miércoles, 4 de noviembre de 2026

La impotencia de ser cubano

 

Foto: Facebook
 

Anoche hablaba yo con las “muchachitas”, invitado por Vilma y Diego, dos pilares de Cuba libre, a quienes cada día aprecio más. Las "muchachitas" son un grupo de bellas e incansables jóvenes que llegaron al exilio allá por los principios de la década de 1960, y ayer hablando, como siempre, caímos en el tema de la catástrofe humanitaria que asola —o asuela, da igual— a nuestra bella isla hoy. Todas ellas nacieron en aquella Cuba libre y próspera —imperfecta pero autosuficiente—, y sesenta y tantos años después aún la llevan en el corazón.

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Hablábamos de mi nuevo libro El tren de los egos, cuyo contenido se desarrolla entre 1834 y 1842. Por entonces, Cuba pertenecía a España y disfrutaba de una gran libertad económica, mas no política. Eso sí: los peninsulares y criollos —todos españoles— más afortunados no dudaron en construir el primer ferrocarril del Reino de España cuando vieron las posibilidades que ofrecía ese invento que apenas empezaba a transformar la actividad humana.

Lo hicieron por codicia, por emprendimiento, por producir más y ganar más. Lo hicieron por capitalistas. Corrieron el riesgo de invertir capitales en una empresa desconocida y —luego de las típicas dificultades— triunfaron. Lo hicieron por sus bolsillos y también por su tierra: aquella Cuba española.

Construyeron ese primigenio ferrocarril empleando a irlandeses y canarios contratados, y a prisioneros enviados a Cuba por pelear en el bando contrario a la monarquía en las guerras carlistas que asolaban —asuelaban, da igual— a España. Emplearon también a esclavos: la prosperidad de Cuba en esa época se levantaba sobre el sudor y el dolor de ese horror humano.

Eso sí, como se ve en el libro, los irlandeses y los canarios sufrieron más en esta obra que los propios esclavos. Construir un ferrocarril en la tercera década del siglo XIX era una dolorosa proeza: en Cuba, en Estados Unidos o en Rusia. Difícilísimo en cualquier parte.

De eso hablábamos anoche en la “peña de las muchachitas”: de aquella Cuba antes de su independencia que avanzaba hacia la prosperidad a base de trabajo esclavo y acometimiento capitalista. Pero no tardamos mucho en llegar a lo que nos preocupa hoy, a lo que nos ocupa, a nuestra Cuba actual, llena de esclavos y con un acometimiento capitalista que ya no se basa en la competencia, sino en la complicidad.

En los tiempos en que se construía el ferrocarril del libro, los dueños de esos esclavos y los patrones de los irlandeses y canarios estaban obligados a alimentarlos, proveerles de techo y de atención médica; a los dos últimos, también de paga —una miseria, pero paga al fin—. En la Cuba de finales de 2026, los que actúan como dueños de los cubanos de la isla los explotan, los maniatan para impedirles producir su propio bienestar, les venden comida que no pueden pagar, les arruinaron los hospitales y sus casas y, si protestan, los encarcelan o los destierran.

Y anoche las “muchachitas” me preguntaban —con una preocupación muy genuina— por qué los cubanos de la isla no se rebelan contra esos impostores, a la vez asesinos, ineptos, corruptos y empobrecedores. Pregunta genuina: la Cuba donde ellas nacieron venía de una tradición de valentía, coraje, dignidad e intrepidez. Todo eso con su toque revoltoso, que así era.

Quizás por ese mismo ímpetu de los cubanos de la Cuba donde estas jóvenes nacieron es por lo que estamos aquí hoy, por lo que nuestra bella isla sufre hoy.

Fidel Castro y su pandilla fueron uno de los resultados de aquella sociedad libre, próspera y sin restricciones económicas. El Orador Orate era un experto en hablar tonterías y manipular a la gente, pero más que todo era un astuto gañán que pronto comprendió que para mantener su poder debía eliminar a la misma sociedad que le permitió llegar a él.

