viernes, 12 de junio de 2026

Para Cuba, libertad sin mediación



En estos días, en los que vemos los devaneos de la administración Trump para ayudar a los cubanos a deshacerse de esa Junta Militar de Barrigones que los tiene sumidos en una catástrofe humanitaria, cuyas proporciones retan a nuestra imaginación, me viene a la mente una mediación previa entre el gobierno de Estados Unidos y un casi dictador en Cuba.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

Y sí, eso de que la historia se repite parece cierto. Es que los humanos, al parecer, no aprendemos lecciones, y mucho menos de la historia. Hace casi noventa y tres años, Cuba estaba casi desgobernada por un casi dictador. Un casi dictador que llegó a la presidencia a través de elecciones libres y, como muchos, una vez sentado en el Palacio Presidencial le tomó el gusto a la silla y al poder.

Gerardo Machado —ese casi dictador— ganó limpiamente las elecciones enarbolando la consigna de: “¡Agua, caminos y escuelas!”. Y vaya que lo cumplió. Convirtió a La Habana en una metrópolis de nivel mundial. Casi cien años después —y a pesar del bombardeo destructor de sesenta y siete años de totalitarismo comunista—, allí siguen de pie el Capitolio Nacional, el parque de la Fraternidad Americana, el monumento al USS Maine, el Malecón, la Universidad de La Habana y muchas otras obras agradecibles a este prolífico presidente.

Machado asumió el poder el 20 de mayo de 1925 y en los primeros años de su mandato hizo una labor inigualable por ningún otro presidente de Cuba, ni antes ni después. Carreteras, hospitales, escuelas, juzgados, estaciones experimentales de agronomía, acueductos y alcantarillados se construyeron a todo lo largo de la isla.

Lo hizo tan bien y lo alabaron tanto los cubanos que, poco antes de que expirara su término en la presidencia, logró que el Congreso aprobara una Convención Constituyente y lo reeligiera, ahora no por cuatro, sino por un período de seis años. Fue así que el 20 de mayo de 1929, en el flamante Capitolio Nacional, inició su nuevo período.

La economía iba de maravilla, la mayor parte de los partidos políticos tradicionales lo apoyaban y a los cubanos no les importó mucho que Machado hubiera torcido el rumbo político de la república con esa reelección. Al fin y al cabo, el país estaba mucho mejor que tres años antes.

Y entonces, al año siguiente, se le acabó la diversión.

Se vino la crisis conocida ahora como la Gran Depresión, con el derrumbe de la bolsa de Nueva York el 29 de octubre de 1929. Se acabó el impulso que quedaba de la conocida en Cuba como Danza de los Millones. El precio del azúcar —principal ingreso del país— se derrumbó más de la mitad. Crisis total.

Y con la crisis, el cáncer llamado comunismo —que había sido sembrado desde 1925, al menos de manera oficial con el Partido Comunista de Cuba— aprovechó la coyuntura y se iniciaron innumerables huelgas, protestas y manifestaciones. Les he contado cómo los abuelos de Claudia Sheinbaum llegaron a Cuba en 1925 procedentes de Europa del Este a colaborar en la fundación de ese partido. Machado los deportó a México en 1928, pero el daño ya estaba hecho. Como ellos llegaron muchos más.

Machado, que tenía la mecha corta, decía que en Cuba ningún obrero sería engañado por los comunistas, y menos si eran extranjeros. Una cosa era lo que decía y otra lo que pasaba. El hombre —veterano de la guerra de independencia— no soportaba ni la más mínima oposición, menos si esa oposición ponía bombas y ejecutaba desembarcos. Y empezó la matazón, de un lado y del otro. Sangre en las calles: combustible para los anarquistas y comunistas.

Para 1933, aquello estaba al rojo vivo. Políticamente hablando, pues la economía empezaba a mejorar y la gran mayoría de los cubanos continuaban con sus vidas rutinarias. El progreso seguía: la red eléctrica y la telefónica se expandían, las estaciones de radio inundaban de noticias, novelas y música el éter de la isla, y así por el estilo.

Pero políticamente la cosa estaba en candela. Comunistas, anarquistas, estudiantes, sindicatos, Juan y su hermana: todos querían tumbar a Machado. La cosa estaba tan mala que el presidente Franklin D. Roosevelt —el mismo al que, unos años después, un joven Fidel Castro le pediría por carta que le mandara un billete de diez dólares— envió a un embajador a La Habana para que “mediara”, para que negociara el conflicto entre Machado y la oposición.

