martes, 20 de octubre de 2026

Llegó el tren, por amor a Cuba


Hoy amanecí muy contento, finalmente ha nacido otro hijo, nuestro. 

Ya está disponible El Tren de los Egos. Historia documentada del primer ferrocarril de Hispanoamérica (1834-1842).

Es mi regalo a Cuba, a la que perdimos, a la que soñamos.

Es mi regalo al amor, es una casa de amor.

No les incito a comprarlo, solo les comparto que hoy le hago un regalo a nuestra Cuba, que hoy le abrí la puerta de su bella casa, al amor por ella.

Cuba brillaba, la haremos relucir nuevamente, pronto.

También les comparto el bello proemio con el que Zoé Valdés lustró este libro de amor por Cuba.



ENTRE LAS PÁGINAS DE UN TREN.

 

Por Zoé Valdés.

 

Desde que abrí las páginas de El Tren de los Egos, de Omar Sixto, tuve la certidumbre de que no estaba entrando en un libro, sino en una estación. Una estación de tiempo, de memoria, de respiración antigua y serena; una de esas estaciones donde todavía se oye, si se sabe agudizar el oído, el murmullo de las ruedas sobre los rieles, el resoplido de la máquina, el crujir de la madera, el rumor de los hombres que discuten el porvenir sin saber que ya lo están fabricando. Entré en este libro de la mano de su autor y no quise salir. Me quedé allí, instalada entre sus páginas, como quien se acomoda en uno de aquellos vagones inaugurales y acepta que el viaje no tendrá regreso, porque todo viaje hacia la historia verdadera de Cuba es también un viaje hacia una forma de eternidad.

Omar Sixto me ha conducido por ese trayecto con la paz de quien conoce el paisaje y, al mismo tiempo, con la pasión de quien no lo da nunca por agotado. No narra simplemente un episodio técnico, ni se limita a reconstruir la proeza material de levantar el primer ferrocarril de Hispanoamérica en Cuba. Lo que hace es más difícil y más hermoso: devuelve al acontecimiento su temperatura humana, su densidad moral, su fragancia política, su electricidad íntima. Porque un tren no nace solamente de hierro, carbón, planos, empréstitos y voluntades administrativas. Un tren nace también de ambiciones, de soberbias, de visiones encontradas, de rivalidades que, cuando la historia se digna a ser generosa, producen algo más alto que la vanidad de sus protagonistas.

El ferrocarril cubano, cuyo primer tramo entre La Habana y Bejucal se inauguró el 19 de noviembre de 1837, colocó a la Isla en una posición deslumbrante: primera en Hispanoamérica en hacer correr sobre sus tierras ese prodigio moderno, adelantada incluso a la España peninsular, que no vería circular su primera línea hasta años después. Aquello no fue una anécdota de progreso, sino una declaración de destino. Cuba -todavía colonia hasta que fuera oficialmente declarada provincia en los últimos años de la presencia española-, todavía encadenada a la metrópoli, se atrevía a moverse con una velocidad propia. Cuba, pequeña en el mapa y enorme en su vocación, descubría que el hierro podía convertirse en camino, y el camino en carácter.

En esas páginas aparece una Cuba que no es efímera postal ni retraso o retazo ideológico, sino organismo vivo: la Cuba de los ingenios, de los caminos difíciles, del azúcar que necesitaba llegar a los puertos, de los hacendados, de los funcionarios, de los cálculos imperiales y de las intuiciones criollas. Una Cuba sosegada y eterna, sí, pero no inmóvil; una Cuba que ya empezaba a perfilarse de manera extraordinariamente rica y hermosa en sus contradicciones más hondas. El país que aquí se revela no se parece a una reliquia: se parece a una criatura que empieza a reconocerse en sus fuerzas. Y esas fuerzas no siempre se aman. A veces se desafían. A veces se hieren. A veces, benditamente, se enfrentan.

