Foto: Budget Boats
Fidel Castro, el Orador Orate,
era un experto en manipular la información, e incluso los hechos. Desde
principios de su llamada “revolución”, cada vez que veía venir algún conflicto
interno entre sus huestes, el sujeto inventaba alguna amenaza, interna o
externa, para desviar la atención y unir a su gente.
📺 Si no me quiere leer,
véame, pero es peor. → Ver el video aquí
Los conflictos internos, o alguna
crisis coyuntural, quedaban opacados por la presunta amenaza de ataque yanqui o
infiltración de la contrarrevolución. Ponía a todos en función del tema y,
colorín colorado, las broncas, o lo que fuera, quedaban olvidadas.
La parte inicial de esta práctica
la he contado en mi libro Se acabó la diversión.
Así lo hizo durante las largas
décadas que dedicó a demoler la nación cubana. Cuando lo atraparon con las
manos en la masa, bueno, con las manos en la cocaína, armó aquel espectáculo de
coliseo romano que fue la Causa No. 1 de 1989 y se escabechó a cuatro de sus
más cercanos colaboradores. Luego armó la Causa No. 2 y se quitó de en medio a
José Abrantes, su ministro del Interior, que sabía más de lo que alguien
debería saber.
Unos años antes había aprovechado
el atentado a un DC-8 de Cubana de Aviación para sintonizar a la mayoría de los
cautivos de la isla en torno a su mandato. O cuando salió en televisión un
locutor con voz engolada y medio en lágrimas diciendo algo así como que “el
último reducto de combatientes cubanos cayó defendiéndose, envueltos en la
bandera cubana”.
Incluso la gente de sus servicios
de inteligencia promovía estos supuestos ataques y siempre había un incauto que
caía en la trampa. Como cuando las bombas en los hoteles de La Habana allá por
1997. El artefacto mató a un turista italiano, pobre genovés, pero le sirvió al
Orate para justificar lo cerrado y represor de su régimen.
Cosas así.
Siempre había un incauto, un
tonto, a quien se le ocurría desembarcar en una costa de la isla para, según
él, luchar por la libertad de Cuba. Siempre, casualmente, había una patrulla de
guardafronteras esperando al incauto, al tonto.
El caso más reciente fue ayer.
Hace dos días se cumplieron treinta años del derribo de dos avionetas civiles
sobre aguas internacionales. Treinta años del asesinato de cuatro civiles por
parte de esbirros de la fuerza aérea de los esbirros.
Asesinato ordenado por el Orate y
por su hermano acomplejado. Cuatro vidas cercenadas para ser usadas como fichas
políticas en el eterno diferendo, eterno conflicto, entre la dictadura cubana y
las sucesivas administraciones norteamericanas. En este caso, con la de Bill
Clinton.
Asesinados para justificar el
manido recurso de la “pobre Cuba, siempre atacada por sus enemigos”.
Pues ayer esa misma dictadura,
ahora convertida en Junta Militar de Barrigones, asesinó de nuevo a cuatro
cubanos. Según los dictadores, una lancha procedente de Estados Unidos fue
interceptada a una milla de la costa norte del centro de la isla.
Según los dictadores, al ser
interceptada la embarcación, sus tripulantes abrieron fuego contra la lancha de
los guardafronteras de la tiranía. Fuego que, por supuesto, fue repelido, con
el resultado de cuatro muertes y no sé cuántos heridos o capturados.
Los dictadores cubanos los acusan
de invasores, de terroristas.
Qué conveniente, ¿no?
Toda la información proviene del
mal gobierno de esos Panzones, por lo que, en primer lugar, quien les escribe
no les cree ni una coma. Bueno, excepto lo de los muertos, que donde quiera que
estén ellos habrá muertos. Muertos por asesinato o muertos por hambre o
chikunguña.
Algún día sabremos la verdad,
sabremos lo que realmente pasó. Pero, mientras tanto, usemos algo de sentido
común.
