sábado, 28 de febrero de 2026

Por la reconstrucción de Cuba

 

Foto: FIU

 

Ayer 27 de febrero terminó la conferencia Cuba: pasado mañana, dedicada a la futura e inevitable reconstrucción de la demolida isla. La conferencia fue convocada por el Cuban Research Center de la Universidad Internacional de la Florida (FIU).

Como siempre, detrás de una institución, detrás de su poder de convocatoria, están una o varias personas que son la diferencia entre el éxito y el olvido. Debo reconocer y agradecer a Sebastián Arcos Cazabón por su incansable trabajo. Agradecer su poder de convocatoria, su dedicación, profesionalismo, talento y, sobre todo, humildad. Humildad y discreción que engrandecen su trabajo.

La conferencia me ofreció una oportunidad única para ver cuánto talento existe en esta comunidad dispuesto a aportar a la futura reconstrucción material y espiritual de la isla de Cuba. Como dijo un cubano sabio, el comunismo totalitario habrá destruido materialmente a Cuba, pero no ha podido destruir a Cuba como nación.

Cuando les hablo de talento, me refiero a talento profesional, banqueros, economistas, demógrafos, abogados. Personas con conocimientos técnicos, concretos sobre qué acciones y medidas tomar para regresar a Cuba al sendero de la prosperidad y la libertad. Una maravilla, una maravilla esperanzadora.

También conocí a algún que otro comemierda que se cree el centro del universo. Pero mientras esos comemierdas estén dedicados a quitarnos a esa dictadura de encima, enhorabuena.

A nivel personal, recibí la inmensa alegría de reencontrarme con mis queridos profesores Marial Iglesias y Sergio López Rivero. Reencuentro alegre, como si nos hubiéramos visto la semana pasada y no treinta y cinco años atrás.

Que todo sea por una Cuba libre y próspera, una Cuba feliz. 

 


viernes, 27 de febrero de 2026

La lancha expiatoria

 Foto: Budget Boats 
 

Fidel Castro, el Orador Orate, era un experto en manipular la información, e incluso los hechos. Desde principios de su llamada “revolución”, cada vez que veía venir algún conflicto interno entre sus huestes, el sujeto inventaba alguna amenaza, interna o externa, para desviar la atención y unir a su gente.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

Los conflictos internos, o alguna crisis coyuntural, quedaban opacados por la presunta amenaza de ataque yanqui o infiltración de la contrarrevolución. Ponía a todos en función del tema y, colorín colorado, las broncas, o lo que fuera, quedaban olvidadas.

La parte inicial de esta práctica la he contado en mi libro Se acabó la diversión.

Así lo hizo durante las largas décadas que dedicó a demoler la nación cubana. Cuando lo atraparon con las manos en la masa, bueno, con las manos en la cocaína, armó aquel espectáculo de coliseo romano que fue la Causa No. 1 de 1989 y se escabechó a cuatro de sus más cercanos colaboradores. Luego armó la Causa No. 2 y se quitó de en medio a José Abrantes, su ministro del Interior, que sabía más de lo que alguien debería saber.

Unos años antes había aprovechado el atentado a un DC-8 de Cubana de Aviación para sintonizar a la mayoría de los cautivos de la isla en torno a su mandato. O cuando salió en televisión un locutor con voz engolada y medio en lágrimas diciendo algo así como que “el último reducto de combatientes cubanos cayó defendiéndose, envueltos en la bandera cubana”.

Incluso la gente de sus servicios de inteligencia promovía estos supuestos ataques y siempre había un incauto que caía en la trampa. Como cuando las bombas en los hoteles de La Habana allá por 1997. El artefacto mató a un turista italiano, pobre genovés, pero le sirvió al Orate para justificar lo cerrado y represor de su régimen.

Cosas así.

Siempre había un incauto, un tonto, a quien se le ocurría desembarcar en una costa de la isla para, según él, luchar por la libertad de Cuba. Siempre, casualmente, había una patrulla de guardafronteras esperando al incauto, al tonto.

El caso más reciente fue ayer. Hace dos días se cumplieron treinta años del derribo de dos avionetas civiles sobre aguas internacionales. Treinta años del asesinato de cuatro civiles por parte de esbirros de la fuerza aérea de los esbirros.

Asesinato ordenado por el Orate y por su hermano acomplejado. Cuatro vidas cercenadas para ser usadas como fichas políticas en el eterno diferendo, eterno conflicto, entre la dictadura cubana y las sucesivas administraciones norteamericanas. En este caso, con la de Bill Clinton.

