Foto: Cubadebate
En enero de 1959, un joven Fidel
Castro se hizo del destino de Cuba —y de los cubanos— con asombrosa facilidad.
Un país entero, o al menos su mayor parte, dejó que este individuo tomara las
riendas de sus destinos. Tengo la impresión de que ni él mismo creía lo fácil
que le resultó. Desequilibrado como era, hay que reconocerle que supo leer el
tablero político en ese momento. Bandido como era, no dudó en aprovecharlo para
su ventaja.
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Cuando llegó a La Habana ese
enero, encontró una ciudad que era un arcoíris de neón, pletórica de autos y
edificios nuevos. Capital de un país pujante, el principal productor de azúcar
del mundo, pionero en tecnologías de comunicación, lleno de industrias que
daban empleo a millones de cubanos y con un comercio exterior saludable y
fluido.
No solo eso; a pesar de las
limitaciones de las libertades políticas que se sucedieron durante el gobierno
inconstitucional de Fulgencio Batista, Castro se hizo con el destino de un país
con una muy bien organizada sociedad civil. Tomó el control de un país que
tenía una muy activa y próspera clase media, y con unos índices de desarrollo
entre los primeros de América Latina y mayores a los de muchos países de
Europa.
La Cuba que le entregó sus
destinos era uno de los principales socios comerciales de Estados Unidos. Las
dos economías estaban imbricadas y funcionaban en coordinación natural, como
con México y Canadá hoy en día. Cientos de empresas norteamericanas tenían
grandes inversiones en Cuba; inversiones que no tenían nada de depredadoras,
todo lo contrario.
Incluso el gobierno de Eisenhower
fue el primero que reconoció al nuevo régimen impuesto sobre los cubanos en la
primera semana de enero. También todo el sector privado —sobre todo los grandes
empresarios— se puso al servicio del gobierno “revolucionario”. Todos a favor
del cacareado, por Castro, desarrollo del país.
Pero no; Fidel Castro no quería
ese desarrollo. Al sujeto no le gustaba la competencia, ni política ni
económica. En la política destruyó una imperfecta democracia e impuso una
dictadura totalitaria de corte comunista. En la economía, siguiendo el mismo plan,
confiscó todas las grandes empresas de Cuba y la mayor parte de sus tierras.
Todo esto aduciendo que les
robaba a los “explotadores” para entregárselo al “pueblo”. Todo esto
prometiendo que lo hacía para, ahora sí, llevar a Cuba y a los cubanos a un
nivel superior de desarrollo económico. Prometiendo que, bajo su mando, Cuba
pronto exportaría carne de res, queso, automóviles y todo lo que usted imagine.
Promesas hechas por un tipo que
nunca tuvo un empleo productivo en su vida. Pero, aun así, los cubanos —o al
menos la mayoría de ellos— le creyeron. Le entregaron gratuitamente su
condición de ciudadanos de una república para ser convertidos en “masas
populares” por una dictadura totalitaria.
Como tampoco quería que le
pusieran límites a su actuar, desde el principio no dejó —como Orador Orate que
fue— de hablar y hablar en contra de Estados Unidos. Su retórica “antimperialista”
corrió junto a ese afán de confiscar lo que no era suyo. Les confiscó todas las
empresas a los norteamericanos, que eran particulares; no pertenecían a ningún
gobierno.
Pero sí pertenecían a ciudadanos
de un país que sí defiende a su gente. Si a usted un vecino o un cliente le
roba lo suyo mientras le mienta la madre, no creo que quiera seguir tratando o
haciendo negocios con el truhan. Ladrón que, además, va por todo el vecindario
alebrestando a todo el mundo en su contra.
Sacó a patadas a todos los
empresarios de Cuba, tanto norteamericanos e ingleses como a los cubanos. A
todos. Él y su pandilla le prometieron a esa “masa” enardecida que, bajo su
tutela, Cuba sería en pocos años una potencia económica. Les dijo que tenían el
orgullo de pertenecer al “primer territorio libre de América”.
