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viernes, 5 de diciembre de 2025

Los "pan con bistec"

Foto: Cubanos por el Mundo
 

Les he contado muchas veces cómo en mi oficina nos sentamos a mediodía a merendar y conversar. Es un ritual diario en el que participamos desde el CEO hasta la gente del almacén.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

Y son estos últimos los que regularmente me abren la ventana hacia los temas cubanos de aquí en el sur de la Florida. No solo comparten historias personales, sino también videos relativos al tema. Muchos videos.

El miércoles pasado les contaba sobre las mulas al servicio de la dictadura barrigona. Les contaba de los amigos y socios de la cúpula de la Junta Militar de Barrigones que se establecen en Estados Unidos y crean empresas de paquetería para lucrar con la miseria de los cubanos de la isla, de los cautivos.

Y les decía que esas empresas tienen como clientes a los cientos de miles de compatriotas que entraron por la frontera durante el carnaval que fue la administración de Joe Biden. Cubanos que, con el dinero ganado aquí, envían todo tipo de cosas a la empobrecida isla.

Un negocio redondo para los amigos y socios de los Panzones.

Y ayer, en esas conversaciones del mediodía, hablaban ellos sobre los “pan con bistec”, término que recurrentemente escucho, pero para el que no tenía más definición que la de un pan con un bistec adentro.

Enseguida me recordaron ellos lo que significa un “pan con bistec”. Es un cubano, generalmente recién llegado, que tiene un comportamiento específico. Dicen ellos que hasta tienen un look específico.

Y para mostrarme un ejemplar me enseñaron un video: alguien le pregunta a un chico llamado Frank Ariel que cómo se sentía en Cuba. Este le respondió, con una cerveza Corona en la mano —otro rasgo típico de esta especie—, que “en Cuba uno se sentía bien”.

Nada mal, hasta ahí. Yo también me sentía bien en Cuba, hace treinta años.

El problema es que de inmediato Frank Ariel siguió diciendo que lo que gana aquí es para comprar “casa, propiedades, carro y prenda”. Prenda significa joyas, para el que no sepa. Yo tampoco sabía, pero ya me explicaron.

Casa, propiedades y carro es algo que yo mismo logré con mi trabajo. Muy bien por Frank Ariel. Lo de las prendas no es lo mío, pero cada quien hace con su dinero lo que le da la gana. Quién soy yo para juzgar gustos personales.

El problema es que Frank Ariel no va a invertir todo ese dinero en casas, propiedades, carro y prenda aquí. Como él mismo dijo, se está preparando para “mandar acciones para Cuba”.

La casa que va a comprar es en Cuba; el carro —imagino que lo comprará aquí— es para mandarlo a Cuba. La prenda es para ostentarla en Cuba.

Su interlocutor le dice que él es un I-220A, un estatus migratorio que poseen muchos de los llegados en esa última oleada. No es un estatus que le permita adquirir una residencia permanente en Estados Unidos de manera automática.

La persona con I-220A tiene que presentarse ante un juez de inmigración y probar que existe un “miedo creíble” de que, si regresa a Cuba, va a ser perseguido o reprimido.

Es decir, Frank Ariel entró a Estados Unidos y está en espera, imagino, de ser citado ante un juez donde deberá demostrar que es merecedor de un asilo político. De no lograrlo, lo deportarán.

Pero su plan de vida, en caso de lograr ese asilo político, es ganar dinero aquí para comprar casa, propiedades, carro y prenda, y regresar a Cuba, el mismo lugar del que juró ante un juez un “miedo creíble”.

¿Se dan cuenta?

Quizás por haber tantos Frank Ariel con casos de inmigración pendientes es por lo que Trump ha congelado todos los trámites. Para investigar los miles de fraudes de otros como este chico.

¿Qué tendrán en la cabeza?

Regresar a invertir en aquel manicomio es algo antagónico al sentido común.

Después de engañar al juez y lograr su residencia permanente, este chico pretende comprar una casa en Cuba, mandar también electrodomésticos, muebles, el carro. Y llevar sus prendas.

Todo esto es si lo logra, que lo tiene difícil. Pero incluso si lo logra, la casa o se le va a deteriorar por falta de mantenimiento, o se la decomisarán cuando los Panzones quieran.

Por las prendas le caerán a machetazos en una calle oscura, o entrarán a su casa a quitárselas.