El señor se llamaba Sumner Welles, y quien esto escribe posee la carta original de presentación de Welles a Machado, fechada el 1.º de mayo de 1933. He estado pensando en donarla a los National Archives o a alguna institución académica de aquí del sur de la Florida. Y como estaba en ese pensamiento, me vino esto de contarles sobre la mediación; bueno, sobre las mediaciones.

 


Welles llegó en mayo de 1933 y su “mediación” lo único que logró fue debilitar más a Machado. En agosto, las huelgas ya tenían carácter de generalizadas y el denostado presidente y su esposa se fueron al aeropuerto y se marcharon a las Bahamas. Hoy sus restos reposan aquí en Miami, en el Woodlawn Cemetery de la Calle 8.

La revuelta que provocó su huida es conocida en la historiografía cubana como “la revolución del 33”. Le sucedió un período de casi siete años de convulsión política que culminaron con el pacto político que llevó a establecer la Constitución de 1940 y la restauración de la democracia en Cuba.

Todo funcionó medio bien hasta que Fulgencio Batista —poderoso líder desde el escape de Machado— dio un golpe de Estado en marzo de 1952. A partir de ahí, los comunistas —otrora sus aliados— le empezaron a aplicar la misma medicina que a Machado y, en la madrugada del 1.º de enero de 1959, huyó, como Machado, al extranjero.

El resto de la historia ya la conocemos; no solo eso: la vivimos. Al día de hoy sus resultados desastrosos están a la vista —solo si es de día, pues en las noches de apagón no se ve el desastre, solo se huele—. Aquella madrugada los cubanos, felices, le entregaron sus destinos a un joven llamado Fidel Castro —el que le pedía diez dólares a Roosevelt—, y ahí empezó otra revolución.

Revolución que dejó de serlo casi de inmediato y se convirtió en dictadura totalitaria. Dictadura que se dedicó durante sesenta y siete años a destruir la prosperidad material de Cuba, al mismo tiempo que extirpaba la libertad de los cubanos. Sesenta y siete años demoliendo el desarrollo material construido durante siglos. El resultado final es esta catástrofe humanitaria que hoy sufren los cubanos de la isla.

Entre 1925 y 1930, Gerardo Machado fue un presidente estrella; contribuyó como nadie a la prosperidad de Cuba. Ante una oposición violenta que despreciaba, actuó violentamente y, tras la fracasada mediación norteamericana, tuvo que huir. Mantuvo un gobierno autoritario —no dictadura, como dicen muchos— en un país que económicamente funcionaba; bajo una crisis económica mundial, pero funcionaba.

Ahora, en este verano de 2026, nos llegan indicios de una nueva “mediación” norteamericana. El director de la CIA, el general del Comando Sur, un candidato político, Juan y su hermana han pasado por La Habana a reunirse con miembros de la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de los harapos de país.

Marco Rubio, quien hace unas semanas pugnaba por extirpar el cáncer totalitario, anda descafeinado estos días viendo partidos de fútbol. Siguen las sanciones; ahora hasta Cupet —la petrolera sin petróleo— está sancionada. Sancionarán hasta al último barrigón, pero sanciones no son acciones: solo son restricciones.

En 1933, Estados Unidos “mediaba”, negociaba con un presidente autoritario que lo había sido por solo tres años y en un país funcional y en desarrollo. En 2026 vemos indicios de una nueva “mediación”, ahora con unos tiranos totalitarios que lo han sido por sesenta y siete años; que han destruido a un país que fue próspero y autosuficiente, y han torcido el tronco de una nación antes feliz y plena.

No hay comparación. Por eso creo, les digo, que con estos dictadores no hay mediación posible. No hay negociación posible. Es todo o nada. Si la administración Trump nos da indicios de negociación, los cubanos —los de allá y los de aquí— tenemos, como aquellos que tumbaron a Machado en las calles, que no cejar ni un solo día en terminar de una vez con este cáncer que nos carcome desde hace más de medio siglo.

Ni un Sumner Welles más en nuestra historia. Libertad plena, solo libertad plena. Ya luego, libres y plenos, empezaremos la larga pero reconfortante tarea de reconstruir nuestra nación robada.

Hablando de Welles, ¿a quién le donaré la mentada carta?

