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Las generaciones de cubanos
nacidos en la isla después de que Fidel Castro se la robara hace sesenta y
siete años han crecido creyendo que su tierra natal siempre fue un territorio
pobre y desabastecido. Lo han creído porque el totalitarismo comunista que nos
impusieron desde octubre de 1960 convirtió a lo que fue un país próspero y
autosuficiente en un territorio pobre y desabastecido.
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No solo eso: la narrativa oficial
de ese totalitarismo comunista se empeñó —y
lo logró bastante— en
borrar el pasado de prosperidad y autosuficiencia que el propio sistema
destruyó en pocos años. Los inicios de la conversión de Cuba en un país
parásito e improductivo lo he contado en mi libro Se acabó la diversión.
Fue un proceso muy rápido. Tan
solo tres años después de que Fidel Castro y su pandilla convirtieran un país
en finca privada, tuvieron que implantar, en 1962, el racionamiento de
alimentos y productos básicos. Al principio dijeron que sería una medida temporal,
pero duró sesenta y cuatro años, hasta 2026, cuando ya fue eliminado.
Y no fue eliminado porque en 2026
abunden los alimentos, como abundaban antes de que los cubanos entregaran sus
destinos a ese Orador Orate. No: la Junta Militar de Barrigones que heredó la
finca miserable ha eliminado el racionamiento porque ya no tiene nada que
racionar. Ya no tiene alimentos con qué alimentar a los mismos a los que impide
producir alimentos. Un poco más y culparán a los cubanos de querer comer, tomar
agua, bañarse y hasta respirar.
Son generaciones —me incluyo en
ellas— que crecieron en un país que siempre tenía dificultades, que siempre
tenía problemas para cumplir planes de producción. Que si el bloqueo, que si la
falta de piezas de repuesto, que si la sequía, que si las lluvias, que si el
moho azul o la roya de la caña. Siempre era algo.
Y les digo: no siempre fue así.
Es más, nunca, hasta la llegada de esos bandidos barbudos, Cuba sufrió de
escasez de alimentos. Nunca. Durante los casi cuatro siglos y medio antes de
que ese vago pichón de gallego resentido se apoderara de un país próspero,
pujante y funcional, nunca esa fértil isla sufrió de una escasez generalizada
de alimentos.
Me dirán que sí, que cuando
Valeriano Weyler encerró a miles de campesinos sí hubo hambre. Y tienen razón:
miles de cubanos murieron de hambre por la nefasta —pero efectiva, aunque duela
decirlo— política de reconcentrar campesinos en los pueblos de Cuba. Hambre por
falta de suministros y porque las cosechas de los campos de Cuba eran quemadas
consuetudinariamente por las fuerzas insurrectas, por los mambises.
Excepto esos dos o tres años,
nunca en Cuba hubo escasez de alimentos. Nada parecido a lo que empezó en 1960
y tiene hoy a más de ocho millones de cautivos viviendo en condiciones
primitivas. Y ya ven que soy historiador —o al menos creo que lo soy— y, escribiendo
la historia de esa isla que llevo en mí, encuentro cosas que no solo me
indignan ante la miseria actual, sino que me llenan de esperanza para ese
futuro que ya vemos en el horizonte, y que no es utopía.
Les he contado historias
parecidas a la que les voy a contar ahora, la de hoy es de mediados del siglo
XVIII, hace más de doscientos cincuenta años. Les he contado descripciones
similares a esta, pero que datan de los siglos XVI y XVII, hace una pila de años.
Y desde hace una pila de años, durante toda su historia hasta la llegada del
comunismo totalitario, en Cuba abundó la comida.
No me crean a mí; créanle a
Nicolás Joseph de Ribera, un habanero que nació a finales de los 1600 y creció
en una ciudad que crecía y se ennoblecía por entonces. En 1760, siendo profesor
de la Universidad de San Jerónimo, escribió una Descripción de la Isla de
Cuba para enviarla a España con algunas recomendaciones para el gobierno
metropolitano.
