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| Foto: Colombia24h |
Hace treinta y siete años, un día
como ayer, pero de 1989, yo estaba en La Habana. Tenía solo veinte años, y
pelo; pero desde que el Orador Orate había dicho, en diciembre de 1986,
"ahora sí vamos a construir el socialismo", el chico de diecisiete
años intuyó —a esa edad no decides mucho— que aquel país en el que le había
tocado nacer no sería el que lo vería vivir. Tan joven era que aquella
intuición no la puse en práctica de inmediato; estudié una carrera y tuve una
hija antes de que lo intuido en 1986 regresara como una bofetada poco después.
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El 10 de julio de 1989 se dictó
sentencia en un inusual juicio televisado que había tenido al país pegado a las
grises pantallas de los Krim-218 y los Caribe desde el 30 de junio anterior.
Fue una obra de teatro escrita por los hermanos Fidel y Raúl Castro y le ganó
en audiencia a la telenovela brasileña de turno. La trama de la truculenta
novela de los hermanos Castro consistía, en esencia, en un lavado de cara de su
corrupta dictadura.
Resulta que durante buena parte
de la década de 1980, el mayor de los hermanos se asumió como un líder mundial,
y no crean que solo lo hizo por narcisismo intrínseco, no; el mundo también le
hizo pensar y sentirse que era un líder mundial, cuando en realidad era solo un
dictador tropical que mal administraba un garito improductivo, sostenido por un
torrente de subsidios soviéticos. Y en esa pose de estadista planetario
conquistó a Nicaragua y puso a su servicio a buena parte de Panamá.
No solo de este lado del mundo el
cesarito impostor se creyó líder mundial: mandó también a decenas de miles de
cubanos a África, a invadir países africanos. Gastó cientos de miles de rublos
y de dólares en su juego de ajedrez mundial. Juego en el que los peones en su
tablero de La Habana eran figuritas de plástico, mientras que en la roja tierra
africana eran seres humanos —cubanos y africanos— que caían abonando ese rojo
suelo con su roja sangre. ¿El resto de mundo? No hizo nada, cada uno en lo
suyo.
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Foto: Colombia24h |
Al barbudo siempre le gustaron
los dólares aunque vivía de los rublos, y para sostener el jueguito de líder
mundial necesitaba muchos de los primeros. Y si los dólares podían ganarse sin
trabajar mucho —recordemos que el tipo nunca tuvo un empleo productivo en su
vida—, mejor aún. Ah, y si esos dólares fáciles se ganaban en una actividad que
incluyera afectar a su mayor enemigo, mucho mejor. Su mayor enemigo, sabemos,
fueron los Estados Unidos, no porque los sucesivos gobiernos en Washington D.
C. hicieran algo concreto para afectar su dictadura, no; eran su enemigo por
envidia y por el mentado embargo, que él, inteligentemente, hay que
reconocerlo, llamó “bloqueo”.
Por entonces, el Orate había
convertido al cómplice Panamá en una base para inventar dólares. Eran los locos
años ochenta: Pablo Escobar y el resto de sus colegas estaban produciendo
cocaína en cantidades industriales y el mercado para el adictivo talco estaba,
por supuesto, en Estados Unidos. Y, si saben algo de geografía, sabrán que
entre Panamá y Estados Unidos se interpone una isla llamada Cuba, la que desde
1959 había dejado de ser un país y ahora era la granja del señor Castro.
Unan los puntos: Colombia, donde
Escobar y el resto de los cárteles producían la cocaína, tiene frontera con
Panamá; Panamá estaba llena de empresas fantasmas de la dictadura cubana,
dirigidas por testaferros de Fidel Castro; la cocaína necesitaba ser transportada
a Estados Unidos; Cuba, que era una finca de Fidel Castro, está a medio camino
en ese trayecto; Miami, que está cerca de esa finca que es Cuba, estaba lleno
de “marimberos” de toda clase, muchos de ellos procedentes de Cuba. Unan los
puntos: dinero fácil y molestar al “imperialismo”.
