Duele mucho decirlo, duele
mucho aceptarlo, pero entre todas las opciones visibles para el día después de
la desaparición de la Junta Militar de Barrigones que ha desgobernado lo que
queda de Cuba, la más viable y efectiva es la de una ocupación humanitaria bajo
el mando de Estados Unidos. No es una solución honorable, conste, pero es la
más efectiva.
No tiene que ser una ocupación
humanitaria solo por parte de Estados Unidos; pudiera ser de una coalición de
países del hemisferio. Pero siendo este mundo como es, creo que sería meter más
ruido a lo que ya de por sí nos duele aceptar.
No será la primera vez que
esto suceda en la convulsa historia de nuestra querida isla. El 1.º de enero de
1899 —sesenta años antes de ese nefasto 1.º de enero— se arrió la bandera
española en La Habana y se izó la de las barras y estrellas. Iniciaba un corto
período de reconstrucción: tres provechosos años en los que, bajo
administración norteamericana, Cuba pudo salir de la crisis provocada por la
sangrienta guerra de independencia.
Una ocupación extranjera
denostada por quienes secuestraron el destino de Cuba desde aquel nefasto 1.º
de enero de 1959. Administradores norteamericanos que organizaron un gobierno
provisional compuesto por muchos excelentes cubanos; cubanos capaces trabajando
codo con codo con los ocupantes reconstructores.
Organizaron un sistema de
salud desde la nada y uno educacional que incluso convirtió los cuarteles en
escuelas —¿les suena la frase?—: escuelas desde primarias hasta facultades
universitarias; se enviaron miles de cubanos a estudiar Pedagogía en Harvard;
se instalaron escuelas especializadas, desde la de Comercio y la de Artes y
Oficios hasta la reorganizada escuela de arte de San Alejandro.
Bajo la dirección del cubano
Carlos J. Finlay se erradicó la fiebre amarilla, devastadora epidemia endémica
desde siglos atrás. Se implantó un reglamento sanitario, se repararon los
acueductos y las alcantarillas, y se organizó la recogida de basura.
Los culpables de la catástrofe
humanitaria —sin precedentes en la isla— que sufren hoy los cubanos llevan
sesenta y siete años denostando aquella intervención humanitaria que devolvió a
Cuba y sus habitantes a la civilización. Estoy seguro de que usted sabe lo que
fue la Enmienda Platt, pero nunca ha escuchado sobre la Enmienda Foraker de
1899.
La primera fue impuesta a la
primera constitución de Cuba libre para proteger a Cuba de los propios cubanos
y, de paso también, como es lógico, los intereses norteamericanos en la isla.
Las veces que se aplicó no fue a iniciativa de los norteamericanos, sino de los
propios cubanos, para disgusto de los primeros.
La Enmienda Foraker se hizo
también para proteger los intereses de los cubanos. La enmienda prohibía que el
gobierno interventor aprovechara su posición para entregar o conceder
propiedades en Cuba al capital norteamericano. Fue una enmienda con vistas a
devolver Cuba a los cubanos, con miras a evitar una anexión ansiada por muchos
y rechazada por otros tantos.
Así fue que, luego de tres
provechosos años, Cuba libre se convirtió en una república constituida. Una
república que resultó convulsa políticamente, pero asombrosamente exitosa en su
prosperidad y desarrollo. Una república que en solo sesenta años convirtió una
isla desolada por la guerra en una de las economías más pujantes del mundo.
En pocos años, Cuba se
convirtió en el principal productor de azúcar del mundo, en el productor del
mejor tabaco y en uno de los principales socios comerciales de la primera
economía del mundo, atractiva para sus inversiones y su progreso. Cuba tenía
tratados comerciales, en condición de iguales, con muchos países del mundo;
comerciaba incluso con la Unión Soviética.
Luego de esos provechosos tres
años, Cuba se convirtió también en uno de los países más atractivos del mundo
para los migrantes. Separada de España, en pocos años llegaron más españoles
que nunca. No solo españoles: miles de chinos, gente de Medio Oriente y hasta
italianos. Cuba era próspera, tan próspera que hasta los abuelos de Claudia
Sheinbaum llegaron a La Habana a fundar el Partido Comunista que se encargaría
de arruinar esa prosperidad.
Aquella república próspera fue
asesinada desde el 1.º de enero de 1959 por la pandilla totalitaria de la que
la Junta Militar de Barrigones —que desgobierna lo que queda de Cuba— es
heredera. Aquella república duró sesenta años; la dictadura que la asesinó
lleva sesenta y siete años y medio. Nuestra bella isla ha sufrido una guerra de
sesenta y siete años y medio: el conflicto más largo en la historia
contemporánea.
Hoy está sumida en una
catástrofe humanitaria sin precedentes en su historia. No solo arruinada, Cuba
está demolida. El socialismo muele y demuele el progreso al mismo ritmo que
extirpaba la libertad. Reconstruirla —refundarla— nos costará mucho esfuerzo y
dinero; requerirá de mucha organización.
Esa organización necesaria no
la veo entre nosotros. Ni en los de aquí, que ya se quieren repartir el país
que aún sufre, ni en los de allá, que llevan generaciones aislados del mundo
real: el del trabajo digno con remuneración merecida, el del crecimiento
propio, el del respeto a la propiedad privada e individual, a la ley, el del
pago de impuestos y todo lo que enmarca el mundo civilizado de los países
exitosos.
Por eso, aunque no sea una
solución honorable, creo que una intervención humanitaria, como aquella de hace
más de cien años, sería la solución más viable y efectiva para iniciar el
regreso de nuestra isla a la civilización y al progreso. Ante una catástrofe de
estas dimensiones tendremos que evitar las pasiones y buscar las soluciones.
Dicho esto, creo también que
esa deseada —por mí— intervención humanitaria está cada día más lejos de
concretarse. A pesar de la alharaca de esa dictadura marchita, Estados Unidos
—la administración Trump— nos ha demostrado en los últimos meses que lo último
que le interesa es encargarse de reconstruir una isla arruinada e improductiva.
Quiere decir esto que, para
quienes queremos ver nuestra Cuba libre de una vez —libre para empezar a
reconstruirla y sanarla—, tenemos que trabajar con pasión en pos de esa
solución. Lo primero, lo indispensable, es eliminar a esa Junta Militar de
Barrigones, borrar ese muro que aísla a sus cautivos de la libertad y la
prosperidad.
Si no nos ayuda Estados Unidos
con la necesaria intervención humanitaria, ya veremos qué haremos nosotros
mismos una vez que no quede ni un solo dictador ni un solo beneficiario de
Gaesa. Lo primero, lo indispensable hoy, es quitarlos de en medio con pasión.
Sin mediaciones, sin medias tintas.
Foto: Diario de Cuba