miércoles, 10 de junio de 2026

Cuba no necesita depredadores, solo fundadores

 

Foto: Cuba en Miami

 

Lo que les compartiré hoy no les va a gustar a muchos; la verdad, me da igual. Desde que saqué el machete después del 11 de julio de 2021, cuando mis paisanos cautivos se lanzaron a la calle, masivamente, a exigir libertad, he focalizado mi vida en apostar por recuperar aquella Cuba libre que, en enero de 1959, la generación de mis padres —y las anteriores— le entregaron a la pandilla liderada por Fidel Castro.

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Aquel 11 de julio, un funcionario “puesto a dedo” —títere del segundón eterno de la hermandad Castro— dijo con fingida firmeza, muerto de miedo: “La orden de combate está dada”. Y dada estuvo. Sus esbirros —y miren que uno ama a Cuba, pero cómo hay esbirros— reprimieron a cubanos que solo pedían algo que tiene el noventa por ciento de las naciones del mundo: libertad, que es sinónimo de prosperidad.

Pero no, fueron reprimidos a pesar de la rendición inaudita de la administración de Barack Hussein Obama unos años antes. La dictadura comunista cubana —ahora en forma de Junta Militar de Barrigones, en un país páramo, lleno de desnutridos sin dientes, qué dolor— salió a reprimir a sus paisanos, que solo exigían lo que es un derecho en el resto del planeta.

Han pasado casi cinco años y nuestra isla, castrada de población económicamente activa por esa dinastía Castro, sigue sumiéndose en esa interminable —hasta ahora— catástrofe humanitaria. Catástrofe que la mayoría por acá llama “crisis”, pero no, es catástrofe.

La dictadura totalitaria, representada por esa Junta de Panzones Ineptos, sigue hundiendo a los cautivos que quedan en esa isla del fracaso en la ignominia y la marginalidad. Los cubanos que quedan allí se están asesinando unos a otros hoy para robarse una “motorina”, unos paneles solares, un pedazo de pan o una cartera vacía. Como en aquella película catastrófica de Mad Max a finales de los ochenta. Nunca la vi completa; no me gusta la miseria humana.

Hace unos días, les comenté cómo esa dictadura maligna, a pesar de sus divisiones internas, sigue mostrando una cara única, un frente unido ante los embates de Rubio y Trump —tomen nota del orden—, mientras aquí, en el exilio, los personajes públicos que supuestamente nos representan se la pasan abogando por sus propios intereses antes de lo principal: la consecución de una Cuba libre, acabando de una vez y por todas con esa mafia maligna que secuestró el destino de nuestra nación.

Y como publiqué este libro sobre cómo llegó esa pandilla a apropiarse de los destinos de aquella Cuba próspera y autosuficiente —entregada graciosamente por mis ancestros, unos que huyeron y otros que se quedaron, a unos ineptos que nunca habían tenido un empleo productivo—, hoy se me acercan personas preguntándome o comentándome sobre cómo van a recuperar las propiedades que Fidel Castro y sus cuarenta ladrones les quitaron a sus padres y a sus abuelos.

Y no les va a gustar a muchos mi respuesta. Para mí, se jodieron. Como me jodo yo cuando renuncio a recuperar mi apartamento —“conseguido” con mis malabares, a mis veintitrés años— en el Vedado. Ese, que se lo quede quien lo viva. Si quisiera vivir en la Cuba libre que viene, llegaré a comprar algo nuevo. Con mi dinero fresco aportaré a su reconstrucción.

Hijos y nietos de propietarios injustamente confiscados por el totalitarismo que esos abuelos y padres permitieron imponer en un país libre y próspero, ahora queriendo reclamar lo que les quitaron a sus padres y abuelos. Sesenta y siete años viviendo en estos lares de libertad, en la civilización, estudiando en universidades de primer mundo, teniendo hijos en esta libertad majestuosa, hasta nietos. Y ahora, a reclamar lo que un vagabundo bandido, con la mano en la cintura, les confiscó a sus ancestros.

Pues no. Miren que no.

A los patriotas de la Brigada de Asalto 2506 yo les devolvería hasta el último centavo que les confiscó esa mafia, hasta la última pulgada de tierra cubana robada por esos déspotas. Arriesgaron sus jóvenes vidas y su propia existencia para intentar devolver a nuestra bella isla al sendero de la libertad y la alegría.

