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Desde Cuba, Juan Carlos Albizu-Campos, doctor en Ciencias Económicas y Demográficas e integrante del Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo, me envía un análisis crítico de mi libro Se acabó la diversión.
Conocí a Juan Carlos hace unos meses durante la conferencia Cuba: pasado mañana, celebrada en el Instituto de Estudios Cubanos de FIU. Cubano de diálogo ágil e inteligente, conocedor profundo de la problemática cubana actual.
Le agradezco su análisis y sus comentarios. Tengo el gusto de compartirlos con ustedes.
Gracias, Juan Carlos.
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Se acabó la diversión. El
salto económico cubano (1959-1965) según Omar Sixto
Juan Carlos Albizu-Campos
Espiñeira
Centro Cristiano de Reflexión y
Diálogo
… y los cubanos querían un cambio
Lo que ofrece Omar Sixto en su
libro, Se acabó la diversión. La economía cubana: el salto del capitalismo al
socialismo (1959-1965), es una verdadera síntesis de uno de los períodos más
complejos de la historia reciente de Cuba. Como demuestra en su obra, el corto
lapso de tiempo de 1959 a 1965 se evidencia como uno de los momentos más
intensos, contradictorios y decisivos de la historia cubana contemporánea. En
apenas seis años, la isla transitó desde una economía capitalista dependiente,
articulada en torno al azúcar, la inversión estadounidense y el mercado
externo, hacia un modelo socialista estatizado, centralizado y orientado a la
planificación. Un modelo de dependencia externa y de una relación con la Unión
Soviética que llevó a la economía cubana a una profunda deformación estructural
y agudizó su carácter de monoproductor y monoexportador. Este proceso, que en
la historiografía oficial suele presentarse como una transición “natural” o
“inevitable”, es reinterpretado por Sixto como un salto abrupto, lleno de
improvisaciones, tensiones internas y consecuencias estructurales que marcaron
el devenir económico del país durante las décadas siguientes.
La visión de Sixto se inserta en
una corriente de análisis que busca desbrozar la narrativa teleológica y
maniqueísta de la Revolución, examinando el período inicial de las
transformaciones ocurridas no como un despliegue coherente de un proyecto
socialista preconcebido, sino como una secuencia de decisiones políticas
contingentes, muchas veces reactivas, que transformaron radicalmente la
economía sin un diseño institucional claro. El autor combina, de manera
abundante y sistemática, fuentes primarias de toda índole, estadísticas,
testimonios y documentos oficiales para reconstruir un panorama donde la
ideología, el voluntarismo y la confrontación geopolítica entrelazan los
dilemas productivos y las limitaciones estructurales de la economía cubana de
la época.
Es de hacer notar que el propio
orden en que está organizado el discurso del libro da cuenta del enfoque
robusto del autor a la hora de hilvanar el estudio, sobre la base de una
cronología de procesos yuxtapuestos que abarcaron todas las esferas de la actividad
económica, empezando por la implementación inicial de medidas largamente
prometidas, como la Reforma Agraria, así como toda la secuencia de
transformaciones que terminaron por crear un modelo oligárquico, extractivo y
de expropiación, en el que la nueva clase dominante se hizo del dominio
absoluto y exclusivo del poder, que hoy ha llevado al país a la peor crisis
económica de su historia.
Así, los cambios ocurridos
durante ese período —justo es reconocer que con el apoyo mayoritario de la
población— estuvieron precedidos por otros que habían tenido lugar durante
etapas anteriores de la historia del país, propiciados por el espíritu revolucionario
que en cada momento los llevara adelante, pero nunca tuvieron una
naturaleza tan radical ni
transformaron la esencia de los modos de vida de la nación, aunque propiciaran
la renovación de las formas en que en la sociedad se ejercían los derechos
políticos, que, aun siendo limitados, eran concomitantes con otras libertades,
como la económica, de prensa y la consecuente movilidad social.
