sábado, 18 de abril de 2026

Hasta en la sopa por un libro

 


Ayer 17 de abril de 2026 tuve el gusto y el honor de presentar la segunda edición de mi libro Se acabó la diversión y la primera de su versión en inglés, The party´s over. Lo hicimos en The Cuban, un museo dedicado a la diáspora cubana. Yo, más que parte de la diáspora, soy parte del exilio cubano.

No tengo como agradecerle a Álvaro Alba por obsequiarme el prólogo de ambas publicaciones y ser el primer gestor de la presentación de ayer. No tengo como agradecerles a él y a Miguel Cossío, sus palabras en el evento y su afecto personal.

Agradezco también a todos los que asistieron. Fuimos muchos cubanos de varias generaciones, cubanos de todo tipo que allí nos reunimos por una Cuba libre. Para eso escribí este libro, para dejar testimonio de lo que era Cuba y de como fue el inicio de su destrucción. Con la esperanza de que sirva para algo en su reconstrucción.

Le agradezco a Sebastián, quien a pesar de experiencias previas, volvió a pisar el Museo. A Sergio, a Mirtica, a Pepe, a Juan Andrés y a su hijo, a mi familia y amigos. A todos los que ayer nos reunimos por nuestro amor a Cuba. 

Les pido disculpas a todos de que mis palabras en esta presentación fueron breves. Nuestro plan era que después de esas palabras iniciáramos un diálogo fructífero. Sé que ustedes y yo así lo anhelábamos.

Lamentablemente, personal del Museo no permitió esa conversación prometedora. Para mi próximo libro, o el Museo nos garantiza que dialoguemos, o buscaremos otro lugar para presentar el libro y ser libres, en esta tierra de libertad.

Como me dijo una lectora, en los días previos a esta presentación "salí hasta en la sopa". Así se hace cuando se quiere vender un producto, o un libro. No me vendí yo, que no tengo precio. No vendí un libro, lo promoví, por lo que significa para Cuba.


No gano dinero ni con el libro, ni con mis escritos, ni con mis videos. Los hago porque me da la gana, porque quiero ver a una Cuba libre y próspera y soy amante de la libertad. Los libros que se vendieron ayer durante el evento, los había donado al Museo el día anterior.

El que piense lo contrario, que se vaya a casa del recoño de su madre.

Las adjunto mis breves palabras de ayer. De haber sabido que nos iban a censurar, me hubiera extendido un poco más.

¡Viva Cuba libre! ¡Abajo la tiranía asesina!

Foto: Noticias Martí


Presentación del libro: Se acabó la diversión


Buenas tardes. Antes de iniciar esta conversación, me gustaría, primeramente, agradecerles que hayan venido a este encuentro organizado por cubanos, para los cubanos, para una Cuba libre y, sobre todo, para trabajar por que lo que sucedió en Cuba a partir del 1 de enero de 1959 no nos vuelva a pasar; ni a los cubanos ni a otros países que se ven tentados a probar o imponer el comunismo totalitario.

También quiero agradecer al Museo Americano de la Diáspora Cubana, The Cuban, por acogerme —por acogernos— en estas bellas instalaciones donde se atesora mucho de la cubanía en su sentido más amplio. Un lugar que no solo nos permite recordar el ataque totalitario a nuestra nación; es un espacio de denuncia de la barbarie a la que ha sido sometida Cuba en todos los sentidos: en su política, su sociedad, su cultura, su idiosincrasia y en su economía.

Es un honor para mí estar con ustedes aquí, en este día en el que justamente se cumplen sesenta y cinco años de que más de un millar de cubanos libres desembarcaron en nuestra isla usurpada para —con las armas en la mano y el corazón en la patria— batirse con valor inusitado contra las muy bien armadas fuerzas del dictador. Lo hicieron dispuestos a entregar sus vidas, sin más aspiración que devolver nuestro bello país al sendero de la libertad.

Foto: Diario las Américas

El libro que presentamos hoy comenzó a escribirse hace casi cuarenta años, en esa Cuba a la que Fidel Castro llevaba camino a una brutal crisis económica que desmanteló todo el teatro que había levantado a base de subsidios soviéticos. Él llamó “período especial” a lo que fue un colapso económico sin precedentes en la historia de Cuba.

