martes, 21 de abril de 2026

Una crítica de Reflexión y Diálogo, para Se acabó la diversión

 

Foto: YouTube

Desde Cuba, Juan Carlos Albizu-Campos, doctor en Ciencias Económicas y Demográficas e integrante del Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo, me envía un análisis crítico de mi libro Se acabó la diversión.

Conocí a Juan Carlos hace unos meses durante la conferencia Cuba: pasado mañana, celebrada en el Instituto de Estudios Cubanos de FIU. Cubano de diálogo ágil e inteligente, conocedor profundo de la problemática cubana actual.

Le agradezco su análisis y sus comentarios. Tengo el gusto de compartirlos con ustedes.

Gracias Juan Carlos.



Foto: FIU


Se acabó la diversión. El salto económico cubano (1959-1965) según Omar Sixto

Juan Carlos Albizu-Campos Espiñeira

Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo

… y los cubanos querían un cambio

Lo que ofrece Omar Sixto en su libro, Se acabó la diversión. La economía cubana: el salto del capitalismo al socialismo (1959-1965), es una verdadera síntesis de uno de los períodos más complejos de la historia reciente de Cuba. Como demuestra en su obra, el corto lapso de tiempo de 1959 a 1965 se evidencia como uno de los momentos más intensos, contradictorios y decisivos de la historia cubana contemporánea. En apenas seis años, la isla transitó desde una economía capitalista dependiente, articulada en torno al azúcar, la inversión estadounidense y el mercado externo, hacia un modelo socialista estatizado, centralizado y orientado a la planificación. Un modelo de dependencia externa y de una relación con la Unión Soviética que llevó a la economía cubana a una profunda deformación estructural y agudizó su carácter de monoproductor y monoexportador. Este proceso, que en la historiografía oficial suele presentarse como una transición “natural” o “inevitable”, es reinterpretado por Sixto como un salto abrupto, lleno de improvisaciones, tensiones internas y consecuencias estructurales que marcaron el devenir económico del país durante las décadas siguientes.

La visión de Sixto se inserta en una corriente de análisis que busca desbrozar la narrativa teleológica y maniqueísta de la Revolución, examinando el período inicial de las transformaciones ocurridas no como un despliegue coherente de un proyecto socialista preconcebido, sino como una secuencia de decisiones políticas contingentes, muchas veces reactivas, que transformaron radicalmente la economía sin un diseño institucional claro. El autor combina, de manera abundante y sistemática, fuentes primarias de toda índole, estadísticas, testimonios y documentos oficiales para reconstruir un panorama donde la ideología, el voluntarismo y la confrontación geopolítica entrelazan los dilemas productivos y las limitaciones estructurales de la economía cubana de la época.

Es de hacer notar que el propio orden en que está organizado el discurso del libro da cuenta del enfoque robusto del autor a la hora de hilvanar el estudio, sobre la base de una cronología de procesos yuxtapuestos que abarcaron todas las esferas de la actividad económica, empezando por la implementación inicial de medidas largamente prometidas, como la Reforma Agraria, así como toda la secuencia de transformaciones que terminaron por crear un modelo oligárquico, extractivo y de expropiación, en el que la nueva clase dominante se hizo del dominio absoluto y exclusivo del poder, que hoy ha llevado al país a la peor crisis económica de su historia.

Así, los cambios ocurridos durante ese período —justo es reconocer que con el apoyo mayoritario de la población— estuvieron precedidos por otros que habían tenido lugar durante etapas anteriores de la historia del país, propiciados por el espíritu revolucionario que en cada momento los llevara adelante, pero nunca tuvieron una

naturaleza tan radical ni transformaron la esencia de los modos de vida de la nación, aunque propiciaran la renovación de las formas en que en la sociedad se ejercían los derechos políticos, que, aun siendo limitados, eran concomitantes con otras libertades, como la económica, de prensa y la consecuente movilidad social.

Esta lucha por cambios largamente anhelados alcanzó su eclosión, como demuestra Sixto, con el advenimiento de la Revolución, y fueron implementados a marchas forzadas, con el autoritarismo del caso, a pesar de la evidente autosuficiencia económica que ya disfrutaba el país, el aumento sostenido de la riqueza nacional —si bien aun deficientemente distribuida—, así como el largo camino andado hacia el establecimiento de un régimen de democracia plena. El resultado final ha sido, sin dudas, la implantación de un modelo de policrisis, marcado por una catástrofe humanitaria y un colapso sistémico que dan cuenta del fracaso de un ejercicio de experimentación social que ha desembocado en eso que se conoce como “Estado fallido”.

Entonces, este ensayo se propone exponer de manera sucinta la interpretación que Sixto nos ofrece de ese período y de los pasos de aquellos cambios, organizando la discusión en torno a, al menos, aquellos cinco ejes articuladores que pueden identificarse en su obra. A saber:

— La estructura económica heredada en 1959.

— Las nacionalizaciones y la ruptura con Estados Unidos.

— La construcción acelerada del socialismo y la centralización estatal.

— El papel de la Unión Soviética y la inserción en el bloque socialista.

— Las consecuencias económicas y sociales del período 1959-1965.

¿Quo vadis, cubanus?

Así, el paso desde una economía capitalista en desarrollo a un modelo de economía socialista subdesarrollada fue, sobre todo, la consecuencia de decisiones políticas radicales, muchas veces improvisadas en torno a una reacción frente a la acción de un agente externo o interno; de la improvisación administrativa basada en la incapacidad de los actores de asumir la conducción de los procesos económicos; la agudización creciente de la dependencia de la asistencia externa y la agudización de la deformación estructural.