Esta lucha por cambios largamente
anhelados alcanzó su eclosión, como demuestra Sixto, con el advenimiento de la
Revolución, y fueron implementados a marchas forzadas, con el autoritarismo del
caso, a pesar de la evidente autosuficiencia económica que ya disfrutaba el
país, el aumento sostenido de la riqueza nacional —si bien aun deficientemente
distribuida—, así como el largo camino andado hacia el establecimiento de un
régimen de democracia plena. El resultado final ha sido, sin dudas, la
implantación de un modelo de policrisis, marcado por una catástrofe humanitaria
y un colapso sistémico que dan cuenta del fracaso de un ejercicio de
experimentación social que ha desembocado en eso que se conoce como “Estado
fallido”.
Entonces, este ensayo se propone
exponer de manera sucinta la interpretación que Sixto nos ofrece de ese período
y de los pasos de aquellos cambios, organizando la discusión en torno a, al
menos, aquellos cinco ejes articuladores que pueden identificarse en su obra. A
saber:
— La estructura económica
heredada en 1959.
— Las nacionalizaciones y la
ruptura con Estados Unidos.
— La construcción acelerada del
socialismo y la centralización estatal.
— El papel de la Unión Soviética
y la inserción en el bloque socialista.
— Las consecuencias económicas y
sociales del período 1959-1965.
¿Quo vadis, cubanus?
Así, el paso desde una economía
capitalista en desarrollo a un modelo de economía socialista subdesarrollada
fue, sobre todo, la consecuencia de decisiones políticas radicales, muchas
veces improvisadas en torno a una reacción frente a la acción de un agente
externo o interno; de la improvisación administrativa basada en la incapacidad
de los actores de asumir la conducción de los procesos económicos; la
agudización creciente de la dependencia de la asistencia externa y la
agudización de la deformación estructural.
Luego, por un lado, el autor da
inicio al análisis de la realidad cubana desmontando la imagen idílica que
sobre el período prerrevolucionario se ha intentado ofrecer, mientras que, por
otro, basado en la abundante evidencia factual estudiada, también ofrece un
ejercicio de desmontaje de la caricatura de país caótico y atrasado que las
autoridades del país han ofrecido en los últimos casi setenta años que llevan
en el poder. Es así que deja documentada su caracterización de ese período como
un modelo socioeconómico en el que coexisten al menos tres rasgos
fundamentales: dependencia del azúcar y de la inserción en el mercado
estadounidense; persistencia de una importante
desigualdad social y la
concentración de la tierra, así como una modernización incompleta en la que se
advierte una clase media emergente y pujante.
El azúcar representaba más del 80
% de las exportaciones; estaba fuertemente vinculada a cuotas y precios
preferenciales en Estados Unidos. Esta dependencia generaba vulnerabilidad
externa, pero también garantizaba ingresos relativamente estables. Sixto subraya
que la economía cubana no era autosuficiente, pero tampoco estaba en colapso:
era una economía dependiente, no una economía fallida.
Reconoce, además, la existencia
de desigualdades severas, especialmente en el campo, donde el latifundio y el
desempleo estacional eran problemas estructurales. Sin embargo, insiste en que
la solución a estos problemas no requería necesariamente una ruptura total con
el modelo capitalista en el sector agrario, sino reformas profundas, viables
dentro del propio sistema, para con ello evitar la ulterior abrupta caída de
los rendimientos que desembocara en una persistente crisis alimentaria.
Sixto destaca que Cuba tenía
indicadores sociales superiores a los de otros países de la región, una clase
media en expansión y un sector de servicios relativamente desarrollado. Esta
complejidad es clave para entender por qué el salto al socialismo no fue una
respuesta «inevitable» a un país devastado, sino una decisión política.
Primeros pasos:
nacionalizaciones, reforma agraria y ruptura con Estados Unidos
Entre 1959 y 1961 se produjo la
transformación más radical de la estructura económica cubana: la confiscación y
estatización masiva de empresas, bancos, industrias y tierras. El historiador
argumenta que este proceso fue más acelerado y menos planificado de lo que
suele reconocerse. Habría, además, que agregar el hecho de que Cuba consumó su
ruptura con organismos internacionales tan tempranamente como 1960, cuando se
retiró del Banco Mundial y dio pie al establecimiento de nuevas bases jurídicas
para intentar garantizar una independencia económica y un legado de
autodeterminación que aún fundamenta su resistencia. A ello le siguió su
retirada en 1964 del Fondo Monetario Internacional, del cual había sido uno los
países fundadores en 1944.
