Foto: Infoson
Mientras el presidente Donald
Trump está entretenido cazando ayatolás, el mundo antinorteamericano sigue
girando a su ritmo. China, pacientemente, cuenta cuántos misiles del arsenal
norteamericano se gastan a diario mientras cuenta cuántos misiles chinos se
producen a diario para rellenar el suyo propio. No solo eso, estudia cada una
de las estrategias y tácticas de su rival geopolítico, para cuando le toque el
turno.
📺 Si no me quiere leer, véame, pero es
peor. → Ver el video aquí
Rusia y Corea del Norte, cada
uno en lo suyo. Mejor que Trump se entretenga con Teherán a que se fije en
ellos. Los de Moscú matando ucranianos, los de Pyongyang fabricando cohetes
para matar surcoreanos y matando de hambre a los norcoreanos. Cada quien en lo
suyo.
De este lado del charco, La
Habana también hace lo que mejor sabe hacer: ganar tiempo y hambrear cubanos.
Ahora mismo tiene a varios centenares de mentecatos haciéndoles el juego de
victimizarse ante el malvado imperialismo que tiene a los cubanos en la miseria
y a oscuras. Centenares de hipócritas que van desde políticos de medio pelo
hasta streamers millonarios, vistiendo como nuevos ricos y alabando las
virtudes de la miseria socialista mientras transmiten desde un hotel de lujo en
un país en ruinas.
Al menos hay que reconocerles
a Greta, a Pablo Iglesias o al imbécil de Hasan Piker que son todos
consecuentes y abiertos con su imbecilidad e hipocresía. Alaban y apoyan a una
dictadura represora y empobrecedora de manera abierta, sin recato, sin
remilgos. Increíble, pero cierto.
Es mucho más fácil lidiar con
enemigos que te den la cara que con los que te joden desde las sombras o se
hacen pasar por aliados mientras te clavan un puñal en la espalda. Pasa tanto en
las relaciones personales como en las internacionales. Irán, Rusia, China y
Corea del Norte son abiertos enemigos, o rivales geopolíticos, de Estados
Unidos y, por ello, existen planes y estrategias para lidiar con ellos llegado
el momento. Que estos sean efectivos o realizables, ya es otra historia.
Pero hay otros que no muestran
sus cartas abiertamente. Miren a Europa y el tema del estrecho de Ormuz. O a la
dictadura cubana, que, siendo una de las cabezas principales de la hiedra
antinorteamericana mundial, lleva sesenta y siete años haciéndose pasar por
víctima de sus propias víctimas. Y lo han hecho con éxito: miren a Greta, a
Iglesias y al millonario comunista Piker paseando con lujos por una Habana en
ruinas.
Y entre esos que esconden sus
prejuicios o su odio hacia Estados Unidos está México. No es un fenómeno de
ahora, viene de su historia. Por el lado de la historia es justificable: los
gringos les han dado patadas por el culo cada vez que han podido y cada vez que
los mexicanos se las han buscado. La venganza mexicana ha sido meter a treinta
millones de paisanos en su vecino del norte hasta convertir México en una
plataforma de espías antinorteamericanos desde los tiempos de la Guerra Fría.
Más ahora, con la autocracia
que se empezó a construir desde meses antes de la coronación de Andrés Manuel
López Obrador, en 2018. Desde entonces se evidenció su colaboración con la
dictadura cubana, abriéndole su país para que todo tipo de personas ingresaran y
avanzaran hacia el norte para entrar ilegalmente en Estados Unidos. Una
invasión de nuevo tipo, en la que, en vez de soldados, la ofensiva se hace con
migrantes.
Una invasión que, como toda
invasión, se ejecuta con la intención de dañar a tu enemigo. Millones de
personas entraron a Estados Unidos de manera irregular, sin controles seguros.
Obviando el peligro que representa esto para la seguridad nacional y la posibilidad
de que entre esos millones se colaran células terroristas o de
desestabilización, esa oleada masiva significó la sobrecarga de los servicios
de inmigración y de asistencia social. Millones de migrantes que les costaron,
y les cuestan, miles de millones de dólares a los contribuyentes.
Una invasión, una agresión,
incentivada y permitida por el gobierno mexicano, aprovechándose de la
debilidad de la administración de Joe Biden. Invasión que incluyó a más de un
millón de cubanos salidos de Cuba con la complacencia de la dictadura y la complicidad
de México y de los dictadores de Nicaragua. Una operación conjunta de agresión
bajo las narices seniles de Biden.
El flujo de personas a través
de México no fue una obra altruista de AMLO con los migrantes, aunque eso decía
él. Los migrantes fueron extorsionados por los cárteles del narcotráfico desde
su entrada a México. Extorsionados unos, secuestrados otros y asesinados
muchos. Los cárteles, y sus cómplices en el gobierno, ganaron miles de millones
de dólares en el proceso.