Luego, por un lado, el autor da inicio al análisis de la realidad cubana desmontando la imagen idílica que sobre el período prerrevolucionario se ha intentado ofrecer, mientras que, por otro, basado en la abundante evidencia factual estudiada, también ofrece un ejercicio de desmontaje de la caricatura de país caótico y atrasado que las autoridades del país han ofrecido en los últimos casi setenta años que llevan en el poder. Es así que deja documentada su caracterización de ese período como un modelo socioeconómico en el que coexisten al menos tres rasgos fundamentales: dependencia del azúcar y de la inserción en el mercado estadounidense; persistencia de una importante

desigualdad social y la concentración de la tierra, así como una modernización incompleta en la que se advierte una clase media emergente y pujante.

El azúcar representaba más del 80 % de las exportaciones; estaba fuertemente vinculada a cuotas y precios preferenciales en Estados Unidos. Esta dependencia generaba vulnerabilidad externa, pero también garantizaba ingresos relativamente estables. Sixto subraya que la economía cubana no era autosuficiente, pero tampoco estaba en colapso: era una economía dependiente, no una economía fallida.

Reconoce, además, la existencia de desigualdades severas, especialmente en el campo, donde el latifundio y el desempleo estacional eran problemas estructurales. Sin embargo, insiste en que la solución a estos problemas no requería necesariamente una ruptura total con el modelo capitalista en el sector agrario, sino reformas profundas, viables dentro del propio sistema, para con ello evitar la ulterior abrupta caída de los rendimientos que desembocara en una persistente crisis alimentaria.

Sixto destaca que Cuba tenía indicadores sociales superiores a los de otros países de la región, una clase media en expansión y un sector de servicios relativamente desarrollado. Esta complejidad es clave para entender por qué el salto al socialismo no fue una respuesta «inevitable» a un país devastado, sino una decisión política.

Primeros pasos: nacionalizaciones, reforma agraria y ruptura con Estados Unidos

Entre 1959 y 1961 se produjo la transformación más radical de la estructura económica cubana: la confiscación y estatización masiva de empresas, bancos, industrias y tierras. El historiador argumenta que este proceso fue más acelerado y menos planificado de lo que suele reconocerse. Habría, además, que agregar el hecho de que Cuba consumó su ruptura con organismos internacionales tan tempranamente como 1960, cuando se retiró del Banco Mundial y dio pie al establecimiento de nuevas bases jurídicas para intentar garantizar una independencia económica y un legado de autodeterminación que aún fundamenta su resistencia. A ello le siguió su retirada en 1964 del Fondo Monetario Internacional, del cual había sido uno los países fundadores en 1944.

La primera reforma agraria (1959) buscaba desmontar el latifundio y redistribuir la tierra. Sin embargo, Sixto demuestra que la creación del INRA y la estatización de grandes extensiones generaron un aparato burocrático que pronto sustituyó al latifundista privado por un “latifundio estatal”. En todo caso, fue casi inmediatamente seguida por una segunda reforma agraria, en la que el latifundio estatal se vio reforzado al disponer la nacionalización y, por consiguiente, la adjudicación al Estado cubano de todas las fincas rústicas con una extensión superior a sesenta y siete hectáreas y diez áreas (cinco caballerías de tierra), con solo la excepción de los pocos casos de aquellas propiedades que estuvieran siendo explotadas por grupos de hermanos, cuya participación estas no fuera superior a cinco caballerías.

Por otro lado, hacia 1960, la expropiación de empresas estadounidenses y cubanas marcó el punto de no retorno. Para Sixto, estas medidas respondieron tanto a presiones ideológicas como a la dinámica de confrontación con Washington. La ruptura del

comercio con Estados Unidos, principal socio económico, precipitó la crisis del azúcar y obligó a buscar apoyo en la URSS. Luego, el autor interpreta el embargo no como causa, sino como consecuencia de la radicalización del proceso. La respuesta del gobierno —acelerar la estatización y declarar el carácter socialista de la Revolución— consolidó un modelo económico altamente centralizado.

Construcción acelerada del socialismo y la centralización estatal

Es así, entonces, que entre 1961 y 1965 se consolidó un modelo de economía planificada inspirado en la experiencia soviética, aunque con rasgos propios del voluntarismo revolucionario, marcado por el intento fallido de implementación de la planificación central y la desaparición del mercado, puestas en práctica sin la infraestructura estadística, administrativa y técnica necesaria. La eliminación del mercado, la fijación centralizada de precios y la asignación burocrática de recursos generaron ineficiencias crecientes y provocaron el ulterior estallido de la crisis del modelo de financiamiento presupuestario y de registro administrativo al que se diera paso.

La dirigencia revolucionaria, influida por el pensamiento guevarista, subestimó la importancia de los incentivos materiales y sobrevaloró la «conciencia revolucionaria» como motor productivo. Esto condujo a experimentos fallidos, como el sistema de financiamiento presupuestario. Las movilizaciones productivas —cortes de caña, zafras voluntarias, movilizaciones estudiantiles— se convirtieron en mecanismos para suplir la falta de eficiencia económica. Sixto interpreta estas campañas como síntomas de un modelo incapaz de generar productividad sostenida, con las que se trata de suplir la caída de la productividad y de la producción en general.

La nueva dependencia: integración al CAME, la URSS y el rol de los subsidios

La alianza con la Unión Soviética permitió la supervivencia del proyecto socialista, pero también generó una nueva forma de dependencia. La URSS compró azúcar cubano a precios preferenciales y suministró petróleo y bienes industriales. Esta relación, aunque beneficiosa en el corto plazo, consolidó la especialización azucarera y desincentivó la diversificación productiva, reforzando el establecimiento de un modelo de dependencia, fuertemente financiado desde el exterior por motivos más bien geopolíticos y no de eficiencia económica. Podría agregarse, a partir de lo que ha sido hallado por otros autores en los archivos soviéticos, y como complemento a lo argumentado por Sixto, que solo entre las décadas de 1960 y 1970, Cuba recibió de la Unión Soviética, como monto total agregado de todas las formas de cooperación, la cantidad de 80.3 billones de dólares equivalentes, a precios corrientes. En ese mismo sentido, al actualizar las cifras incluyendo la década de 1980, se alcanzó la cantidad de poco más de 115 billones de dólares, también a precios constantes, en la que además se incluye la asistencia también recibida por otros países del CAME.

