La malignidad de la dictadura castrocomunista y de la Junta Militar de Barrigones que heredó el manicomio totalitario se demuestra solo con ver el estado ruinoso de la Cuba actual. En la Cuba autosuficiente, funcional, próspera y feliz que Fidel Castro y su pandilla se empeñaron en destruir, las leyes se regían por la decencia y la moral.
Fidel Castro y los integrantes de la pandilla que lo acompañaron a matar cubanos en la madrugada del 26 de julio de 1953 fueron capturados, juzgados, sentenciados, encarcelados y amnistiados veintidós meses después del ataque terrorista. Los que no fueron juzgados fue o porque escaparon o porque cayeron en el combate, a pesar de los mitos posteriores.
Durante su estancia en prisión, el futuro tirano disfrutó de la lectura de textos marxistas, cocinó sus recetas, saboreó excelentes habanos e incluso creó una escuela de adoctrinamiento. Al momento de la amnistía por parte del gobierno de Fulgencio Batista, salió por la puerta principal de la prisión con sus secuaces, vestidos de traje y cargando maletas con sus pertenencias.
Batista no los desterró: Fidel Castro pudo dar conferencias de prensa, reunirse con sus seguidores y marchar, con todo arreglado, a México a preparar otro ataque, ahora expedicionario, contra el mismo gobierno que lo amnistió después de asesinar a su personal militar.
En México se dedicó a acaparar armas de guerra, a entrenar a su personal en tácticas de lucha armada y a comprar —sin pagar— una embarcación; todo ello usando dinero donado por los opositores a Batista, tanto en el extranjero como desde Cuba.
Sesenta y siete años después de que todo este bandidaje se hizo con los destinos de aquella Cuba que lo amnistió, hoy siguen más de mil prisioneros políticos en las inmundas cárceles de Cuba. No están presos por asesinar policías o militares de la dictadura; están presos por pedir libertad y derechos humanos.
No han sido amnistiados por ese régimen asesino. Las amnistías ahora no son amnistías: son liberaciones de secuestrados a cambio de concesiones o de buena prensa. Son operaciones de división y de polarización. Liberan a los utilizables mientras aniquilan a los patriotas.
Han destruido la vida de miles de personas que solo han disentido o protestado ante el totalitarismo destructor y represor. Cada uno de ellos tiene un nombre, una historia, un dolor. Cada uno de ellos merece nuestro apoyo, nuestra denuncia eterna. No solo por su liberación inmediata, sino por el sufrimiento provocado.
Miren el caso de Lisandro Betancourt Escalona: lleva treinta y siete años preso por no comulgar con la ignominia. Hoy no tiene manos, le falta un ojo, sufre de diabetes, cardiopatía crónica, ventriculosis y aneurisma, entre otras cosas. Para él no hay amnistía ni piedad. Como él, miles más. Cada uno tiene un nombre, una historia, un dolor.
Fidel Castro y su pandilla fueron liberados veintidós meses después de asesinar a tiros a cubanos en un ataque terrorista. Veintidós meses en los que comieron platos deseados, leyeron libros sin censura, fumaron puros deliciosos y salieron sanos y rozagantes.
Más de mil prisioneros languidecen hoy en las prisiones del régimen impuesto desde el 1.º de enero de 1959. Han sido decenas de miles los que han pasado por esas prisiones solo por protestar u oponerse al totalitarismo. Miles de vidas cercenadas por la inhumanidad del régimen impuesto por un déspota.
Este 26 de julio se cumplen setenta y tres años de que la gente de Fidel Castro —él no disparó, siempre fue cobarde— inició la matanza entre cubanos. Matanza que aún continúa. Matanza que aún continúa ganando el bando del mal.
Que no se nos olvide. Nada de negociación, mucho menos ese horror que llaman “transición”. Justicia y castigo. Solo justicia y castigo.





