domingo, 30 de agosto de 2026

Los cubanos en la Edad de Piedra

 

Foto: Filmaffinity

 

En 1981, yo tenía doce años y, gracias a mi hermano —ocho años mayor que yo—, fui a ver una película que, cuarenta y cinco años después, sigue dando tumbos por mi mente. Se llamaba en español La guerra del fuego, y en el original francés, La guerre du feu.

Trataba de seres humanos que vivieron hace unos ochenta mil años, de una tribu llamada Ulam: ficción basada en una novela belga de 1911. Los ulams conservaban una llama de fuego como si de ello dependiera su propia existencia; y sí, de ese fuego dependía su propia existencia.

Como en toda historia humana siempre hay un hijo de puta —o unos hijos de puta— que viven para joder al prójimo, a los ulams los atacó la más atrasada tribu de los wagabus. Nada: no solo los hicieron huir, sino que también se les apagó el fuego.

Y los ulams eran buenos para conservar encendida la llama, pero no sabían hacer fuego; no sabían prender una llama.

Es por ello que el líder de los ulams envió a tres de los suyos a una odisea en busca del fuego. Sin fuego, todos morirían.

Su primer encuentro fue con los caníbales de la tribu Kzamm: unos verdaderos cabrones que tenían fuego en su asentamiento. Los tres ulams no sabrían encender el fuego, pero se las agenciaron para robárselo a los antropófagos, no sin antes uno de ellos, Naoh —el que mejor me caía de los tres—, recibir un doloroso mordisco en los testículos.

Mis condolencias, hermano: han pasado ochenta mil años y ese dolor nos sigue llegando a todos. Un abrazo, colega.

En la refriega nuestros tres valientes rescatan a una chica cautiva de los kzamms. Ika —imagino que bella para aquellos estándares— le aplicó unos bálsamos en el campanario a Naoh y alivió su sufrir.

 

Foto: Filmaffinity
 

Una mujer entre tres hombres creaba conflicto entonces como ahora. No les hago la historia larga, pero, después de que uno de ellos intentara violarla, Ika se le montó a Naoh. Al cabo, ya había reparado parte de su aparato.

Resulta que estaban cerca de la aldea de Ika, la rescatada, y, tras caer atrapado en unas arenas movedizas donde por poco muere, Naoh fue capturado por los ivakas y llevado a su aldea. Allí le aplicaron el horroroso castigo de tener que copular con las mujeres de la élite aldeana.

Sí: lo ponen a fornicar con unas mujeres voluptuosas, gruesos cuerpos que ni Botero soñaría milenios después. Vaya tortura, pobre Naoh. Ika, mientras tanto, ignorada por los suyos; ignorada por flaca.

Naoh, hermano, ya sabes: otro abrazo, campeón.

Después de la tortura, y de que Naoh diera el ancho, los ivakas le enseñaron a hacer fuego. Tanta copuladera con las rollizas damas doblegó la lealtad de Naoh a los ulams y decidió quedarse con su nueva y movida vida.

Pero Ika y sus dos compañeros tenían otros planes: lo secuestraron y se lo llevaron. En el trayecto, la delgada chica le enseña al asombrado Naoh una nueva posición sexual —que sería la rutinaria por los siglos de los siglos— y el hombre recuperó su rumbo y regresó con los ulams, junto a Ika, los otros dos y el fuego.

Fueron recibidos con alegría: el fuego regresaba a casa. En la celebración —cosas de las fiestas— se les apagó la llama una vez más. Naoh, que no solo fornicó con las ivakas, sino que también aprendió a hacer fuego, intentó prender de nuevo la llama.

Hombre al fin —seguimos siendo así milenios después—, fracasó en el intento. No lo culpen: las ivakas eran incansables. Y, como sucede milenios después, Ika, mujer al fin, encendió la lumbre con la mano en la cintura.

Fin de la odisea.

Volví a La guerra del fuego por temas iguales a los de Ika y Naoh. Decenas de miles de años después, los humanos seguimos teniendo comportamientos similares a estos dos personajes de ficción, pero tan reales, tan humanos. Seguimos teniendo instintos primitivos.

Pero también volví —ya me conocen— porque, si bien los humanos seguimos siendo similares a aquellos primitivos, los humanos del siglo XXI vivimos en un mundo civilizado: igual de salvaje, pero civilizado en términos de calidad de vida.