La incorporación al CAME implicó adoptar estándares, tecnologías y estructuras administrativas soviéticas, reforzándose la centralización y la rigidez del modelo económico a partir de la implementación de un nuevo modelo, esta vez, el llamado de “cálculo económico”. Todo ello, como subraya el autor, no solo no solucionó los

problemas estructurales de la economía cubana, sino que los postergó en el tiempo. La dependencia del bloque socialista reemplazó la dependencia estadounidense, pero sin generar un desarrollo autónomo.

Consecuencias económicas y sociales del período 1959-1965

El “salto al socialismo”, en términos de productividad, estructura económica, bienestar social y cultura política, da cuenta de cómo la estatización masiva redujo los incentivos, generó burocracia y disminuyó la productividad. La economía se volvió más vulnerable a los shocks externos y dependiente de subsidios provenientes, sobre todo, de la URSS. Ello terminó siendo un modelo manumitido e ineficiente en el que incluso lo que pudo lograrse lo hizo sobre la base de la disponibilidad de unos recursos que no eran generados internamente por el desempeño económico del país, sino provenientes del exterior, que contribuyeron a enmascarar la crisis estructural permanente en que se sumergió el sistema.

Los avances logrados en educación, salud y movilidad social, como reconoce Sixto, fueron relevantes, pero, como el propio autor documenta, estos logros se construyeron sobre una base económica frágil y altamente subsidiada, llevando ese modelo de desarrollo social a un punto de grave insostenibilidad que hoy se traduce en el resquebrajamiento en la cantidad y calidad de los sistemas y servicios sociales que los proveen.

Como consecuencia, durante el período se consolidó un sistema político centralizado, con férreo control estatal sobre la economía, los medios, las organizaciones sociales y la vida en general, lo que para Sixto sentó las bases de una estructura socioeconómica que coartó las libertades individuales, limitó la innovación, la crítica, el emprendimiento y la autonomía económica.

Omar Sixto en el espejo de otros autores. Contrapunteo de complementariedades

Dada la singularidad de lo ocurrido y su rol decisivo en el desarrollo de las transformaciones ulteriores en los períodos subsiguientes de la consolidación de la economía socialista en Cuba, otros autores igualmente han abordado el estudio de esa etapa. Así, la complementariedad de los argumentos que proponen, se han escogido tres de esos autores que sobresalen de manera notable: Carmelo Mesa-Lago, Jorge Pérez-López y Sergio Días-Briquets.

La interpretación de Omar Sixto sobre el salto económico cubano entre 1959 y 1965 se sitúa en un punto intermedio entre la crítica estructural de Carmelo Mesa-Lago, el enfoque de economía política internacional de Jorge F. Pérez-López y la interpretación de impacto histórico estructural experimentado tanto por la economía, la sociedad, así como por las instituciones y la población cubanas analizado por Sergio Díaz-Briquets. Aunque los cuatro autores coinciden en que la transición al socialismo fue rápida, disruptiva y con efectos duraderos, cada uno ofrece su visión de la explicación causal, en el peso asignado a la ideología y en la valoración de la racionalidad económica de las decisiones tomadas.

El ritmo y la naturaleza del “salto al socialismo”

Para Sixto, el período 1959-1965 constituye un salto abrupto, marcado por improvisación, radicalización política y ausencia de un diseño institucional coherente. La estatización masiva y la eliminación del mercado no respondieron a un plan socialista preexistente, sino a una secuencia de decisiones reactivas frente a la confrontación con Estados Unidos y a la dinámica interna del liderazgo revolucionario.

Mesa-Lago coincide en que el proceso fue acelerado, pero lo interpreta dentro de un marco más amplio de transformación estructural. Para él, la Revolución buscó resolver problemas históricos —desigualdad, dependencia, monocultivo— mediante un modelo estatista que, aunque ideologizado, tenía una lógica interna de modernización socialista. Su énfasis está menos en la improvisación y más en la coherencia interna del proyecto, aun cuando sus resultados fueran contradictorios.

Pérez-López, por su parte, subraya que la transición fue impulsada por la ruptura geopolítica con Estados Unidos y la necesidad de alinearse con la URSS. Para él, el salto al socialismo no puede entenderse sin la dimensión internacional: la economía cubana se reconfiguró para integrarse al bloque socialista, lo que generó una nueva dependencia estructural.

Díaz-Briquets analiza lo ocurrido, más como el resultado de la improvisación de las autoridades en la búsqueda de solucionar problemas históricos, como un ejercicio consciente, intencional y acelerado de transformación institucional, englobado la conformación de un nuevo contexto de dependencia económica, con consecuencias estructurales a largo plazo, con efectos demográficos sistémicos inmediatos e impactos duraderos especialmente en materia de población, fuerza de trabajo y políticas sociales.

La relación con la URSS y la dependencia externa. El papel de la ideología y el voluntarismo

Sixto enfatiza el voluntarismo revolucionario, especialmente en la influencia del pensamiento guevarista, que subestimó los incentivos materiales y sobrevaloró la “conciencia” como motor productivo. Para él, la ideología no solo orientó decisiones, sino que sustituyó criterios económicos básicos, generando ineficiencias sistémicas. La alianza con la URSS permitió la supervivencia del modelo, pero creó una dependencia tecnológica y financiera que sustituyó la dependencia previa de Estados Unidos. Esta nueva dependencia, basada en subsidios y precios preferenciales, desincentivó la diversificación productiva.

