sábado, 5 de septiembre de 2026

Una niña en La Habana

 

Foto: MNBA
 
 

Una de las cosas que más extraño de mi Habana —y miren que extraño cosas de esa ciudad por la que ya no camino, pero que camina por dondequiera que yo camine— es visitar las salas del Museo Nacional de Bellas Artes. No sé cómo estará hoy el museo; no lo he visitado en los últimos treinta y pico de años. De mi Habana —de la mía, de la nuestra— queda su esencia entre las ruinas que reconstruiremos.

De niño iba con mi padre: él, cansado de trabajar toda la semana, se tomaba el tiempo para llevar a su “bembón” a ver unos trapos pintados colgando de las paredes. Mi noble padre hasta aceptaba el capricho malcriado de querer ir en transporte público aunque él tuviera un destartalado auto. Me gustaba mucho viajar en guagua; en autobús, como se dice en la civilización.

Desde que la ineptitud de una dictadura desapareció el transporte público en esa ciudad tan odiada por el Orate en Jefe, decidí —siendo muy joven— que yo andaría por mis propios medios siempre. Así lo sigo haciendo, aunque muchas veces el sentido común aconseje lo contrario.

Atravesar aquel atrio del museo con esculturas de Rita Longa adornándolo era para mí atravesar a otra dimensión. En los buenos tiempos, antes de yo nacer, Rita era competencia de mi tío Florencio; y, aunque él nunca me lo dijo, yo siempre renegaba de que no fuesen sus esculturas las que adornaran la fachada del museo que hoy tanto extraño.

Ya de muchachón continué visitándolo: al museo y a mi tío. Atravesar su atrio siempre fue entrar a otra dimensión. Desde una perspectiva física, significaba entrar a un lugar refrigerado en el que, incluso en la crisis de principios de los noventa, todavía funcionaba la climatización y hasta una cafetería funcional incluía.

Y, si te ponías de suerte, hasta un concierto de un barbón llamado Pedro Luis podías encontrar. No era mi tipo de música, pero el regordete hirsuto le tiraba sus puntillazos al Orate y a su pandilla, lo cual me gustaba entonces como ahora. Aunque ahora, más que puntillazos, prefiero los machetazos y bombazos; pero bueno, no todo se te da en la vida.

El museo, les digo, era otra dimensión en aquella Habana que tanto extraño. Era arte, no consigna. Era desintoxicación del sofoco de vivir en una jungla politizada hasta la médula. El arte que pendía de sus muros era arte que llegó o se hizo en una Cuba próspera y libre. Arte donado al museo o robado por los ahora dueños del museo, pero era arte, al fin y al cabo.

Claro que, entre tanto arte, también en aquellas paredes colgaban trapos pintados por genuflexos al Orate. A esos los evitaba como algunos curas huyen de un embarazo en un convento. Recuerdo uno que imprimía a mi Martí como si fuera grafiti grotesco, u otro con unas caras homoeróticas de tonos azules y verdes. Por cierto: las obras de este último adornaban las paredes de muchas casas y oficinas de los miembros de esa dictadura misógina y machista, valga la redundancia.

Pues bien: una de las salas que más disfrutaba, tanto de niño como de muchachón, era una en la que se exhibían unos cuadros luminosos de niñas y niños, de gente feliz en playas, frente a un mar brillante. Obras que quedaron en esos lienzos gracias al pincel de Joaquín Sorolla, un pintor viajero que nunca viajó a Cuba. Sin embargo, allí estaban sus cuadros; donados o robados, no lo sé.

Y entre aquellas bellezas desintoxicantes del totalitarismo que corría fuera de ese museo, siempre me detenía, de niño y de muchachón, frente a un cuadro de una niña que miraba al horizonte. Miraba al oriente en un atardecer valenciano frente al Mediterráneo. Una fotografía pintada en tiempos en que ya la fotografía era una normalidad más de la modernidad.

La fotografía era normal cuando Sorolla fotografió con su pincel a aquella niña, pero los colores no, las texturas tampoco. Una placa de bromuro nunca podría captar el instante en que esa niña miraba al horizonte, hacia el occidente, en realidad era hacia el oriente, pero la niña mía mira al occidente. El naranja del sol sobre su espalda. No lo hace ni una fotografía digital actual. Solo el pincel de Sorolla inmortalizó para mí, para ti, ese instante, ese mar y esa niña.