Pero, usando sus términos, el período especial no fue el primer colapso económico de su gobierno dictatorial. De eso trata este libro. En la madrugada del 1 de enero de 1959, Fulgencio Batista tomó un avión para salir de Cuba; no huyó porque las guerrillas le hubiesen ganado una guerra, dejó el poder —según él— para terminar con ella. Dejó un vacío de poder, y los vacíos siempre se llenan.

En enero de 1959, Fidel Castro llegó a La Habana a bordo de una caravana de transportes militares, incluyendo tanques de guerra recién comprados por Batista. Los cubanos, lejos de preocuparse al ver a unos barbudos armados, transportados por blindados, tomando el poder, los recibieron eufóricos.

Pasó poco tiempo y empezó a correr la sangre y a morir la libertad a una velocidad vertiginosa. Vertiginosa es también la velocidad con que cuento todo ese proceso en este libro que hoy presentamos. En sus páginas podrán ver cómo, antes de la llegada de esa caravana barbuda, Cuba era un país próspero y autosuficiente. Un país que tenía problemas —como los tenían otros países y los tienen hoy en día todos los países—, pero eran problemas solucionables sin necesidad de destruir todo en busca de iniciar una utopía.

A esa utopía se entregó una buena parte de los cubanos; otros la presenciaron como espectadores y otros muchos se le enfrentaron con valentía. En este libro contamos la historia de todos ellos. Contamos cómo el primer gobierno provisional, encabezado por Manuel Urrutia, estuvo integrado por excelentes funcionarios y uno o dos espías de Castro. Un gabinete que en sí mismo inspiraba confianza en un futuro prometedor.

Era un gabinete sin armas frente a un grupo de matones armados hasta los dientes que rápidamente ocuparon los cuarteles militares, las prisiones y el armamento del ejército descabezado. Un gabinete que cometió el error de instaurar una Ley Fundamental y no una constitución democrática.

En el libro le contamos cómo ese gabinete nunca tuvo un poder real; cómo Castro, su hermano Raúl, el argentino Ernesto Guevara y un grupo de viejos comunistas se prepararon en secreto para el asalto real al poder sobre los cubanos. Les narro, paso a paso, cómo prepararon una Reforma Agraria que en su texto no era radical, pero en su aplicación sí lo fue. Les muestro cómo Castro convirtió el Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA) en el verdadero gobierno de Cuba.

Desde el INRA desplegó su ofensiva contra la antigua Cuba, la que era libre y próspera. Para su totalitarismo, un cubano próspero es un cubano libre. El poder total no necesita ciudadanos; requiere de siervos, de esclavos. La propiedad privada y la libre empresa son las bases de la prosperidad, y la prosperidad —salvo excepciones— generalmente va acompañada de la libertad. Todo eso lo erradicó Fidel Castro desde el INRA.

Foto: Univisión

Fidel Castro no limitó las responsabilidades del INRA solo a ejecutar la Reforma Agraria que promulgó el 17 de mayo de 1959. Convirtió al INRA en el principal instrumento para la consolidación de su poder totalitario. La letra de ley de la Reforma Agraria —como el resto de las leyes y decretos que, un día sí y otro también, dictaba— quedó siempre sobrepasada, rebasada, por la radical acción del nuevo poder.

Antes de 1959, Cuba estaba insertada en el sistema económico norteamericano. Estados Unidos era su primer socio comercial y el comercio bilateral funcionaba eficientemente. Tenía una situación similar a la actual de México y Canadá con Estados Unidos. Contrario a lo que la historiografía desde Cuba lleva décadas repitiendo, los gobiernos de la Cuba republicana siempre supieron negociar a su favor con Estados Unidos.

El capital norteamericano tenía grandes inversiones en la economía cubana, como las tiene hoy en México, Canadá y muchos países del mundo. Cuba era un sitio atractivo para invertir; su economía crecía y la fertilidad de sus suelos y su posición geográfica la hacían muy competitiva. Pero ese capital se interponía entre Fidel Castro y sus fines de poder absoluto.