A sus hijos y nietos, criados y crecidos en este heroico exilio, no les toca nada. Pudieron haber ido en sucesivas brigadas —2607, 2708, 2809— a luchar por lo que les confiscaron a sus padres y abuelos. No lo hicieron, no lo hicimos. Así que, a aguantarse.

Cuba no será devuelta, será refundada. Fue abandonada por más de seis décadas. Que sufrimos dolor por estos sesenta y siete años, lo sufrimos, nos duele. Pero ahora, en los albores del nuevo futuro, en este amanecer que se avizora, no me vengan con que quieren recuperar las tierritas del abuelo, la casita de la tía o la fábrica del papá.

Nos jodimos todos. A los dictadores, justicia y condena. A Cuba, la patria, refundación. Quien quiera invertir, que empiece de cero. No hicimos nada efectivo durante sesenta y siete años; no hay juicio que dure tanto. Perdimos por default. Ganamos fortunas aquí, así que, si queremos algo de nuestra robada isla, a pagar, a comprar. Que para reconstruir, dinero falta. Lo de Gaesa no nos alcanza.

Déjense de estar repartiendo un pastel que no es. Es la patria, es una nación hoy torcida y pobre. Una nación que no necesita egoísmo, sino entrega. Todos perdimos, incluso los que nacimos décadas después de la debacle.

Nada para nadie, todos perdimos. Quien quiera reconstruir, que aporte. Ni cámaras de comercio antes de la libertad, ni reclamaciones. Todo eso tiene sesenta y siete años de atraso.

Hoy Trump, al parecer, titubea entre los “tontos útiles” de la dictadura y los preclaros como Marco Rubio. No podemos titubear: libertad absoluta, ojalá ganada por los cautivos de la isla con el apoyo de los de acá. Pero libertad absoluta, no mediaciones pactadas.

Repito: para los dictadores, justicia y condena. Para nosotros, los que perdimos todo, reconstrucción de borrón y cuenta nueva. Patria es antónimo de egoísmo. Tuvimos sesenta y siete años para recuperar lo que nos robaron. Así que ahora, a joderse. Perdimos.

La nueva Cuba, la libre y pronto próspera, nos espera, fresca, para que la refundemos. Nos robó un ladrón y no lo atajamos por casi siete décadas, así que a morder el polvo y levantarnos de nuevo en nuestra tierra linda.

A la patria no se le reclama lo que nos dejamos robar. Si la amamos, como decimos amarla, se le invierte, se le quiere. Sin egos, sin egoísmos. Ahí está nuestra isla y nuestros paisanos cautivos, esperando este nuevo renacer.

Cuba libre y próspera. Y no se nos olvide: feliz.

 

martes, 9 de junio de 2026

Un grano de arena en un mar de patria

 


A todos nos ha pasado que, a veces, hacemos algo que nos parece normal, como un deber, y luego, inesperadamente, sucede que —sin proponérnoslo— ese algo adquiere una trascendencia inesperada.

Así me ha pasado con mi primer libro publicado. No lo trabajé para mí, sino como un deber, una necesidad de poner un grano de arena en ese gran mar que es la patria robada en la que nacimos. Solo un grano de arena en ese inmenso mar, pero confiando en que pudiera servir de algo cuando la recuperemos.

Y resulta que ese texto, esas páginas, sin yo esperarlo, han tomado vida propia y están cambiando mi propia vida. Todo inesperado, pero, a la vez —qué raro—, esperado.

Hoy, martes 9 de junio de 2026, la gran escritora, poeta, cineasta, pintora y patriota Zoé Valdés ha publicado una reseña de ese libro primero. Para mí ya era un honor que alguien a quien admiro desde hace treinta años lo hubiera leído.

Pero que lo comente y, además, publique sus comentarios, me hace sentir que ese grano de arena es y será útil en ese mar de libertad que avanza hacia las costas de nuestra Cuba robada.

 

lunes, 8 de junio de 2026

Las madres son la esperanza de Cuba

 


Decía nuestro gran José Martí Pérez:

"...los niños son la esperanza del mundo..."

Yo creo lo mismo, pero la esperanza de Cuba, son las madres de estos niños.

No hay Trump, ni Rubio, ni nadie, que tenga más fuerza que el amor de una madre.






