Foto: Proceso
La pupila de Andrés Manuel López
Obrador (AMLO) —que administra, bajo el título de presidente, la nueva
autocracia mexicana— siempre ha estado del lado turbio de la realidad. Les he
contado sus orígenes y su trayectoria política. De una forma u otra, siempre ha
estado del lado turbio de la realidad. Siempre ha estado, de una forma u otra,
trabajando codo a codo con la dictadura cubana.
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Esto lo he contado repetidamente.
Cuando AMLO convirtió al Estado mexicano en el “megacártel de la Cuarta
Transformación” y desarmó la incipiente democracia mexicana, no solo dilapidó
los recursos públicos del país, sino que también se alió a todas las fuerzas
del mal que trabajan en contra del mundo libre: iraníes, rusos, chinos,
venezolanos, coreanos del norte y, por supuesto, cubanos.
Miguel Díaz-Contados fue invitado
varias veces a México; incluso firmaron un acuerdo de colaboración. Otra vez
asistió al solemne acto del 15 de septiembre, la fecha conmemorativa más
importante de México. En otra ocasión, en esa celebración, marcharon soldados
rusos portando la Z asesina, mancillando las piedras del Zócalo capitalino bajo
la complaciente mirada de AMLO y su pupila.
Ya ni entrar en el tema del
petróleo robado a los mexicanos y regalado a los dictadores. Ni en el de los
barcos de la Marina y Armada de México convertidos en cargueros para llevarles “ayuda
solidaria” a los Barrigones de la Junta Militar cubana. Aliados y cómplices de
todo lo turbio, de todo lo oscuro, lo sucio.
Y les traigo a Claudia porque,
cuando se enteró de que el Departamento de Justicia norteamericano —con treinta
años de retraso— encausó al dictador Raúl Castro por el derribo de dos aviones
civiles y la masacre de cuatro patriotas, la compañera se bajó con un: “¿Qué
sentido tiene que, en este momento, acusen a una persona por algo que ocurrió
hace treinta años?”.
Lo dice la misma que se la pasa
reclamando y pidiendo a España que se disculpe por la conquista de México,
ocurrida hace más de quinientos años.
Lo dice la misma que se la pasa
culpando al expresidente Salinas de Gortari por instaurar el “neoliberalismo”
hace treinta y siete años.
Lo dice la misma que, ante el
nulo actuar de su jefe AMLO contra el crimen organizado, culpa de todos los
males a Genaro García Luna, un corrupto funcionario del Gobierno de Felipe
Calderón hace veinte años y que, por cierto, está preso en Estados Unidos.
Los ejemplos de hipocresía, de
ella y de su movimiento —o cártel—, son infinitos. Piden austeridad y viajan en
primera clase. Presumen honestidad y dilapidan el dinero público, y han robado
como nadie antes. Se dicen respetuosos de la ley y la violan sin rubor alguno;
y siempre que pueden la cambian a su favor para perpetuarse en el poder. Se
dicen demócratas y censuran —y censurarán más— a los medios de comunicación,
último bastión de lo que fue la democracia mexicana.
Su odio hacia Estados Unidos y el
mundo libre es palpable. Ahora que la administración Trump ha acusado
formalmente al gobernador del estado de Sinaloa —base del cártel del mismo
nombre— y a varios de su equipo, la compañera Claudia, en vez de extraditarlos
como dicta la ley, los protege mientras pide pruebas. Pruebas hay de sobra, y
no se necesitan para procesar la extradición. Pues bien, dos pruebas vivientes
de esos encausados se entregaron voluntariamente a las autoridades
norteamericanas, y lo que están cantando no son precisamente rancheras.
Ella y su cártel con ropa de
Estado acusan a Estados Unidos parafraseando a Miguel de la Madrid, un
expresidente corrupto de los tiempos felices en que AMLO pertenecía al partido
oficial, el PRI, allá por los años ochenta. Amiguete de Fidel Castro, por supuesto.
Dice la compañera que Estados Unidos siempre ha usado el tema del narcotráfico
como pretexto para la “injerencia”.
Y lo seguirá usando. La
protectora de políticos corruptos y ligados al crimen defiende a un dictador
decrépito acusado con treinta años de retraso. Es la misma que le pide al rey
Felipe —“¿rey, ja, ja, ja?”— que pida disculpas por la conquista gracias a la
cual hoy hablamos español, mientras preferimos comer chicharrones antes que el
corazón, aún latiente, de algún desdichado.
Hipócrita. En español a eso se le
dice hipocresía, pura y dura.
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