sábado, 29 de agosto de 2026

Es increíble lo que sucede en Cuba

Foto: CiberCuba.com
 

Es increíble lo que sucede en Cuba.

Por un lado están los dictadores con su pantomima de la defensa nacional. Con ropa limpia, botas lustradas, barrigas prominentes, electricidad y comida. Hablando mierda sobre la defensa, cuando con media división de la 101st Airborne serían convertidos en picadillo de maldad en menos de media hora. Hace seis meses morían de miedo, hoy mírelos ahí, envalentonados. Gracias Donald.

Foto: CiberCuba.com

En ese mismo lado, el de la maldad, vemos al Puesto a Dedo Díaz-Contados hablando de la agricultura con drones y no sé que otra idiotez. Drones para sembrar frijoles cuando hace sesenta y siete años no existían los drones y sobraban los frijoles. Los frijoles no se producen con drones, se cosechan con capitalismo, con libertad.

Drones necesitamos para acabar con ustedes, panzones ineptos.

Foto: elnuevopaís.net

Por otro lado están los cubanos, los cautivos de esos barrigones. Sobreviviendo como primitivos, contando las horas que tendrán de electricidad, cuando lo que tendrían que exigir, como cualquier ser humano de este siglo, es que tengan 24 horas de servicio. Así lo era en la Cuba que Fidel Castro "liberó" hace sesenta y siete años.

Foto: radiogranma.icrt.cu

Es increíble el ser humano, lo que se le puede hacer, es increíble. Lo que puede aguantar, lo que está obligado a aguantar. Cuba es el ejemplo más completo de lo que el socialismo totalitario le puede hacer a una nación. A lo largo de los siglos muchas naciones, muchas culturas, han desaparecido por muchas causas, casi siempre invasiones.

Foto: acidcow.com

Ahora mismo, nuestra civilización occidental está siendo atacada por muchos flancos. Europa, su cuna, se ha rendido ante la invasión islámica que ya hoy controla muchas de sus calles y avanza sobre su política. En Estados Unidos los niños y jóvenes adoctrinados durante años están llegando a la edad de votar y con votos nos van a botar a los libres, a los que vivimos amando y respetando la libertad.

Foto: inthesetimes.com

La cubana, la nación cubana, puede ser, lo está siendo, la primera que desaparecerá bajo la bota del socialismo totalitario. Desaparecerá a oscuras, entre ríos de aguas pestilentes, lomas de basura tóxica, violencia colectiva y escuchando a un imbécil, con voz repelente y cabello babeado, seguir hablando de cultivar frijoles con drones.

Foto: adn40.mx

Adiós Cuba. Que triste destino para una nación tan linda, tan feliz.

Foto: CiberCuba.com

Que asco, Dios mío.

viernes, 28 de agosto de 2026

La malignidad del gen comunista

Foto: PCC
 
 

Hay personas en la vida que son admirables, dignas, merecedoras de respeto, excelentes en lo suyo, incluso patriotas. Para mí, un patriota, en el tema de la libertad de Cuba, es mi hermano o mi hermana de lucha.

Eso cree uno: que por la Cuba libre se es un libro abierto, que incluso te doblegas por respeto a la edad y a la trayectoria. Nunca he sido un héroe y no lo pienso ser. Nada más lejos de mi esencia. Yo trabajo bajo la sombra de los flamboyanes que extraño.

Pero, coño, ya llevo casi seis décadas en esta dimensión. Nací en un tablero de ajedrez en el que Frank Domínguez —cubano sin igual— me dijo que somos caballos sin tablero en que saltar. Y ese tablero, a Frank (cubano como nadie) y a mí, nos lo metieron con tan pocos cuadros que no pudimos jugar bajo esas reglas: las reglas de una dictadura que nos impusieron.

Yo nací en 1969, bajo el cepo totalitario de un Orador Orate que me hizo creer —encantador de serpientes— que yo y mis amigos éramos unos niños privilegiados de un magnífico proyecto. Éramos los elegidos frente a tanto sufrimiento de los niños —como nosotros— de lo que llamaban Tercer Mundo.