Hoy les cuento esto porque esa niña de Sorolla, que es mi Habana, me fue devuelta a la memoria. Treinta y un años de reconstruir una vida te nublan recuerdos que, aunque importantes, quedan engavetados en ese armario que los desterrados cargamos. Más aún porque ahora sé el nombre de esa niña, sé incluso dónde vivía y hasta cómo se veía a sí misma frente al cuadro en que Sorolla la inmortalizó.

Y ese regreso me hizo también vigorizar la fuerza que no se detiene en mí para lograr borrar a esos que durante demasiado tiempo intoxicaron de maldad y miseria a un país en el que alguien honesto logró con su trabajo comprar un Sorolla con una niña mirando al horizonte. Borrar a los que le robaron ese Sorolla y esa niña a un cubano decente que lo adquirió por ver en su pared a una niña inocente frente al mar.

El museo, espero, ahí sigue. La niña, espero, aún está en una de sus paredes, ahora a oscuras. No tengo dudas de que reconstruiremos las ruinas de esa Habana de la que aún persiste su esencia. Lo haremos todos. Bueno, no todos, las arpías, la maldad, nunca regresarán a esa Habana que vivieron y que regalaron, que gusto me da.

No tengo dudas de que, ya no niño ni muchachón, hoy casi un viejo, regresaré a ese atrio con las esculturas de Rita Longa aún molestándome allá arriba, y llegaré frente a ese Joaquín Sorolla con esa niña mirando al horizonte. En una de esas, todo es posible, quizás hasta me acompañe.

En libertad todo se puede, y yo soy libre desde que nací.

 

Foto: MNBA

No es un gobierno, es una mafia

Foto: The New York Post
 

Estados Unidos piensa que está negociando con el gobierno de un Estado fallido. Bueno, ni con el gobierno de ese Estado fallido, conversan con un Cangrejo.

Piensan eso, cuando en realidad están hablando con un clan, con una mafia familiar. Como mafia familiar solo les importan sus propios intereses, los de los hijos, hermanos, los primos, los sobrinos, ellos todos. Hasta los del sobrino-nieto que tiene a sus hijos en la Florida, y es vice-primer ministro de esa mafia.

Negocian con los dueños de un barracón de ocho millones de esclavos, hoy desamparados. Los esclavos son un estorbo para ese clan. Y con ese clan negocia Estados Unidos.

Un Cangrejo que defiende a un Buho, especies diferentes dentro de la misma familia, la misma mafia. La misma infamia.

Foto: Noticias Martí

Con las mafias no se negocia, a las mafias se les extermina. 

Exterminar una mafia, liberar esclavos, es tan sencillo, coño.


viernes, 4 de septiembre de 2026

Un sargento y un país con decencia

 

Foto: ZP

Hace noventa y tres años un sargento taquígrafo entró a la Historia de Cuba. Entró por inteligente, esforzado, astuto y decente. Entró a una Historia que nunca le dio el lugar que merecía, que no hizo más que elevar sus errores y esconder sus muchas virtudes.

Fulgencio Batista y Zaldivar entró a la Historia de Cuba hace noventa y tres años con el grado de sargento de un Ejército Constitucional. Llegó haciendo su propia "revolución", otra más. Hasta una bandera lo representaba, azul, blanca y roja como la de la Patria, y al final, amarilla, como el uniforme de aquel sargento.

Hace ochenta y seis fue artífice de la constitución más democrática y avanzada de su época, sobre la que pronto reconstruiremos nuestra república robada. Fue el primer presidente de esa nueva república y cuatro años después la entregó a su sucesor mientras el mundo lo alababa.

Foto: Cubanet

Hace sesenta y siete años Fulgencio Batista salió de la Historia de Cuba, no por golpista, sino por decente. Se subió en un avión para quitarse de en medio después de los suyos lo traicionaron. Se fue por decente.

En aquel 1959 una pandilla de indecentes se robaron esa república, la mancillaron y humillaron, convirtiendo un país en una finca particular. El líder de esa pandilla debía su vida a Batista, que no lo eliminó como se merecía. No lo hizo por decente.

