Foto: El Debate
Lo
que temíamos ha sucedido. Nunca habíamos estado tan cerca de lograr ese sueño
millonario. Millonario por millones de cubanos de bien que soñamos ver amanecer
sobre nuestra hoy triste isla un sol de libertad. Que la ilumine un sol de
libertad para, con los millones necesarios, empezar a reconstruirla hasta verla
feliz y próspera.
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Pero
no, lo que temíamos ha sucedido. Ya lo sospechábamos, pero como ilusos subestimábamos
los síntomas y anteponíamos las esperanzas. Los síntomas estaban a la vista: lo
que el presidente Donald Trump decía un día lo desdecía dos días después; lo
que Marco Rubio decía una mañana J. D. Vance lo desdecía en la tarde.
Aquel
lejano 3 de enero de 2026 —parece que ya pasó un siglo— todas las personas de
bien amanecimos esperanzadas. Imaginamos que a la extracción de Nicolás Maduro
seguiría una ola libertadora. Una ola de principios, de justicia, de libertad.
Y
no; Maduro y su esposa están en prisión, pero nos hicieron tragar el trago
amargo de que, en vez de libertad, se instauró en nuestra querida Venezuela un
régimen de complicidad. El mismo país que liberó a Europa dos veces en un mismo
siglo se convirtió en cómplice y socio de una dictadura asesina.
Y
no lo hizo de manera temporal, como jugada táctica. Su actuación ha demostrado
que lo hizo a conciencia. Cualquier palabrería política, justificatoria de su
sucia política, cae siempre ante la terca realidad de este mundo. Si nuestras
críticas, protestas y reclamos no sirvieron para mucho, la madre tierra —la
que, aunque nos acoge, es brutal cuando se enoja— lo ha demostrado.
Ha
temblado la tierra venezolana, como un animal que se sacude de una molestia.
Han caído columnas débiles armadas con cemento corrupto. Las dictaduras
comunistas matan siempre: a tiros o con cemento corrupto, a golpes o con
vacunas falsas —o con vacunas en falta—. Matan siempre.
Puede
ser el desgobierno del corrupto Pedro Sánchez y la DANA de 2024, el corrupto
Andrés Manuel López Obrador y su gestión —que no lo fue— del COVID-19 o su
alianza con los cárteles criminales, los carrotanques corruptos de Gustavo
Petro en La Guajira, o ahora Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello —sin cabello y
sin vergüenza— rescatando su imagen en vez de a su gente.
Foto: El Nacional
Los
muros caídos de La Guaira son la prueba de que el comunismo mata no solo a
tiros o golpes. Los rescatistas impedidos de entrar a salvar vidas son la
prueba de que la extracción de Maduro el 3 de enero, más que un acto de
liberación, fue una operación de complicidad. Olvidemos la retórica de estos
últimos meses; focalicémonos en los hechos: columnas dobladas, edificios
caídos, rescatistas prohibidos, policía venezolana en plan rapiña.
Complicidad
pura y dura. Duele constatar que la extracción de Maduro fue un golpe de
efecto, un gatopardismo empresarial. Los terremotos de hace una semana lo
demostraron. La dictadura venezolana mató a decenas de miles de guairenses
aplastados por los muros corruptos del castrochavismo. Los sigue matando al
obstruir su rescate y limitar la entrada de ayuda humanitaria. Muertes a cambio
de imagen.
La
administración Trump, en vez de poner a María Corina Machado en la proa de un
barco de ayuda, la sigue ninguneando, humillando. Como si aceptar la medalla y
el diploma del Premio Nobel no hubiera sido humillación suficiente. La complicidad
con la narcodictadura venezolana es una humillación para la democracia
norteamericana.
No
quiere decir esto que el encarcelamiento de Maduro y la docilización —otro
americanismo preciso— de Delcy y sus cuarenta ladrones no sea algo encomiable.
Políticamente, Venezuela está mejor hoy que el pasado 2 de enero. Tampoco
quiere decir que la administración Trump no esté haciendo nada por los
venezolanos: ahora mismo hay al menos dos mil marines en la tierra que esos
mafiosos empobrecieron. Boots on the ground, ayudando humanitariamente.
Botas
en el terreno que los cubanos libres y de bien desearíamos acompañar en Cuba.
Acompañarlos en ese rescate inicial y necesario antes de iniciar la necesaria
reconstrucción. La tragedia de nuestros hermanos venezolanos va a hacer que la
tragedia de mis hermanos cubanos se alargue una vez más. Duele decirlo.
Les
repito: lo que temíamos ha sucedido. De nada valió la orden ejecutiva del 29 de
enero declarando a la dictadura cubana como un peligro inusual para la
seguridad nacional de Estados Unidos. Cinco meses después, la Junta Militar de
Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba sigue ahí, haciendo lo que
mejor saben hacer: ganar tiempo.
Ya
salieron con la pantomima de las 176 medidas económicas, ganando titulares de
periódicos y portales cómplices o ingenuos. Maniobras de gatopardo en
consonancia con el actuar del empresario de la Oficina Oval. Antimperialismo en
la plaza, victimismo en la prensa y represión en la calle. 176 medidas para
repartirse las ruinas de Cuba y decir que cambian mientras no cambian.
Hace
unos días, el presidente Trump declaró en Dakota del Norte que Cuba “está
viniendo a nosotros”. Lamentablemente, al parecer, por Cuba él entiende a esa
dictadura asesina. Dijo entonces que esa dictadura asesina y empobrecedora “está
viniendo a nosotros”.
No
sé usted, pero yo no quiero tener nada que ver con esa dictadura que destruyó
el país donde nací, con la que mantiene a millones de mis paisanos a oscuras,
con hambre y reprimidos. No quiero que el país que me acogió —por el que hoy
daría mi vida defendiendo mi libertad—, en vez de llevar libertad a Cuba,
negocie con los que destruyeron Cuba.
Les
digo: lo que temíamos ha sucedido. Los jóvenes iraníes abandonados por
negociaciones inútiles, los venezolanos aplastados por los muros corruptos de
quien todavía hoy los reprime y asesina, los cautivos de Cuba esperando por una
intervención que —según los últimos dichos— nunca llegará.
Desilusión
que sale del alma. Por eso nunca sería político; siento rabia ante tanta
suciedad. Después de meses de retórica y balbuceos, todo sigue igual, pero más
sucio y con más muertes. Qué asco.
Foto: CNN