En el libro les narro cómo fue el cada vez más intenso enfrentamiento entre el gobierno de Fidel Castro y el de Estados Unidos. Les demuestro que, contrario a lo que muchos creen, las hostilidades bilaterales las iniciaron los cubanos, que, a cada respuesta norteamericana, le subían el nivel de enfrentamiento. Todo esto en una espiral que terminó con la confiscación de sus propiedades en Cuba, el rompimiento de relaciones diplomáticas y la promulgación de un embargo comercial cuando Castro se negó a pagar las correspondientes indemnizaciones.

Pero Castro no se detuvo ahí; también expropió, confiscó y nacionalizó las principales empresas industriales, comerciales y agropecuarias de empresarios cubanos. Confiscó todos los medios de comunicación, el transporte aéreo, terrestre y marítimo. Para inicios de 1961, aun sin declararlo abiertamente, Cuba era un país socialista aliado de la Unión Soviética y del bloque socialista. El Estado era dueño de más de las tres cuartas partes de la economía.

En el libro encontrarán también la otra arista de esta ofensiva. Fidel y Raúl Castro, Ernesto Guevara y muchos de su núcleo cercano nunca tuvieron en sus —hasta entonces— cortas vidas un empleo productivo. No tenían idea de cómo funciona una economía. Tampoco tenían entrenamiento militar profesional y ganaron una guerra que tuvo más batallas en las páginas de la revista Bohemia y The New York Times que en la Sierra Maestra.

Se hicieron del destino de Cuba de manera tan fácil y expedita que, sabiendo que para consolidar su proyecto totalitario debían eliminar la libertad económica y expropiar lo que el marxismo llama “medios de producción”, lo hicieron con la certeza de que, si llegar al poder fue tan fácil, dirigir la economía y hacer de Cuba el país más desarrollado de América sería cosa sencilla.

En este libro les cuento cómo, casi de inmediato, la realidad se les estrelló en la cara. Les cuento cómo en los primeros dos años y medio colapsaron la economía y tuvieron que imponer un racionamiento a los alimentos y otros productos. Les cuento también cómo tuvieron mucha suerte y la supieron aprovechar magistralmente; cómo un Castro que gritaba “soberanía” y “dignidad” se arrodillaba, sumiso, ante la Unión Soviética para que el colapso económico no hundiera su proyecto totalitario.

Ese primer colapso, ocurrido hace sesenta años, no fue el único. Fue el primero de muchos colapsos. Ah, y no olvidemos: los períodos entre esos colapsos siempre fueron de desabastecimiento y escasez de servicios básicos. La catástrofe humanitaria en la que sobreviven hoy los cautivos de la isla es el resultado de sesenta y siete años continuos de destrucción de un país que fue próspero y autosuficiente.

A finales de enero de este año, Donald Trump dictó la Orden Ejecutiva 14380, declarando a la dictadura cubana como una “amenaza inusual” para Estados Unidos. Lo de amenaza lo entiendo; lo de inusual menos: esa gente ha sido una amenaza usual, constante y decidida desde hace sesenta y siete años.

Esa orden, emitida semanas después de la extracción de Nicolás Maduro, nos llenó de ilusión y esperanza a los cubanos libres. También volvió a poner el tema de Cuba en los medios informativos —o desinformativos— internacionales. Cuando la cómplice de la Junta Militar cubana, Claudia Sheinbaum, parecía decidida a convertir a México en un nuevo sostén de ese improductivo régimen, Trump llegó y la mandó a parar. Decretó un bloqueo al suministro de combustible a ese Estado fallido y represor.

Bloqueo que, como ya vimos, no es total. La dictadura cubana ha hecho —y está haciendo— lo que mejor sabe hacer: ganar tiempo y hacerse las víctimas. Los victimarios no sabrán cómo producir una onza de papas, pero para desarrollar una narrativa a su favor no tienen competencia. La dictadura ha logrado que muchos medios —sobre todo los que no son de nuestra comunidad— culpen a la prohibición de Trump de la catástrofe humanitaria que sucede hoy en la ruinosa isla de Cuba.