La primera reforma agraria (1959)
buscaba desmontar el latifundio y redistribuir la tierra. Sin embargo, Sixto
demuestra que la creación del INRA y la estatización de grandes extensiones
generaron un aparato burocrático que pronto sustituyó al latifundista privado
por un “latifundio estatal”. En todo caso, fue casi inmediatamente seguida por
una segunda reforma agraria, en la que el latifundio estatal se vio reforzado
al disponer la nacionalización y, por consiguiente, la adjudicación al Estado
cubano de todas las fincas rústicas con una extensión superior a sesenta y
siete hectáreas y diez áreas (cinco caballerías de tierra), con solo la
excepción de los pocos casos de aquellas propiedades que estuvieran siendo
explotadas por grupos de hermanos, cuya participación estas no fuera superior a
cinco caballerías.
Por otro lado, hacia 1960, la
expropiación de empresas estadounidenses y cubanas marcó el punto de no
retorno. Para Sixto, estas medidas respondieron tanto a presiones ideológicas
como a la dinámica de confrontación con Washington. La ruptura del
comercio con Estados Unidos,
principal socio económico, precipitó la crisis del azúcar y obligó a buscar
apoyo en la URSS. Luego, el autor interpreta el embargo no como causa, sino
como consecuencia de la radicalización del proceso. La respuesta del gobierno
—acelerar la estatización y declarar el carácter socialista de la Revolución—
consolidó un modelo económico altamente centralizado.
Construcción acelerada del
socialismo y la centralización estatal
Es así, entonces, que entre 1961
y 1965 se consolidó un modelo de economía planificada inspirado en la
experiencia soviética, aunque con rasgos propios del voluntarismo
revolucionario, marcado por el intento fallido de implementación de la
planificación central y la desaparición del mercado, puestas en práctica sin la
infraestructura estadística, administrativa y técnica necesaria. La eliminación
del mercado, la fijación centralizada de precios y la asignación burocrática de
recursos generaron ineficiencias crecientes y provocaron el ulterior estallido
de la crisis del modelo de financiamiento presupuestario y de registro
administrativo al que se diera paso.
La dirigencia revolucionaria,
influida por el pensamiento guevarista, subestimó la importancia de los
incentivos materiales y sobrevaloró la «conciencia revolucionaria» como motor
productivo. Esto condujo a experimentos fallidos, como el sistema de financiamiento
presupuestario. Las movilizaciones productivas —cortes de caña, zafras
voluntarias, movilizaciones estudiantiles— se convirtieron en mecanismos para
suplir la falta de eficiencia económica. Sixto interpreta estas campañas como
síntomas de un modelo incapaz de generar productividad sostenida, con las que
se trata de suplir la caída de la productividad y de la producción en general.
La nueva dependencia: integración
al CAME, la URSS y el rol de los subsidios
La alianza con la Unión Soviética
permitió la supervivencia del proyecto socialista, pero también generó una
nueva forma de dependencia. La URSS compró azúcar cubano a precios
preferenciales y suministró petróleo y bienes industriales. Esta relación, aunque
beneficiosa en el corto plazo, consolidó la especialización azucarera y
desincentivó la diversificación productiva, reforzando el establecimiento de un
modelo de dependencia, fuertemente financiado desde el exterior por motivos más
bien geopolíticos y no de eficiencia económica. Podría agregarse, a partir de
lo que ha sido hallado por otros autores en los archivos soviéticos, y como
complemento a lo argumentado por Sixto, que solo entre las décadas de 1960 y
1970, Cuba recibió de la Unión Soviética, como monto total agregado de todas
las formas de cooperación, la cantidad de 80.3 billones de dólares
equivalentes, a precios corrientes. En ese mismo sentido, al actualizar las
cifras incluyendo la década de 1980, se alcanzó la cantidad de poco más de 115 billones
de dólares, también a precios constantes, en la que además se incluye la
asistencia también recibida por otros países del CAME.