Mesa-Lago reconoce el peso de la ideología, pero la analiza como parte de un modelo institucional que buscaba construir una economía socialista clásica. Su crítica se centra en la incompatibilidad entre los objetivos sociales y los mecanismos económicos adoptados, más que en la irracionalidad de los líderes. Para él, el problema no fue la ideología en sí, sino su aplicación rígida y la ausencia de mecanismos correctivos. Coincide en el diagnóstico, pero lo formula en términos de intercambio desigual socialista: Cuba recibió beneficios a corto plazo, pero a costa de una estructura económica

rígida y especializada. Para él, la integración al CAME reforzó la centralización y limitó la autonomía económica.

Más cercano a Pérez-López, Sixto considera que la ideología funcionó como un marco justificativo para decisiones políticas que respondían a la necesidad de consolidar el poder y asegurar apoyo externo. Sin embargo, añade que la ideología también fue instrumentalizada para legitimar la creciente dependencia de la URSS. Ya más lejos, interpreta la relación con la URSS como un mecanismo geopolítico, donde Cuba intercambió lealtad política por apoyo económico. En su visión, la dependencia no fue un efecto colateral, sino un componente funcional del modelo socialista cubano.

Díaz‑Briquets, a su vez, coincide en que la ideología tuvo un peso determinante, pero la analiza como parte de un proyecto estatal de ingeniería social. En su interpretación, la ideología no solo afectó la economía, sino que moldeó políticas de salud, educación, empleo y control migratorio, generando efectos demográficos profundos: caída abrupta de la fecundidad y los nacimientos, deterioro de la capacidad de supervivencia de la población y emigración expansiva sostenida. Su crítica es menos coyuntural y más estructural: la ideología creó un sistema que, aunque logró avances sociales, produjo deformaciones demográficas y laborales que han comprometido la sostenibilidad del modelo.

Resultados y legado del período 1959-1965

Sixto concluye que el salto al socialismo generó una economía menos eficiente, más burocratizada y dependiente de subsidios externos. Aunque reconoce avances sociales, los considera insostenibles sin apoyo soviético. Mesa-Lago ofrece una evaluación algo más equilibrada, en la que destaca los logros sociales, pero subraya que el modelo económico creó desequilibrios estructurales que se manifestaron con fuerza tras la desaparición del bloque socialista. Por su parte, Pérez-López enfatiza el carácter no sostenible del modelo desde su origen: la economía cubana, según él, nunca logró generar excedentes suficientes para sostener su aparato estatal y social sin subsidios externos.

Díaz‑Briquets coincide en el diagnóstico, pero lo amplía: la dependencia soviética permitió financiar políticas sociales expansivas que, a su vez, generaron cambios demográficos acelerados, como la caída de la fecundidad, el envejecimiento poblacional y la emigración selectiva. Para él, la dependencia externa no solo afectó la economía, sino que enmascaró desarticulaciones demográficas que emergieron en toda su magnitud tras el colapso del bloque socialista.

Finalmente … se acabó la diversión

El análisis de Omar Sixto ofrece una reinterpretación crítica muy documentada del período 1959-1965, alejándose tanto de la narrativa oficial como de las visiones simplistas que reducen la Revolución a un proyecto fallido desde su origen. Su tesis central —que el salto al socialismo fue un proceso improvisado, ideologizado y

económicamente costoso— se sostiene en una lectura cuidadosa de las fuentes y en una comprensión profunda de las dinámicas económicas.

Este ensayo ha mostrado cómo Sixto reconstruye un período marcado por decisiones políticas radicales, tensiones internas, dependencia externa y transformaciones sociales profundas. Su aporte principal es revelar que la economía cubana no estaba condenada a un destino socialista, sino que fue conducida hacia él por una combinación de factores políticos, ideológicos y geopolíticos. El libro invita a repensar la historia económica cubana desde una perspectiva menos dogmática y más atenta a la complejidad de los procesos históricos. En última instancia, la obra de este historiador no solo ilumina el pasado, sino que ofrece claves para comprender los desafíos actuales de la economía cubana, todavía marcada por las decisiones tomadas en aquellos años fundacionales.

La obra da cuenta de la amplitud casi inabarcable de la investigación realizada por Omar Sixto. Se convierte así en una pieza clave en la historiografía de los últimos setenta años de la nación cubana. Difícilmente pueda encontrarse otro libro que aborde el período en cuestión y los procesos sociales y económicos que en él transcurrieron. Es una pieza única no solo por su contenido y el tema que aborda. Ofrece un claro ejemplo de estudio histórico. Metodológicamente robusto, ampliamente documentado y analizada cada fuente con un rigor sorprendente, que le permite a su autor dejar un legado gnoseológico sobre un período histórico vital de la Cuba contemporánea. Sería incluso recomendable a quienes se acerquen a este libro el estudio detallado de la amplia bibliografía que sustenta el diseño y análisis de esta investigación.

Nos deja, además, la evidencia de las consecuencias de un experimento en el que se incubaron todas las deformaciones que hoy hacen del sistema un modelo irreformable, muy próximo a su implosión, donde coexisten todos los peores males que pueden afectar el desarrollo de una nación: la estatización y militarización de la economía y la sociedad, la desaparición de los incentivos individuales, la coerción de la libertad individual, la planificación irreal combinada con la corrupción estructural y el desprecio por la innovación, el disenso y la búsqueda de la eficiencia.

