Foto: Entertainment Weekly
Marjane Satrapi nació unos
meses después que yo, en aquel lejano año de 1969. Nació en Irán, un país
muchísimo menos jodido que el que me tocó a mí para venir al mundo. Cuando yo
nací, la llamada “Revolución cubana” llevaba diez años destruyendo a Cuba.
Cuando Marjane cumplió diez años, en 1979, una revolución se produjo en Irán.
Ambas revoluciones hermanadas
en empobrecer, reprimir y oprimir. Una comunista y la otra islámica. Dos
mierdas.
Los padres de Marjane se las
arreglaron para sacarla del manicomio fundamentalista desde muy joven. Yo,
desde muy joven, estuve tratando de escapar del manicomio comunista, sin ayuda
de mis padres. Ella echó raíces en Europa; yo rodé más que una piedra de río
revuelto hasta caer aquí en un pantano, donde eché raíces y retoños.
Marjane escribió libros,
novelas gráficas, de cómics. Excelentes. También hizo cine, y muy bueno. El
palo lo dio en el 2007 con Persépolis. Visualmente, una experiencia
irrepetible; emocionalmente, desgarradora e inspiradora. No se la cuento,
véanla. Les dio una patada en los huevos a los ayatolás y a su fundamentalismo
asesino. Un canto a la vida, a la libertad, la felicidad y la voluntad frente
al mal. Una patada a la oscuridad.
Fue el primero de muchos. Arte
del que perdura, del bueno.
Foto: Cartoon Brew
Perduró también su amor por el
amor de su vida. El año pasado falleció su esposo, Mattias Ripa, con tan solo cincuenta
y tres años. Ayer Marjane Satrapi murió también, apenas iba a cumplir cincuenta
y siete. Murió de tristeza, murió de amor. Morir de amor no solo pasa en las
novelas, pasa en la vida.
Marjane Satrapi nació unos
meses después que yo. Murió de amor a los cincuenta y siete años, o casi. Mi
misma edad. Murió en París, donde echó raíces y floreció su amor. No sé dónde
moriré, pero hoy sé que podría de morir de amor.