Foto: SK7
Si usted ya tenía uso de razón el 11 de septiembre de 2001,
recordará exactamente dónde estaba en la mañana de ese día en el que nuestro
mundo, nuestra existencia, cambió para siempre. Hace hoy veinticinco años. Y
cuando digo en la mañana, me refiero a la mañana en la costa este de los
Estados Unidos.
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véame, pero es peor. → Ver el video aquí
Hace veinticinco años, en esa mañana de cielo azul y vida
rutinaria, cuatro aviones civiles de pasajeros fueron secuestrados por
diecinueve terroristas de Al Qaeda, quienes a la fuerza se hicieron con el
control de cada uno de ellos. ¿Terroristas musulmanes sabrían operar esos
grandes aparatos? Sí: se entrenaron en academias de aviación de la Florida.
No todos se entrenaron: solo los necesarios para convertir a
esas aeronaves de progreso en proyectiles de terror. Los otros, los que no
tenían entrenamiento de pilotos, fueron usados —palabra correcta— por Osama bin
Laden, líder de Al Qaeda, como fuerza bruta para someter a los pilotos y a los
pasajeros de los aviones.
Fuerza bruta que, a diferencia de los pilotos, no sabía que
participaba en una misión suicida. Cosas que pasan cuando sirves al mal. De los
diecinueve, ninguno provenía de países que estuviesen por entonces en conflicto
con Estados Unidos: 15 eran de Arabia Saudita, dos de los Emiratos Árabes
Unidos, uno del Líbano y otro de Egipto.
Diecinueve jóvenes que odiaban no solo a Estados Unidos,
sino a nuestra forma de vida, a nuestra propia existencia. Odiaban a la
civilización occidental en todas sus facetas y, usando las libertades que
nuestra forma de vida ofrece, arremetieron contra ella.
Diecinueve individuos señalados por varias agencias de
inteligencia como posibles terroristas. Sin embargo, aquí estaban, en Estados
Unidos, muchos ya sin visa vigente e incluso entrenándose como pilotos. Y nadie
hizo nada a pesar de las sospechas, a pesar de las advertencias.
El FBI, la NSA, la CIA, a pesar de tener múltiples indicios
y sospechas, no actuaron a tiempo. Incluso el Mossad, desde casi un mes antes
de los ataques, advirtió a Estados Unidos de que diecinueve terroristas
preparaban una operación. Y no hicieron nada.
Las autoridades, quienes por ley tienen que proteger nuestra
forma de vida, no hicieron nada. Los terroristas, esos sí. Mientras la
civilización occidental —representada aquí por lo que llaman “modo de vida
americano”— no hizo nada para protegerse, el mal aprovechó su desidia y la
atacó en su corazón.
Esa clara mañana del 11 de septiembre de 2001, dos aviones
cargados de pasajeros secuestrados por terroristas impactaron, cada uno, las
dos elegantes torres del World Trade Center en Nueva York. Atacaron a mis dos
edificios favoritos en este planeta. Desde niño, allá en la cautiva, veía sus
siluetas y las relacionaba siempre con libertad y progreso.
Al parecer eso mismo significaban para Bin Laden y sus
seguidores. Bajo las narices de las agencias de seguridad del mundo libre y
protegidos por la condescendencia del mundo libre, organizaron y ejecutaron un
ataque terrorista contra los íconos visibles de ese mundo libre al que
desprecian desde el alma, si la tienen.
Otro avión se reventó contra el edificio del Departamento de
Defensa en Washington D. C. —en Virginia, para ser exactos—. El Pentágono fue
impactado por un avión en el que viajaban cincuenta y nueve inocentes, matando además a ciento
veinticinco personas mientras trabajaban rutinariamente en uno de los pilares
para defender nuestro modo de vida.
Un cuarto avión, el que menos pasajeros llevaba, fue también
secuestrado y desviado de regreso hacia el área de Washington D. C. Los
terroristas incluso mataron a uno de ellos mientras tomaban el control del
Boeing 757 de United Airlines. A pesar de que en 2001 apenas las tecnologías de
comunicación se expandían, los pasajeros del vuelo se enteraron del destino de
los tres aviones utilizados en los ataques. Comprendieron que en el que ellos
viajaban sería el cuarto.