Asesinados para justificar el manido recurso de la “pobre Cuba, siempre atacada por sus enemigos”.

Pues ayer esa misma dictadura, ahora convertida en Junta Militar de Barrigones, asesinó de nuevo a cuatro cubanos. Según los dictadores, una lancha procedente de Estados Unidos fue interceptada a una milla de la costa norte del centro de la isla.

Según los dictadores, al ser interceptada la embarcación, sus tripulantes abrieron fuego contra la lancha de los guardafronteras de la tiranía. Fuego que, por supuesto, fue repelido, con el resultado de cuatro muertes y no sé cuántos heridos o capturados.

Los dictadores cubanos los acusan de invasores, de terroristas.

Qué conveniente, ¿no?

Toda la información proviene del mal gobierno de esos Panzones, por lo que, en primer lugar, quien les escribe no les cree ni una coma. Bueno, excepto lo de los muertos, que donde quiera que estén ellos habrá muertos. Muertos por asesinato o muertos por hambre o chikunguña.

Algún día sabremos la verdad, sabremos lo que realmente pasó. Pero, mientras tanto, usemos algo de sentido común.

Qué casualidad que en un país que casi no tiene combustible, la lancha de los guardacostas estuviera en el preciso lugar, o en las cercanías, de la embarcación intrusa. Qué casualidad.

Qué raro que alrededor de diez personas hayan presuntamente cruzado el estrecho de la Florida hacinadas en un bote de entre 21 y 23 pies. Un bote diminuto tanto para adentrarse en alta mar como para cargar diez almas armadas.

Qué raro que estos supuestos invasores hayan decidido cruzar el estrecho de la Florida en una lancha construida en 1981. Una lancha con cuarenta y cinco años sobre su casco. Las pocas que quedan en el mercado se rematan por menos de mil dólares. Es decir, son chatarra.

Qué raro que en un país de secretismo consuetudinario, en el que se negó durante años que en Venezuela hubiera militares cubanos cuidando a Maduro, o que niega mandar mercenarios cubanos a morir sirviendo a Rusia, qué raro que no pasaran unas horas del presunto hecho y ya la televisión informara con detalles el presunto enfrentamiento.

Qué raro que hasta este momento no presenten ni una foto como prueba. Bueno, como prueba es un decir; ellos podrán mostrar las fotos que quieran, de las armas, de la lancha o de lo que sea. No serán prueba creíble, pues de ellos nada es creíble.

De ser cierto, o medianamente cierto, lo que nos están diciendo, podemos aventurar que unos incautos, tontos, se calentaron la cabeza jugando dominó y arrancaron para Cuba con tres o cuatro armas para jugar a las guerritas. No lo creo.

O podría ser que unos tontos fueran a recoger cautivos que querían escapar del manicomio totalitario en una lancha repleta de gente. Hay que ser tonto. O quizás los contrabandistas fueron sorprendidos cuando ya habían recogido a los cautivos que escapaban y ahí se armó la refriega. Podría ser, pero tampoco lo creo.

Son dos posibilidades, estúpidas, pero plausibles.

Hay que ser comemierda, pendejo dirían los mexicanos, para ir de la Florida a Cuba en un barco de 21 pies fabricado en 1981. Hace cuarenta y cinco años.

Ahora recuerdo: por esos años ochenta llegaban a las costas cubanas cientos de esas lanchas, a dejar y recoger cocaína y dinero. Eran recibidas y atendidas por algunos de esos secuaces que el Orate mandó a fusilar en la Causa No. 1.

Algunas de esas lanchas se quedaron en Cuba, la mayoría de ellas para el goce de los encumbrados de la nomenclatura. Algunas de ellas se quedaron en Cuba.

A mí, que me encantan el mar y la navegación, nunca se me ocurriría alejarme ni dos millas de la costa en una chatarra como esa a la que acusan de invasora.

Hay que ser incauto o tonto para haberse atrevido a realizar esa supuesta travesía. Hay que ser incauto y tonto, además de hijo de puta, para pretender que nos vamos a creer su cuento de fantasía.

Lo lamentable es que, siempre hay un incauto, o tonto, que cae en su juego. A veces, como en este caso, no solo uno, sino varios.

Les digo siempre que los dictadores cubanos nunca serán capaces de producir un litro de leche, pero para tergiversar y manipular no tienen competencia. Después de este incidente no solo mataron a varios cubanos, incautos o tontos, sino que han logrado cambiar, una vez más, la dinámica de la narrativa.