En mi libro, Se acabó la diversión, pruebo y narro —basándome en fuentes documentales de primera mano— cómo se inició ese camino hacia el empobrecimiento y el fracaso. Pruebo también que la catástrofe que sufren hoy los cautivos de la isla se inició apenas a dos años y medio desde que Fidel Castro les impuso el totalitarismo comunista a los cubanos. Necesitamos desmontar mitos y presentar realidades: primero para lograr que Cuba, de una vez y por todas, sea libre; y luego, cuando sea libre, para que sepamos cuál es el camino al progreso, la prosperidad, la convivencia y, lo más importante, la felicidad.

Este libro es un pequeño aporte para todo eso. Es un regalo a Cuba.

Muchas gracias.


viernes, 17 de abril de 2026

Una noche con Pepe Forte

 


Anoche, 16 de abril de 2026, tuve el honor de compartir con el gran Pepe Forte tres horas de amena, placentera y reconfortante, conversación. Una de esas tres horas fue al aire. Las otras dos fueron más discretas, pero igual de placenteras y, mejor aún, con vinos y quesos.

Conocer personalmente a Pepe y a su esposa es de esos actos que me devuelven la fe en la humanidad, y en el futuro de Cuba. Ablandan la coraza que a veces esa misma humanidad me ha impuesto.

Muchas gracias Millie, un abrazo Pepe. Nos vemos hoy en The Cuban.

Poniendo hoy un granito de arena más para que a los tiranos se les acabe la diversión.



jueves, 16 de abril de 2026

La fácil extracción del dictador cubano

Foto: TWZ

Debe ser del carajo dormir sabiendo que en cualquier momento puedes despertar teniendo una carabina M4A1 apuntándote a la cara. Los dictadores cubanos deben saber lo fácil que es que eso se les haga una realidad.

Los helicópteros MH-60M Black Hawk del 160th Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales (SOAR), los mismos que extrajeron a Maduro, pueden volar entre la base naval de Boca Chica en los cayos de la Florida y la residencia, robada, del barrio de Biltmore donde pernocta Miguel Díaz-Contados y su excelsa esposa, en menos de una hora.

Pueden ir y regresar sin necesidad de repostar combustible. No necesitarían ni visión nocturna, puesto que la casa de la cabeza visible de la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba es de las pocas de La Habana que cuenta con servicio eléctrico.

A Maduro lo protegían al menos treinta y dos mercenarios, supuestamente de élite, y fueron barridos como bolos en una bolera. A este, que nadie respeta, no creo que lo protejan tantos.

Tan fácil que sería. Debe ser del carajo dormir sabiendo que en cualquier momento te puedan extraer. Deber ser del carajo dormir sabiendo que eres la cabeza visible del fracaso cubano, la cabeza responsable de la catástrofe humanitaria a la que llevaste a tu país.

Tan fácil que sería, que es, extraerlo. Coño.

Foto: Google maps

miércoles, 15 de abril de 2026

La orden está dada: falta que se ejecute

 

Foto: Noticias Martí
 
 

El lunes pasado, Donald Trump volvió a hablar del tema de Cuba. A cada rato lo hace y luego se le olvida por días. El lunes volvió sobre ese tema que tanto nos importa; no por voluntad propia, sino porque le preguntaron al respecto. Le cuestionaron por qué deja entrar combustible a Cuba cuando antes había amenazado con imponer aranceles a los países que enviaran petróleo a la dictadura cubana.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

Esto lo dijo a finales de enero de este año, cuando firmó una orden ejecutiva declarando a la Cuba desgobernada por la Junta Militar de Barrigones como una “amenaza inusual” a la seguridad nacional de Estados Unidos. Recuerdo ese día; fue un día feliz y esperanzador para los que queremos ver a esa bella isla libre y próspera.

