Hay procesos que, por lentos y continuados, pasan desapercibidos. Como cuando haces un estofado o asas unas costillas: horas y horas de cocción hasta obtener el resultado deseado. En México hoy sucede lo mismo, pero no se llega al resultado deseado por la mayoría de los mexicanos.
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Desde la llegada a la presidencia de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), México inició una deriva hacia el bando del fracaso. Como les he contado, AMLO destruyó un moderno aeropuerto en plena construcción, construyó un miniaeropuerto inservible, destrozó la selva maya con un tren en el que nadie viaja y acabó con un prístino manglar para levantar una refinería de petróleo.
Todos estos caprichosos e inútiles proyectos fueron construidos y operados en medio de un mar de corrupción. Corrupción de la que han sido beneficiarios sus hijos y sus cercanos. No lo digo yo: lo dicen serias investigaciones periodísticas.
Desde 2006, cuando perdió las elecciones, AMLO se dedicó a desestabilizar la política mexicana mientras organizaba su Movimiento de Regeneración Nacional (Morena). Es un partido político que se nutrió de todo el cascajo del resto de los partidos políticos mexicanos. El único requisito para integrarlo era ser fiel al líder, ser fiel a AMLO. Fidelidad a AMLO significa, en el México actual, prebendas e impunidad.
Cuando finalmente logró, con el voto popular, ocupar la presidencia de ese bello país, se dedicó de lleno a desarmar su incipiente sistema democrático. Acabó con los organismos de control autónomos, les confiscó sus presupuestos, inutilizó la Comisión Nacional de Derechos Humanos y neutralizó a la oposición, tanto política como económica.
Bajo un mantra de austeridad, dilapidó los recursos de la República. Repartió dinero a manos llenas, comprando el favor político. Se alió con el crimen organizado bajo la política de “abrazos, no balazos”. Dejó crecer a los cárteles, que pronto diversificaron y expandieron su influencia territorial y económica. Incluso le ayudaron a manipular elecciones.
En esos seis años, entre 2018 y 2024, doscientos mil mexicanos fueron asesinados y hubo más de cien mil desaparecidos. La nula e inepta gestión durante la pandemia del “virus chino” privó de la vida a aproximadamente ochocientas mil personas. Más de un millón de mexicanos muertos por las acciones de un político acomplejado.
En el ámbito internacional, se relacionó con lo peor de la escena mundial. Se alió con la dictadura cubana, llenó a México de “médicos esclavos” de esos Barrigones, abrió las puertas a los espías y agencias de desinformación de Rusia. Abrió el país como vía para la invasión de migrantes organizada por los enemigos de Estados Unidos. Inició un conflicto innecesario con España basándose en los complejos y frustraciones de su entonces esposa.
En 2024 logró instalar a su pupila, Claudia Sheinbaum, y con ello garantizar que su espalda —y la de los suyos— esté protegida. Logró, ilegalmente, instalar una sobremayoría en el poder legislativo a favor de su partido. Compró el voto de políticos corruptos para neutralizar la Suprema Corte de Justicia y el Poder Judicial mexicano. Acabó con la independencia de esos poderes —del legislativo y el judicial— al mismo tiempo que secuestró para sí a los órganos electorales. Acabó con la democracia e instaló una autocracia.
Las inversiones están estancadas ante la inseguridad jurídica y pública. Las aduanas son un nido de corrupción que, por un lado, permiten la entrada de decenas de millones de galones de combustible ilegal y, por otro, obstaculizan las importaciones legales con trabas burocráticas que cambian a capricho de sus corruptos funcionarios.
Grandes extensiones de México están directamente en manos de los cárteles. Controlan territorios y los defienden con verdaderos ejércitos con armamento pesado, vehículos blindados, armas antiaéreas, minas antipersonales y drones artillados. Controlan indirectamente muchos estados a través de sus políticos. Fabrican, trafican y venden todo tipo de estupefacientes para consumo local y para exportación. Trafican con personas y manejan amplios sectores de la economía.
Durante el gobierno de AMLO y ahora en el de Sheinbaum —como en toda dictadura— se premia más la fidelidad que la capacidad. De ahí que todo en el país se ha ido degradando. La Línea 12 del Metro de la Ciudad de México se derrumbó provocando víctimas mortales; dos niñas que iban a un concierto desaparecieron tragadas por una cloaca sin tapa; los trenes de AMLO se descarrilan consuetudinariamente; el aeropuerto de la capital está colapsado. Las medicinas escasean en el sistema de salud pública y la electricidad no alcanza en el sureste del país.
Hace más de un mes, el golfo de México fue atacado por una marea de petróleo crudo. Devastó la industria pesquera y el turismo, justo en la temporada alta de la Semana Santa. El daño ecológico es incuantificable. El gobierno de la camarada Sheinbaum pasó todo ese tiempo negando el derrame, culpando a un “barco fantasma” o a una emanación natural. Hace unos días tuvo que reconocer que el devastador derrame fue provocado por la empresa estatal Pemex. Un mes mintiendo, un mes contaminando, y nadie es responsabilizado.
Nadie ha pagado por el millón de muertos —entre asesinados a tiros o por el COVID-19—, o por las víctimas del derrumbe del Metro, o por la explosión de una pipa de gas ilegal, o por las niñas tragadas por la cloaca o las miles de jóvenes asesinadas o desaparecidas. Nadie ha pagado por los niños con cáncer sufriendo sin medicinas o por dejar entrar a un desequilibrado armado a las ruinas de Teotihuacán a secuestrar y asesinar a turistas inocentes.
Nadie paga, nadie es responsable, mientras sean fieles al régimen de AMLO y su alumna. Ella, mientras tanto, se fue a Barcelona a una cumbre de cómplices de la maldad. Se fue a abrazar con el pichón de dictador —y corrupto— Pedro Sánchez y con las lacras de Petro y Lula. No fue a España a representar los intereses de los mexicanos, a buscar inversiones o fomentar el turismo. No; fue a apoyar a la dictadura cubana y a la desfalcadora Cristina Fernández de Kirchner. Fue a los brazos de los enemigos de Estados Unidos, su principal socio comercial y sostén de la economía mexicana.
Pobre México, tan bien que iba. Tan bien que le iría en este nuevo contexto internacional en el que la principal economía del mundo necesita más que nunca de un aliado confiable con el que, además, comparte una frontera de casi dos mil millas. Pero no: ella y AMLO han mordido repetidamente la mano de quien los alimenta, han estancado la economía, han dilapidado el dinero de los mexicanos, les han dado la espalda, han enterrado su democracia y planean perpetuarse en esa mediocridad ideológica.
Hace sesenta y siete años, Cuba era un país próspero y autosuficiente, pero los cubanos querían un cambio y entregaron su destino a la pandilla de bandidos liderados por Fidel Castro. Hace ocho años, los mexicanos querían un cambio y eligieron, democráticamente, a un acomplejado de escasos sesos y abundante malicia. Hoy Cuba es un páramo miserable y México se degrada poco a poco.
Solo espero —ruego— por que los mexicanos se percaten de a dónde lleva ese camino. Están a tiempo, aún.





