Foto: Marine Tracker
Antier,
en medio de dos reuniones en las que me fue muy bien, escuché que, después de
semanas de especulaciones, por fin el tanquero ruso que lleva semanas
atravesando el Atlántico había sido autorizado a atracar en el puerto de
Matanzas. Algo así como aquella película de la Guerra Fría, Hunting the Red
October, en la que Jack Ryan, un ficticio agente de la CIA, perseguía desde
un submarino norteamericano a uno soviético. Véanla, ya no hacen películas así.
📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video
aquí
El
barco en cuestión porta por nombre Anatoly Kolodkin, bautizado así en honor a
un jurista soviético que llegó a ser juez en el Tribunal Internacional de
Derecho del Mar. Como todo lo que hacen los comunistas, que esta nave porte ese
nombre es una verdadera burla, además de un engaño.
Este
barco en particular está sancionado por la Oficina de Control de Activos
Extranjeros (OFA) de Estados Unidos. Está sancionado por Canadá, por Australia,
por la Unión Europea, por el Reino Unido y por la madre de los tomates.
Sancionado, pero porta el nombre de un jurista. Las cosas de los comunistas.
Me
vienen a la mente aquellas organizaciones por la paz mundial de los tiempos de
esa misma Guerra Fría: aglutinaban a todos los países y organizaciones que
hacían exactamente lo contrario. Se juntaban para joder la democracia, la
libertad y la paz.
O
cuando Fidel Castro presidió la novena Cumbre de los No Alineados, organización
que supuestamente estaba integrada por países que no se alineaban ni con el
bloque de países libres ni con el bloque comunista. La cumbre la presidió el
Orador Orate cubano, el lamedor de botas rusas número uno, peón de sus
instrucciones e hijo improductivo que dependía de los subsidios soviéticos para
sostener su dictadura.
Ayer
mismo, aquí en Washington D. C., me tropecé con una de esas marchas de "No
Kings", de no reyes, dedicadas en la superficie contra Donald Trump, pero
en la realidad dedicadas a socavar la democracia, a denigrar el sistema
electoral democrático y a socavar el capitalismo. Acusan de rey, de king,
a un viejo que ganó unas elecciones limpias, que apenas lleva quince meses de
su administración, que en unos meses lo más probable es que pierda el apoyo del
Congreso y del Senado, y al que en 2028 las elecciones lo mandarán de regreso a
Mar-a-Lago, a que Melania le cambie los pañales.
King, ni king. Son los mismos que
odian a Israel, a los judíos, mientras adoran a los islamistas. No importa que
los primeros solo hayan traído prosperidad a este mundo y los segundos se la hayan
pasado estrellando aviones contra rascacielos, poniendo bombas en trenes,
edificios, aviones, autos, zapatos, personas, en todo. Matando y matando a los
mismos que hoy se desgañitan defendiéndolos. El mundo al revés.
Qué
diferencia entre la marcha de ayer, la de los fanáticos anticapitalistas, y esa
en la que participé el domingo a favor del fin de la teocracia iraní. Qué diferencia.
Pues
bien, resulta que antier, desde una de las puertas que separa sus oficinas de
la cabina de los periodistas en el Air Force One, Trump salió a declarar que
iba a dejar pasar el tanquero ruso porque los cubanos “tienen que sobrevivir”.
Como si los cautivos de la isla fueran a sobrevivir con 700 000 barriles de
petróleo de un solo barco, cuando en diciembre recibían tres veces más y aun
así mantenían a los cubanos a oscuras, llenos de basura y sin medicina.
Sobrevivir.
También
dijo que: “Sí, Cuba será la próxima. Cuba es un desastre, es un país en
decadencia, y será la próxima. En poco tiempo, va a colapsar, y estaremos allí
para ayudarla”.
“Estaremos
ahí para ayudar a nuestros grandes cubanoamericanos, que fueron expulsados de
Cuba; en muchos casos, sus familiares fueron mutilados y asesinados por
Castro”. Cubanoamericanos que son hoy votantes en este bello país, eso no se le
olvida.
"Prefiero
dejarlo entrar, aunque sea Rusia o cualquier otro".
Me
pareció que habló como esos gatos que juegan con el moribundo ratón antes de
finalmente tragárselo, o, peor aún, como esos torturadores de regímenes
totalitarios —Cuba, Venezuela, Rusia e Irán incluidos— que reviven al torturado
para seguir un rato más con su macabro sadismo.
Diga
lo que diga Trump, sus palabras y hasta la forma en que habla del tema cubano
demuestran lo insignificante que resulta en su agenda el tema cubano.
Normalmente no habla del tema cubano sentado en la Oficina Oval; lo hace a
botepronto, asomado a la puerta de un avión. Como reiterando: “Sí, es verdad,
lo de Cuba, sí, lo arreglaremos. Bye”.