No olvidaron esos bandidos hacer lo mismo con esa Historia de Cuba en la que hace noventa y tres años un sargento taquígrafo, mestizo y joven, entró en ella por inteligente, esforzado, astuto y decente.

En unos días andaré por Madrid de la mano del milagro de mi Cuba. Iré a darle un saludo a quien la Historia de Cuba le debe un merecido reconocimiento. 

Por decente, porque la nueva Cuba, la que pronto llegará, necesita ser refundada desde la decencia.

Foto: O.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Sanciones, cuando sueño acciones

 

Foto: DNews

Hace un rato, por mano milagrosa y divina, además de tierna y linda, estuve en dos entrevistas con medios de Argentina. Vienen más, les digo. 

Por Cuba no descanso, como le dije hoy a un Ángelito incansable y bondadoso.

Hablé de mi Cuba libre, de nuestra Cuba libre, en DNews un canal con 614,000 suscriptores. Nada mal para un historiador zapatero que solo sueña con ver a su isla libre, próspera y feliz. A su niña, segura y feliz.

Les comparto el link, no llega a media hora la conversación, pero espero que les guste. Me llena de dicha denunciar a esos malnacidos y trabajar por quitarnos ese obstáculo para refundar la república que nos robaron unos bandidos.

Ese Ángelito me acaba de decir:

Como siempre, ¡Muy buena entrevista! La respuesta final da seguridad y esperanza al joven de 25 años que posiblemente desde su adolescencia está pensando en escapar del disparate comunista.

Le debo haber dado esperanza a un joven de 25 años, espero haberle dado esperanza a miles de jovenes. No veré lo que dije, no me soporto, espero que ustedes sí me aguanten. 

Una cosa es cierta, Cuba libre, próspera y feliz, ahí viene. Ahí vamos.

Como el arcángel Miguel, como Ángel el patriota, la espada limpia de la libertad acabará con ese maligno dragón que devoró nuestra Patria.

Sueño y vivo, con que sea pronto.

Hoy me siento como Miguel, no Díaz-Contados me siento como ese el que porta alas más fuertes que Ícaro, hoy porto dos alas que no se queman, dos espadas, las dos de liberación.

Porto dos espadas que no tienen límites, solo libertad. Sin límites. Solo libertad. Las dos tuyas mi milagro de Cuba, mi Cuba libre. Próxima.




México, las alas cortadas de un águila vecina (I)

 

Foto: Milenio
  

México siempre ha sido un país de contrastes. Muchos países tienen contrastes, pero México les gana a casi todos. Así ha sido durante toda su historia después de la independencia. México es un país que no perdona a su historia: desprecia a Hernán Cortés, que liberó a millones del cepo mexica, y olvida despectivamente a Iturbide, el que finalmente aseguró su independencia.

Su historia durante todo el siglo XIX y el XX fue a la vez violenta y fructífera. Cuando en 1994 logró firmar un tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá, muchos mexicanos —tanto de izquierda como de derecha— lo vilipendiaron, lo repudiaron. Tres décadas más tarde, la economía mexicana es una de las principales del mundo y México tiene niveles de desarrollo que a veces ni los propios mexicanos perciben.

Se lo digo yo, que viajo por medio mundo por mi trabajo y he vivido como mexicano por mucho tiempo.

El siglo XXI inició para México con muchas esperanzas. Se produjo por primera vez una alternancia política desde los tiempos de la Revolución de 1917, se establecieron las bases para un sistema democrático moderno, se crearon organismos independientes de transparencia y control sobre el Estado, se amplió la libertad de prensa y la economía floreció como nunca antes.

Pero, en contraste, junto a esa prosperidad floreció también la corrupción, y junto a ella el narcotráfico. Poco a poco, pero de manera constante. Ya desde 2006, los cárteles de la droga controlaban grandes extensiones territoriales en varios estados, y desde 2012 la corrupción se instaló en la silla presidencial bajo el mando de Enrique Peña Nieto, quien fue un excelente gobernador, pero un presidente ausente y permisivo.

Todo esto llevó a que los mexicanos, usando las herramientas de esa democracia por la que tanto trabajaron, eligieran en 2018 a Andrés Manuel López Obrador (AMLO), un acomplejado que llevaba por entonces casi dos décadas intentando ser presidente. Votaron por alguien que les prometió ser diferente, ser honesto, justo y trabajar por todos los mexicanos. Por supuesto, hizo todo lo contrario.

