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Anoche hablaba yo con
las “muchachitas”, invitado por Vilma y Diego, dos pilares de Cuba libre, a quienes cada día aprecio más. Las "muchachitas" son un grupo de bellas e incansables jóvenes que llegaron al
exilio allá por los principios de la década de 1960, y ayer hablando, como siempre, caímos en
el tema de la catástrofe humanitaria que asola —o asuela, da igual— a nuestra
bella isla hoy. Todas ellas nacieron en aquella Cuba libre y próspera
—imperfecta pero autosuficiente—, y sesenta y tantos años después aún la llevan
en el corazón.
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Hablábamos de mi nuevo
libro El tren de los egos, cuyo contenido se desarrolla entre 1834 y
1842. Por entonces, Cuba pertenecía a España y disfrutaba de una gran libertad
económica, mas no política. Eso sí: los peninsulares y criollos —todos
españoles— más afortunados no dudaron en construir el primer ferrocarril del Reino
de España cuando vieron las posibilidades que ofrecía ese invento que apenas
empezaba a transformar la actividad humana.
Lo hicieron por codicia,
por emprendimiento, por producir más y ganar más. Lo hicieron por capitalistas.
Corrieron el riesgo de invertir capitales en una empresa desconocida y —luego
de las típicas dificultades— triunfaron. Lo hicieron por sus bolsillos y
también por su tierra: aquella Cuba española.
Construyeron ese
primigenio ferrocarril empleando a irlandeses y canarios contratados, y a
prisioneros enviados a Cuba por pelear en el bando contrario a la monarquía en
las guerras carlistas que asolaban —asuelaban, da igual— a España. Emplearon
también a esclavos: la prosperidad de Cuba en esa época se levantaba sobre el
sudor y el dolor de ese horror humano.
Eso sí, como se ve en el
libro, los irlandeses y los canarios sufrieron más en esta obra que los propios
esclavos. Construir un ferrocarril en la tercera década del siglo XIX era una
dolorosa proeza: en Cuba, en Estados Unidos o en Rusia. Difícilísimo en
cualquier parte.
De eso hablábamos anoche
en la “peña de las muchachitas”: de aquella Cuba antes de su independencia que
avanzaba hacia la prosperidad a base de trabajo esclavo y acometimiento
capitalista. Pero no tardamos mucho en llegar a lo que nos preocupa hoy, a lo
que nos ocupa, a nuestra Cuba actual, llena de esclavos y con un acometimiento
capitalista que ya no se basa en la competencia, sino en la complicidad.
En los tiempos en que se
construía el ferrocarril del libro, los dueños de esos esclavos y los patrones
de los irlandeses y canarios estaban obligados a alimentarlos, proveerles de
techo y de atención médica; a los dos últimos, también de paga —una miseria,
pero paga al fin—. En la Cuba de finales de 2026, los que actúan como dueños de
los cubanos de la isla los explotan, los maniatan para impedirles producir su
propio bienestar, les venden comida que no pueden pagar, les arruinaron los
hospitales y sus casas y, si protestan, los encarcelan o los destierran.
Y anoche las “muchachitas”
me preguntaban —con una preocupación muy genuina— por qué los cubanos de la isla
no se rebelan contra esos impostores, a la vez asesinos, ineptos, corruptos y
empobrecedores. Pregunta genuina: la Cuba donde ellas nacieron venía de una
tradición de valentía, coraje, dignidad e intrepidez. Todo eso con su toque
revoltoso, que así era.
Quizás por ese mismo
ímpetu de los cubanos de la Cuba donde estas jóvenes nacieron es por lo que
estamos aquí hoy, por lo que nuestra bella isla sufre hoy.
Fidel Castro y su
pandilla fueron uno de los resultados de aquella sociedad libre, próspera y sin
restricciones económicas. El Orador Orate era un experto en hablar tonterías y
manipular a la gente, pero más que todo era un astuto gañán que pronto comprendió
que para mantener su poder debía eliminar a la misma sociedad que le permitió
llegar a él.
Un ciudadano próspero es
un ciudadano libre; un ciudadano —en el sentido legal— tiene derechos. Entre
1959 y 1961 el Orate dio su golpe más fuerte y contundente —no sería el único—
contra esa sociedad en la que él, su hermano acomplejado y el resto de la
pandilla crecieron. Contra esa sociedad en la que nacieron mis jóvenes “muchachitas”.
Durante sesenta y siete
años los cubanos de la isla hemos sido —por el rato que me tocó vivir en
aquella granja— no ciudadanos, sino animales de granja. No fuimos —son—
mascotas; ni eso. A una mascota la cuidas y la mimas; a un animal de granja lo
alimentas y lo dejas encerrado. Si se enferma, lo curas.
Así nos tuvo el Orate
mientras los soviéticos le mantenían la finca. La Junta Militar de Barrigones
que heredó sus ruinas ya no hace ni eso. Ahora los animales de esa granja —como
los de los zoológicos de la isla— no son alimentados ni reciben atención médica.