Yo nací en un país esclavo que fue un país libre —en el que incluso los comunistas proscritos operaban como Blas por su casa— hasta que entregó su libertad a ese Orador Orate de la mano de esos comunistas que florecieron en una democracia permisiva.

Yo nací bajo una dictadura; me inocularon el germen de ese totalitarismo energúmeno. Inoculado, pero rechazado por mis genes libres. Dios me dotó de libertad desde niño. Me dotó también de bondad, de hombría, de decencia, de humanidad.

Le doy gracias; como le doy más a quien me lo regresó como avalancha consecuencia del mal: gracias a quien es mi vida, que me acercó de nuevo a Dios, a Martí, a la Cuba limpia, la soñada, por la que vivo y la que lograré sin dudas.

Hoy me tiran lodo, fango, desde la misma trinchera desde la que limpio —completamente limpio— lucho por la libertad de mi Cuba perdida. Palas de lodo sobre los que no hacemos más que trabajar por la Cuba libre. No me comparo con ese muchacho vecino del Arsenal de La Habana que nació aquel enero de 1853.

Nunca: no le llego al tacón gastado de sus zapatos caminando ciudades por la libertad de nuestra isla bella, de nuestra nación naciente. Al contrario: soy zócalo de un pedestal que solo sueño construir. Pero como él, con sus zapatos gastados de hacer patria, recibo estiércol inmerecido.

Martí recibió toneladas de estiércol inmerecido; sencillo como solo él pudo ser, lo paleó por Cuba. Yo soy un mosquito comparado con el fundador de la nación por la que vivo. Me pueden tirar la cagarruta de una mosca: la quito de en medio y pienso en Martí, pienso en mi Cuba libre, próspera y feliz.

Pienso en las calles de esa Habana abandonada que reconstruiré de la mano de mi amor. Del Milagro que Dios me mandó.

Los genes del comunismo desaparecerán de nuestra Cuba refundada; la malignidad intrínseca será filtrada, eliminada. Los genes del comunismo son malignos y perduran, nacen, florecen. Incluso lo hacen en personas aparentemente decentes, pero que ahí lo incuban y les florece.

La Cuba libre, la que viene, viene limpia, como agua de manantial cubano, cristalina. Lo sucio, el gen del comunismo, inevitablemente será sepultado muy lejos de la patria que Martí soñó, que fundó y que esos comunistas nos arrebataron hace tantos años.

Y ahí sigue, increíblemente, incluso entre los que han tenido que escapar del mal del comunismo: les retoña el mal.

Lo traen en los genes.

En la Cuba libre que viene tendremos la savia libre y limpia que neutralizará esa ponzoña.

Limpia, nuestra patria será limpia: la que Martí soñó. Coño, solo esa.

Limpia, pulcra, decente.

Nuestra, y pronto libre. Y siempre limpia, decente, próspera y feliz.

 

Foto: Prensa Latina.

jueves, 27 de agosto de 2026

Diario las Américas, donde se expone lo que otros callan

 


Hace treinta y un años, que parecen mil, llegó quien suscribe a tierras de libertad. Llegué con "el bolsillo tan flaco, que de perfil no se ve", pero, siempre curioso, exploraba los diarios nacionales y locales. De todos, el que más se acomodaba a mi perfil ideológico y emocional, era Diario las Américas.

DLA decía, exponía, analizaba lo que a otros medios no le interesaba decir, o incluso ocultaban. 

Quien me diría que treinta y un años después, que parecen mil, quien suscribe iba a colaborar con ese faro de libertad y verdad que es DLA.

Las cosas de la libertad, no hay nada como ser libre y defender la verdad.

Dicen que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer. Me da mucho gusto saber que detrás de DLA hay una muy grande. Una gran mujer.

Gracias DLA, gracias Iliana, los libres del mundo les debemos mucho.