AMLO se dedicó seis años a desarticular la democracia mexicana, secuestrar el Poder Legislativo, preparar la toma del Judicial y eliminar aquellas instituciones de transparencia y control. Las licitaciones públicas casi desaparecieron y se hicieron asignaciones directas a empresas de amigos y familiares. Dilapidó miles de millones de dólares en obras inútiles ordenadas a su capricho.

Destruyó un moderno aeropuerto a medio construir y ya financiado completamente para construir otro, pequeño e inservible. Como nadie quería volar a su adefesio, compró la marca Mexicana de Aviación y creó una aerolínea estatal en la que tampoco nadie vuela. La operación pierde 150 000 dólares diarios y ha costado a los mexicanos unos 2300 millones desde que se creó.

Se empecinó en levantar una innecesaria refinería de petróleo en medio de un manglar. Dijo que costaría 8000 millones de dólares y costó 21 000 millones. Eso sí: hizo millonarios a muchos de sus cercanos. Hoy opera a solo el 41 % de su capacidad y contamina a cada rato no solo al manglar, sino a toda la cuenca del golfo de México.

Acusó de corrupción a los distribuidores de medicinas, provocando un desabasto que hoy, ocho años después, aún no se soluciona. Dijo haber encontrado la solución creando una Megafarmacia: compró un gran almacén que hoy está vacío y abandonado. En su mejor momento, la farmacia de AMLO solo surtió una docena de recetas al día. Ni un solo alegado corrupto está en la cárcel.

Se encaprichó en construir un tren que atravesara la selva virgen de la península de Yucatán. Lo logró destruyendo cientos de cenotes ancestrales y asentándolo sobre balastro corrupto, alguno incluso comprado a la dictadura cubana. Sus hijos y los amigos de estos se hincharon de dinero y poder en esa obra que al día de hoy ha perdido casi 800 millones de dólares y cuyos trenes se descarrilan a cada rato.

Ese no fue el único tren de AMLO. Reactivó uno antiguo —aunque él dijo que era nuevo— y le llamó el Interoceánico. Dijo que iba a costarle a los mexicanos solo 1100 millones de dólares. Puso a uno de sus hijos a cargo de inspeccionar las obras; en vez de equipos nuevos compró chatarras, las repintaron y las echaron a andar. El costo hasta hoy es de 350 millones de dólares y también a cada rato se descarrilan. Van 14 muertos y la operación solo genera el 3 % de lo que gasta.

Así por el estilo en el lado económico, mientras coludía su gobierno con varios cárteles del narco que desde entonces hay que catalogar como cárteles del crimen organizado. Ya no solo se dedican a la producción, tráfico y distribución de estupefacientes, sino también al tráfico humano, el cobro de piso, el robo de combustible, la operación de minas y plantaciones, y la penetración en la política. Al día de hoy no hay una sola esfera de la vida de los mexicanos en la que no tropiecen con los largos y fuertes tentáculos de estos grupos criminales.

A pesar de todo esto, México sigue funcionando. Tropieza, pero sobrevive. México no solo es un país de contrastes: es un país fuerte y resistente. Hoy les traje una viñeta de cuánto daño puede hacerle un gobernante acomplejado y resentido, elegido democráticamente, a una pujante economía.

Regreso pronto: lamentablemente el daño no ha terminado; al contrario.


Foto: msn

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Cuba, Numancia y las armas

 

Hace unos años anduve por Numancia. 

Desde niño me fascinó su historia. 

Hoy vi unas imágenes de La Habana, de mi Habana, no quemada por las llamas pero vencida por una plaga peor que cualquier legión romana.

Vencida y destruida, solo porque los cubanos se dejaron quitar las armas.

Derrumbada, millones de vidas derrumbadas. Decenas de miles de solares, bodegas, bares, mercados, casas, cines, albergues -a veces fueron lo mismo-, ... derrumbados, niñas y niños entre machetazos. No por romanos tercos, por cubanos comunistas.

Hoy los cubanos no tienen armas para defenderse de quienes usan armas en su contra.