Porque el corazón de este libro no late únicamente en la locomotora, sino en la tirantez de egos que la rodea. De un lado, Don Miguel Tacón y Rosique, marino, gobernador, representante del poder español, figura de autoridad, mando y disciplina. Del otro, Claudio Martínez de Pinillos, Conde de Villanueva, criollo habanero, hombre de empuje, de visión económica, de instinto modernizador, convencido de que la prosperidad de la Isla requería obras concretas, instrumentos eficaces, audacias materiales. Entre ambos se abre una fricción que Omar Sixto sabe convertir en materia histórico-literaria: no una simple disputa de cargos, sino un duelo de concepciones sobre Cuba, sobre el poder, sobre la riqueza y sobre el porvenir.

Notorios son los enfrentamientos que empobrecen, que clausuran, que dejan tras de sí solamente ceniza. Pero más notables son los otros, raros, providenciales, que empujan la historia hacia adelante. Este fue uno de ellos. Bendito enfrentamiento. Bendita esa tensión entre el criollo y el español si de ella pudo surgir una obra que abrió caminos, acortó distancias, multiplicó posibilidades y dio a Cuba una temprana conciencia de modernidad. Bendito ese choque de orgullos, de egos, si, en medio de sus asperezas, permitió que la Isla soñara con otro ritmo, con otra relación entre el campo y la ciudad, entre la producción y el puerto, entre la riqueza encerrada en la tierra y la riqueza puesta en movimiento.

Omar Sixto comprende que la historia no avanza únicamente por decretos ni por fechas solemnes. Avanza, muchas veces, por el roce incómodo de los temperamentos. Tacón y Pinillos, en la mirada del autor, no son estatuas colocadas a ambos lados de una vía férrea. Son hombres de carne histórica, con sus límites, sus orgullos, sus obsesiones y sus zonas de grandeza. El gobernador representa la verticalidad del mando colonial, la administración vigilante, la autoridad que quiere ordenar la Isla desde arriba. El Conde de Villanueva encarna otra energía: la del criollo que conoce la entraña económica de Cuba y desea dotarla de instrumentos para prosperar. No se trata de idealizar a uno ni de condenar al otro con pereza. Se trata de entender que entre ambos se produjo una corriente de fuerza, una electricidad política y personal que el libro captura con inteligencia narrativa, porque ese libro es la continuidad de aquel tren.

El tren, entonces, se vuelve símbolo. No solamente transporta mercancías, pasajeros, azúcar, café, esperanzas. Transporta una pregunta: ¿quién conduce Cuba? ¿El poder que la gobierna desde la lógica de la posesión, o la inteligencia criolla que empieza a imaginarla desde la lógica de la pertenencia? Esa pregunta, que en el siglo XIX todavía no podía formularse con toda su consecuencia política, ya estaba allí, vibrando bajo los durmientes, en el humo de la locomotora, en el asombro de los curiosos, en la obstinación de los promotores, en la lluvia que no impidió el viaje inaugural, en el rumor de una Isla que se ponía en marcha antes que muchos otros territorios del mundo hispano.

Leer El Tren de los Egos es sentir que la historia cubana no está muerta en los archivos, sino que respira en ellos. Es observar cómo una obra pública se convierte en novela de caracteres, cómo una línea férrea deviene línea de tensión espiritual, cómo el progreso material ilumina conflictos más antiguos y más persistentes. Hay en estas páginas el placer de la documentación y, al mismo tiempo, el pulso de la literatura, la fe y los valores que hicieron de Cuba esa perla en medio del mar. El autor no aplasta los hechos bajo el peso de la erudición; los deja andar. Les da aire. Les permite sonar y soñar a sus viajeros. Y así el lector no contempla el tren desde lejos: sube a él.

Yo he subido. Yo, excéptica de todo desde hace algún tiempo, vivo en este libro desde que lo leí. No he querido irme de sus páginas porque en ellas he encontrado una Cuba anterior y, sin embargo, reconocible; una Cuba que no ha desaparecido del todo porque sigue latiendo en la memoria, en el idioma, en la belleza de sus nombres, en la elegancia de sus gestos, en la fiereza de sus contradicciones, en la escritura vertiginosa de Don Sixto. Esa Cuba histórica e infinita que el autor convoca no es una evocación cómoda. Es una presencia. Es una patria que se deja ver por instantes, entre el vapor y la luz, entre el gesto autoritario de un gobernador y la perseverancia de un criollo que entendió que la prosperidad también podía ser una forma de afirmación.