Lamentablemente, la escaramuza le dio combustible a su narrativa.

La desesperación de esos dictadores Panzones los lleva cada día más al ridículo. Cada día más, acercándolos al fin previsible. Previsible, sí, pero evidentemente no se irán sin luchar por su supervivencia.

Con esta lanchita, nos metieron un gol a los libres.

 

Foto: Telemundo

miércoles, 25 de febrero de 2026

Hace 189 años La Habana prosperaba

 


Foto: Getty Images


Revisando el texto de mi próximo libro El tren de los egos, me encuentro con esta descripción de la prosperidad de La Habana en la primera mitad del siglo XIX.

En enero de 1837 el Ayuntamiento de La Habana le agradecía al capitán general MIguel Tacón el crecimiento comercial:

“que se descubre ya por la sobresaliente opinión y fama de la Habana, así entre nacionales como entre extranjeros, que unos se trasladan con su dinero y con sus oficios a vivir con nosotros, y otros de casi todas las naciones comerciales nos remiten sus producciones y manufacturas, engrandeciendo de esta manera la riqueza del país, que se eleva a un grado asombroso, como se deduce de la extracción del último año, en que solo por este puerto han salido 313,978 cajas de azúcar, 839,956 arrobas de café, 1,920,728 millares de tabaco y 1,292,809 libras de ídem en rama, sin contar con otros ramos, como las mieles, la cera y el aguardiente, y otros frutos menores”.


Hace 189 años La Habana prosperaba, las obras civiles y de infraestructura la embellecían, el primer ferrocarril de Hispanoamérica se construía y su primer tramo se inauguraría el siguiente noviembre. Los extranjeros emigraban a vivir en La Habana.


Casi dos siglos después esa misma Habana yace en ruinas, sin servicios básicos y con su población esclavizada, abandonada y con hambre. Decenas de miles de sus habitantes han tenido que huir del hambre y de la represión.


Gracias al totalitarismo socialista.


Algunos me dirán que aquella Habana de 1837 prosperaba a base del trabajo de los negros esclavos. Les contestaré que tienen razón, en parte. Prosperaba también en base a la libertad económica, la iniciativa privada y el respeto a la ley.


Ah, y esos negros esclavos no andaban con grilletes. Circulaban libremente por sus calles y mejor alimentados que la gran mayoría de los habaneros este 25 de febrero de 2026.


Comunismo totalitario, destructor y empobrecedor. En sesenta y siete años demolieron a una nación próspera.



Foto: Cubadebate




[1] Gaceta de Madrid. Número 843. Lunes 27 de Marzo de 1837.




martes, 24 de febrero de 2026

Las masacres en el mar de los hermanos Castro

 

Foto: Diario las Américas

 

Hoy se cumplen treinta años de día en que esbirros de la fuerza aérea de la dictadura cubana derribaron dos avionetas civiles sobre aguas internacionales en el estrecho de la Florida. Hace poco les conté cómo el instante en que supe la macabra noticia quedó marcado, para siempre, en mi memoria.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

La implosión de la Unión Soviética en 1991 había dejado al descubierto ante el mundo y ante los cubanos el sistema sobre el que Fidel Castro, el Orador Orate, había basado durante treinta años su improductivo manicomio. El fin de los subsidios soviéticos y la terca necedad del dictador barbudo arrojaron a Cuba a una crisis sin precedentes hasta entonces.

El mito de la llamada “revolución” dio paso a una descarnada realidad que llevó a una buena parte de los cubanos de la isla a enfrentarse a una supervivencia de todos contra todos. Apagones, escasez de alimentos y epidemias por hambre contrastaban con decenas de miles de turistas que se regodeaban por las calles de Cuba, buena parte de ellos disfrutando el más descarnado turismo sexual.

Castro había acusado de ser la puta de América a la Cuba que él extinguió; ahora la convertía en la puta del mundo, pero con las prostitutas más instruidas del planeta. Ya sabemos que el individuo siempre quería ser el primero en todo.

En agosto de 1994, cubanos cansados de tantos discursos llenos de retórica inútil, con sus estómagos vacíos y el hartazgo lleno, salieron a las calles a pedir libertad. Como muchas veces antes, y muchas después, fueron brutalmente reprimidos por la dictadura represora.

Esa chispa ahogada por la represión la recordamos como el Maleconazo.

Cuando la tímida administración de William Clinton protestó ante el abuso, el Orate, siempre abusador, abrió sus costas a quienes quisieran escapar del fracaso totalitario: un ataque migratorio contra Estados Unidos.