Felicidades también, de corazón.



miércoles, 26 de agosto de 2026

Dictador Pelos Babeados

 

Foto: Folha

 

La espiral de decadencia a la que la Junta Militar de Barrigones ha llevado a Cuba parece no tener fin. El costo material de la demolición de lo que fue un país próspero y autosuficiente casi ha llegado a su punto máximo. No así el humano.

Cada día que pasa son veinticuatro horas más en las que mis paisanos sobreviven en condiciones que hacen parecer el Infierno de Dante como un cuento de niños. Literalmente, la necedad e ineptitud de esa pandilla de desalmados ha sacado a los cubanos de la vida civilizada actual. Cuba es hoy el primer territorio libre de civilización en América; contando a Haití, que conste.

Los cubanos llevaban décadas malviviendo bajo un totalitarismo comunista y represivo desde que se dejaron arrebatar su condición de ciudadanos de una república —imperfecta, sí, pero funcional— y aceptaron convertirse en vasallos de un Estado omnipresente bajo la tutela de un Orate que no paraba de hablar y de destruir.

Había tanto que destruir que le tomó al barbudo y a su pandilla treinta años darse cuenta de cuánto habían destruido y de cuán dependiente era su circo, de cuán parásita era la finca en la que habían convertido aquella Cuba próspera y autosuficiente. Durante esos treinta primeros años, a pesar de los miles de millones de rublos de ayuda, los cubanos convivieron con apagones, escasez de gas, mal transporte público, racionamiento de alimentos y productos básicos, y haciendo largas colas para adquirir cualquier cosa, de las pocas cosas que podían adquirir.

No era todavía el paraíso socialista que el Orate les decía, repetidamente, que estaban construyendo. Como un niño malcriado pateando una lata vacía, el malcriado barbudo siempre pateaba hacia el futuro ese paradisíaco futuro comunista que decía que estaban construyendo. Treinta años de planes y campañas que “ahora sí” iban a desarrollar una isla que en 1959 ya estaba bastante desarrollada.

Llegó 1990 y se acabó la diversión para el parlanchín en jefe, y se quedó sin subsidios y con once millones de bocas a las que se había obligado a alimentar cuando les quitó su libertad a cambio de sumisión. Y ahí “se acabó lo que se daba”: nunca más literal ese decir cubano. Se quedó sin quien lo mantuviera. No era la primera vez: su padre lo había mantenido hasta su muerte, luego su madre y después los soviéticos hasta que los arruinó. Toda su existencia consistió en buscar quien lo mantuviera.

En 1990, el Orador Orate se quitó la careta. Siguió diciendo las mismas tonterías con la misma frecuencia, pero demostró que el socialismo que decía construir desde hacía treinta años no era tal. Lo único que construyó en esas décadas fue su poder personal. Sin papá soviético compartió, sin dudarlo mucho, su isla —su finca— con cualquier rufián dispuesto a ensuciar su capital en inversiones turbias con un dictador que no solo les ofreció una isla, sino también a sus hijos. Especialmente a sus hijas.

Desde el llamado Período Especial hasta la fecha, nuestra desdichada isla y sus hijos han sufrido esa espiral de decadencia, incrementada aún más desde la instauración de la Junta Militar encabezada, nominalmente, por un puesto a dedo. Miguel Díaz-Canel es la cabeza visible de ese Estado fallido que ata y somete a los cubanos. Un Estado que les impide progresar y ser libres al tiempo que los reprime por intentar ser humanos.

Hace unos días, este balbuceante esperpento dio una entrevista a un diario brasileño. Un intercambio que comenzó con complicidad, pero que la imbecilidad del individuo llevó a que rápidamente el terciopelo se convirtiera en yute. No por culpa de la periodista, sino por la misma desconexión de la realidad por la que transitan todos los barrigones miembros de esa Junta.

Hay que reconocerle que reconoció su propio fracaso. Lo hizo hasta con desgarradoras cifras de la catástrofe humanitaria que se extiende por toda Cuba. Por supuesto, como siempre, para él el causante de esta debacle no es el régimen que representa. La ruina final de la isla no es culpa de todos esos obtusos “reordenamientos” e “implementaciones” que han borrado las “potencialidades” del país. No: la culpa, ya saben, es del “bloqueo”, del “imperialismo”.

