Ayer se cumplieron cincuenta y nueve años de que una bala libre acabara con la existencia de uno de los personajes que más repugnancia provoca en quien suscribe. No solo lo desprecio por asesino desalmado, lo desprecio por imbécil, por altanero, por creerse un genio cuando solo fue un inútil en todo lo que hizo, menos en asesinar o destruir.
Se creía guerrillero y nunca ganó una batalla.
Era muy racista y unos negros incansables por poco se lo comen en el Congo.
Llamó —despectivamente— "soldaditos" a los muchachos del ejército boliviano y uno de ellos le metió los balazos merecidos que acabaron con su existencia física.
Asesinó a cientos de cubanos y su última conversación fue con uno de ellos que —del lado de los libres— lo capturó mientras huía en harapos.
Se creyó economista y dejó una economía en ruinas.
Despreciaba el capitalismo y hoy su imagen hierática es un símbolo del capitalismo bruto.
Adoraba a la China comunista y hoy su admirada es capitalista con partido que se dice comunista, pero que no es más que totalitario.
Fue misógino y homofóbico y hoy su imagen neandertaloide es usada en todas las causas que le provocaban asco.
Toda su vida besó las botas —y las bolas— de un Orador Orate y fue abandonado por este en una rala selva boliviana.
Vamos, que creo que tuvo un destino perfecto. Un destino que refleja lo inútil —mas no inocuo— de su existencia.
Lástima que muchos solo vean la foto de ese fracasado, sin saber —o sabiendo y aceptando— que no fue más que un delincuente asesino.
Hasta el fracaso siempre, hijo de puta.