Ya lo había hecho antes, cuando Camarioca en 1965, y lo duplicó con el Mariel en 1980. Camarioca y Mariel son dos bahías en la costa norte del occidente de Cuba.

Unas semanas después se produjo lo que conocemos como la “crisis de los balseros”. Si el éxodo del Mariel no lo viví de cerca por ser solo un niño, esta estampida de frágiles e improvisadas balsas sí la experimenté de cerca. Por entonces vivía frente al mar y vi a decenas de cubanos lanzar a ese mar varias de esas balsas que apenas flotaban.

No se sabe el número de cubanos que intentaron escapar del manicomio totalitario a través de ese mar que yo conocía tan bien, ese mar que yo temía tanto, precisamente por conocerlo. Sabemos que más de treinta mil de ellos fueron interceptados en ese mar y trasladados a la Base Naval de Guantánamo.

Clinton, atemorizado por otro Mariel, los mandó al limbo migratorio por un buen rato. Luego dejó entrar a la mayoría a Estados Unidos, pero a continuación les regaló a los hermanos Castro una ley que conocemos como “pies secos, pies mojados”.

Si un cubano llegaba a pisar territorio norteamericano sin ser capturado antes, tenía derecho a acogerse a la llamada ley de ajuste cubano, una legislación que por décadas nos abrió las puertas de la libertad a los cubanos amantes de la libertad, y a algunos otros también, que conste.

Un regalo de Clinton a los hermanos asesinos. Tenía Guantánamo lleno de balseros cubanos, sabía que Cuba estaba llena de futuros balseros y lo más probable es que ya por entonces le hubiera puesto los ojos a una jovencita llamada Monica que andaba por los pasillos de la Casa Blanca.

Con este regalo a los dictadores, Clinton les dio un duro golpe a las esperanzas de libertad, de salvación, de muchos cubanos. Mi generación y las que me precedieron crecimos sabiendo que teníamos la posibilidad de reiniciar nuestras vidas en algún momento, en medio de leyes y libertad.

Yo personalmente, en 1994, todavía creía que iba a ser testigo del colapso de esa dictadura inepta y empobrecedora. Cuando vi que la gente de Clinton y la del Orate conversaban y decidían nuestro destino a espaldas de nosotros, me percaté de que no los vería caer y comprendí que, si quería ser libre, no lo sería en esa isla sin futuro.

En 1995, gracias a Dios sin necesidad de una balsa, partí para siempre, a comenzar mi vida de extranjero, huyéndole a la hoz y al verde olivo, a tirarme a la maroma. Aquello que “venía llegando” nunca llegó.

Lo que llegó, el 24 de febrero de 1996, fue que esos mismos dictadores con los que Clinton había negociado mandaron derribar dos avionetas de Hermanos al Rescate en aguas internacionales. Las circunstancias que llevaron al encuentro entre tres avionetas civiles, desarmadas, y dos cazabombarderos supersónicos de los tiranos son debatibles.

El derribo de dos de ellas, matando a cuatro patriotas, no lo es. Fue un asesinato, una masacre.

Una más: en 1980 lo habían hecho en el río Canímar; luego, en julio de 1994, antes de la rebelión del Malecón, lo hicieron con los tripulantes del remolcador 13 de marzo. Siempre asesinando civiles, hombres, mujeres y niños.

Hoy algunos piden que Raúl Castro sea enjuiciado por asesinar a cuatro patriotas que promovían la libertad de Cuba. No lo veo mal, pero lamentablemente ese 24 de febrero de 1996 no fue el único día en el que este acomplejado, y su barbudo hermano, no dudaron en ordenar matar a cubanos que solo querían escapar en busca de esa libertad.

En estos días en que dicen que Marco Rubio conversa con alguien en La Habana, no olvidemos a Armando, a Carlos, a Mario y a Pablo. Cuatro patriotas.

No olvidemos a los miles asesinados directamente por esos asesinos, a los miles desaparecidos en el mar o en inhóspitas tierras intentando ser libres.

Asesinos cobardes, abusando siempre de civiles desarmados. Como dijo Madeleine Albright días después del asesinato de Armando, Carlos, Mario y Pablo, los dictadores no tienen cojones, son cobardes.

No veo la hora de que paguen por todos estos asesinatos, de que paguen por el crimen de haber llevado a Cuba a la catástrofe humanitaria en la que hoy sobreviven sus cautivos.

 

Foto: Diario las Américas