He leído libros que explican una época; y he leído otros que la resucitan. Este pertenece a los segundos. Al leerlo, uno no recibe solamente información: recibe atmósfera y vida. Se percibe la humedad de La Habana, el peso de los intereses azucareros, la impaciencia de los hombres prácticos, la solemnidad de los despachos, la música áspera de los desacuerdos. Se percibe también algo más delicado: la formación de una conciencia. Cuba aparece aquí en el momento en que aprende que el progreso puede ser suyo aunque venga envuelto en instituciones coloniales; que una obra nacida dentro del régimen imperial puede, paradójicamente, alimentar una idea más profunda de país.

Por eso este texto no puede ser una puerta neutra. Tiene que ser, más bien, una invitación a embarcar. Invito al lector a entrar en El Tren de los Egos con la disposición de quien acepta un viaje doble: hacia el pasado y hacia el centro de una pregunta que todavía nos concierne. Invito a escuchar no solo la máquina, sino las voces que la rodean. Invito a mirar a Tacón y a Pinillos no como nombres lejanos, sino como fuerzas contrapuestas que, en su pugna, revelan el drama de una Isla obligada a prosperar entre dependencias, ambiciones, talentos y mandatos ajenos. Invito a dejarse tomar de la mano del autor y subir los peldaños del tren.

Que el primer ferrocarril de Hispanoamérica haya nacido en Cuba no es un dato menor: es una imagen fundadora. La Isla, tantas veces narrada desde la pérdida, aparece aquí narrada desde la iniciativa. La Cuba de este libro no espera pasivamente la modernidad; la convoca, la negocia, la disputa, la hace circular. Y si para ello fue necesario que dos egos se midieran, que dos voluntades se rozaran hasta producir chispa, bienvenida sea esa chispa. De ella surgió un camino de hierro, pero también una metáfora poderosa: Cuba avanzando, incluso bajo dominio, incluso bajo vigilancia, pagando sus cuotas, pagando las guerras, incluso entre disputas, hacia la revelación de su propia grandeza.

Omar Sixto ha escrito un libro que se lee con la emoción de la novela y con la precisión y gratitud que despiertan las obras históricas necesarias. Nos recuerda que la historia cubana no está hecha solo de heridas, sino también de empresas audaces; no exclusivamente de derrotas, sino de momentos en que la inteligencia, el orgullo y la necesidad se combinaron para abrir una vía, o varias. Y al cerrar estas páginas —si es que uno consigue cerrarlas— queda la sensación de haber viajado en uno de aquellos vagones hacia una Cuba que fue real, que fue espléndida, que fue contradictoria, y que por eso mismo sigue siendo nuestra.

No he querido bajarme de este tren. Y, sospecho que quien lea este libro tampoco querrá hacerlo. Una casa siempre es única para quien la construye, me dijo en una ocasión un admirado arquitecto egipcio, Monsieur Nader Boutros, un libro siempre es único para quien lo escribe, y también para quien lo lee; si ese libro llegara a ser como su casa, entonces sería además un habitat privilegiado. He sentido ese privilegio, de vibrar como en el verso de José Martí, “el corazón con que vivo”, y presentir que vivo en ese sitio adecuado por deseado: entre las páginas de un tren.

  



lunes, 19 de octubre de 2026

Treinta años tarde

 

Foto: AI
 
 

Me entero de que finalmente un juez del Undécimo Circuito Judicial emitió, el viernes pasado, una orden de arresto contra el dictador Raúl Castro. Bueno, mejor dicho: contra lo que queda de él a sus noventa y cinco años.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

Siempre agrada, y se agradece, cualquier acto o acción que se emprenda contra dictadores. Más aún si se trata de uno tan sanguinario como este hermano acomplejado de otro asesino llamado Fidel Castro.