En vez de amilanarse y esperar resignadamente por su
destino, decidieron luchar en contra del mal. Si bien no ganaron el control de
la aeronave, obligaron a los terroristas a estrellarla en medio de un campo en
Pensilvania. Pasajeros inocentes sacrificaron sus vidas para salvar vidas de
inocentes.
El 11 de septiembre de 2001 el mal atacó al World Trade
Center, símbolo del éxito financiero de Occidente, símbolo de la libertad del
capitalismo. Atacaron el Pentágono, sede del poder militar de la principal
potencia de Occidente y del mundo. Nunca pudimos saber qué objetivo tendrían en
sus miras los terroristas del cuarto avión. La valentía de los defensores de la
civilización occidental frustró sus planes malignos.
Aquella mañana del 11 de septiembre de 2001 cambió el mundo,
cambió nuestra forma de vida. Han pasado veinticinco años. Miles de inocentes
murieron víctimas de aquellos ataques; miles más murieron en las décadas que
siguieron defendiendo nuestro modo de vida y, qué bueno, en venganza contra
quienes nos atacaron.
Pero la humanidad, sobre todo los que tenemos la bendición
de pertenecer a Occidente, tiene una memoria corta y una ingenuidad larga. El
mal ahí sigue, los binladens ahí siguen. El odio hacia Occidente, la libertad y
el capitalismo ahí sigue. Que le pregunten a Israel sobre lo que le pasó el 7 de octubre de 2023.
La maldad persiste mientras Occidente regresó a la
indolencia y la apatía. Los ejes del mal de este planeta no han hecho sino
fortalecerse. Nuevas potencias, antagónicas con nuestro modo de vida, crecen
mientras Occidente, como concepto, se debilita desde adentro. Tanto es así que,
si la libertad se defiende contra la maldad, Occidente calla para no ofender a
esta última. Que le pregunten a Israel sobre su respuesta a la brutalidad del 7 de octubre de 2023.
Trump puede estar bombardeando a los ayatolás iraníes, pero,
mientras lo hace, hordas de musulmanes —casi todos varones jóvenes— rebasan las
fronteras porosas de Europa Occidental. Zonas enteras —lo acabo de ver con mis
ojos ayer— de las ciudades de la vieja Europa están ocupadas y dominadas por
intransigentes musulmanes.
Hace más de veinticinco años caminé por las concurridas
calles del barrio de Pigalle, en París. Ya saben: el Moulin Rouge, las
prostitutas y los sitios de cachondeo. Ayer lo volví a hacer: solo encontré el
cabaret; el cachondeo y las chicas desaparecieron. Ahora son tiendas halal
y bares llenos de tipos rudos tomando té. Han dejado unos pedacitos de
Montmartre para que los turistas pensemos que todo sigue igual.
Eso es en Europa; de este lado nos sucedió lo mismo durante
toda la administración de Joe Biden. La debilidad del bien fortaleció al mal.
Andrés Manuel López Obrador, la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo
que queda de Cuba, Daniel Ortega y otros grupos afines organizaron una invasión
migratoria que sobrecargó nuestra frontera sur.
Cientos de miles de inmigrantes procedentes de cientos de
países pudieron ingresar a territorio estadounidense. Pudieron dispersarse a lo
largo del país. Si Trump e ICE trabajan para solucionar este desastre, una
buena parte de aquellos cuya forma de vida está bajo ataque los critica. Yo
puedo criticar la forma, pero no el fondo.
Hace veinticinco años, diecinueve jóvenes se entrenaron en
Estados Unidos para atentar contra Estados Unidos y Occidente. Hoy, tanto aquí
en Europa como en Estados Unidos, conviven cientos de miles que han entrado en
esas dos décadas y media. Cientos de miles —como quien les escribe llegó— solo
llegaron a progresar, a aportar y a vivir en libertad.
Pero seguramente otros no llegaron a lo mismo. Otros
vinieron con el mal. No hace falta que sean decenas de miles, miles o cientos.
El 11 de septiembre de 2001, hace veinticinco años, solo necesitaron diecinueve.
Foto: Al Jazzera