Sesenta y siete años hablando mierda y destruyendo un país que era exitoso. Un país dónde una niña mulata, sin muchos recursos económicos, Tania Quintero caminaba por sus limpias calles de esta manera:


Ah, y pertenecía a una familia de afiliación abiertamente comunista. En un régimen anticomunista. Y dicen ellos, los dictadores comunistas, que Fulgencio Batista era un dictador. Tenemos tantas cosas que enderezar en esta historia olvidada, manipulada. Y lo haremos, no lo duden.

Esa fue la Cuba que Fidel Castro destruyó para, sesenta y siete años después, tener a los niños cubanos pasando hambre, calor, enfermedades, sin escuelas, sin salud pública, sin vida, sin futuro.

Mientras, Díaz-Contados sigue hablando sandeces. Ni perdón, ni olvido. Libertad, sin mediaciones.

Las madres, las madres son la esperanza de Cuba.


Los dictadores hasta se burlan

 

Foto: 14yMedio
 
 

La Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba demuestra un día sí y otro también su desconexión con la realidad en la que tiene sumidos a los cautivos de la isla. Me recuerdan a aquella corte de Luis XVI a principios de julio de 1789, derrochando lujos, dando la espalda a una población empobrecida y miserable.

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Luego del encausamiento de Raúl Castro en una corte de Nueva York, los Panzones de La Habana lo han sacado dos veces de la urna para exhibirlo en sendos actos de esos que ellos disfrutan tanto. Lo que queda del anciano dictador, siempre bajo la mirada vigilante de su perro guardián, con perdón de los perros.

En las imágenes de esos groseros eventos aparece el mentado Cangrejo, con su correspondiente cara de Neandertal, siempre detrás de su decrépito abuelo. El crustáceo —se los he dicho antes— siempre viste un uniforme verde olivo diferente al resto de los Barrigones que lo rodean. Su abuelo, fugitivo de la justicia norteamericana, Díaz-Contados, Marrano y otros portan casacas estilo soviético, o ruso, da igual. Los del represor Ministerio del Interior usan algo parecido, pero más oscuro. El Cangrejo, como su tío Orate, viste uno diferente.

Todos bien alimentados, peinados, haciendo sus pantomimas para dar la impresión de que aún gobiernan. Pantomimas coreografiadas en limpios e iluminados salones con aire acondicionado. Un Estado que solo funciona en sus corruptas mentes y solo para ellos. Un Estado que abandonó a los cubanos —no es que los cuidara antes— y solo interactúa con los cautivos para despreciarlos, humillarlos, oprimirlos o reprimirlos. En ocasiones, todo lo anterior.

Hablando de humillación. Es humillante que, desde finales de enero de este año, esa mafia maligna que es la Junta Militar de Barrigones haya sido declarada un peligro inusual para Estados Unidos y, de allá a hoy, lo único que ha significado es que nadie les regale combustibles, pues, con orden ejecutiva o no, su fracasado régimen no tenía con qué comprarlo legalmente.

Eso y unas sanciones que, en realidad, no significan más que picadas de mosquito a un burro flaco. Que si ICE capturó a la hermana de una esbirra, que si otro, un piloto asesino al que le dieron siete meses y ya los cumplió, que si Díaz-Contados y su bonsái esposa ya no pueden venir a Estados Unidos. Picadas de mosquito a un burro flaco.

Y no me digan que la retirada de las operadoras de hoteles es algo significativo. Es una retirada táctica. Se desprendieron de la carga de tener que mantener personal en hoteles vacíos en un país en ruinas. Se desprendieron del trabajo de estar vigilando que esos mismos empleados no les roben desde los bombillos hasta las latas de habichuelas. No los culpo, que conste. A los empleados, digo. A las empresas las entiendo, pero las desprecio por explotadoras de esclavos.

Y es así que, como han ganado tiempo, se atreven a dar la impresión de que su dictadura moribunda es legítima. Sacan al nonagenario dictador como si fuera el Cid Campeador. Como en procesión sevillana, mientras los gordos uniformados le cantan loas en vez de saetas. Pueden hacerlo porque, para asombro de ellos, la administración Trump no los ha barrido de la faz de esa isla bella.

¿Y por qué no lo ha hecho? Porque Cuba no importa, porque es insignificante en el tablero mundial. Insignificante en el sentido material. A diferencia de Irán y Venezuela, no tiene hidrocarburos en su subsuelo. Tierra fértil y playas hermosas no valen en la geopolítica de las grandes ligas.