El lunes, al ser cuestionado al respecto, dijo que Cuba era una “nación en quiebra” que ha sido “horriblemente mal administrada durante muchos años por Castro”. Creo que ya se leyó —o más bien, alguien de su equipo se leyó— la versión en inglés de mi libro Se acabó la diversión, en el que cuento los inicios de la destrucción de Cuba y explico esa “mala administración”. Por cierto, lo presentaremos este viernes 17 de abril en el Museo Americano de la Diáspora Cubana, en Miami.

La etimología de “orden ejecutiva” lo dice todo: es una orden que se da para que la ejecuten. A principios de 1986, el presidente Ronald Reagan dictó varias órdenes ejecutivas contra el régimen de Muammar Qaddafi. Unas bloqueando las propiedades del gobierno y testaferros libios en Estados Unidos, otras restringiendo el comercio y las transacciones con ese país.

No sirvieron de mucho; el dictador libio, el 5 de abril de 1986, reventó de un bombazo una discoteca en Berlín Occidental llena de soldados americanos que allí se divertían. Diez días después, Reagan ordenó la ejecución de la operación Cañón Dorado y le mandó más de cien aviones a bombardear el palacio de Qaddafi y varias instalaciones militares. No jodieron al maníaco, pero sí a una de sus hijas adoptivas.

Su sucesor, George H. W. Bush, en 1989, dictó una orden ejecutiva para que, precisamente, se ejecutara la operación Causa Justa para atrapar al sátrapa panameño Manuel Noriega. Empezaron en diciembre de ese año y terminaron un mes después con la captura del —dicen— pervertido dictador. Estados Unidos tomó Panamá y luego le devolvió su independencia. Murieron alrededor de dos mil personas en esa operación de seis semanas; menos que los que son asesinados en México, hoy en día, en seis semanas.

Bill Clinton usó también el recurso de la orden ejecutiva; recuerdo alguna contra los talibanes y los países que los acogían. Incluso dictó una contra el régimen de los ayatolás iraníes. Las ordenó, pero su ejecución evidentemente no fue muy exitosa. Ahí está el régimen iraní dándole guerra a Trump, y los talibanes controlaron gustosamente Afganistán hasta que uno de sus invitados cambió el mundo para siempre aquel 11 de septiembre de 2001. Consecuencias de no ejecutar una orden: Clinton estaba entretenido con el “chupachupa” en la Oficina Oval.

La mamadera, entre otras cosas, hizo que su candidato Al Gore no ganara las elecciones del año 2000. Candidato que se pasó toda la campaña hablando del calentamiento global. Nota aparte: cuando la Tierra no se calentó, le cambiaron el nombre a la campaña; ahora le dicen cambio climático. Así, si se calienta o si se enfría el planeta, ya no necesitarán cambiar el nombre de la operación.

La cachondez de Clinton le explotó literalmente a su sucesor, George W. Bush, en sus manos. Osama bin Laden, socio de los talibanes obviados por Clinton, ejecutó los peores actos terroristas en la historia de Estados Unidos. Bush no era Clinton y puso al Tío Sam en función de cumplir sus órdenes ejecutivas. Hasta se le fue la mano y siguió para Irak a terminar el trabajo que su padre dejó a medias en 1990.

Barack Hussein Obama, sucesor de Bush, no dejó morir la tradición del uso de la orden ejecutiva. Algunas de las que dictó tienen consecuencias hasta nuestros días y en nuestras vidas actuales. Una, del 14 de octubre de 2016, restableció las relaciones diplomáticas con la dictadura cubana. Les regaló una victoria a esos asesinos empobrecedores sin exigirles nada a cambio.

Ya antes, a través de otra orden de 2015, negoció e implementó un acuerdo nuclear con Irán. Como a los cubanos, a estos fanáticos les abrió el camino para que construyeran armas nucleares. Ah, y les descongeló entre 50 y 100 billones de dólares a los que no tenían acceso. Las cosas de la democracia: de vez en cuando la gente vota por un apaciguador de dictadores.

De Trump, ni les cuento; ya les he contado que es un elefante en una cristalería. Le ha estampado su gigante firma a no sé cuántas órdenes ejecutivas. Para la Venezuela chavista dictó muchísimas; incluso después de la extracción de Nicolás Maduro y compañía ha dictado otras, como virrey que es del chavismo amansado que administra la Venezuela de hoy. Mansa tiene a Venezuela, pero no libre.