 

Foto: RFI

jueves, 11 de junio de 2026

Una rosa de Francia

Alguien que quiero mucho me regaló un CD, un compact disk, un disco compacto. Usted se preguntará quien usa CD hoy en día. Bueno, yo los uso. Mi auto es viejo, no tiene esas cosas nuevas con las que la música que la gente trae en el celular se puede reproducir por los altavoces del automóvil. Yo ni música traigo en mi teléfono.

Un tipo a la antigua. A mucha honra, que conste.

Y esto de la chapa vieja también me sucede con esto de la música. Antes de que la plaga totalitaria les cayera a los cubanos, hace mucho más de medio siglo, en aquella Cuba libre, próspera y feliz se producía música, mucha música. Muy buena música que hizo de nuestra isla un faro de estilos musicales que se expandieron por el mundo.

Todo acabó con el comunismo totalitario. Todo no, casi todo. Con la libertad perdida lo más que pudo producirse en Cuba, en música, y que se expandiera por el mundo fueron esos lloriqueos que se conocen con la Nueva Trova. Usted puede pensar como quiera, aquí les digo lo que pienso yo.

Por esta razón, disfruto mucho escuchar música de la vieja Cuba, la libre, próspera y feliz. Y alguien que quiero mucho me regaló un CD con esa música mía, nuestra. Tiene arreglos modernos, pero mi Cuba, la nuestra, brilla en esos acordes y en esas voces hermosas.

Una de las canciones del CD es de mis preferidas. La escucho casi cada semana en voz de Barbarito Diez. Qué negro tan lindo. Y dice así:

 
Una rosa de Francia
Cuya suave fragancia
Una tarde de mayo
Su milagro me dio

En mi jardín en calma
Aún la llevo en el alma
Como un rayo de sol
Aún la llevo en el alma
Como un rayo de sol

Con sus pétalos blancos
Es la rosa más linda
Hechicera, que brinda
Elegancia y amor
Aquella rosa de Francia
Cuya suave fragancia
Una tarde de mayo
Su milagro me dio

Poesía de una Cuba libre, próspera y feliz. De amor y libertad.
 

miércoles, 10 de junio de 2026

Cuba no necesita depredadores, solo fundadores

 

Foto: CubitaNOW

 

Lo que les compartiré hoy no les va a gustar a muchos; la verdad, me da igual. Desde que saqué el machete después del 11 de julio de 2021, cuando mis paisanos cautivos se lanzaron a la calle, masivamente, a exigir libertad, he focalizado mi vida en apostar por recuperar aquella Cuba libre que, en enero de 1959, la generación de mis padres —y las anteriores— le entregaron a la pandilla liderada por Fidel Castro.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí 

Aquel 11 de julio, un funcionario “puesto a dedo” —títere del segundón eterno de la hermandad Castro— dijo con fingida firmeza, muerto de miedo: “La orden de combate está dada”. Y dada estuvo. Sus esbirros —y miren que uno ama a Cuba, pero cómo hay esbirros— reprimieron a cubanos que solo pedían algo que tiene el noventa por ciento de las naciones del mundo: libertad, que es sinónimo de prosperidad.

Pero no, fueron reprimidos a pesar de la rendición inaudita de la administración de Barack Hussein Obama unos años antes. La dictadura comunista cubana —ahora en forma de Junta Militar de Barrigones, en un país páramo, lleno de desnutridos sin dientes, qué dolor— salió a reprimir a sus paisanos, que solo exigían lo que es un derecho en el resto del planeta.

Han pasado casi cinco años y nuestra isla, castrada de población económicamente activa por esa dinastía Castro, sigue sumiéndose en esa interminable —hasta ahora— catástrofe humanitaria. Catástrofe que la mayoría por acá llama “crisis”, pero no, es catástrofe.

La dictadura totalitaria, representada por esa Junta de Panzones Ineptos, sigue hundiendo a los cautivos que quedan en esa isla del fracaso en la ignominia y la marginalidad. Los cubanos que quedan allí se están asesinando unos a otros hoy para robarse una “motorina”, unos paneles solares, un pedazo de pan o una cartera vacía. Como en aquella película catastrófica de Mad Max a finales de los ochenta. Nunca la vi completa; no me gusta la miseria humana.

Hace unos días, les comenté cómo esa dictadura maligna, a pesar de sus divisiones internas, sigue mostrando una cara única, un frente unido ante los embates de Rubio y Trump —tomen nota del orden—, mientras aquí, en el exilio, los personajes públicos que supuestamente nos representan se la pasan abogando por sus propios intereses antes de lo principal: la consecución de una Cuba libre, acabando de una vez y por todas con esa mafia maligna que secuestró el destino de nuestra nación.