Lección de historia.

martes, 1 de septiembre de 2026

Hay días en los que el cielo llora

 


Hay días que llueve, lo cual disfruto mucho.

Hay otros, que en vez de llover, el cielo llora.

Hoy está llorando.

"El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no hace alarde, no se envanece", dijo San Pablo en Corintios 13:4.

Hoy el cielo llora, pero mañana, por ese mismo cielo nacerá el sol, como desde el principio de los tiempos, volverá a calentar, para todos. 

Como desde el principio de los tiempos.

Ay mi Cuba, ay mi milagro, hoy el cielo llora.

Mañana nos iluminará el sol, como desde el principio de los tiempos.

Foto: Cubano Media News

Hoy estuvimos con San Pablo, el cielo lloró, de tristeza o de alegría. 

Hoy el USS Minneapolis-St. Paul (LCS-21) entró a Guantánamo. Unos se ilusionan, yo no. Es un barco costero, y va rumbo a Perú. Aunque fue bautizado con el nombre de San Pablo, y eso es una señal, ¿no creen?

Pero, cosas de Dios, San Pablo entra en Guantánamo, la alimaña acomplejada parece que se despide, hoy el milagro de mi vida rezó en San Pablo. 

Hay días que el cielo llora de tristeza, otros de alegría. 

Viene libertad, viene felicidad.



PD: Diario las Américas, mi casa, dice que la alimaña acomplejada anda en sus últimas. Si es así entonces estoy seguro que el cielo no está llorando por una fiebre inmerecida. Está llorando de alegría, o se está meando sobre su cascajo maldito, da igual.



lunes, 31 de agosto de 2026

Exprimiendo lo exprimido, pero insistiendo en la intervención inmediata en Cuba

 


El Exprimidor, una plataforma de República Dominicana, reproduce una entrevista que tuve con El País hace unos días. Se las comparto, las cosas con Cuba, en Cuba siguen igual. ¿Igual? No, peor. 

Hoy más que nunca urge una intervención humanitaria. ¡Ya!








domingo, 30 de agosto de 2026

Los cubanos en la Edad de Piedra

 

Foto: Filmaffinity

 

En 1981, yo tenía doce años y, gracias a mi hermano —ocho años mayor que yo—, fui a ver una película que, cuarenta y cinco años después, sigue dando tumbos por mi mente. Se llamaba en español La guerra del fuego, y en el original francés, La guerre du feu.

Trataba de seres humanos que vivieron hace unos ochenta mil años, de una tribu llamada Ulam: ficción basada en una novela belga de 1911. Los ulams conservaban una llama de fuego como si de ello dependiera su propia existencia; y sí, de ese fuego dependía su propia existencia.

Como en toda historia humana siempre hay un hijo de puta —o unos hijos de puta— que viven para joder al prójimo, a los ulams los atacó la más atrasada tribu de los wagabus. Nada: no solo los hicieron huir, sino que también se les apagó el fuego.

Y los ulams eran buenos para conservar encendida la llama, pero no sabían hacer fuego; no sabían prender una llama.

Es por ello que el líder de los ulams envió a tres de los suyos a una odisea en busca del fuego. Sin fuego, todos morirían.

Su primer encuentro fue con los caníbales de la tribu Kzamm: unos verdaderos cabrones que tenían fuego en su asentamiento. Los tres ulams no sabrían encender el fuego, pero se las agenciaron para robárselo a los antropófagos, no sin antes uno de ellos, Naoh —el que mejor me caía de los tres—, recibir un doloroso mordisco en los testículos.

Mis condolencias, hermano: han pasado ochenta mil años y ese dolor nos sigue llegando a todos. Un abrazo, colega.

En la refriega nuestros tres valientes rescatan a una chica cautiva de los kzamms. Ika —imagino que bella para aquellos estándares— le aplicó unos bálsamos en el campanario a Naoh y alivió su sufrir.

 

Foto: Filmaffinity
 

Una mujer entre tres hombres creaba conflicto entonces como ahora. No les hago la historia larga, pero, después de que uno de ellos intentara violarla, Ika se le montó a Naoh. Al cabo, ya había reparado parte de su aparato.