Y lo que describe nuestro paisano
Joseph es un país maravilloso. Miren un ejemplo:
Toda la isla
está cubierta de florestas y bosques siempre verdes, que la hermosean mucho.
Por partes abunda en sabanas que son dehesas pingües, que producen mucho pasto
de ganados. Su inmensa arboleda es, o frutífera o de preciosas maderas. Su
tierra es feracísima, lleva bien trigo, arroz, millo, maíz, garbanzos,
chícharos, gandules, caballeros, congos, judías, con otras mil especies de
frijoles y generalmente cuantos granos se conocen.
Abundan mucho
la yuca, ñames, jengibre, batatas, jícamas, y otras raíces sabrosas e
importantes. Son muchas las especies de sus frutas, saludables y grandes;
cuales piñas, cimarronas y de Cuba, mameyes, zapotes, dominicos y colorados,
plátanos machos, hembras, y guineos, papayas, aguacates, guanábanas, mamones,
anones, nísperos, caimitos, jaguas, guayabas, cocos, corojos, granadas,
naranjas y limones; también de muchas especies; y en abundancia extrema,
cidras, limas, toronjas, melones, sandías, pepinos, y una infinidad de frutas
pequeñas, como dátiles, uvas, ciruelas, jobos y otras. Las calabazas de todo
género son abundantísimas y generalmente toda [la isla] está llena de frutas,
semillas y otras producciones gustosas y de buen alimento. La caña dulce se da
con gran abundancia en todas partes, el tabaco es común, el añil lo produce la
tierra sin sembrarlo. Viene bien el café. El cacao con bastante prontitud y críanse
las vacas y caballos de la raza de Andalucía con tan gran abundancia que en
muchas partes los hay sin dueños, y en todas andan sin pastos. Los cerdos son
infinitos, y de mejor gusto que en España.
También hay
ovejas, pero pocas, porque siendo tan delicadas necesitan del cuidado y pasto
que allá no se usan. Hay burras y mulas muy fuertes. También hay cabras, y, en
fin, cualquiera especie de animales se produce allí con abundancia.
De aves
domésticas hay pavos reales y comunes, patos, gallinas, pichones. De la caza y
grandes, las que llaman gallinas de Guinea, muy sabrosas, los cocos y los
guariados. Las cayamas, los flamencos, las guananas y las grullas, las palomas
(de muchísimas especies), las perdices, los patos, de tres clases, las yaguasas
y otras diferentes.
Y así continuó por largos y
hermosos párrafos, describiendo una isla hermosa. Joseph termina su descripción
diciendo que Cuba "no tiene animal ponzoñoso, ni fieras".
En esto no se equivocó: en su
época, hace más de doscientos años, no había animales ponzoñosos ni fieras en
esa isla hermosa. Las fieras ponzoñosas llegaron en enero de 1959 y destruyeron
toda la prosperidad que, desde antes de los tiempos de Joseph y mucho después,
bendijo siempre a Cuba hasta que llegaron Fidel Castro y sus bandidos a
demolerla.
Nicolás Joseph de Ribera nos recuerda
un país hoy demolido. Nos describe una abundancia tal que, confiéselo, entre
los productos que menciona hay muchos que ni usted ni yo hemos conocido. El
totalitarismo comunista ha demolido tanto que la Cuba de hoy es irreconocible
en un espejo de hace más de doscientos años.
Espejo que, gracias a la
historia, nos servirá para reconstruirla, refundarla y volverla a convertir en
una isla próspera, autosuficiente, feliz y, sobre todo, libre. No sé usted,
pero a mí me encantaría probar, por primera vez en mi vida, una jagua, o volver
a comer un jobo producido en la fértil tierra de la que tuve que escapar para
ser libre.
Comunismo es igual a miseria, es
igual a fieras, es un animal ponzoñoso. Lo digo yo y lo dice la historia.
Durante 450 años la comida abundaba y hasta sobraba en aquella Cuba. Todo eso
fue desapareciendo durante los últimos sesenta y siete años.
Comunismo es igual a miseria.
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