Le metió mano a Venezuela, garantizando crudo a torrentes, antes de meterle mano a los iraníes. Garantizando el suministro. Negociante puro y duro; lo mismo que quien les habla haría. Negocio puro y duro.

La que nos ocupa, la del caso de Cuba, es la Orden Ejecutiva 14380, declarando a la dictadura cubana como una “amenaza inusual” para Estados Unidos. Lo de amenaza lo entiendo; lo de inusual menos: esa gente ha sido una amenaza usual, constante y decidida desde hace sesenta y siete años.

Al menos la orden ya está dada —coño, así mismo dijo Díaz-Contados cuando ordenó reprimir a los cubanos que pedían libertad el 11 de julio de 2021—. Está dada; lo que falta es que la ejecute. La emitió en enero pasado, luego se volvió a acordar de Cuba por allá por marzo cuando dijo que “Cuba es la próxima”. Y así, se acuerda del tema de vez en cuando, o cuando se lo recuerda alguien.

Este lunes dijo que “Cuba es una nación en quiebra. Y vamos a hacer esto. Tal vez nos detengamos en Cuba después de terminar con esto” de Irán. El “vamos a hacer” me encantó; el “tal vez” me preocupó.

Qaddafi, Noriega, Bin Laden, Sadam Hussein, Khamenei y Maduro —todos aliados, directos o indirectos, de la dictadura cubana— están hoy muertos o presos. Todos gracias a las acciones emprendidas por Estados Unidos. Todos, en los meses antes de su eliminación o apresamiento, se mostraron bravucones y envalentonados, desafiantes ante el poder y la determinación de Estados Unidos.

Díaz-Contados está hoy envalentonado. Incluso podría decir que desafiante. Esperemos que ese “tal vez” de Trump se convierta en “vamos a hacer” y lo haga de una vez. Extirpar ese cáncer empobrecedor y represivo de una vez por todas. Terminar con sesenta y siete años de órdenes ejecutivas inútiles e incumplidas.

 

Foto: El Tiempo

martes, 14 de abril de 2026

Nunca más

 

Foto: Gov.il

Casi toda la prensa mundial, en su odio desmesurado a Trump y a Israel, ha estado desinformando a favor de Irán desde inicios de la campaña para impedir que la teocracia de los ayatolás obtenga armas de destrucción masiva. A mi no me desinforman, ruego porque acaben con todos, de una vez y para siempre.

Me encantaría manejar libremente desde Jerusalem a Teherán. Comerme un arroz con azafrán y un Chelow Kabab en la avenida Pahlavi, mientras le miro el culo a una bella iraní en minifalda.

Que acaben la misión, aunque los cubanos tengamos que esperar un poco más.

Foto: EFE

Ni perdón, ni olvido

 Foto: Diario de Cuba

En mayo de 1945, cuando finalmente la Alemania nazi se rindió ante el exitoso avance aliado, la mayoría de los alemanes no sabía los detalles del genocidio que se cometía en los campos de concentración que se extendían por su territorio. Si no hubiera sido por la decisión estadounidense de exponer esas atrocidades, hoy en día, ese genocidio estaría en duda.

La Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba está cometiendo ese mismo genocidio. No mata a los cautivos de la isla que mantiene en prisión en cámaras de gas, los asesina a través del hambre y las golpizas. A los que siguen en las calles, los mantiene sobreviviendo a oscuras, con hambre, extraídos de la vida civilizada.

La cúpula de esa Junta asesina, como aquellos nazis, sigue actuando como si nada de eso ocurriera. Dando entrevistas a NBC, recibiendo a cómplices solidarios y, como Hitler en sus últimos días, moviendo batallones y divisiones inexistentes.

Alexander Díaz Rodríguez es una de las víctimas de uno de esos campos de concentración que son las prisiones en la isla de Cuba. Mírenlo, que no se nos olvide. Hay miles más dentro de esos mataderos, muriendo de hambre, a golpe de palos. Ni perdón, ni olvido.