Lo acusan de conspirar para asesinar a cuatro personas pertenecientes a la organización Hermanos al Rescate, cuyas dos aeronaves fueron derribadas por cazabombarderos MIG del régimen cubano el 24 de febrero de 1996. Cuatro inocentes asesinados por abusadores asesinos.

Repito: me complace mucho la orden de arresto.

Pero les confieso que me jode mucho que esa orden no haya sido emitida por un juez de Cuba. Un juez de la Cuba libre, de la república de Cuba que a estas alturas ya debería estar reconstruyendo la demolida nación que este acusado, su hermano y toda una gran pandilla han estado demoliendo —y lo siguen haciendo— durante casi ya sesenta y ocho años.

Un juez estatal de la Florida autoriza la captura y detención de este individuo que ha matado o mandado a matar a miles de cubanos. De este acomplejado disfrazado de general cuyo ejército invadió y ocupó países lejanos como Angola, Etiopía y Mozambique, y cercanos como Nicaragua, Granada y Venezuela. En todos ellos provocó muertes y destrucción.

Un juez norteamericano autoriza su arresto por participar en el asesinato de cuatro inocentes. Y cuando digo participar, quiero decir que Raúl Castro no lo hizo solo: participaron también los pilotos y el personal de la fuerza aérea de su tiranía, y no solo ellos, pues fueron partícipes decenas de espías integrantes de lo que se conoció como la Red Avispa.

De estos últimos, uno estafó a su esposa y regresó a La Habana un día antes de los asesinatos. Otros fueron a prisión —como debe de ser— hasta que Barack Hussein Obama decidió regalárselos, como gesto de buena fe —genuflexión en realidad—, al dictador asesino. Una bofetada a los cubanos libres por parte del presidente de Estados Unidos.

Luego de la bofetada, los libres recibimos un escupitajo de parte de Netflix, que les dedicó una película a los espías al servicio de los asesinos. Vamos, que por todos lados nos llegan las humillaciones.

Le regalaron una victoria al mismo asesino al que hoy un juez estatal ordena detener. Política y decencia: agua y aceite.

Pues nada: treinta años después, en una corte estatal en Estados Unidos se autoriza detener a este tirano. Mientras tanto, a un centenar de millas al sur, no solo ese asesino acomplejado —o lo que queda de él— y los espías liberados siguen a sus anchas; también siguen lucrando sobre la miseria de sus cautivos sus hijos, sus nietos y el resto de la pandilla de asesinos y destructores.

Y lo hacen porque los cubanos —los de allá y los de acá— no hemos podido borrarlos de en medio. No hemos podido no solo arrasarlos, sino ponerlos en la silla de los acusados. Juzgarlos por haber destruido a una nación, por haber demolido un país autosuficiente y próspero, por haber asesinado a decenas de miles de patriotas, por habernos exiliado a cientos de miles y por haber obligado a emigrar a millones.

La acusación y orden de captura es por participar en el asesinato de cuatro inocentes, cuando debería ser también por el genocidio que este Castro, su hermano Orate y toda esa banda que se apropió de Cuba desde 1959 han cometido y siguen cometiendo contra los desdichados habitantes de esa isla.

Foto: Cubadebate

Y si a alguien no le gusta que use el término genocidio, que me explique qué es ver a una madre llorar de hambre, y llorar por ver a sus hijos llorar de hambre; ver a una anciana llorar por no haber tomado un vaso de leche en años; ver cómo la policía reprime a quien proteste mientras permite que prolifere la droga entre la juventud que, como el resto de los cubanos, se está extinguiendo. Ver sobrevivir en la indigencia a todo un pueblo.

Y todo esto porque los cubanos no hemos logrado refundar la república perdida. No hemos podido lograr que nuestra Cuba vuelva a ser libre y de todos; que los cubanos, todos, podamos vivir en paz y prosperidad. Libres, felices.

Mientras tanto, treinta años tarde, un juez local al menos hizo algo por nuestra causa. Tarde y poco, pero algo es algo, y se le agradece. Recordemos que Maduro tenía una orden similar -federal en su caso-, y miren donde está.

Pero señores, el resto nos toca a nosotros. A ver cuándo.

Foto: Diario las Américas