Es la descripción detallada de la hoja de ruta que marca el derrotero del desmantelamiento de una de las sociedades y economías más dinámicas de la segunda mitad del siglo XX en la región. Es el estudio obligado de todos aquellos que quieran comprender cómo se destruye el legado de «tantas generaciones que desde finales del siglo XVIII edificaron un país llamado Cuba». Sirva para comprender lo inapreciable, pero también la fragilidad de la libertad, cuando el poder que rige el destino de una nación se guía por la ambición personal de quienes lo usurpan, y no por las instituciones que debieran ser las garantes de la vida. Es, en ese sentido, el emotivo homenaje de su autor a Cuba.




sábado, 18 de abril de 2026

Hasta en la sopa por un libro

 


Ayer 17 de abril de 2026 tuve el gusto y el honor de presentar la segunda edición de mi libro Se acabó la diversión y la primera de su versión en inglés, The party´s over. Lo hicimos en The Cuban, un museo dedicado a la diáspora cubana. Yo, más que parte de la diáspora, soy parte del exilio cubano.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

No tengo como agradecerle a Álvaro Alba por obsequiarme el prólogo de ambas publicaciones y ser el primer gestor de la presentación de ayer. No tengo como agradecerles a él y a Miguel Cossío, sus palabras en el evento y su afecto personal.

Agradezco también a todos los que asistieron. Fuimos muchos cubanos de varias generaciones, cubanos de todo tipo que allí nos reunimos por una Cuba libre. Para eso escribí este libro, para dejar testimonio de lo que era Cuba y de como fue el inicio de su destrucción. Con la esperanza de que sirva para algo en su reconstrucción.

Le agradezco a Sebastián, quien a pesar de experiencias previas, volvió a pisar el Museo. A Sergio, a Mirtica, a Pepe, a Juan Andrés y a su hijo, a mi familia y amigos. A todos los que ayer nos reunimos por nuestro amor a Cuba. 

Les pido disculpas a todos de que mis palabras en esta presentación fueron breves. Nuestro plan era que después de esas palabras iniciáramos un diálogo fructífero. Sé que ustedes y yo así lo anhelábamos.

Lamentablemente, personal del Museo no permitió esa conversación prometedora. Para mi próximo libro, o el Museo nos garantiza que dialoguemos, o buscaremos otro lugar para presentar el libro y ser libres, en esta tierra de libertad.

Como me dijo una lectora, en los días previos a esta presentación "salí hasta en la sopa". Así se hace cuando se quiere vender un producto, o un libro. No me vendí yo, que no tengo precio. No vendí un libro, lo promoví, por lo que significa para Cuba.


No gano dinero ni con el libro, ni con mis escritos, ni con mis videos. Los hago porque me da la gana, porque quiero ver a una Cuba libre y próspera y soy amante de la libertad. Los libros que se vendieron ayer durante el evento, los había donado al Museo el día anterior.

El que piense lo contrario, que se vaya a casa del recoño de su madre.

Las adjunto mis breves palabras de ayer. De haber sabido que nos iban a censurar, me hubiera extendido un poco más.

¡Viva Cuba libre! ¡Abajo la tiranía asesina!

Foto: Noticias Martí


Presentación del libro: Se acabó la diversión


Buenas tardes. Antes de iniciar esta conversación, me gustaría, primeramente, agradecerles que hayan venido a este encuentro organizado por cubanos, para los cubanos, para una Cuba libre y, sobre todo, para trabajar por que lo que sucedió en Cuba a partir del 1 de enero de 1959 no nos vuelva a pasar; ni a los cubanos ni a otros países que se ven tentados a probar o imponer el comunismo totalitario.

También quiero agradecer al Museo Americano de la Diáspora Cubana, The Cuban, por acogerme —por acogernos— en estas bellas instalaciones donde se atesora mucho de la cubanía en su sentido más amplio. Un lugar que no solo nos permite recordar el ataque totalitario a nuestra nación; es un espacio de denuncia de la barbarie a la que ha sido sometida Cuba en todos los sentidos: en su política, su sociedad, su cultura, su idiosincrasia y en su economía.

Es un honor para mí estar con ustedes aquí, en este día en el que justamente se cumplen sesenta y cinco años de que más de un millar de cubanos libres desembarcaron en nuestra isla usurpada para —con las armas en la mano y el corazón en la patria— batirse con valor inusitado contra las muy bien armadas fuerzas del dictador. Lo hicieron dispuestos a entregar sus vidas, sin más aspiración que devolver nuestro bello país al sendero de la libertad.

Foto: Diario las Américas

El libro que presentamos hoy comenzó a escribirse hace casi cuarenta años, en esa Cuba a la que Fidel Castro llevaba camino a una brutal crisis económica que desmanteló todo el teatro que había levantado a base de subsidios soviéticos. Él llamó “período especial” a lo que fue un colapso económico sin precedentes en la historia de Cuba.

Pero, usando sus términos, el período especial no fue el primer colapso económico de su gobierno dictatorial. De eso trata este libro. En la madrugada del 1 de enero de 1959, Fulgencio Batista tomó un avión para salir de Cuba; no huyó porque las guerrillas le hubiesen ganado una guerra, dejó el poder —según él— para terminar con ella. Dejó un vacío de poder, y los vacíos siempre se llenan.

En enero de 1959, Fidel Castro llegó a La Habana a bordo de una caravana de transportes militares, incluyendo tanques de guerra recién comprados por Batista. Los cubanos, lejos de preocuparse al ver a unos barbudos armados, transportados por blindados, tomando el poder, los recibieron eufóricos.

Pasó poco tiempo y empezó a correr la sangre y a morir la libertad a una velocidad vertiginosa. Vertiginosa es también la velocidad con que cuento todo ese proceso en este libro que hoy presentamos. En sus páginas podrán ver cómo, antes de la llegada de esa caravana barbuda, Cuba era un país próspero y autosuficiente. Un país que tenía problemas —como los tenían otros países y los tienen hoy en día todos los países—, pero eran problemas solucionables sin necesidad de destruir todo en busca de iniciar una utopía.