Asesinos.

Foto: NBC


lunes, 13 de abril de 2026

Los cubanos nunca supieron gobernarse

 

Foto: Translating Cuba

 

Lo que les quiero comentar hoy me gustaría no tener que comentarlo, pero lamentablemente es una realidad. Realidad no porque lo diga yo; nos lo dice la historia.

📺
Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

Los cubanos hemos demostrado durante más de un siglo y medio que no somos muy buenos para gobernarnos. La experiencia histórica ha demostrado que no sabemos. Seremos excelentes en muchas cosas, pero en lo de gobernarnos no mucho. Por desgracia, es muy probable que cuando los dictadores se vayan, o los echemos, tampoco sabremos gobernarnos.

Al menos no de inmediato.

Lo voy a explicar basándome en la historia, de forma condensada, como una pastilla, una cápsula, una gragea.

Cuba dejó de pertenecer a España en 1899, después de una guerra civil de cuatro años, y surgió como república en mayo de 1902, con Tomás Estrada Palma como su primer presidente por un período de cuatro años. Un tipo decente y austero, compañero fiel de José Martí, no resistió la tentación de reelegirse, y así lo hizo.

Se armó nuevamente la rebelión —recordemos que los cubanos habían estado en rebelión desde 1868— y Estrada Palma llamó nuevamente a los americanos para que pacificaran la isla revoltosa. Theodore Roosevelt les mandó a William Taft y luego a Charles Magoon, quienes estuvieron allí entre 1906 y 1909.

Roosevelt había dirigido a sus Rough Riders durante la campaña contra los españoles en Santiago de Cuba —aunque la dictadura cubana y la historiografía oficial lleven sesenta y siete años diciendo lo contrario—, lo hizo del lado de los cubanos, por la independencia de la isla. Pero en 1906 se arrepentía de haberlos ayudado:

En este momento estoy tan enojado con esa pequeña e infernal república de Cuba que me gustaría borrar su gente de la faz de la tierra. Todo lo que deseábamos para ellos era que se comportaran y fueran prósperos y felices... Han iniciado una absolutamente injustificable e inútil revolución y pueden llevar las cosas a tal enredo que no tengamos otra opción que la de intervenir, lo que de una vez convencerá a los idiotas sospechosos de América del Sur de que queremos intervenir después de todo y que quizás tengamos algún hambre de tierras.

Evidencia de que el imperio “maligno” nunca ha querido cargar con el manicomio cubano fue que el señor Magoon nuevamente organizó elecciones. Iluso el gringo. Esa pequeña e infernal república continuaría dando dolores de cabeza.

Entonces fue electo José Miguel Gómez, un bravo general de la independencia a quien la historia le colgó para siempre el título de Tiburón, por aquello de “el tiburón se baña pero salpica” (su corrupción, pues). Pacificó el país. Su ejército mató como a tres mil negros —otros dicen que cinco mil—, de los llamados Independientes de Color.

El hijo de José Martí, el Ismaelillo, participó en la matanza del lado de Gómez.

En sentido general, el general Gómez fue un buen presidente, comparado con los que vendrían después.

Nuevas elecciones, y ganó Mario García Menocal, otro general. No lo hizo mal; incluso fue reelegido y gobernó hasta 1921. Nuevamente, en 1917, pidió a los norteamericanos que intervinieran con tropas en Cuba para apaciguar una revuelta conocida como la Chambelona, provocada por su intento de reelegirse. Chambelona en Cuba es una paleta, un caramelo, de azúcar. El azúcar fue el meollo de la intervención.

En las siguientes ganó Alfredo Zayas, quien había sido vicepresidente de Tiburón. Lo acusaron de todo, sobre todo de corrupto, pero no se reeligió y dejó a Cuba con libertad de prensa instaurada. El Orate derribó su estatua. También la de José Miguel. Luego la de todos los demás.