En la entrevista se contradijo constantemente. Digo que se contradijo porque así lo vemos quienes vivimos en el mundo real. Díaz-Contados no vive en este mundo: vive en el suyo. Él puede decir que Cuba antes de 1959 dependía de Estados Unidos y que por eso se hizo la “Revolución”, y dos minutos después decir que los problemas de Cuba empezaron cuando desapareció la Unión Soviética, de la que dependía el 88 % de su comercio exterior. Así, como si nada.

Luego dijo que la “situación compleja” a la que su Estado fallido intenta sobrevivir es causada por ese “bloqueo” norteamericano que no los deja comerciar con Estados Unidos. O sea: en 1960 comerciar con Estados Unidos era la causa de los problemas de Cuba, mientras que desde 1962 hasta 2026 no comerciar con Estados Unidos es la causa de los problemas de Cuba. Hay que ser imbécil o cínico, o las dos cosas.

Ante las presiones de la administración Trump, la Junta Militar ha propuesto “implementar” un plan de 176 medidas de privatización de la economía en ruinas. Capitalismo de Estado con sabor tropical; capitalismo de amigos, de cuates, de camaradas. Al preguntársele sobre estas medidas —inútiles por donde se vea—, el Puesto a Dedo contestó que eso no era capitalismo, que eso era socialismo. Hay que reconocerle también que hasta a un mentiroso compulsivo de vez en cuando se le escapa una verdad, y dijo que esas inversiones y semilibertades eran medidas temporales, que después seguirían ellos en la “construcción del socialismo”.

En su delirio llegó a decir que el “pueblo” —nefasta palabra si la comparamos con “ciudadanos”— estaría dispuesto a dar su vida en defensa de la “ruinalución” que él representa. Dispuestos a morir por un mequetrefe por el que nadie de ese pueblo votó, que representa al mismo diabólico régimen que los tiene sobreviviendo como primitivos y que les cae a palos y encarcela ante la primera queja o protesta.

Y miren: la espiral de decadencia no son solo las estupideces que dice esta pandilla de ineptos desconectados del mundo. Es también la forma. Sesenta y siete años de totalitarismo castrista no solo despojaron al cubano de su libertad y prosperidad: le extirparon las maneras de convivencia social con las que nació la nación cubana. La vulgaridad y el mal gusto en el hablar y en el vestir de este monigote al que un Cangrejo le llama Miguelito es reflejo y resultado del plan de Fidel Castro para deconstruir —mejor dicho, demoler— a la nación cubana.

El lenguaje, la manera de hablar, la gesticulación, la forma de vestir, el arte, la literatura, la música, la plástica, la culinaria, el respeto a la propiedad individual, la iniciativa propia, las formas sociales, los valores humanos, la religión... todo ha sido tergiversado hacia la marginalización. No solo han demolido la riqueza material de esa isla que siempre fue faro de prosperidad: han sepultado a una cultura vigorosa, rica y plural bajo una gruesa capa de estiércol resentido y vulgar.

Dondequiera que volteemos ahí está la marginalización de la cubanía. Lo mismo un performer que llega a mancillar nuestra bandera en el altar de la libertad y hablar de olores genitales ante un patriota, que este tarugo de Díaz-Contados al que, momentos antes de la mentada entrevista, su “excelsa” esposa le peina las canas de su vacía cabeza usando sus manos a golpe de salivazos y escupitajos, mientras sonríe orgullosa de ejecutar este acto “de pueblo” frente a una periodista extranjera.

Pobre Cuba: no veo la hora de que les llegue a estos malnacidos la justicia y el castigo que merecen. No veo la hora de empezar a reconstruirla, a refundarla. Pero, oigan, va a costarnos sudor y lágrimas.

Sangre no: en nuestra Cuba libre no correrá más sangre, solo vida, prosperidad y felicidad. Ah, y peines.

 

Foto: Benny_the_artist