Resulta que estaban cerca de la aldea de Ika, la rescatada, y, tras caer atrapado en unas arenas movedizas donde por poco muere, Naoh fue capturado por los ivakas y llevado a su aldea. Allí le aplicaron el horroroso castigo de tener que copular con las mujeres de la élite aldeana.

Sí: lo ponen a fornicar con unas mujeres voluptuosas, gruesos cuerpos que ni Botero soñaría milenios después. Vaya tortura, pobre Naoh. Ika, mientras tanto, ignorada por los suyos; ignorada por flaca.

Naoh, hermano, ya sabes: otro abrazo, campeón.

Después de la tortura, y de que Naoh diera el ancho, los ivakas le enseñaron a hacer fuego. Tanta copuladera con las rollizas damas doblegó la lealtad de Naoh a los ulams y decidió quedarse con su nueva y movida vida.

Pero Ika y sus dos compañeros tenían otros planes: lo secuestraron y se lo llevaron. En el trayecto, la delgada chica le enseña al asombrado Naoh una nueva posición sexual —que sería la rutinaria por los siglos de los siglos— y el hombre recuperó su rumbo y regresó con los ulams, junto a Ika, los otros dos y el fuego.

Fueron recibidos con alegría: el fuego regresaba a casa. En la celebración —cosas de las fiestas— se les apagó la llama una vez más. Naoh, que no solo fornicó con las ivakas, sino que también aprendió a hacer fuego, intentó prender de nuevo la llama.

Hombre al fin —seguimos siendo así milenios después—, fracasó en el intento. No lo culpen: las ivakas eran incansables. Y, como sucede milenios después, Ika, mujer al fin, encendió la lumbre con la mano en la cintura.

Fin de la odisea.

Volví a La guerra del fuego por temas iguales a los de Ika y Naoh. Decenas de miles de años después, los humanos seguimos teniendo comportamientos similares a estos dos personajes de ficción, pero tan reales, tan humanos. Seguimos teniendo instintos primitivos.

Pero también volví —ya me conocen— porque, si bien los humanos seguimos siendo similares a aquellos primitivos, los humanos del siglo XXI vivimos en un mundo civilizado: igual de salvaje, pero civilizado en términos de calidad de vida.

Seguimos conviviendo con hijos de puta como los wagabus o los kzamms, pero vivimos en un mundo con comodidades básicas inimaginables hace tan solo ciento cincuenta años: electricidad, agua potable, medicina moderna, educación, seguridad pública, transporte por aire, mar y tierra, comunicaciones, internet...

Ya saben: la lista no terminaría nunca. Unos países están más desarrollados que otros, claro. Como en los tiempos de Ika y Naoh, no todas las naciones o regiones tienen el mismo nivel de vida. Pero todas —unas más, otras menos— tienen una vida civilizada de una manera u otra.

Todas —ya me conocen— menos Cuba. Desde 1959, a la isla de Cuba le cayó una plaga peor que todos los caníbales de Kzamm o los violentos de Wagabu. Les cayó una plaga totalitaria que, primero que nada, les hizo olvidar a los cubanos no solo cómo mantener el fuego que hasta entonces les hizo vivir en un país próspero y libre.

No, no solo les impidió mantener ese fuego que daba vida; les quitó la capacidad de encenderlo por sí mismos. Y a quien se atreviera a intentar encenderlo le aplicó no la tortura de los ivakas y sus gordas hermosas, no, le aplicó el canibalismo de los kzamms y el salvajismo de los wagabus.

Hace ochenta mil años, quienes después de perderlo todo, de perder su fuego vital, no se rindieron, no se amilanaron y salieron en su búsqueda, lo recuperaron y volvieron a aprender cómo prenderlo. No solo recuperaron su modo de vida, sino que avanzaron a un estadio superior de este.

La mayoría de los cubanos hoy cocina lo poco que consigue con leña o carbón, como hace doscientos años. Hace solo sesenta y siete esa mayoría lo hacía con gas o electricidad. Quien los regresó a la Edad de Piedra sigue cocinando hoy en día con gas y electricidad.

Ika, Naoh y sus dos compañeros, sin miedo, conquistaron el fuego. Cuando los humanos deciden no aceptar más el destino que la vida les impuso, pueden conquistar el fuego. Pueden conquistar la vida, que, en el caso de los cubanos, se llama libertad.

 

Foto: Corrientes Hoy