Un ciudadano próspero es un ciudadano libre; un ciudadano —en el sentido legal— tiene derechos. Entre 1959 y 1961 el Orate dio su golpe más fuerte y contundente —no sería el único— contra esa sociedad en la que él, su hermano acomplejado y el resto de la pandilla crecieron. Contra esa sociedad en la que nacieron mis jóvenes “muchachitas”.

Durante sesenta y siete años los cubanos de la isla hemos sido —por el rato que me tocó vivir en aquella granja— no ciudadanos, sino animales de granja. No fuimos —son— mascotas; ni eso. A una mascota la cuidas y la mimas; a un animal de granja lo alimentas y lo dejas encerrado. Si se enferma, lo curas.

Así nos tuvo el Orate mientras los soviéticos le mantenían la finca. La Junta Militar de Barrigones que heredó sus ruinas ya no hace ni eso. Ahora los animales de esa granja —como los de los zoológicos de la isla— no son alimentados ni reciben atención médica. Eso sí: siguen encerrados, maniatados, y si protestan, ya ustedes saben lo que sucede. Impotentes ante el poder omnímodo y criminal.

Y esa situación de impotencia la vivió quien suscribe: anoche se lo contaba a las "muchachitas". Y es más: recuerdo exactamente el día y el momento en que —muy joven— me percaté de mi condición de animal de una granja pésimamente administrada.

Iba yo, con dieciocho años, cruzando la calle 3ra del Vedado. Había bajado once pisos por las escaleras de un horrendo edificio donde tenía la suerte de dormir bajo techo. Un parabán socialista clavado en una Habana repudiada por el barbudo gañán.

Iba cruzando esa calle —trazada en la Cuba próspera de las “muchachitas”— luego de bajar once pisos con unos zapatos que me quedaban grandes —regalados, por supuesto— y me dirigía a la “bodega” que estaba a dos cuadras. La libreta, o cartilla de racionamiento, en la mano, con mis zapatos grandes caminando hacia la bodega: un edificio socialista igual de feo que el parabán de once pisos.

Y caminando frente a lo que quedaba del Centro Vasco, con los zapatos grandes, las ropas desteñidas y la libreta de racionamiento en la mano, camino a una fila o cola de otros iguales que yo, comprendí la impotencia que se siente al ser un humano convertido en un animal de granja, de rebaño.

Yo estaba ahí no porque quería, no porque lo hubiera decidido. No calzaba zapatos grandes porque me gustaran grandes, no vestía ropa vieja porque fuera la moda, no iba a un supermercado a comprar lo que se me antojaba. No: yo estaba ahí, en esas condiciones, porque el dueño de la granja y sus mayorales así lo habían decidido.

Lo peor no fue darme cuenta de mi humillante situación; lo peor fue percatarme de que no solo estaba así por decisión de otros, sino de que en mis circunstancias no tenía opción alguna para remediarlas. Estaba impotente ante un Estado que en realidad era una gavilla de bandidos.

El Orador Orate, a la par que arruinaba a Cuba con su narcisismo de hijo de papi, nos eliminó —inteligente y despiadadamente— a los cubanos de la isla cualquier posibilidad de ejercer nuestra propia voluntad. Por entonces yo era muy joven, pero en ese mismo momento —hace cuarenta años— otros cubanos valientes se levantaban ante esos bandidos defendiendo el derecho de todos nosotros.

Unos fueron asesinados, los más encarcelados y otros desterrados. Eso sucedió hace cuarenta años. Hoy el método es el mismo. Cautivos en una granja, y a quien se ponga de pie le aplican lo mismo: muerte, cárcel o exilio. Eso sí: la granja es hoy ya una ruina total y el rebaño sigue igual de impotente, pero cada vez más despierto y consciente de su situación.