Convirtió a Cuba en el primer
territorio libre de América: libre de libertad, libre de prosperidad, libre de
futuro. Como les he contado en mi libro Se acabó la diversión, bajo el
totalitarismo comunista implantado por Fidel Castro y los viejos comunistas, la
economía cubana colapsó en poco más de dos años. Desde 1962 se tuvo que
establecer un racionamiento de alimentos y productos.
Castro convirtió a ese “territorio”
que decía “libre” en un parásito de la Unión Soviética y, luego, de Venezuela.
Parásito que, como parásito al fin, no produce por sí mismo lo que necesita un
país para funcionar. Un parasitismo acelerado después de que los hermanos
Castro le legaron el manicomio improductivo a la Junta Militar de Barrigones
con Miguel Díaz-Canel como cabeza visible.
Este monigote se la pasa
lloriqueando que la catástrofe humanitaria en la que tiene sumidos a los
cautivos de la isla es culpa de Trump. Que los sesenta y siete años que lleva
ese régimen empobrecedor destruyendo la prosperidad de Cuba no cuentan; que lo
importante y lo definitorio para ese fracaso es el “bloqueo energético”
impuesto por Trump hace tres meses.
Sus lágrimas de cocodrilo sirven
para animar a sus cómplices internacionales, como Claudia Sheinbaum o Vladímir
Putin, a culpar a Estados Unidos de las calamidades que esa dictadura ha
desatado sobre la nación cubana. Sirven también, increíblemente, para convencer
a cientos de descerebrados del mundo que se creen toda esa monserga del
socialismo bueno y el capitalismo malo.
Ante ese lloriqueo, el mejor
antídoto es el sentido común. Hace sesenta y siete años en Cuba había
electricidad, gasolina y gas para cocinar. Había comida por donde quiera; de
todo: carne de res, puerco en todas sus formas, tasajo, pollo, pescado, camarones,
arroz, frijoles, yuca, malanga, naranjas, canisteles, chirimoyas... de todo.
Había agua potable en las casas, jabón, pasta de dientes y papel de baño. Había
de todo.
Foto: Instagram
La mayoría de todo esto era
producido en Cuba, producido por cubanos. Eran los tiempos del gobierno
inconstitucional de Fulgencio Batista. Decían que era un tirano, pero había
prensa libre, libre empresa y libertad de asociación. Se respetaba la propiedad
privada y la movilidad social. Cuba era próspera y autosuficiente.
A quienes culpan de la catástrofe
humanitaria que tiene en la Edad de Piedra a los cautivos de la isla, hay que
responderles con hechos y con sentido común. ¿Por qué Cuba, antes de Castro,
era un país funcional? ¿Por qué la Cuba bajo los Castro y los militares
totalitarios es hoy un Estado fallido?
No es por culpa de Trump ni de
Estados Unidos. Castro les confiscó todo y los sacó a patadas hace sesenta y
seis años. Lo hizo mientras prometía que Cuba no los necesitaba para
desarrollarse y mejorar la vida de su gente; que él y su Estado totalitario se
encargarían de todo. No pasaron dos años y ya habían fracasado.
De una forma u otra, llevan casi
siete décadas de fracaso en fracaso, y ahí siguen. Cada día más fracasados y
cada día con menos oportunidades de sobrevivir. A la dictadura solo le interesa
su propia existencia, no la de los cautivos de la isla. Lloran por el “bloqueo
energético” —que no lo es— mientras reprimen a quienes se quejan y asfixian a
quienes intentan producir algo material, ya sea un campesino o un
cuentapropista.
Son ellos, como lo han sido
siempre, los causantes de la debacle cubana. Es su propio bloqueo el que ha
convertido a Cuba en el páramo ruinoso que es hoy. Antes de 1959 no era un país
perfecto —ninguno lo es—, pero había de todo, y producido, casi todo, en la
propia Cuba. Tres años después ya no había nada.
Ellos, los dictadores, son el
bloqueo. Son lo que bloquea, el obstáculo entre los cubanos y la prosperidad,
el derecho a una vida digna y, lo más importante, la libertad y la felicidad.
Son ellos, solo ellos.
Foto: Cubanet