Y como publiqué este libro sobre cómo llegó esa pandilla a apropiarse de los destinos de aquella Cuba próspera y autosuficiente —entregada graciosamente por mis ancestros, unos que huyeron y otros que se quedaron, a unos ineptos que nunca habían tenido un empleo productivo—, hoy se me acercan personas preguntándome o comentándome sobre cómo van a recuperar las propiedades que Fidel Castro y sus cuarenta ladrones les quitaron a sus padres y a sus abuelos.

Y no les va a gustar a muchos mi respuesta. Para mí, se jodieron. Como me jodo yo cuando renuncio a recuperar mi apartamento —“conseguido” con mis malabares, a mis veintitrés años— en el Vedado. Ese, que se lo quede quien lo viva. Si quisiera vivir en la Cuba libre que viene, llegaré a comprar algo nuevo. Con mi dinero fresco aportaré a su reconstrucción.

Hijos y nietos de propietarios injustamente confiscados por el totalitarismo que esos abuelos y padres permitieron imponer en un país libre y próspero, ahora queriendo reclamar lo que les quitaron a sus padres y abuelos. Sesenta y siete años viviendo en estos lares de libertad, en la civilización, estudiando en universidades de primer mundo, teniendo hijos en esta libertad majestuosa, hasta nietos. Y ahora, a reclamar lo que un vagabundo bandido, con la mano en la cintura, les confiscó a sus ancestros.

Pues no. Miren que no.

A los patriotas de la Brigada de Asalto 2506 yo les devolvería hasta el último centavo que les confiscó esa mafia, hasta la última pulgada de tierra cubana robada por esos déspotas. Arriesgaron sus jóvenes vidas y su propia existencia para intentar devolver a nuestra bella isla al sendero de la libertad y la alegría.

A sus hijos y nietos, criados y crecidos en este heroico exilio, no les toca nada. Pudieron haber ido en sucesivas brigadas —2607, 2708, 2809— a luchar por lo que les confiscaron a sus padres y abuelos. No lo hicieron, no lo hicimos. Así que, a aguantarse.

Cuba no será devuelta, será refundada. Fue abandonada por más de seis décadas. Que sufrimos dolor por estos sesenta y siete años, lo sufrimos, nos duele. Pero ahora, en los albores del nuevo futuro, en este amanecer que se avizora, no me vengan con que quieren recuperar las tierritas del abuelo, la casita de la tía o la fábrica del papá.

Nos jodimos todos. A los dictadores, justicia y condena. A Cuba, la patria, refundación. Quien quiera invertir, que empiece de cero. No hicimos nada efectivo durante sesenta y siete años; no hay juicio que dure tanto. Perdimos por default. Ganamos fortunas aquí, así que, si queremos algo de nuestra robada isla, a pagar, a comprar. Que para reconstruir, dinero falta. Lo de Gaesa no nos alcanza.

Déjense de estar repartiendo un pastel que no es. Es la patria, es una nación hoy torcida y pobre. Una nación que no necesita egoísmo, sino entrega. Todos perdimos, incluso los que nacimos décadas después de la debacle.

Nada para nadie, todos perdimos. Quien quiera reconstruir, que aporte. Ni cámaras de comercio antes de la libertad, ni reclamaciones. Todo eso tiene sesenta y siete años de atraso.

Hoy Trump, al parecer, titubea entre los “tontos útiles” de la dictadura y los preclaros como Marco Rubio. No podemos titubear: libertad absoluta, ojalá ganada por los cautivos de la isla con el apoyo de los de acá. Pero libertad absoluta, no mediaciones pactadas.

Repito: para los dictadores, justicia y condena. Para nosotros, los que perdimos todo, reconstrucción de borrón y cuenta nueva. Patria es antónimo de egoísmo. Tuvimos sesenta y siete años para recuperar lo que nos robaron. Así que ahora, a joderse. Perdimos.

La nueva Cuba, la libre y pronto próspera, nos espera, fresca, para que la refundemos. Nos robó un ladrón y no lo atajamos por casi siete décadas, así que a morder el polvo y levantarnos de nuevo en nuestra tierra linda.

A la patria no se le reclama lo que nos dejamos robar. Si la amamos, como decimos amarla, se le invierte, se le quiere. Sin egos, sin egoísmos. Ahí está nuestra isla y nuestros paisanos cautivos, esperando este nuevo renacer.

Cuba libre y próspera. Y no se nos olvide: feliz.