Eso sí: siguen encerrados, maniatados, y si protestan, ya ustedes saben lo que
sucede. Impotentes ante el poder omnímodo y criminal.
Y esa situación de
impotencia la vivió quien suscribe: anoche se lo contaba a las "muchachitas". Y
es más: recuerdo exactamente el día y el momento en que —muy joven— me percaté
de mi condición de animal de una granja pésimamente administrada.
Iba yo, con dieciocho
años, cruzando la calle 3ra del Vedado. Había bajado once pisos por las
escaleras de un horrendo edificio donde tenía la suerte de dormir bajo techo.
Un parabán socialista clavado en una Habana repudiada por el barbudo gañán.
Iba cruzando esa calle
—trazada en la Cuba próspera de las “muchachitas”— luego de bajar once pisos
con unos zapatos que me quedaban grandes —regalados, por supuesto— y me dirigía
a la “bodega” que estaba a dos cuadras. La libreta, o cartilla de racionamiento,
en la mano, con mis zapatos grandes caminando hacia la bodega: un edificio
socialista igual de feo que el parabán de once pisos.
Y caminando frente a lo
que quedaba del Centro Vasco, con los zapatos grandes, las ropas desteñidas y
la libreta de racionamiento en la mano, camino a una fila o cola de otros
iguales que yo, comprendí la impotencia que se siente al ser un humano
convertido en un animal de granja, de rebaño.
Yo estaba ahí no porque
quería, no porque lo hubiera decidido. No calzaba zapatos grandes porque me
gustaran grandes, no vestía ropa vieja porque fuera la moda, no iba a un
supermercado a comprar lo que se me antojaba. No: yo estaba ahí, en esas
condiciones, porque el dueño de la granja y sus mayorales así lo habían
decidido.
Lo peor no fue darme
cuenta de mi humillante situación; lo peor fue percatarme de que no solo estaba
así por decisión de otros, sino de que en mis circunstancias no tenía opción
alguna para remediarlas. Estaba impotente ante un Estado que en realidad era
una gavilla de bandidos.
El Orador Orate, a la
par que arruinaba a Cuba con su narcisismo de hijo de papi, nos eliminó
—inteligente y despiadadamente— a los cubanos de la isla cualquier posibilidad
de ejercer nuestra propia voluntad. Por entonces yo era muy joven, pero en ese
mismo momento —hace cuarenta años— otros cubanos valientes se levantaban ante
esos bandidos defendiendo el derecho de todos nosotros.
Unos fueron asesinados,
los más encarcelados y otros desterrados. Eso sucedió hace cuarenta años. Hoy
el método es el mismo. Cautivos en una granja, y a quien se ponga de pie le
aplican lo mismo: muerte, cárcel o exilio. Eso sí: la granja es hoy ya una
ruina total y el rebaño sigue igual de impotente, pero cada vez más despierto y
consciente de su situación.
Huyendo de la impotencia
de ser un animal de granja en la finca de unos bandoleros, brinqué la cerca y
escapé. Antes y después de mí, otros millones han hecho lo mismo. En la finca
destruida quedan millones más de mis paisanos, abandonados y desamparados ante
los ineptos desalmados que heredaron la dictadura del siniestro Orate. Abandonados
y desamparados por los mismos que los mantienen encerrados.
Hace cuarenta años quien
suscribe —con dieciocho años, zapatos grandes y libreta de pobreza en mano,
cruzando la calle 3ra después de bajar once pisos— se dio cuenta de su
situación de impotencia y decidió tomar en sus manos el rumbo de su vida. El
rumbo que fuera, pero en libertad.
Hoy millones de cautivos
de la isla —estoy seguro— sienten lo mismo. Siguen impotentes y desarticulados
frente a un Estado represor —que los reprime usando combustible norteamericano,
que no se nos olvide—. Pero ya saben que, si quieren vivir, tendrán que barrer
con las alambradas que los encierran desde 1960 y con los Panzones que así los
tienen.
Y para eso —anoche les
decía a las “muchachitas”— necesitan de nuestra ayuda. Hace casi doscientos
años los habitantes de Cuba —a pesar de sus diferencias— se pusieron de acuerdo
para construir un ferrocarril que cambiaría para siempre —y para bien— su isla.
Ojalá que en este 2026 nos podamos poner de acuerdo y actuar para eliminar para
siempre al clan que la empobrece y reprime.
Acabar con la impotencia
del cubano y convertir la impuesta granja en una nueva república. Una república
de ciudadanos libres y, si se puede, con victimarios entre rejas, claro está. Ver
en sus propias cárceles a los responsables de tanto sufrir, de tanta
destrucción, de tanta pobreza, de tantas muertes.
Para bien de nuestra
Cuba: para hacerla como aquella de El tren, próspera y fuerte. Para
hacerla —a diferencia de aquella de El tren y de esta de hoy— libre y
feliz. Llena de ciudadanos emprendedores y dignos, como esas “muchachitas” con
las que tuve el gusto de conversar ayer.
Foto: OnCuba