La dictadura cubana hizo del 1 de mayo un día significativo. En tiempos del Orador Orate, la robada plaza Cívica se llenaba de corderos que marchaban frente al cacique, genuflexos y agradecidos por haberlos librado de su condición de ciudadanos y llevarlos a esa marca superior que significa pertenecer a un “pueblo uniformado”.
📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí
Todavía el año pasado, la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba logró acarrear a varios miles de corderos y llevarlos a desfilar por esa “plaza de las mentiras”. Digo de las mentiras pues, desde su tribuna, el Orate prometió “villas y castillas” a los cubanos que entusiásticamente entregaron sus destinos a un sujeto que nunca tuvo un empleo productivo.
Ayer fue 1 de mayo de 2026 y la Junta Militar no marchó por la plaza ahora vacía. Se fueron al Malecón de La Habana a pararse frente a la embajada de Estados Unidos. No sé si fueron a bravuconear o a implorar clemencia. No pudieron reunir ni a mil corderos.
La mitad de los asistentes iba en uniformes militares. La excelsa “primera dama” portaba un proletario reloj de cinco mil dólares. El acomplejado hermano del Orador Orate, casi en condición de piltrafa humana, fue sacado de su escondite para ponerlo como búcaro —qué palabra tan cubana— frente a los imperialistas.
Tan decrépito está —lo que no lo exime de la condición de hijo de puta— que tuvo que sostenerse de otro gran hijo de puta con apellidos de esbirro: Machado Ventura. Fue, para mí, un encantador nivel de ridiculez que me indica que, con Trump o sin Trump, ese cascajo de “revolución” vive sus últimos días.
Últimos días no significa que, como una fiera famélica y hambrienta, no sigan haciendo daño. El castrismo, o lo que queda de él, nació, vivió y morirá haciendo daño. Está en su naturaleza; es implícito a su condición de encarnar todo lo indeseable en una conducta humana: envidia, rencor, odio, obtusidad, hipocresía, maldad, incapacidad, traición y mil adjetivos más.
La marchita de los corderos fue espejo de su condición de moribundos. El último ridículo, espero yo. Hace doscientos dieciocho años los madrileños —no todos, solo unos miles— se sublevaron en contra del invasor francés. Napoleón Bonaparte había puesto “patas p’arriba a toda Europa y España fue uno de sus bocadillos.
No le resultó difícil ocupar la Península. La podrida monarquía le abrió sus puertas. Los de arriba, como siempre, se acomodaron con el francés. Los de abajo no tanto; y ese 2 de mayo, en Madrid, los de más abajo se sublevaron y salieron a las calles a matar napoleónicos a ritmo de “olé”. Los atacados respondieron fusilando y masacrando. Cosas de humanos, ya saben.
Al día siguiente, lo de Madrid se esparció por todo el país. El desbarajuste que se formó transformó, literalmente, al mundo. De este lado del charco, la escabechina del 2 de mayo de 1808 en Madrid provocó un tsunami que disolvió el Imperio español en América en menos de diez años. La historia llamó a este proceso “independencias”: México, Colombia, Chile y el resto de la América española. Matando españoles y matándose entre sí, pero se independizaron.
Todos menos Cuba, ah, y Puerto Rico. Y es que Cuba era muy rica y exitosa. La gente vivía bien y hasta los esclavos comían tasajo y boniato —lo cual no quiere decir que la esclavitud no sea algo horrible—. Pero en Cuba no hubo un 2 de mayo en ese entonces.
Como no lo hubo en 2026, aunque ahora Cuba sea una ruina y un fracaso. Aunque la gente sobreviva en una catástrofe humanitaria sin precedentes en su historia. Aunque la Junta Militar de Barrigones, como aquella podrida monarquía española, abra sus puertas a cualquier extranjero que les regale un rublo o un yuan.
No hubo un 2 de mayo, ni un 3 de mayo en Cuba, aunque los siete u ocho millones de cautivos que quedan en la isla sean todos esclavos de una junta militar que los mantiene en la Edad de Piedra y los reprime si se quejan. Esclavos que, a diferencia de los de 1808, no tienen ni tasajo ni boniato.
Eso sí, tienen a Díaz-Contados con su tersa barriga, a su mujer con reloj caro, al dictador nonagenario y a los mil corderos que los acompañaron este 1 de mayo. Sobreviven bajo una dictadura que está en un callejón sin salida, y digo sin salida refiriéndome a los dictadores. Para los cubanos, los de allá y los de aquí, sí hay una salida.
Una salida que es la libertad; la lograremos de una forma u otra. Al menos tenemos la esperanza de que, si no hubo un 2 de mayo en La Habana, al menos tenemos a un Napoleón en la Casa Blanca. No alcanzaremos una libertad honorable, pero libertad, al fin, es mejor que esta opresión sin fin.
Aquel 2 de mayo de 1808, los madrileños se sublevaron a tan solo seis meses de la ocupación francesa. Este 2 de mayo de 2026, los cubanos llevamos sesenta y siete años y medio bajo la bota castrista y los tenis de sus herederos. Vamos, que hay “pueblos” y “pueblos”.
Pobre Cuba. Qué triste destino le tocó en manos de un Orate y sus herederos. Qué triste que su destino ahora dependa de un extranjero.




.jpg)
