a esta democracia y a nosotros, sus ciudadanos.

 

Foto: Communist Party USA