Seguimos conviviendo con hijos de puta como los wagabus o los kzamms, pero vivimos en un mundo con comodidades básicas inimaginables hace tan solo ciento cincuenta años: electricidad, agua potable, medicina moderna, educación, seguridad pública, transporte por aire, mar y tierra, comunicaciones, internet...

Ya saben: la lista no terminaría nunca. Unos países están más desarrollados que otros, claro. Como en los tiempos de Ika y Naoh, no todas las naciones o regiones tienen el mismo nivel de vida. Pero todas —unas más, otras menos— tienen una vida civilizada de una manera u otra.

Todas —ya me conocen— menos Cuba. Desde 1959, a la isla de Cuba le cayó una plaga peor que todos los caníbales de Kzamm o los violentos de Wagabu. Les cayó una plaga totalitaria que, primero que nada, les hizo olvidar a los cubanos no solo cómo mantener el fuego que hasta entonces les hizo vivir en un país próspero y libre.

No, no solo les impidió mantener ese fuego que daba vida; les quitó la capacidad de encenderlo por sí mismos. Y a quien se atreviera a intentar encenderlo le aplicó no la tortura de los ivakas y sus gordas hermosas, no, le aplicó el canibalismo de los kzamms y el salvajismo de los wagabus.

Hace ochenta mil años, quienes después de perderlo todo, de perder su fuego vital, no se rindieron, no se amilanaron y salieron en su búsqueda, lo recuperaron y volvieron a aprender cómo prenderlo. No solo recuperaron su modo de vida, sino que avanzaron a un estadio superior de este.

La mayoría de los cubanos hoy cocina lo poco que consigue con leña o carbón, como hace doscientos años. Hace solo sesenta y siete esa mayoría lo hacía con gas o electricidad. Quien los regresó a la Edad de Piedra sigue cocinando hoy en día con gas y electricidad.

Ika, Naoh y sus dos compañeros, sin miedo, conquistaron el fuego. Cuando los humanos deciden no aceptar más el destino que la vida les impuso, pueden conquistar el fuego. Pueden conquistar la vida, que, en el caso de los cubanos, se llama libertad.

 

Foto: Corrientes Hoy

sábado, 29 de agosto de 2026

Es increíble lo que sucede en Cuba

Foto: CiberCuba.com
 

Es increíble lo que sucede en Cuba.

Por un lado están los dictadores con su pantomima de la defensa nacional. Con ropa limpia, botas lustradas, barrigas prominentes, electricidad y comida. Hablando mierda sobre la defensa, cuando con media división de la 101st Airborne serían convertidos en picadillo de maldad en menos de media hora. Hace seis meses morían de miedo, hoy mírelos ahí, envalentonados. Gracias Donald.

Foto: CiberCuba.com

En ese mismo lado, el de la maldad, vemos al Puesto a Dedo Díaz-Contados hablando de la agricultura con drones y no sé que otra idiotez. Drones para sembrar frijoles cuando hace sesenta y siete años no existían los drones y sobraban los frijoles. Los frijoles no se producen con drones, se cosechan con capitalismo, con libertad.

Drones necesitamos para acabar con ustedes, panzones ineptos.

Foto: elnuevopaís.net

Por otro lado están los cubanos, los cautivos de esos barrigones. Sobreviviendo como primitivos, contando las horas que tendrán de electricidad, cuando lo que tendrían que exigir, como cualquier ser humano de este siglo, es que tengan 24 horas de servicio. Así lo era en la Cuba que Fidel Castro "liberó" hace sesenta y siete años.

Foto: radiogranma.icrt.cu

Es increíble el ser humano, lo que se le puede hacer, es increíble. Lo que puede aguantar, lo que está obligado a aguantar. Cuba es el ejemplo más completo de lo que el socialismo totalitario le puede hacer a una nación. A lo largo de los siglos muchas naciones, muchas culturas, han desaparecido por muchas causas, casi siempre invasiones.

Foto: acidcow.com

Ahora mismo, nuestra civilización occidental está siendo atacada por muchos flancos. Europa, su cuna, se ha rendido ante la invasión islámica que ya hoy controla muchas de sus calles y avanza sobre su política. En Estados Unidos los niños y jóvenes adoctrinados durante años están llegando a la edad de votar y con votos nos van a botar a los libres, a los que vivimos amando y respetando la libertad.

Foto: inthesetimes.com

La cubana, la nación cubana, puede ser, lo está siendo, la primera que desaparecerá bajo la bota del socialismo totalitario. Desaparecerá a oscuras, entre ríos de aguas pestilentes, lomas de basura tóxica, violencia colectiva y escuchando a un imbécil, con voz repelente y cabello babeado, seguir hablando de cultivar frijoles con drones.

