En estos días, en los que vemos
los devaneos de la administración Trump para ayudar a los cubanos a deshacerse
de esa Junta Militar de Barrigones que los tiene sumidos en una catástrofe
humanitaria, cuyas proporciones retan a nuestra imaginación, me viene a la mente
una mediación previa entre el gobierno de Estados Unidos y un casi dictador en
Cuba.
📺 Si no me quiere leer, véame, pero es
peor. → Ver el video aquí
Y sí, eso de que la historia
se repite parece cierto. Es que los humanos, al parecer, no aprendemos
lecciones, y mucho menos de la historia. Hace casi noventa y tres años, Cuba
estaba casi desgobernada por un casi dictador. Un casi dictador que llegó a la
presidencia a través de elecciones libres y, como muchos, una vez sentado en el
Palacio Presidencial le tomó el gusto a la silla y al poder.
Gerardo Machado —ese casi
dictador— ganó limpiamente las elecciones enarbolando la consigna de: “¡Agua,
caminos y escuelas!”. Y vaya que lo cumplió. Convirtió a La Habana en una
metrópolis de nivel mundial. Casi cien años después —y a pesar del bombardeo
destructor de sesenta y siete años de totalitarismo comunista—, allí siguen de
pie el Capitolio Nacional, el parque de la Fraternidad Americana, el monumento
al USS Maine, el Malecón, la Universidad de La Habana y muchas otras obras
agradecibles a este prolífico presidente.
Machado asumió el poder el 20
de mayo de 1925 y en los primeros años de su mandato hizo una labor inigualable
por ningún otro presidente de Cuba, ni antes ni después. Carreteras,
hospitales, escuelas, juzgados, estaciones experimentales de agronomía, acueductos
y alcantarillados se construyeron a todo lo largo de la isla.
Lo hizo tan bien y lo alabaron
tanto los cubanos que, poco antes de que expirara su término en la presidencia,
logró que el Congreso aprobara una Convención Constituyente y lo reeligiera,
ahora no por cuatro, sino por un período de seis años. Fue así que el 20 de
mayo de 1929, en el flamante Capitolio Nacional, inició su nuevo período.
La economía iba de maravilla,
la mayor parte de los partidos políticos tradicionales lo apoyaban y a los
cubanos no les importó mucho que Machado hubiera torcido el rumbo político de
la república con esa reelección. Al fin y al cabo, el país estaba mucho mejor
que tres años antes.
Y entonces, al año siguiente, se
le acabó la diversión.
Se vino la crisis conocida
ahora como la Gran Depresión, con el derrumbe de la bolsa de Nueva York el 29
de octubre de 1929. Se acabó el impulso que quedaba de la conocida en Cuba como
Danza de los Millones. El precio del azúcar —principal ingreso del país— se
derrumbó más de la mitad. Crisis total.
Y con la crisis, el cáncer
llamado comunismo —que había sido sembrado desde 1925, al menos de manera
oficial con el Partido Comunista de Cuba— aprovechó la coyuntura y se iniciaron
innumerables huelgas, protestas y manifestaciones. Les he contado cómo los
abuelos de Claudia Sheinbaum llegaron a Cuba en 1925 procedentes de Europa del
Este a colaborar en la fundación de ese partido. Machado los deportó a México
en 1928, pero el daño ya estaba hecho. Como ellos llegaron muchos más.
Machado, que tenía la mecha
corta, decía que en Cuba ningún obrero sería engañado por los comunistas, y
menos si eran extranjeros. Una cosa era lo que decía y otra lo que pasaba. El
hombre —veterano de la guerra de independencia— no soportaba ni la más mínima
oposición, menos si esa oposición ponía bombas y ejecutaba desembarcos. Y
empezó la matazón, de un lado y del otro. Sangre en las calles: combustible
para los anarquistas y comunistas.
Para 1933, aquello estaba al
rojo vivo. Políticamente hablando, pues la economía empezaba a mejorar y la
gran mayoría de los cubanos continuaban con sus vidas rutinarias. El progreso
seguía: la red eléctrica y la telefónica se expandían, las estaciones de radio
inundaban de noticias, novelas y música el éter de la isla, y así por el
estilo.
Pero políticamente la cosa
estaba en candela. Comunistas, anarquistas, estudiantes, sindicatos, Juan y su
hermana: todos querían tumbar a Machado. La cosa estaba tan mala que el
presidente Franklin D. Roosevelt —el mismo al que, unos años después, un joven
Fidel Castro le pediría por carta que le mandara un billete de diez dólares—
envió a un embajador a La Habana para que “mediara”, para que negociara el
conflicto entre Machado y la oposición.