La incorporación al CAME implicó
adoptar estándares, tecnologías y estructuras administrativas soviéticas,
reforzándose la centralización y la rigidez del modelo económico a partir de la
implementación de un nuevo modelo, esta vez, el llamado de “cálculo económico”.
Todo ello, como subraya el autor, no solo no solucionó los
problemas estructurales de la
economía cubana, sino que los postergó en el tiempo. La dependencia del bloque
socialista reemplazó la dependencia estadounidense, pero sin generar un
desarrollo autónomo.
Consecuencias económicas y
sociales del período 1959-1965
El “salto al socialismo”, en
términos de productividad, estructura económica, bienestar social y cultura
política, da cuenta de cómo la estatización masiva redujo los incentivos,
generó burocracia y disminuyó la productividad. La economía se volvió más vulnerable
a los shocks externos y dependiente de subsidios provenientes, sobre todo, de
la URSS. Ello terminó siendo un modelo manumitido e ineficiente en el que
incluso lo que pudo lograrse lo hizo sobre la base de la disponibilidad de unos
recursos que no eran generados internamente por el desempeño económico del
país, sino provenientes del exterior, que contribuyeron a enmascarar la crisis
estructural permanente en que se sumergió el sistema.
Los avances logrados en
educación, salud y movilidad social, como reconoce Sixto, fueron relevantes,
pero, como el propio autor documenta, estos logros se construyeron sobre una
base económica frágil y altamente subsidiada, llevando ese modelo de desarrollo
social a un punto de grave insostenibilidad que hoy se traduce en el
resquebrajamiento en la cantidad y calidad de los sistemas y servicios sociales
que los proveen.
Como consecuencia, durante el
período se consolidó un sistema político centralizado, con férreo control
estatal sobre la economía, los medios, las organizaciones sociales y la vida en
general, lo que para Sixto sentó las bases de una estructura socioeconómica que
coartó las libertades individuales, limitó la innovación, la crítica, el
emprendimiento y la autonomía económica.
Omar Sixto en el espejo de otros
autores. Contrapunteo de complementariedades
Dada la singularidad de lo
ocurrido y su rol decisivo en el desarrollo de las transformaciones ulteriores
en los períodos subsiguientes de la consolidación de la economía socialista en
Cuba, otros autores igualmente han abordado el estudio de esa etapa. Así, la
complementariedad de los argumentos que proponen, se han escogido tres de esos
autores que sobresalen de manera notable: Carmelo Mesa-Lago, Jorge Pérez-López
y Sergio Días-Briquets.
La interpretación de Omar Sixto
sobre el salto económico cubano entre 1959 y 1965 se sitúa en un punto
intermedio entre la crítica estructural de Carmelo Mesa-Lago, el enfoque de
economía política internacional de Jorge F. Pérez-López y la interpretación de
impacto histórico estructural experimentado tanto por la economía, la sociedad,
así como por las instituciones y la población cubanas analizado por Sergio
Díaz-Briquets. Aunque los cuatro autores coinciden en que la transición al
socialismo fue rápida, disruptiva y con efectos duraderos, cada uno ofrece su
visión de la explicación causal, en el peso asignado a la ideología y en la
valoración de la racionalidad económica de las decisiones tomadas.
El ritmo y la naturaleza del
“salto al socialismo”
Para Sixto, el período 1959-1965
constituye un salto abrupto, marcado por improvisación, radicalización política
y ausencia de un diseño institucional coherente. La estatización masiva y la
eliminación del mercado no respondieron a un plan socialista preexistente, sino
a una secuencia de decisiones reactivas frente a la confrontación con Estados
Unidos y a la dinámica interna del liderazgo revolucionario.
