Hace poco más de un mes, conversando con Sebastián Arcos, él me decía que la impredecibilidad de la política exterior de Donald Trump era un lastre para su efectividad. Yo le contestaba que no, que al contrario, que esa característica era precisamente lo que la hacía efectiva tanto ante enemigos como ante aliados.
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No quiere decir esto que por efectiva le gane afectos entre los aliados, y mucho menos entre los enemigos.
Trump parece actuar como el emperador romano Tiberio bajo el precepto de Oderint dum metuant, “que me odien, pero que me teman”. Esto tendrá consecuencias cuando acabe su presidencia, pero al día de hoy Estados Unidos está ganando esa partida de ajedrez que es la política internacional.
Mi conversación con Sebastián fue antes de la extracción quirúrgica de ese quiste parlanchín llamado Nicolás Maduro y de su esposa. Operación inesperada y felizmente limpia.
Extracción que, curiosamente, solo fue “enérgicamente” rechazada por la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba y por el régimen autoritario mexicano encabezado hoy, formalmente, por Claudia Sheinbaum.
Ni los narcochavistas dijeron “aquí estoy”.
Máxime cuando Trump dejó sentada en la todavía caliente silla de Maduro a Delcy Rodríguez, su colaboradora y cómplice en el cártel de los Soles. Colaboradora con la que deben de haber estado negociando la traición desde mucho antes.
Extrajeron a Maduro, dejaron en su lugar a una sumisa Delcy Rodríguez, cortaron el suministro de petróleo a las dictaduras cubana y china, lograron el inicio de la liberación de presos políticos y la promesa del cierre de ese lúgubre centro de torturas llamado El Helicoide.
Ya muchas líneas aéreas han reiniciado sus vuelos a Caracas y la embajada norteamericana volvió a abrir. Pero la libertad, la democracia, el reconocimiento de la victoria de la oposición en las elecciones robadas por Maduro y compañía, nada de eso.
Delcy Rodríguez, Cabello y Padrino ahí siguen, mansitos, pero ahí siguen.
Y les traigo esto hoy porque hemos estado escuchando que la administración de Trump y Marco Rubio, según ellos, han estado conversando con gente poderosa dentro de la Junta Militar de Barrigones cubanos. Han estado conversando con los que sí mandan.
Los que no mandan, pero que son las caras de ese maligno y desvencijado cascarón, lo niegan. Díaz-Canel, Marrero, Cossío, o como se llame, y el enfermizo Rodríguez Parrilla lo niegan, mientras en los últimos días moderan su retórica antimperialista y dicen que siempre se han portado bien.
Que conversen a mí no me molesta, al contrario. Ya les he dicho que esos Panzones se escudan detrás de los mismos cautivos a los que han empobrecido y a los que reprimen ante la más mínima protesta.
Lo que me preocupa es que muchos de nosotros, cubanos libres, nos hemos ilusionado con que esas conversaciones deben llevar a la extinción y remoción de esa horrible plaga que ha sido la dictadura que ha destruido la nación cubana durante sesenta y siete años.
Soñamos que el resultado de esa negociación sea un amanecer de libertad y democracia. Que sea el inicio de la reconstrucción para recuperar la prosperidad perdida bajo la bota del comunismo.
Eso sería lo lógico. Trump ha logrado éxitos increíbles en su política internacional. Ha logrado neutralizar la narcodictadura venezolana; tiene a Gustavo Petro ansioso por sentarse a conversar en Washington; logró que Xiomara Castro en Honduras cesara en su intento de quedarse en el poder; tiene tropas norteamericanas vigilando la frontera entre Guatemala y México; selló la frontera norte; tendrá ahora una aliada en Costa Rica, centro de espionaje chino en Centroamérica; logró sacar a los chinos de la administración del Canal de Panamá, que ahora será de una empresa danesa, del mismo país con el que se arregló el tema de Groenlandia.
Una cadena de éxitos en el hemisferio. Con la neutralización, en los hechos, de la intervención de la dictadura cubana en Venezuela, los Barrigones de La Habana perdieron su principal fuente de sustento. Los intentos de Claudia Sheinbaum y de su jefe de enviarles hidrocarburos para sostenerlos fueron también neutralizados. En vez de petróleo, la señora les enviará ayuda humanitaria.
Todos estos éxitos nos han llevado a pensar a muchos, entre ellos yo, que la libertad de Cuba y de los cubanos está cerca.
La Junta Militar de Barrigones, en su estado actual, tiene los días contados. Rusia y China, sus más poderosos aliados en ese eje del mal, solo les han ofrecido apoyo diplomático, nada más.
En otra época ya estuviéramos viendo al canciller de los Panzones, Bruno Rodríguez Parrilla, convocando una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU para denunciar la “agresión imperialista”.
Y no, anda por Vietnam, haciendo quién sabe qué.
Dice Trump que negocia. Nosotros, los libres, creemos que negocia el fin de la larga noche totalitaria. Lo soñamos y lo anhelamos.
Pero también dice que espera pronto, como fruto de esa negociación, que los cubanos de la emigración y el exilio podamos ir a visitar la empobrecida isla.
¿Qué? ¿Escuchamos bien?
Dijo eso mismo. Dijo que admira a los valientes balseros y que muchos cubanos anhelan regresar a Cuba.
No escuché nada sobre libertad, democracia, inversiones ni reconstrucción.
Y es que la empobrecida isla de Cuba no tiene petróleo que ofrecer. No tiene una oposición vertebrada como la tienen los venezolanos y los cautivos cubanos de la isla siguen murmurando en sus casas oscuras mientras los represores siguen controlando las calles.
Hace una semana yo pensaba en la posibilidad, ahora sí, de una Cuba libre.
En Venezuela, sin Maduro, con petróleo y con oposición organizada, no se ha hablado de democracia ni de libertad. Cuba no tiene ni petróleo ni oposición cohesionada. Duele decirlo, a pesar del esfuerzo y la dedicación de muchos.
Hace un mes, Sebastián me dijo que la impredecibilidad de Trump en su política exterior es un lastre para su efectividad.
Lamentablemente, hoy, al día de hoy, parece que mi amigo tenía razón.
Yo no quiero viajar a una Cuba cautiva. Lo primero que quiero ver es la excarcelación de todos y cada uno de los presos políticos.
Ojalá Trump siga con su impredecibilidad y, en vez de viajes familiares, se decida por aplicarle la eutanasia a una dictadura en metástasis terminal.
Ojalá.