Además,
cuando habla de Cuba nos demuestra su desconocimiento sobre la isla. Hace una
semana dijo que estaba a salvo de huracanes, porque no estaba en zona de
huracanes. Nadie le avisó de Melissa.
Ayer
dijo que dejaba pasar al petrolero ruso porque los cubanos necesitaban
calefacción y aire acondicionado. Dice esto de un país que en toda su historia
nunca ha necesitado calefacción y en el que, desde 1959, el aire acondicionado
es solo para los dictadores y para los turistas.
El
Anatoly Kolodkin, un buque sancionado bajo todas las leyes, fue autorizado a
descargar su sancionada carga en un país sancionado. Su combustible no mejorará
en nada la vida de los millones de cautivos aplastados por la dictadura
asesina.
Lo
que sí hará este acto de permitir la entrada de un barco ruso sancionado a
descargar su sancionada carga en los corroídos tanques de la terminal de
Matanzas es darle oxígeno a la tiranía cubana. Le dará un pequeño respiro
material; podrán llenar sus reservas personales mientras mantendrán a los
cubanos en apagones y sin transporte público.
Foto: Marine Tracker
Lo
más importante es que ese acto les permite ganar tiempo, reiterar su retórica
de “resistencia” y les ofrece una pequeña victoria en ese mito que llevan
sesenta y siete años fabricando. David le pegó otra pedrada a Goliat, mientras
le sigue dando palos a los cubanos.
La
llegada de ese petrolero ruso legitima a la moribunda dictadura. Es un puñetazo
en la cara de las decenas de miles de cubanos que salen, con hambre, cada noche
a convertir en tambores sus cazuelas lavadas con dos gotas de agua. Ya veremos
a todos los noticieros anunciando la victoria legitimadora de la represión. Un
puñetazo en la cara de la libertad.
Ese
acto le va a permitir a la camarada Claudia reiniciar los envíos de petróleo a
sus cómplices. Si dejaron entrar un tanquero sancionado, ni modo —así dicen en
México— que no dejen entrar uno legal cargando combustible ilegal robado a los
mexicanos. Y así como ella y su régimen, ya veremos a otros que, envalentonados
y activados por la dictadura cubana, redoblarán sus esfuerzos por destruir la
presa de contención que Trump puso a finales de enero pasado.
Este
barco de petróleo puede ser esa pequeña resquebrajadura de esa presa. Empieza
por unas gotas y, en poco tiempo, o en noviembre, se convierte en un torrente y
todo vuelve a su lugar. La dictadura haciendo lo único que sabe hacer bien: ganar tiempo. Lo mismo está haciendo Irán, por cierto; el tema es que ellos
tienen uranio y petróleo, y Cuba solo tiene miseria.
O
puede ser lo contrario. Puede ser que el gato le esté dando un último respiro
al ratón después del jugueteo antes de zampárselo. Puede ser que Trump prefiera
tener un poco de gasolina y diésel en La Habana para cuando lleguen sus
muchachos. Puede ser, pero cuántas veces hemos visto cómo un ratón moribundo
escapa de un gato muy confiado.
La
incertidumbre y los repentinos cambios de rumbo de la política exterior de
Trump son una de sus fortalezas, aunque algunos la ven como una debilidad.
Quizás es lo que él pretende. Y este arte de engañar no solo se ciñe a lo
internacional.
Ayer
mismo yo estuve en la Casa Blanca, que, como ustedes saben, está en medio de
una obra de construcción de lo que a todos se nos ha dicho que será un salón de
fiestas.
Se
nos ha dicho que ese salón es un capricho del viejito. Bueno, yo les digo algo:
si esa construcción es para hacer un salón de fiestas, yo seré candidato a un
premio Nobel. Es decir, que eso nunca será. El nivel de excavación, de equipos,
grúas y oficinas portátiles que hay ahí no son para construir un salón de
fiestas, son para construir un búnker, un gran búnker. Si yo, que soy un simple
zapatero, me puedo dar una idea de lo que ahí se hace, imagino que tanto amigos
como enemigos de Trump también lo sepan.
Foto: Omar Sixto
Dice
que hace una sala de baile mientras moderniza las capacidades de la Casa Blanca
y actualiza su defensa y operatividad. Lo mismo podría estar haciendo con Cuba,
no lo sabemos, y cansa estar especulando. Tan bueno que sería que los cubanos
pudieran, de una vez y por todas, tomar las riendas de su destino.
Es
una vergüenza, para los cubanos de allá y de acá, que llevemos meses en esta
telenovela, dependiendo de la danza opaca entre La Habana y Washington, sin ser
respetados ni por los unos ni por los otros. Ni por los reyes de allá, ni por
el que muchos dicen que es rey de aquí.
Foto: Granma