Huyendo de la impotencia de ser un animal de granja en la finca de unos bandoleros, brinqué la cerca y escapé. Antes y después de mí, otros millones han hecho lo mismo. En la finca destruida quedan millones más de mis paisanos, abandonados y desamparados ante los ineptos desalmados que heredaron la dictadura del siniestro Orate. Abandonados y desamparados por los mismos que los mantienen encerrados.

Hace cuarenta años quien suscribe —con dieciocho años, zapatos grandes y libreta de pobreza en mano, cruzando la calle 3ra después de bajar once pisos— se dio cuenta de su situación de impotencia y decidió tomar en sus manos el rumbo de su vida. El rumbo que fuera, pero en libertad.

Hoy millones de cautivos de la isla —estoy seguro— sienten lo mismo. Siguen impotentes y desarticulados frente a un Estado represor —que los reprime usando combustible norteamericano, que no se nos olvide—. Pero ya saben que, si quieren vivir, tendrán que barrer con las alambradas que los encierran desde 1960 y con los Panzones que así los tienen.

Y para eso —anoche les decía a las “muchachitas”— necesitan de nuestra ayuda. Hace casi doscientos años los habitantes de Cuba —a pesar de sus diferencias— se pusieron de acuerdo para construir un ferrocarril que cambiaría para siempre —y para bien— su isla. Ojalá que en este 2026 nos podamos poner de acuerdo y actuar para eliminar para siempre al clan que la empobrece y reprime.

Acabar con la impotencia del cubano y convertir la impuesta granja en una nueva república. Una república de ciudadanos libres y, si se puede, con victimarios entre rejas, claro está. Ver en sus propias cárceles a los responsables de tanto sufrir, de tanta destrucción, de tanta pobreza, de tantas muertes.

Para bien de nuestra Cuba: para hacerla como aquella de El tren, próspera y fuerte. Para hacerla —a diferencia de aquella de El tren y de esta de hoy— libre y feliz. Llena de ciudadanos emprendedores y dignos, como esas “muchachitas” con las que tuve el gusto de conversar ayer.

 

Foto: OnCuba

martes, 3 de noviembre de 2026

Pódcast sobre el Tren donde habita mi Cuba

 

Despierto con la alegría de escuchar un pódcast de Zoé Valdés sobre El tren de los egos, mi nuevo libro dedicado a aquella Cuba libre y próspera que hoy espera por todos para que la rescatemos de ese largo secuestro que aún la aniquila.

En realidad son tres alegrías: la primera es que el pódcast de Zoé no es solo sobre un tren, es sobre una casa en la que habitaremos todos.

La segunda es que ese tren, morada, ya salió de la estación y lo presentaré el próximo 13 de noviembre de FIU.


Luego lo presentaremos en muchos lugares más. 

La tercera es que el pódcast está publicado en Noticias Martí, cuyas ondas radiales escuchaba yo siendo casi niño en La Habana.

Hoy escucho a Zoé hablando de ese tren de progreso, milagro por donde se vea, en esa misma radio que siendo casi niño escuchaba en aquella Habana cautiva.

Hoy la escucho siendo libre, siendo libres. Allá en La Habana la escuchaba, la oía —como te guste más— a pesar de la interferencia electrónica con la que el castrismo intentaba detener la verdad de sus ondas.

Hoy la escucho clara y limpia, incluso sin las interferencias —los zumbidos— con los que de vez en cuando el castrismo, o quien sea —da igual a efectos prácticos—, ha tratado, infructuosamente, de entrometer.

Con la libertad y la decencia nada -ni nadie- puede. 

El tren de los egos es un libro lindo, entretenido y un recuerdo de lo que Cuba fue y la premonición de lo que volverá a ser. 

Disfruté mucho escribirlo, disfruté mucho más regalarlo.

Acompañemos a Zoé, subámonos al tren, en pocos segundos sentirán que su voz los sumerge en ese vaivén adictivo de las ruedas corriendo sobre los rieles.


Bamboleo rítmico de historia, progreso y, en nuestro caso, con rumbo a la libertad.