A esa utopía se entregó una buena parte de los cubanos; otros la presenciaron como espectadores y otros muchos se le enfrentaron con valentía. En este libro contamos la historia de todos ellos. Contamos cómo el primer gobierno provisional, encabezado por Manuel Urrutia, estuvo integrado por excelentes funcionarios y uno o dos espías de Castro. Un gabinete que en sí mismo inspiraba confianza en un futuro prometedor.

Era un gabinete sin armas frente a un grupo de matones armados hasta los dientes que rápidamente ocuparon los cuarteles militares, las prisiones y el armamento del ejército descabezado. Un gabinete que cometió el error de instaurar una Ley Fundamental y no una constitución democrática.

En el libro le contamos cómo ese gabinete nunca tuvo un poder real; cómo Castro, su hermano Raúl, el argentino Ernesto Guevara y un grupo de viejos comunistas se prepararon en secreto para el asalto real al poder sobre los cubanos. Les narro, paso a paso, cómo prepararon una Reforma Agraria que en su texto no era radical, pero en su aplicación sí lo fue. Les muestro cómo Castro convirtió el Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA) en el verdadero gobierno de Cuba.

Desde el INRA desplegó su ofensiva contra la antigua Cuba, la que era libre y próspera. Para su totalitarismo, un cubano próspero es un cubano libre. El poder total no necesita ciudadanos; requiere de siervos, de esclavos. La propiedad privada y la libre empresa son las bases de la prosperidad, y la prosperidad —salvo excepciones— generalmente va acompañada de la libertad. Todo eso lo erradicó Fidel Castro desde el INRA.

Foto: Univisión

Fidel Castro no limitó las responsabilidades del INRA solo a ejecutar la Reforma Agraria que promulgó el 17 de mayo de 1959. Convirtió al INRA en el principal instrumento para la consolidación de su poder totalitario. La letra de ley de la Reforma Agraria —como el resto de las leyes y decretos que, un día sí y otro también, dictaba— quedó siempre sobrepasada, rebasada, por la radical acción del nuevo poder.

Antes de 1959, Cuba estaba insertada en el sistema económico norteamericano. Estados Unidos era su primer socio comercial y el comercio bilateral funcionaba eficientemente. Tenía una situación similar a la actual de México y Canadá con Estados Unidos. Contrario a lo que la historiografía desde Cuba lleva décadas repitiendo, los gobiernos de la Cuba republicana siempre supieron negociar a su favor con Estados Unidos.

El capital norteamericano tenía grandes inversiones en la economía cubana, como las tiene hoy en México, Canadá y muchos países del mundo. Cuba era un sitio atractivo para invertir; su economía crecía y la fertilidad de sus suelos y su posición geográfica la hacían muy competitiva. Pero ese capital se interponía entre Fidel Castro y sus fines de poder absoluto.

En el libro les narro cómo fue el cada vez más intenso enfrentamiento entre el gobierno de Fidel Castro y el de Estados Unidos. Les demuestro que, contrario a lo que muchos creen, las hostilidades bilaterales las iniciaron los cubanos, que, a cada respuesta norteamericana, le subían el nivel de enfrentamiento. Todo esto en una espiral que terminó con la confiscación de sus propiedades en Cuba, el rompimiento de relaciones diplomáticas y la promulgación de un embargo comercial cuando Castro se negó a pagar las correspondientes indemnizaciones.

Pero Castro no se detuvo ahí; también expropió, confiscó y nacionalizó las principales empresas industriales, comerciales y agropecuarias de empresarios cubanos. Confiscó todos los medios de comunicación, el transporte aéreo, terrestre y marítimo. Para inicios de 1961, aun sin declararlo abiertamente, Cuba era un país socialista aliado de la Unión Soviética y del bloque socialista. El Estado era dueño de más de las tres cuartas partes de la economía.

En el libro encontrarán también la otra arista de esta ofensiva. Fidel y Raúl Castro, Ernesto Guevara y muchos de su núcleo cercano nunca tuvieron en sus —hasta entonces— cortas vidas un empleo productivo. No tenían idea de cómo funciona una economía. Tampoco tenían entrenamiento militar profesional y ganaron una guerra que tuvo más batallas en las páginas de la revista Bohemia y The New York Times que en la Sierra Maestra.

Se hicieron del destino de Cuba de manera tan fácil y expedita que, sabiendo que para consolidar su proyecto totalitario debían eliminar la libertad económica y expropiar lo que el marxismo llama “medios de producción”, lo hicieron con la certeza de que, si llegar al poder fue tan fácil, dirigir la economía y hacer de Cuba el país más desarrollado de América sería cosa sencilla.

En este libro les cuento cómo, casi de inmediato, la realidad se les estrelló en la cara. Les cuento cómo en los primeros dos años y medio colapsaron la economía y tuvieron que imponer un racionamiento a los alimentos y otros productos. Les cuento también cómo tuvieron mucha suerte y la supieron aprovechar magistralmente; cómo un Castro que gritaba “soberanía” y “dignidad” se arrodillaba, sumiso, ante la Unión Soviética para que el colapso económico no hundiera su proyecto totalitario.

Ese primer colapso, ocurrido hace sesenta años, no fue el único. Fue el primero de muchos colapsos. Ah, y no olvidemos: los períodos entre esos colapsos siempre fueron de desabastecimiento y escasez de servicios básicos. La catástrofe humanitaria en la que sobreviven hoy los cautivos de la isla es el resultado de sesenta y siete años continuos de destrucción de un país que fue próspero y autosuficiente.