En 1925, en medio de la crisis mundial que se avecinaba, ganó Gerardo Machado, amigo de Zayas. Durante su primer mandato, hasta 1929, fue un presidente estrella, popular y eficiente. Incumpliendo su promesa de no reelegirse —políticos y promesas, agua y aceite—, lo hizo, a la fuerza, y se convirtió en dictador, hasta que los cubanos lo echaron en agosto de 1933.

La Revolución del 33, así le llamaron. Período convulso, con diez presidentes, que terminó en 1940 con la constitución más avanzada del continente, y quizás del mundo.

En la primera elección de la Segunda República ganó Fulgencio Batista, un campesino que, de telegrafista, llegó a general por voluntad propia. Socialista y aliado a los comunistas, tuvo un gobierno bastante decente. Hasta estableció relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, entonces aliada en la guerra contra el fascismo.

 

Foto: Reddit 

De él dijo el poeta comunista Pablo Neruda:
 
Los chilenos damos hoy la mano a Fulgencio Batista, con una franqueza y una sinceridad que llamaríamos chilena si no fueran también condiciones permanentes de Cuba. Saludamos en él al continuador y restaurador de una democracia hermana, al hombre que recibió la patria anarquizada y despedazada, recién salida de las garras de un tirano sangriento y palpitante aún de la heroica, legendaria lucha que lo derrotara. Saludamos al que, pudiendo haber seguido el camino de muchos filibusteros del poder, lo entregó con sus anchas manos morenas a quien eligiera su pueblo.

En las elecciones de 1944, ganó Ramón Grau San Martín, un profesor y revolucionario quien resultó verdaderamente débil como gobernante. Dejó a Cuba plagada de bandas revolucionarias y gansteriles. En una de ellas, un joven apodado el Loco, o Bola de Churre, insistía en ser aceptado. Se llamaba Fidel Castro.

A Grau lo sustituyó, elegido democráticamente, Carlos Prío, pinareño como él y del mismo partido político. Un presidente chic, demasiado decente. Las bandas y la corrupción crecieron, denunciadas por la oposición dirigida por un desequilibrado llamado Eduardo Chibás, que se pegó un balazo mientras transmitía su programa de radio. Qué país.

La economía prosperaba como nunca, pero antes de las elecciones de 1952, Batista —el “restaurador de la democracia”— dio un golpe de Estado militar y se quedó con la silla presidencial. La mayoría de los cubanos se quedaron apacibles.

Menos unos cuantos, entre ellos el pandillero Fidel Castro, que después de asaltar un cuartel del ejército y asesinar soldados —“pueblo uniformado”, diría después— fue legalmente juzgado, puesto en una prisión que haría avergonzarse a muchos hoteles propiedad de los militares cubanos actuales, e indultado por Batista, que era amigo y vecino de su padre y de su, dicen algunos, medio hermano Raúl.

Con dinero del depuesto Prío y de otros incautos, marchó a México, compró armas, se robó un yate y regresó a Cuba, donde miles de jóvenes luchaban en las calles contra Batista. Subió a las montañas de la Sierra Maestra, mientras la revista Bohemia y el New York Times le creaban la leyenda de héroe invencible.

Batista se fue el 31 de diciembre de 1959.

Y Fidel Castro llegó a La Habana y allí se la pasó de orador, prometiendo y destruyendo. Al principio, los cubanos pensaron que habían cambiado las reglas del juego. No se percataron de que el barbudo les había cambiado todo el juego.

Lo que les quiero decir: cuenten cuántas rebeliones, revueltas, revoluciones, presidentes depuestos tuvo esa república. Ingobernable, y, a pesar de todo, próspera y autosuficiente.

Nunca supieron gobernarse, pero nunca, hasta enero de 1959, nadie les había cambiado su forma de vida, su propiedad privada, su libertad individual, hasta que ellos recibieron a su mesías sobre un tanque de guerra. 

Imagen que bastaría por sí sola para prever el futuro. Ese futuro se convirtió en realidad y ha durado sesenta y siete años. Todas esas décadas destruyéndose un país que fue próspero. 

Por estos días, los cubanos podemos otear los aires de libertad. ¿Sabremos gobernarnos una vez que seamos libres? ¿Habremos aprendido la lección?


Foto: Instagram