No solo migrantes mandaban en
dirección a Estados Unidos. La política de “abrazos, no balazos” de AMLO hacia
los cárteles les dejó libre el camino para que inundaran de cocaína y fentanilo
a las ciudades y los campos de Estados Unidos. Cien mil muertos al año por
sobredosis, luego dicen que eso no es una agresión.
Los “abrazos, no balazos” les
permitieron no solo diversificar sus actividades criminales más allá de la
elaboración, tráfico y distribución de narcóticos. Ahora controlan elecciones,
ponen y quitan políticos, desde el nivel municipal hasta el legislativo y el
gobierno federal. Han penetrado las cámaras empresariales que antes fungían
como contrapeso del sector privado ante los excesos del gobierno. Ahora son
afines.
AMLO y Claudia Sheinbaum
lograron que su movimiento político, conocido como Morena, cooptara a todo el
Estado mexicano. Dominan y controlan tanto el ejecutivo como el legislativo y,
desde hace unos meses, el judicial. Diluyeron una democracia e instauraron la
autocracia. Todo esto bajo acusaciones concretas y evidentes de una corrupción
rampante como nunca antes y una colusión manifiesta con el crimen organizado.
La administración de Trump ha
estado ocupada capturando a Maduro, controlando Venezuela, amenazando a la
dictadura cubana, peleándose con los europeos y destripando ayatolás. México no
ha sido su prioridad, pero, por su importancia, tampoco ha sido olvidado.
Estados Unidos y México
comparten una frontera de casi dos mil millas; en Estados Unidos viven casi
cuarenta millones de personas de origen mexicano; desde 2023, México es el
principal socio comercial de Estados Unidos, y recibe los beneficios un tratado
de libre comercio. Es tan importante que, por muy ocupado que estén Trump y su
gente, no pueden dejar de prestar atención a los asuntos de México.
Y es que el “abrazos, no
balazos” de AMLO significó que los abrazos eran para los cárteles y los balazos
para los ciudadanos. Doscientos mil asesinados entre 2018 y 2024. En Hiroshima
murieron ciento cuarenta mil. Y, en esa abrazadera, los cárteles se fundieron
con la política y los políticos, sobre todo los de Morena.
Claudia Sheinbaum se ha visto
obligada, por Trump, a dejar a un lado los “abrazos” y echar balazos para
controlar, en lo que se pueda, la escabechina nacional y el narcotráfico. Ha
atrapado y extraditado a decenas de capos y sicarios, pero no ha tocado, ni con
el pétalo de una flor, a ningún político acusado de colusión con el crimen organizado.
Ni uno solo, no importa
cuántas listas les hayan entregado Marco Rubio, Kash Patel y cuantos
funcionarios gringos visiten el Palacio Nacional. Ni uno. Quizás por eso Reporte
Krame ha recomendado que se designe a Morena como organización terrorista,
porque el hacerlo sale más “barato que procesar narcos”.
Morena hoy en día controla
toda la vida política en México, reparte miles de millones de pesos en
programas clientelares, como hacía Chávez en Venezuela, ha corrompido con
actividades económicas a sus fuerzas armadas, tal como hace la dictadura cubana
y, en el plano internacional, siempre actúa a favor de los enemigos de Estados
Unidos.
México no actúa como aliado de
Estados Unidos. Más bien lo contrario. No solo en el tema migratorio,
controlado desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, ni tampoco en el
del tráfico de drogas. El gobierno de AMLO, y ahora el de Sheinbaum, siempre
actúa del lado de los enemigos de Estados Unidos.
Su apoyo y complicidad con la
dictadura cubana es muestra de ello. Cuando no pudieron seguirles regalando
combustible robado a los mexicanos, empezaron a enviar “ayuda solidaria” a la
dictadura, no a los cubanos. AMLO, el mismo que se robó la ayuda para las
víctimas del terremoto de 2017, salió el otro día a pedir dinero para ayudar a
los cubanos. Entiéndase por cubanos a los dictadores, no a sus víctimas.
A mí me da igual si los
catalogan de organización terrorista o no. Lo que más me jode es que,
taimadamente, se dicen amigos de su principal socio comercial mientras
ideológicamente están del lado de los malignos. Del lado de los cárteles, de la
corrupción, del autoritarismo y, para colmo, de los miserables dictadores
cubanos.
Por muy ocupados que estén hoy
Trump y Rubio, llegará el momento en que tengan que fijar su atención en su
vecino del sur. Como dice la Biblia: “No trames el mal contra tu prójimo,
mientras habite seguro a tu lado”. Hoy Estados Unidos no es más seguro teniendo
a un vecino que apoya dictaduras y convive con el crimen.