A finales de enero de este año, Donald Trump dictó la Orden Ejecutiva 14380, declarando a la dictadura cubana como una “amenaza inusual” para Estados Unidos. Lo de amenaza lo entiendo; lo de inusual menos: esa gente ha sido una amenaza usual, constante y decidida desde hace sesenta y siete años.

Esa orden, emitida semanas después de la extracción de Nicolás Maduro, nos llenó de ilusión y esperanza a los cubanos libres. También volvió a poner el tema de Cuba en los medios informativos —o desinformativos— internacionales. Cuando la cómplice de la Junta Militar cubana, Claudia Sheinbaum, parecía decidida a convertir a México en un nuevo sostén de ese improductivo régimen, Trump llegó y la mandó a parar. Decretó un bloqueo al suministro de combustible a ese Estado fallido y represor.

Bloqueo que, como ya vimos, no es total. La dictadura cubana ha hecho —y está haciendo— lo que mejor sabe hacer: ganar tiempo y hacerse las víctimas. Los victimarios no sabrán cómo producir una onza de papas, pero para desarrollar una narrativa a su favor no tienen competencia. La dictadura ha logrado que muchos medios —sobre todo los que no son de nuestra comunidad— culpen a la prohibición de Trump de la catástrofe humanitaria que sucede hoy en la ruinosa isla de Cuba.

En mi libro, Se acabó la diversión, pruebo y narro —basándome en fuentes documentales de primera mano— cómo se inició ese camino hacia el empobrecimiento y el fracaso. Pruebo también que la catástrofe que sufren hoy los cautivos de la isla se inició apenas a dos años y medio desde que Fidel Castro les impuso el totalitarismo comunista a los cubanos. Necesitamos desmontar mitos y presentar realidades: primero para lograr que Cuba, de una vez y por todas, sea libre; y luego, cuando sea libre, para que sepamos cuál es el camino al progreso, la prosperidad, la convivencia y, lo más importante, la felicidad.

Este libro es un pequeño aporte para todo eso. Es un regalo a Cuba.

Muchas gracias.


viernes, 17 de abril de 2026

Una noche con Pepe Forte

 


Anoche, 16 de abril de 2026, tuve el honor de compartir con el gran Pepe Forte tres horas de amena, placentera y reconfortante, conversación. Una de esas tres horas fue al aire. Las otras dos fueron más discretas, pero igual de placenteras y, mejor aún, con vinos y quesos.

Conocer personalmente a Pepe y a su esposa es de esos actos que me devuelven la fe en la humanidad, y en el futuro de Cuba. Ablandan la coraza que a veces esa misma humanidad me ha impuesto.

Muchas gracias Millie, un abrazo Pepe. Nos vemos hoy en The Cuban.

Poniendo hoy un granito de arena más para que a los tiranos se les acabe la diversión.



jueves, 16 de abril de 2026

La fácil extracción del dictador cubano

Foto: TWZ

Debe ser del carajo dormir sabiendo que en cualquier momento puedes despertar teniendo una carabina M4A1 apuntándote a la cara. Los dictadores cubanos deben saber lo fácil que es que eso se les haga una realidad.

Los helicópteros MH-60M Black Hawk del 160th Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales (SOAR), los mismos que extrajeron a Maduro, pueden volar entre la base naval de Boca Chica en los cayos de la Florida y la residencia, robada, del barrio de Biltmore donde pernocta Miguel Díaz-Contados y su excelsa esposa, en menos de una hora.

Pueden ir y regresar sin necesidad de repostar combustible. No necesitarían ni visión nocturna, puesto que la casa de la cabeza visible de la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba es de las pocas de La Habana que cuenta con servicio eléctrico.

A Maduro lo protegían al menos treinta y dos mercenarios, supuestamente de élite, y fueron barridos como bolos en una bolera. A este, que nadie respeta, no creo que lo protejan tantos.

Tan fácil que sería. Debe ser del carajo dormir sabiendo que en cualquier momento te puedan extraer. Deber ser del carajo dormir sabiendo que eres la cabeza visible del fracaso cubano, la cabeza responsable de la catástrofe humanitaria a la que llevaste a tu país.

Tan fácil que sería, que es, extraerlo. Coño.

Foto: Google maps

miércoles, 15 de abril de 2026

La orden está dada: falta que se ejecute

 

Foto: Noticias Martí
 
 

El lunes pasado, Donald Trump volvió a hablar del tema de Cuba. A cada rato lo hace y luego se le olvida por días. El lunes volvió sobre ese tema que tanto nos importa; no por voluntad propia, sino porque le preguntaron al respecto. Le cuestionaron por qué deja entrar combustible a Cuba cuando antes había amenazado con imponer aranceles a los países que enviaran petróleo a la dictadura cubana.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

Esto lo dijo a finales de enero de este año, cuando firmó una orden ejecutiva declarando a la Cuba desgobernada por la Junta Militar de Barrigones como una “amenaza inusual” a la seguridad nacional de Estados Unidos. Recuerdo ese día; fue un día feliz y esperanzador para los que queremos ver a esa bella isla libre y próspera.

El lunes, al ser cuestionado al respecto, dijo que Cuba era una “nación en quiebra” que ha sido “horriblemente mal administrada durante muchos años por Castro”. Creo que ya se leyó —o más bien, alguien de su equipo se leyó— la versión en inglés de mi libro Se acabó la diversión, en el que cuento los inicios de la destrucción de Cuba y explico esa “mala administración”. Por cierto, lo presentaremos este viernes 17 de abril en el Museo Americano de la Diáspora Cubana, en Miami.