El señor se llamaba Sumner
Welles, y quien esto escribe posee la carta original de presentación de Welles
a Machado, fechada el 1.º de mayo de 1933. He estado pensando en donarla a los National Archives o a alguna institución académica de aquí del sur de la Florida. Y
como estaba en ese pensamiento, me vino esto de contarles sobre la mediación;
bueno, sobre las mediaciones.
Welles llegó en mayo de 1933 y
su “mediación” lo único que logró fue debilitar más a Machado. En agosto, las
huelgas ya tenían carácter de generalizadas y el denostado presidente y su
esposa se fueron al aeropuerto y se marcharon a las Bahamas. Hoy sus restos
reposan aquí en Miami, en el Woodlawn Cemetery de la Calle 8.
La revuelta que provocó su
huida es conocida en la historiografía cubana como “la revolución del 33”. Le
sucedió un período de casi siete años de convulsión política que culminaron con
el pacto político que llevó a establecer la Constitución de 1940 y la
restauración de la democracia en Cuba.
Todo funcionó medio bien hasta
que Fulgencio Batista —poderoso líder desde el escape de Machado— dio un golpe
de Estado en marzo de 1952. A partir de ahí, los comunistas —otrora sus
aliados— le empezaron a aplicar la misma medicina que a Machado y, en la
madrugada del 1.º de enero de 1959, huyó, como Machado, al extranjero.
El resto de la historia ya la
conocemos; no solo eso: la vivimos. Al día de hoy sus resultados desastrosos
están a la vista —solo si es de día, pues en las noches de apagón no se ve el
desastre, solo se huele—. Aquella madrugada los cubanos, felices, le entregaron
sus destinos a un joven llamado Fidel Castro —el que le pedía diez dólares a
Roosevelt—, y ahí empezó otra revolución.
Revolución que dejó de serlo
casi de inmediato y se convirtió en dictadura totalitaria. Dictadura que se dedicó
durante sesenta y siete años a destruir la prosperidad material de Cuba, al
mismo tiempo que extirpaba la libertad de los cubanos. Sesenta y siete años
demoliendo el desarrollo material construido durante siglos. El resultado final
es esta catástrofe humanitaria que hoy sufren los cubanos de la isla.
Entre 1925 y 1930, Gerardo
Machado fue un presidente estrella; contribuyó como nadie a la prosperidad de
Cuba. Ante una oposición violenta que despreciaba, actuó violentamente y, tras
la fracasada mediación norteamericana, tuvo que huir. Mantuvo un gobierno
autoritario —no dictadura, como dicen muchos— en un país que económicamente
funcionaba; bajo una crisis económica mundial, pero funcionaba.
Ahora, en este verano de 2026,
nos llegan indicios de una nueva “mediación” norteamericana. El director de la
CIA, el general del Comando Sur, un candidato político, Juan y su hermana han
pasado por La Habana a reunirse con miembros de la Junta Militar de Barrigones
que desgobierna lo que queda de los harapos de país.
Marco Rubio, quien hace unas
semanas pugnaba por extirpar el cáncer totalitario, anda descafeinado estos
días viendo partidos de fútbol. Siguen las sanciones; ahora hasta Cupet —la
petrolera sin petróleo— está sancionada. Sancionarán hasta al último barrigón,
pero sanciones no son acciones: solo son restricciones.
En 1933, Estados Unidos “mediaba”,
negociaba con un presidente autoritario que lo había sido por solo tres años y
en un país funcional y en desarrollo. En 2026 vemos indicios de una nueva “mediación”,
ahora con unos tiranos totalitarios que lo han sido por sesenta y siete años;
que han destruido a un país que fue próspero y autosuficiente, y han torcido el
tronco de una nación antes feliz y plena.
No hay comparación. Por eso
creo, les digo, que con estos dictadores no hay mediación posible. No hay
negociación posible. Es todo o nada. Si la administración Trump nos da indicios
de negociación, los cubanos —los de allá y los de aquí— tenemos, como aquellos
que tumbaron a Machado en las calles, que no cejar ni un solo día en terminar de
una vez con este cáncer que nos carcome desde hace más de medio siglo.
Ni un Sumner Welles más en
nuestra historia. Libertad plena, solo libertad plena. Ya luego, libres y
plenos, empezaremos la larga pero reconfortante tarea de reconstruir nuestra
nación robada.
Hablando de Welles, ¿a quién
le donaré la mentada carta?
Foto: RFI