En resumen, Fidel Castro, su
hermano acomplejado y lo más “selecto” de su pandilla convirtieron a Cuba en
una base logística para la cocaína colombiana. Drogas rumbo al norte contra el
imperialismo, armas rumbo al sur para desestabilizar el continente, dólares
fáciles para la dictadura. Negocio redondo. Eran buenos tiempos para el Orate
de Birán.
El problema fue que los Estados
Unidos —siempre ese maldito “imperialismo”— los pilló in fraganti y
empezó a mover fichas para neutralizar la operación y, en una de esas,
neutralizar de una vez, ahora sí, su maligna dictadura. Fidel Castro, que
siempre fue más abusador que valiente, era, eso sí, tan astuto como sociópata.
Ante el peligro a su persona y a su régimen decidió, como las lagartijas que se
desprenden de su cola ante un ataque, desprenderse de algunos capos de su mafia
y con eso desinformar a los cubanos, manipular a los gringos y darle una
lección al resto de su pandilla.
Es así que un día como ayer, 10
de julio, pero de 1989, un tribunal de honor dictó sentencia a los chivos
expiatorios de la telenovela escrita y dirigida por los hermanos Fidel y Raúl
Castro. Un día como ayer, hace treinta y siete años, se hizo pública una
sentencia decidida y escrita desde la primera línea de ese macabro guion. A
algunos les impusieron penas de cárcel y a cuatro de los acusados los
sentenciaron a muerte. Tres días después, colorín colorado, pelotón de
fusilamiento, tiros de gracia y a seguir con su dictadura. Como si nada.
Hace treinta y siete años, los
hermanos Castro no dudaron en asesinar a miembros de su propia pandilla para
salvar su propia mafia. Un día como hoy, hace cinco años, el hermano
sobreviviente —igual de maligno pero más torpe— ordenó al “puesto a dedo”, que
impuso como cabeza visible de la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo
que queda de Cuba, que anunciara: “La orden de combate está dada”. Ordenó que
el aparato represivo de esa dictadura represiva saliera a las calles a
reprimir, a matar a cubanos que estaban en ellas reclamando libertad. Cubanos
que le habían perdido el miedo a su inhumana dictadura. Que los cautivos le
pierdan el miedo es el peor miedo de un dictador, de una dictadura.
Foto: NYT
El 10 de julio de 1989, Fidel y
Raúl Castro sentenciaron oficialmente a muerte a cuatro de sus más cercanos
secuaces, como si nada. El 11 de julio de 2021, Raúl Castro ordenó —a través de
su papagayo— a sus sabuesos salir a la calle a reprimir, hasta a matar a
inocentes que solo querían recuperar su dignidad humillada por seis décadas de
dictadura totalitaria. Muchas de sus víctimas aún hoy, 11 de julio de 2026,
languidecen en sus inmundas e inhumanas mazmorras.
En 1989 nos entretuvieron con una
telenovela truculenta, con un juicio amañado. A ver con qué nos van a salir hoy
para que no hablemos de las víctimas del 11 de julio hace cinco años. A ver qué
o a quienes nos mandan como señuelo para que no hablemos de los culpables de esa
represión. Culpables que hoy hacen y harán todo lo posible por presentarse como
opciones viables en una negociación con Estados Unidos ante el derrumbe final
de su decrépito régimen.
Que no se nos olvide con quiénes
lidiamos. Que no se nos olvide que todos ellos —incluyendo la nueva camada del
Crustáceo, el Tuerto y el Búho, más todos los otros, todos— son parte de esa
misma pandilla que en 1989 asesinó a los suyos, en 2021 reprimió a los nuestros
y desde 1959 ha estado destruyendo nuestra antes hermosa Cuba. Que no se nos
olvide.
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Foto: Martí Noticias |