Mesa-Lago coincide en que el
proceso fue acelerado, pero lo interpreta dentro de un marco más amplio de
transformación estructural. Para él, la Revolución buscó resolver problemas
históricos —desigualdad, dependencia, monocultivo— mediante un modelo estatista
que, aunque ideologizado, tenía una lógica interna de modernización socialista.
Su énfasis está menos en la improvisación y más en la coherencia interna del
proyecto, aun cuando sus resultados fueran contradictorios.
Pérez-López, por su parte,
subraya que la transición fue impulsada por la ruptura geopolítica con Estados
Unidos y la necesidad de alinearse con la URSS. Para él, el salto al socialismo
no puede entenderse sin la dimensión internacional: la economía cubana se
reconfiguró para integrarse al bloque socialista, lo que generó una nueva
dependencia estructural.
Díaz-Briquets analiza lo
ocurrido, más como el resultado de la improvisación de las autoridades en la
búsqueda de solucionar problemas históricos, como un ejercicio consciente,
intencional y acelerado de transformación institucional, englobado la conformación
de un nuevo contexto de dependencia económica, con consecuencias estructurales
a largo plazo, con efectos demográficos sistémicos inmediatos e impactos
duraderos especialmente en materia de población, fuerza de trabajo y políticas
sociales.
La relación con la URSS y la
dependencia externa. El papel de la ideología y el voluntarismo
Sixto enfatiza el voluntarismo
revolucionario, especialmente en la influencia del pensamiento guevarista, que
subestimó los incentivos materiales y sobrevaloró la “conciencia” como motor
productivo. Para él, la ideología no solo orientó decisiones, sino que
sustituyó criterios económicos básicos, generando ineficiencias sistémicas. La
alianza con la URSS permitió la supervivencia del modelo, pero creó una
dependencia tecnológica y financiera que sustituyó la dependencia previa de
Estados Unidos. Esta nueva dependencia, basada en subsidios y precios
preferenciales, desincentivó la diversificación productiva.
Mesa-Lago reconoce el peso de la
ideología, pero la analiza como parte de un modelo institucional que buscaba
construir una economía socialista clásica. Su crítica se centra en la
incompatibilidad entre los objetivos sociales y los mecanismos económicos adoptados,
más que en la irracionalidad de los líderes. Para él, el problema no fue la
ideología en sí, sino su aplicación rígida y la ausencia de mecanismos
correctivos. Coincide en el diagnóstico, pero lo formula en términos de
intercambio desigual socialista: Cuba recibió beneficios a corto plazo, pero a
costa de una estructura económica
rígida y especializada. Para él,
la integración al CAME reforzó la centralización y limitó la autonomía
económica.
Más cercano a Pérez-López, Sixto
considera que la ideología funcionó como un marco justificativo para decisiones
políticas que respondían a la necesidad de consolidar el poder y asegurar apoyo
externo. Sin embargo, añade que la ideología también fue instrumentalizada para
legitimar la creciente dependencia de la URSS. Ya más lejos, interpreta la
relación con la URSS como un mecanismo geopolítico, donde Cuba intercambió
lealtad política por apoyo económico. En su visión, la dependencia no fue un
efecto colateral, sino un componente funcional del modelo socialista cubano.
Díaz‑Briquets, a su vez, coincide
en que la ideología tuvo un peso determinante, pero la analiza como parte de un
proyecto estatal de ingeniería social. En su interpretación, la ideología no
solo afectó la economía, sino que moldeó políticas de salud, educación, empleo
y control migratorio, generando efectos demográficos profundos: caída abrupta
de la fecundidad y los nacimientos, deterioro de la capacidad de supervivencia
de la población y emigración expansiva sostenida. Su crítica es menos
coyuntural y más estructural: la ideología creó un sistema que, aunque logró
avances sociales, produjo deformaciones demográficas y laborales que han
comprometido la sostenibilidad del modelo.