La etimología de “orden ejecutiva” lo dice todo: es una orden que se da para que la ejecuten. A principios de 1986, el presidente Ronald Reagan dictó varias órdenes ejecutivas contra el régimen de Muammar Qaddafi. Unas bloqueando las propiedades del gobierno y testaferros libios en Estados Unidos, otras restringiendo el comercio y las transacciones con ese país.

No sirvieron de mucho; el dictador libio, el 5 de abril de 1986, reventó de un bombazo una discoteca en Berlín Occidental llena de soldados americanos que allí se divertían. Diez días después, Reagan ordenó la ejecución de la operación Cañón Dorado y le mandó más de cien aviones a bombardear el palacio de Qaddafi y varias instalaciones militares. No jodieron al maníaco, pero sí a una de sus hijas adoptivas.

Su sucesor, George H. W. Bush, en 1989, dictó una orden ejecutiva para que, precisamente, se ejecutara la operación Causa Justa para atrapar al sátrapa panameño Manuel Noriega. Empezaron en diciembre de ese año y terminaron un mes después con la captura del —dicen— pervertido dictador. Estados Unidos tomó Panamá y luego le devolvió su independencia. Murieron alrededor de dos mil personas en esa operación de seis semanas; menos que los que son asesinados en México, hoy en día, en seis semanas.

Bill Clinton usó también el recurso de la orden ejecutiva; recuerdo alguna contra los talibanes y los países que los acogían. Incluso dictó una contra el régimen de los ayatolás iraníes. Las ordenó, pero su ejecución evidentemente no fue muy exitosa. Ahí está el régimen iraní dándole guerra a Trump, y los talibanes controlaron gustosamente Afganistán hasta que uno de sus invitados cambió el mundo para siempre aquel 11 de septiembre de 2001. Consecuencias de no ejecutar una orden: Clinton estaba entretenido con el “chupachupa” en la Oficina Oval.

La mamadera, entre otras cosas, hizo que su candidato Al Gore no ganara las elecciones del año 2000. Candidato que se pasó toda la campaña hablando del calentamiento global. Nota aparte: cuando la Tierra no se calentó, le cambiaron el nombre a la campaña; ahora le dicen cambio climático. Así, si se calienta o si se enfría el planeta, ya no necesitarán cambiar el nombre de la operación.

La cachondez de Clinton le explotó literalmente a su sucesor, George W. Bush, en sus manos. Osama bin Laden, socio de los talibanes obviados por Clinton, ejecutó los peores actos terroristas en la historia de Estados Unidos. Bush no era Clinton y puso al Tío Sam en función de cumplir sus órdenes ejecutivas. Hasta se le fue la mano y siguió para Irak a terminar el trabajo que su padre dejó a medias en 1990.

Barack Hussein Obama, sucesor de Bush, no dejó morir la tradición del uso de la orden ejecutiva. Algunas de las que dictó tienen consecuencias hasta nuestros días y en nuestras vidas actuales. Una, del 14 de octubre de 2016, restableció las relaciones diplomáticas con la dictadura cubana. Les regaló una victoria a esos asesinos empobrecedores sin exigirles nada a cambio.

Ya antes, a través de otra orden de 2015, negoció e implementó un acuerdo nuclear con Irán. Como a los cubanos, a estos fanáticos les abrió el camino para que construyeran armas nucleares. Ah, y les descongeló entre 50 y 100 billones de dólares a los que no tenían acceso. Las cosas de la democracia: de vez en cuando la gente vota por un apaciguador de dictadores.

De Trump, ni les cuento; ya les he contado que es un elefante en una cristalería. Le ha estampado su gigante firma a no sé cuántas órdenes ejecutivas. Para la Venezuela chavista dictó muchísimas; incluso después de la extracción de Nicolás Maduro y compañía ha dictado otras, como virrey que es del chavismo amansado que administra la Venezuela de hoy. Mansa tiene a Venezuela, pero no libre.

Le metió mano a Venezuela, garantizando crudo a torrentes, antes de meterle mano a los iraníes. Garantizando el suministro. Negociante puro y duro; lo mismo que quien les habla haría. Negocio puro y duro.

La que nos ocupa, la del caso de Cuba, es la Orden Ejecutiva 14380, declarando a la dictadura cubana como una “amenaza inusual” para Estados Unidos. Lo de amenaza lo entiendo; lo de inusual menos: esa gente ha sido una amenaza usual, constante y decidida desde hace sesenta y siete años.

Al menos la orden ya está dada —coño, así mismo dijo Díaz-Contados cuando ordenó reprimir a los cubanos que pedían libertad el 11 de julio de 2021—. Está dada; lo que falta es que la ejecute. La emitió en enero pasado, luego se volvió a acordar de Cuba por allá por marzo cuando dijo que “Cuba es la próxima”. Y así, se acuerda del tema de vez en cuando, o cuando se lo recuerda alguien.

Este lunes dijo que “Cuba es una nación en quiebra. Y vamos a hacer esto. Tal vez nos detengamos en Cuba después de terminar con esto” de Irán. El “vamos a hacer” me encantó; el “tal vez” me preocupó.

Qaddafi, Noriega, Bin Laden, Sadam Hussein, Khamenei y Maduro —todos aliados, directos o indirectos, de la dictadura cubana— están hoy muertos o presos. Todos gracias a las acciones emprendidas por Estados Unidos. Todos, en los meses antes de su eliminación o apresamiento, se mostraron bravucones y envalentonados, desafiantes ante el poder y la determinación de Estados Unidos.

Díaz-Contados está hoy envalentonado. Incluso podría decir que desafiante. Esperemos que ese “tal vez” de Trump se convierta en “vamos a hacer” y lo haga de una vez. Extirpar ese cáncer empobrecedor y represivo de una vez por todas. Terminar con sesenta y siete años de órdenes ejecutivas inútiles e incumplidas.

 

Foto: El Tiempo