Foto: adn40.mx

Adiós Cuba. Que triste destino para una nación tan linda, tan feliz.

Foto: CiberCuba.com

Que asco, Dios mío.

viernes, 28 de agosto de 2026

La malignidad del gen comunista

Foto: PCC
 
 

Hay personas en la vida que son admirables, dignas, merecedoras de respeto, excelentes en lo suyo, incluso patriotas. Para mí, un patriota, en el tema de la libertad de Cuba, es mi hermano o mi hermana de lucha.

Eso cree uno: que por la Cuba libre se es un libro abierto, que incluso te doblegas por respeto a la edad y a la trayectoria. Nunca he sido un héroe y no lo pienso ser. Nada más lejos de mi esencia. Yo trabajo bajo la sombra de los flamboyanes que extraño.

Pero, coño, ya llevo casi seis décadas en esta dimensión. Nací en un tablero de ajedrez en el que Frank Domínguez —cubano sin igual— me dijo que somos caballos sin tablero en que saltar. Y ese tablero, a Frank (cubano como nadie) y a mí, nos lo metieron con tan pocos cuadros que no pudimos jugar bajo esas reglas: las reglas de una dictadura que nos impusieron.

Yo nací en 1969, bajo el cepo totalitario de un Orador Orate que me hizo creer —encantador de serpientes— que yo y mis amigos éramos unos niños privilegiados de un magnífico proyecto. Éramos los elegidos frente a tanto sufrimiento de los niños —como nosotros— de lo que llamaban Tercer Mundo.

Yo nací en un país esclavo que fue un país libre —en el que incluso los comunistas proscritos operaban como Blas por su casa— hasta que entregó su libertad a ese Orador Orate de la mano de esos comunistas que florecieron en una democracia permisiva.

Yo nací bajo una dictadura; me inocularon el germen de ese totalitarismo energúmeno. Inoculado, pero rechazado por mis genes libres. Dios me dotó de libertad desde niño. Me dotó también de bondad, de hombría, de decencia, de humanidad.

Le doy gracias; como le doy más a quien me lo regresó como avalancha consecuencia del mal: gracias a quien es mi vida, que me acercó de nuevo a Dios, a Martí, a la Cuba limpia, la soñada, por la que vivo y la que lograré sin dudas.

Hoy me tiran lodo, fango, desde la misma trinchera desde la que limpio —completamente limpio— lucho por la libertad de mi Cuba perdida. Palas de lodo sobre los que no hacemos más que trabajar por la Cuba libre. No me comparo con ese muchacho vecino del Arsenal de La Habana que nació aquel enero de 1853.

Nunca: no le llego al tacón gastado de sus zapatos caminando ciudades por la libertad de nuestra isla bella, de nuestra nación naciente. Al contrario: soy zócalo de un pedestal que solo sueño construir. Pero como él, con sus zapatos gastados de hacer patria, recibo estiércol inmerecido.

Martí recibió toneladas de estiércol inmerecido; sencillo como solo él pudo ser, lo paleó por Cuba. Yo soy un mosquito comparado con el fundador de la nación por la que vivo. Me pueden tirar la cagarruta de una mosca: la quito de en medio y pienso en Martí, pienso en mi Cuba libre, próspera y feliz.

Pienso en las calles de esa Habana abandonada que reconstruiré de la mano de mi amor. Del Milagro que Dios me mandó.

Los genes del comunismo desaparecerán de nuestra Cuba refundada; la malignidad intrínseca será filtrada, eliminada. Los genes del comunismo son malignos y perduran, nacen, florecen. Incluso lo hacen en personas aparentemente decentes, pero que ahí lo incuban y les florece.

La Cuba libre, la que viene, viene limpia, como agua de manantial cubano, cristalina. Lo sucio, el gen del comunismo, inevitablemente será sepultado muy lejos de la patria que Martí soñó, que fundó y que esos comunistas nos arrebataron hace tantos años.

Y ahí sigue, increíblemente, incluso entre los que han tenido que escapar del mal del comunismo: les retoña el mal.

Lo traen en los genes.

En la Cuba libre que viene tendremos la savia libre y limpia que neutralizará esa ponzoña.

Limpia, nuestra patria será limpia: la que Martí soñó. Coño, solo esa.

Limpia, pulcra, decente.

Nuestra, y pronto libre. Y siempre limpia, decente, próspera y feliz.

 

Foto: Prensa Latina.