Foto: Diario las Américas
Hoy se cumplen treinta años de día en que esbirros de la fuerza aérea de la dictadura cubana derribaron dos avionetas civiles sobre aguas internacionales en el estrecho de la Florida. Hace poco les conté cómo el instante en que supe la macabra noticia quedó marcado, para siempre, en mi memoria.
La implosión de la Unión Soviética en 1991 había dejado al descubierto ante el mundo y ante los cubanos el sistema sobre el que Fidel Castro, el Orador Orate, había basado durante treinta años su improductivo manicomio. El fin de los subsidios soviéticos y la terca necedad del dictador barbudo arrojaron a Cuba a una crisis sin precedentes hasta entonces.
El mito de la llamada “revolución” dio paso a una descarnada realidad que llevó a una buena parte de los cubanos de la isla a enfrentarse a una supervivencia de todos contra todos. Apagones, escasez de alimentos y epidemias por hambre contrastaban con decenas de miles de turistas que se regodeaban por las calles de Cuba, buena parte de ellos disfrutando el más descarnado turismo sexual.
Castro había acusado de ser la puta de América a la Cuba que él extinguió; ahora la convertía en la puta del mundo, pero con las prostitutas más instruidas del planeta. Ya sabemos que el individuo siempre quería ser el primero en todo.
En agosto de 1994, cubanos cansados de tantos discursos llenos de retórica inútil, con sus estómagos vacíos y el hartazgo lleno, salieron a las calles a pedir libertad. Como muchas veces antes, y muchas después, fueron brutalmente reprimidos por la dictadura represora.
Esa chispa ahogada por la represión la recordamos como el Maleconazo.
Cuando la tímida administración de William Clinton protestó ante el abuso, el Orate, siempre abusador, abrió sus costas a quienes quisieran escapar del fracaso totalitario: un ataque migratorio contra Estados Unidos.
Ya lo había hecho antes, cuando Camarioca en 1965, y lo duplicó con el Mariel en 1980. Camarioca y Mariel son dos bahías en la costa norte del occidente de Cuba.
Unas semanas después se produjo lo que conocemos como la “crisis de los balseros”. Si el éxodo del Mariel no lo viví de cerca por ser solo un niño, esta estampida de frágiles e improvisadas balsas sí la experimenté de cerca. Por entonces vivía frente al mar y vi a decenas de cubanos lanzar a ese mar varias de esas balsas que apenas flotaban.
No se sabe el número de cubanos que intentaron escapar del manicomio totalitario a través de ese mar que yo conocía tan bien, ese mar que yo temía tanto, precisamente por conocerlo. Sabemos que más de treinta mil de ellos fueron interceptados en ese mar y trasladados a la Base Naval de Guantánamo.
Clinton, atemorizado por otro Mariel, los mandó al limbo migratorio por un buen rato. Luego dejó entrar a la mayoría a Estados Unidos, pero a continuación les regaló a los hermanos Castro una ley que conocemos como “pies secos, pies mojados”.
Si un cubano llegaba a pisar territorio norteamericano sin ser capturado antes, tenía derecho a acogerse a la llamada ley de ajuste cubano, una legislación que por décadas nos abrió las puertas de la libertad a los cubanos amantes de la libertad, y a algunos otros también, que conste.
Un regalo de Clinton a los hermanos asesinos. Tenía Guantánamo lleno de balseros cubanos, sabía que Cuba estaba llena de futuros balseros y lo más probable es que ya por entonces le hubiera puesto los ojos a una jovencita llamada Monica que andaba por los pasillos de la Casa Blanca.
Con este regalo a los dictadores, Clinton les dio un duro golpe a las esperanzas de libertad, de salvación, de muchos cubanos. Mi generación y las que me precedieron crecimos sabiendo que teníamos la posibilidad de reiniciar nuestras vidas en algún momento, en medio de leyes y libertad.
Yo personalmente, en 1994, todavía creía que iba a ser testigo del colapso de esa dictadura inepta y empobrecedora. Cuando vi que la gente de Clinton y la del Orate conversaban y decidían nuestro destino a espaldas de nosotros, me percaté de que no los vería caer y comprendí que, si quería ser libre, no lo sería en esa isla sin futuro.
En 1995, gracias a Dios sin necesidad de una balsa, partí para siempre, a comenzar mi vida de extranjero, huyéndole a la hoz y al verde olivo, a tirarme a la maroma. Aquello que “venía llegando” nunca llegó.
Lo que llegó, el 24 de febrero de 1996, fue que esos mismos dictadores con los que Clinton había negociado mandaron derribar dos avionetas de Hermanos al Rescate en aguas internacionales. Las circunstancias que llevaron al encuentro entre tres avionetas civiles, desarmadas, y dos cazabombarderos supersónicos de los tiranos son debatibles.
El derribo de dos de ellas, matando a cuatro patriotas, no lo es. Fue un asesinato, una masacre.
Una más: en 1980 lo habían hecho en el río Canímar; luego, en julio de 1994, antes de la rebelión del Malecón, lo hicieron con los tripulantes del remolcador 13 de marzo. Siempre asesinando civiles, hombres, mujeres y niños.
Hoy algunos piden que Raúl Castro sea enjuiciado por asesinar a cuatro patriotas que promovían la libertad de Cuba. No lo veo mal, pero lamentablemente ese 24 de febrero de 1996 no fue el único día en el que este acomplejado, y su barbudo hermano, no dudaron en ordenar matar a cubanos que solo querían escapar en busca de esa libertad.
En estos días en que dicen que Marco Rubio conversa con alguien en La Habana, no olvidemos a Armando, a Carlos, a Mario y a Pablo. Cuatro patriotas.
No olvidemos a los miles asesinados directamente por esos asesinos, a los miles desaparecidos en el mar o en inhóspitas tierras intentando ser libres.
Asesinos cobardes, abusando siempre de civiles desarmados. Como dijo Madeleine Albright días después del asesinato de Armando, Carlos, Mario y Pablo, los dictadores no tienen cojones, son cobardes.
No veo la hora de que paguen por todos estos asesinatos, de que paguen por el crimen de haber llevado a Cuba a la catástrofe humanitaria en la que hoy sobreviven sus cautivos.
Foto: Diario las Américas