Qué casualidad que en un país que
casi no tiene combustible, la lancha de los guardacostas estuviera en el
preciso lugar, o en las cercanías, de la embarcación intrusa. Qué casualidad.
Qué raro que alrededor de diez
personas hayan presuntamente cruzado el estrecho de la Florida hacinadas en un
bote de entre 21 y 23 pies. Un bote diminuto tanto para adentrarse en alta mar
como para cargar diez almas armadas.
Qué raro que estos supuestos
invasores hayan decidido cruzar el estrecho de la Florida en una lancha
construida en 1981. Una lancha con cuarenta y cinco años sobre su casco. Las
pocas que quedan en el mercado se rematan por menos de mil dólares. Es decir,
son chatarra.
Qué raro que en un país de
secretismo consuetudinario, en el que se negó durante años que en Venezuela
hubiera militares cubanos cuidando a Maduro, o que niega mandar mercenarios
cubanos a morir sirviendo a Rusia, qué raro que no pasaran unas horas del presunto
hecho y ya la televisión informara con detalles el presunto enfrentamiento.
Qué raro que hasta este momento
no presenten ni una foto como prueba. Bueno, como prueba es un decir; ellos
podrán mostrar las fotos que quieran, de las armas, de la lancha o de lo que
sea. No serán prueba creíble, pues de ellos nada es creíble.
De ser cierto, o medianamente
cierto, lo que nos están diciendo, podemos aventurar que unos incautos, tontos,
se calentaron la cabeza jugando dominó y arrancaron para Cuba con tres o cuatro
armas para jugar a las guerritas. No lo creo.
O podría ser que unos tontos
fueran a recoger cautivos que querían escapar del manicomio totalitario en una
lancha repleta de gente. Hay que ser tonto. O quizás los contrabandistas fueron
sorprendidos cuando ya habían recogido a los cautivos que escapaban y ahí se
armó la refriega. Podría ser, pero tampoco lo creo.
Son dos posibilidades, estúpidas,
pero plausibles.
Hay que ser comemierda, pendejo
dirían los mexicanos, para ir de la Florida a Cuba en un barco de 21 pies
fabricado en 1981. Hace cuarenta y cinco años.
Ahora recuerdo: por esos años
ochenta llegaban a las costas cubanas cientos de esas lanchas, a dejar y
recoger cocaína y dinero. Eran recibidas y atendidas por algunos de esos
secuaces que el Orate mandó a fusilar en la Causa No. 1.
Algunas de esas lanchas se
quedaron en Cuba, la mayoría de ellas para el goce de los encumbrados de la
nomenclatura. Algunas de ellas se quedaron en Cuba.
A mí, que me encantan el mar y la navegación, nunca se
me ocurriría alejarme ni dos millas de la costa en una chatarra como esa a la
que acusan de invasora.
Hay que ser incauto o tonto para
haberse atrevido a realizar esa supuesta travesía. Hay que ser incauto y tonto,
además de hijo de puta, para pretender que nos vamos a creer su cuento de
fantasía.
Lo lamentable es que, siempre hay un incauto, o tonto, que cae en su juego. A veces, como en este caso, no solo uno, sino varios.
Les digo siempre que los
dictadores cubanos nunca serán capaces de producir un litro de leche, pero para
tergiversar y manipular no tienen competencia. Después de este incidente no
solo mataron a varios cubanos, incautos o tontos, sino que han logrado cambiar,
una vez más, la dinámica de la narrativa.
Lamentablemente, la escaramuza le
dio combustible a su narrativa.
La desesperación de esos
dictadores Panzones los lleva cada día más al ridículo. Cada día más,
acercándolos al fin previsible. Previsible, sí, pero evidentemente no se irán
sin luchar por su supervivencia.
Con esta lanchita, nos metieron
un gol a los libres.
Foto: Telemundo