Resultados y legado del período
1959-1965
Sixto concluye que el salto al
socialismo generó una economía menos eficiente, más burocratizada y dependiente
de subsidios externos. Aunque reconoce avances sociales, los considera
insostenibles sin apoyo soviético. Mesa-Lago ofrece una evaluación algo más
equilibrada, en la que destaca los logros sociales, pero subraya que el modelo
económico creó desequilibrios estructurales que se manifestaron con fuerza tras
la desaparición del bloque socialista. Por su parte, Pérez-López enfatiza el
carácter no sostenible del modelo desde su origen: la economía cubana, según
él, nunca logró generar excedentes suficientes para sostener su aparato estatal
y social sin subsidios externos.
Díaz‑Briquets coincide en el
diagnóstico, pero lo amplía: la dependencia soviética permitió financiar
políticas sociales expansivas que, a su vez, generaron cambios demográficos
acelerados, como la caída de la fecundidad, el envejecimiento poblacional y la
emigración selectiva. Para él, la dependencia externa no solo afectó la
economía, sino que enmascaró desarticulaciones demográficas que emergieron en
toda su magnitud tras el colapso del bloque socialista.
Finalmente … se acabó la
diversión
El análisis de Omar Sixto ofrece
una reinterpretación crítica muy documentada del período 1959-1965, alejándose
tanto de la narrativa oficial como de las visiones simplistas que reducen la
Revolución a un proyecto fallido desde su origen. Su tesis central —que el
salto al socialismo fue un proceso improvisado, ideologizado y
económicamente costoso— se
sostiene en una lectura cuidadosa de las fuentes y en una comprensión profunda
de las dinámicas económicas.
Este ensayo ha mostrado cómo
Sixto reconstruye un período marcado por decisiones políticas radicales,
tensiones internas, dependencia externa y transformaciones sociales profundas.
Su aporte principal es revelar que la economía cubana no estaba condenada a un
destino socialista, sino que fue conducida hacia él por una combinación de
factores políticos, ideológicos y geopolíticos. El libro invita a repensar la
historia económica cubana desde una perspectiva menos dogmática y más atenta a
la complejidad de los procesos históricos. En última instancia, la obra de este
historiador no solo ilumina el pasado, sino que ofrece claves para comprender
los desafíos actuales de la economía cubana, todavía marcada por las decisiones
tomadas en aquellos años fundacionales.
La obra da cuenta de la amplitud
casi inabarcable de la investigación realizada por Omar Sixto. Se convierte así
en una pieza clave en la historiografía de los últimos setenta años de la
nación cubana. Difícilmente pueda encontrarse otro libro que aborde el período
en cuestión y los procesos sociales y económicos que en él transcurrieron. Es
una pieza única no solo por su contenido y el tema que aborda. Ofrece un claro
ejemplo de estudio histórico. Metodológicamente robusto, ampliamente
documentado y analizada cada fuente con un rigor sorprendente, que le permite a
su autor dejar un legado gnoseológico sobre un período histórico vital de la
Cuba contemporánea. Sería incluso recomendable a quienes se acerquen a este
libro el estudio detallado de la amplia bibliografía que sustenta el diseño y
análisis de esta investigación.
Nos deja, además, la evidencia de
las consecuencias de un experimento en el que se incubaron todas las
deformaciones que hoy hacen del sistema un modelo irreformable, muy próximo a
su implosión, donde coexisten todos los peores males que pueden afectar el
desarrollo de una nación: la estatización y militarización de la economía y la
sociedad, la desaparición de los incentivos individuales, la coerción de la
libertad individual, la planificación irreal combinada con la corrupción
estructural y el desprecio por la innovación, el disenso y la búsqueda de la
eficiencia.
Es la descripción detallada de la
hoja de ruta que marca el derrotero del desmantelamiento de una de las
sociedades y economías más dinámicas de la segunda mitad del siglo XX en la
región. Es el estudio obligado de todos aquellos que quieran comprender cómo se
destruye el legado de «tantas generaciones que desde finales del siglo XVIII
edificaron un país llamado Cuba». Sirva para comprender lo inapreciable, pero
también la fragilidad de la libertad, cuando el poder que rige el destino de
una nación se guía por la ambición personal de quienes lo usurpan, y no por las
instituciones que debieran ser las garantes de la vida. Es, en ese sentido, el
emotivo homenaje de su autor a Cuba.