Foto: Cubainformación
Silvio Rodríguez salió a decir
que él exige un AKM “si se tiran”. Y enfatizó con un “conste que lo digo muy en
serio”. Yo no sigo nada de lo que dice el individuo, pero ayer estaba en un
aeropuerto, aburrido, y repasaba las noticias con la esperanza de ver si ya
había llegado el feliz momento en que se “tiraron”.
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Tropecé con la noticia de que el
integrante de aquella Nueva Trova pedía un AKM “por si se tiran”. No me
quedaron claras dos cosas: ¿qué uso le dará al AKM que exige? ¿Quiénes son los
que se van a “tirar” y por los que el trovador exige un fusil?
Sí, el AKM es un fusil, un fusil
automático diseñado por un ingeniero ruso a finales de la Segunda Guerra
Mundial, a partir de otro fusil diseñado a principios de esa guerra por un
ingeniero alemán. Los rusos y los chinos tienen una larga tradición de copiar y
robar las ideas de otros.
AKM son las siglas de algo así
como "Modernizado Kalashnikov Automático", pero en ruso. Es un fusil
de tres pares de cojones. Ya saben, soviético. Feo, tosco, pero funciona
siempre, aunque lo haga de manera chapucera, a lo salvaje. Como los Ladas y los
Moskvich.
El AKM, en mis tiempos en la isla
de la locura, era el fusil de lujo de aquellas milicias en las que nos
obligaban a marchar. Era el eslabón superior del PPSh-41, otro fusil soviético,
pero más burdo, atrasado y pesado. Yo, que al parecer desde chico fui medio
pillo, siempre me las arreglé para agenciarme un AKM. Hoy en día, después de
cuarenta años, puedo desarmar y armar uno con los ojos cerrados.
No es que yo sea un genio, es que
el rifle tiene un diseño sencillo. El ruso que se robó la idea era un genio y
convirtió un complicado diseño alemán en un arma que tiene solo ocho piezas
importantes. Les digo: burdo, pero efectivo.
Y Silvio Rodríguez ahora quiere
un AKM. Debe saber usarlo porque, según tengo entendido, pasó el espantoso
Servicio Militar Obligatorio que Fidel Castro, el Orador Orate, y su hermano
acomplejado nos metieron por la cabeza a los jóvenes cubanos. Yo, que al
parecer desde chico fui medio pillo, pude escapar de esa maldición.
Foto: radio26.cu
No pude escapar de las marchas
dominicales de las milicias en las que el Orate y su hermano nos hacían desfilar
los domingos. Hacer marchar a unos niños un domingo. Visto en retrospectiva me
doy cuenta de qué clase de hijos de puta fueron los dos. Bueno, todavía queda
uno vivo. Ojalá esté vivo cuando se “tiren”.
Yo sí sé quiénes yo quiero que se
“tiren” en Cuba. Silvio no fue tan claro. Podría querer el AKM por si se “tiran”
los chicos de la 160th que sirvieron de Uber a Maduro y su esposa, o si se “tiran”
los cautivos cubanos a la calle a quemar sedes del Partido Comunista, o si se “tiran”
los represores a reprimir a esos cautivos que están en las calles con cazuelas
y cócteles Molotov, otro invento ruso, sencillo pero genial.
No nos lo dejó claro el trovador.
Les confieso que eso de la Nueva Trova nunca fue lo mío. Yo era pequeño cuando
nos la impusieron. Para mí esa trova, que nos impusieron sobre la trova
tradicional cubana, siempre fue un injerto. Nada que ver con Cuba; se parecía
más a esa tristeza o nostalgia de la música tradicional de Sudamérica. Mercedes
Sosa y gente así. Aquellos ejes que sonaban, ejes oxidados, sin engrasar,
"si a mí me gusta que suenen", decía una lagrimosa canción.
Decadencia socialista hecha canción.
Para mí la Nueva Trova no era más
que otro de esos engendros que el castrismo totalitario nos impuso. Como el
Cerelac por leche, el picadillo de soya por el de res, moringa en vez de yuca,
chícharos por frijoles, chícharos mezclados con café, pollo por pescado, y así
todo. Todo impuesto: la nueva Cuba con su Nueva Trova.
Todo esto fue hace más de treinta
años, cuando el manicomio castrista medio funcionaba artificialmente a costa de
lo que les chupaban a los soviéticos. Justo cuando se acabó la chupadera, este
que está aquí se escapó de ese circo. Me libré del Cerelac, del café mezclado,
de la moringa y también de Silvio. Ah, y no menos importante, me libré del AKM.
Recuerdo que en una de las tantas
vueltas que quien les habla dio por el mundo después de ese escape, pasé por
una pequeña ciudad de México, que hoy llevo en mi corazón y carga mi felicidad.
Y recuerdo que iba andando por una acera —banqueta le dicen allá— y pasé frente
a un bar, o algo así, llamado Peña del Colibrí. Peña, ya de por sí es una
palabrita que me enciende las alarmas, y, pasando por allí, escuché los gemidos
de Silvio Rodríguez acompañados de su guitarra de tres acordes.
Por instinto crucé de dos
zancadas la angosta calle. Repelencia total a escuchar los gemidos de un
individuo que representaba por el mundo a la asesina y empobrecedora dictadura
por cuya causa yo deambulaba por aquella ciudad extraña que, sin embargo, me
dio, me da, tanto amor.
Han pasado treinta años y ya
Silvio no me provoca esas reacciones intempestivas; ahora solo me da asco. Es
un viejito llorón de setenta y nueve años, la misma edad de Trump. No sé si aún
canta —bueno, es un decir—, el orejón nunca cantó, gemía. Hasta se tapaba una
de sus orejas para poder escucharse a sí mismo. Diría Francisco de Quevedo: “Érase
una cabeza a dos orejas pegada”.
Silvio le sirvió bien a su amo.
Su amigo Pablo también, con un poco de menos desvergüenza, creo yo. Pero no me
crean, nunca he profundizado en el tema. Ambos fueron productos de exportación
del tirano asesino. Le sirvieron y se aprovecharon de su servidumbre. Fueron
unos más de la efectiva propaganda de un régimen que nunca sirvió para producir
un litro de leche, pero que no tuvo competencia en cuanto a propaganda y
represión.
Hoy Silvio, con setenta y nueve
años, quiere un AKM por si se “tiran”. Les repito, no sé a quiénes se refiere,
pero si los que se “tiran” encuentran a este orejón con un AKM en la mano, se
le cumplirá eso de “ojalá pase algo que te borre de pronto…”.
Imagino que, como tuvo bastante
éxito en su servidumbre, con sus lloriconas composiciones, Silvio debe tener
sus ahorritos. No creo que los tenga en bancos cubanos, en bancos de la
tiranía. Mal cantante y mala persona es, pero no creo que sea tan tonto como
para confiar sus ahorritos en las arcas de los cleptómanos dictadores. Sin
embargo, es tan tonto como para salir a pedir un AKM para defender esos
ahorritos y a esos dictadores.
Los comunistas, además de
ridículos, son dramáticos, impostores, copiones, falsos. Lo malo es que hay
gente que todavía les cree, que los toma en cuenta. Por suerte, en estas
semanas, la era ya no está pariendo un corazón, está pariendo libertad.
Hoy los cubanos, los de allá y
los de acá, al cuarto de Tula, le estamos dando candela. No estamos dormidos y ya prendimos la vela.