Tiene, además, que es un país colapsado, que no produce. Una nación mendiga. Ocho o nueve millones —ya no se sabe— de personas talentosas y trabajadoras —los más— a los que esa Junta Militar tiene aplastados con sus botas lustradas. Mientras esos Panzones sigan en La Habana, la responsabilidad de mal alimentarlos es de ellos, de los dictadores. Si Trump y Rubio los eliminan, se echan el paquete arriba.

Duele decirlo, pero es la realidad. Han pasado quince administraciones, desde la de Eisenhower hasta la actual de Trump, y nunca han comprendido que la insignificancia económica de la Cuba comunista es inversamente proporcional a su malignidad corruptora de naciones. No acaban de entender el papel trascendental que esos empobrecedores han tenido en la expansión de la oscuridad antilibertad, antiprogreso, antidemocracia.

Y allí siguen en La Habana. Marrano, Díaz-Contados y el resto de la comparsa reverenciando al fugitivo nonagenario y a su nieto oligofrénico. Cangrejo, que todos dicen que tiene el mismo índice de inteligencia que un mejillón, pero que me va pareciendo que no es tan tonto como dicen.

Y lo voy comprobando cuando ayer leo que el periodista independiente Iván García dijo, desde abril de 2010, lo siguiente. Me lo mandó Tania, su incansable madre. Refiriéndose a Raúl Castro, mi hermano negro escribió, hace dieciséis años:

Se rodeó de su gente. Arropado por su yerno Luis Alberto López-Callejas, un tipo que huye de los focos, pero resulta uno de sus más valiosos asesores en materia de negocios que reportan moneda dura. A su lado, en cada viaje al extranjero o acto público en la isla, está su nieto Raúl Guillermo, conocido como el “Cangrejo”, y del cual se rumora tendrá un papel importante en el futuro de Cuba.

 


Y sí que parece tenerlo, lo cual me irrita hasta la médula. Que el futuro al que Iván se refería hace dieciséis años sea esta catástrofe humanitaria que azota a nuestros paisanos de la isla, haya sido causado por ese fugitivo dictador, acompañado de su nieto, y que ese nieto —al que sí le encantan las luces de los focos— sea interlocutor de la nación más poderosa del orbe, me dice el escaso valor que tienen los cubanos de la isla para unos y para otros.

Dice Trump que atenderá el tema de Cuba cuando termine el de Irán. Es decir, nos tocó el último turno en la fila, como en las colas de aquellas bodegas racionadas, hoy ya desaparecidas en este colapso final. Y vuelvo a repetir: ¿por qué? Porque los cubanos de la isla, valientemente, hasta ahora solo han podido organizarse en algunos barrios para tocar cazuelas y quemar basura, porque la policía sigue reprimiendo con eficiencia y porque esa dictadura no podrá producir una fanega de maíz, pero es experta en mover sus fichas cómplices en la política mundial.

Estamos de últimos en la fila porque, a pesar de todos los esfuerzos de Marco Rubio, aquí en el exilio, en vez de presentarle un frente unido y cohesionado a la administración, están sus cabezas visibles —políticos, académicos, influencers y toda esa pléyade de organizaciones que dicen luchar por una Cuba libre— peleándose entre sí por ver quién va a ser presidente de esa república hoy inexistente. Negándose el saludo unos a otros, mientras los dictadores a noventa millas sí presentan una cara uniforme, unida.

La dictadura, como la corte de Luis XVI en julio de 1789, le da la espalda a sus cautivos y, como aquel rey y su María Antonieta, siguen disfrutando de sus pantomimas y sus lujos. Ya casi llega julio de 2026; en una de esas, esos cautivos hambrientos y olvidados se hartan, como aquellos parisinos, y, por primera vez en sus vidas, toman sus destinos en sus manos y barren con sus opresores, en la calle, hasta el final. Que conviertan a Cuba en su propia Bastilla.

Así no tendrán, ni tendremos, que estar pendientes a los vaivenes y las decisiones del presidente de un país que no es Cuba para llegar a la ansiada libertad. Sin negociaciones con ningún crustáceo ni con ningún “tecnócrata”. Libertad total, sin mediaciones. Libertad final, para empezar, de una vez, la reconstrucción de nuestra nación robada. Trabajar duro para regresarla a la prosperidad, el respeto a los ciudadanos y la felicidad de los cubanos.

 

Fotos: El Toque