Los electrodomésticos se pondrán viejos, o no funcionarán sin electricidad.

El auto se quedará sin piezas de repuesto, sin neumáticos o sin gasolina.

Ah, no, pero el plan de Frank Ariel, y al parecer el de muchos “pan con bistec”, no es quedarse siempre en la isla cárcel. Cuando necesiten piezas, cosas, ellos regresarán a Estados Unidos, a recargarse de dinero y regresar de vuelta a Cuba.

Así funciona la operación que la Junta Militar de Barrigones ejecutó durante la administración de Biden. Por un lado, los amigos y socios de la cúpula de la dictadura operando agencias de paquetería, viajes y pasaportes cubanos.

Por otro lado, centenares de cubanos como Frank Ariel, pretendiendo abastecerse de todo lo que esa misma dictadura les impide producir a los cubanos de la isla. Abastecerse para vivir allí, bajo esa dictadura destructora.

 

Foto: CiberCuba

Hasta ahora el plan les ha funcionado de maravilla, excepto que se toparon con Trump. Al parecer, al viejo Donald no le gusta el pan con bistec.

¿Les digo algo? A mí tampoco.

domingo, 19 de octubre de 2025

No a los reyes, pero sí a los dictadores

Foto: ABC News 
 

Ustedes saben que a mí Donald J. Trump, como persona, me cae como una patada en las campanas. Como presidente, a pesar de algunos excesos, creo que lo está haciendo muy bien.

 📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

La administración —es un decir— Biden fue un desastre. Lo de la frontera abierta y los millones de inmigrantes sin verificación fue un fenómeno del que todavía no sabemos sus consecuencias, aunque sí su magnitud.

Lo del adoctrinamiento en las escuelas y universidades, la imposición de los temas de sexualidad desde las escuelas primarias hasta los puestos de trabajo, hombres biológicos compitiendo con chicas en los deportes, la imposición también de la cultura woke, la satanización del capitalismo y, lo que es peor, la de Estados Unidos como bastión de libertad y democracia, es todo parte de una ofensiva ideológica contra los valores tradicionales de esta sociedad.

La ofensiva no solo ha sido larga, sino efectiva. Ha logrado dividir a este país en dos bandos bien definidos. El Partido Demócrata ha sido cooptado por los radicales que representan este movimiento, secta o como usted quiera llamarlo.

Y, como siempre les digo, a una acción hay una reacción.

Mientras más se estiró la liga hacia la llamada izquierda, la reacción del resto de la sociedad ha sido la equivalente en sentido contrario. He ahí la causa de que Trump esté sentado en la Oficina Oval.

Y no está sentado tocándose las pelotas, que a su edad bien podría estarlo haciendo. No, el sujeto es imparable. Ha emitido centenares de órdenes ejecutivas cancelando cientos de políticas impuestas por su antecesor. Políticas de esas llamadas “inclusivas” que no eran más que imposiciones y obstáculos al normal desenvolvimiento del país.

La frontera abierta durante cuatro años ha traído la reacción de las redadas del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE). Con un país lleno de personas que entraron sin revisión, la agencia solo está haciendo su trabajo. Un trabajo doloroso en términos humanos, pero obligado en términos legales.

La imposición de esa ofensiva ideológica en muchas ciudades como Washington D.C., Chicago, Portland o Memphis, con administraciones demócratas, ha traído por consecuencia una degradación de la ley y el orden que las ha convertido en verdaderos basureros y tierra santa para la delincuencia. La reacción de la administración Trump ha sido enviar a la Guardia Nacional a restaurar la ley y el orden en esas calles que son parte del país que él preside.

Durante los cuatro años de su primera administración y los cuatro de la Biden, a Donald Trump le encasquetaron no sé cuántas investigaciones en su contra. Todas han sido probadas como injustificadas y el individuo, ahora en el poder, ha respondido en consecuencia. De ahí los procesos contra James Comey, antiguo director del FBI; contra Letitia James, antigua fiscal general de Nueva York; contra el periódico The New York Times por difamación; y contra Mazzanini, el torero que se le meta en el camino.

Y, por supuesto, la contraofensiva desplegada por Trump y aplaudida por la mitad del país no le ha gustado a la facción más radical de la otra mitad. Los ha ofendido; ya ven que se ofenden de todo. Ayer sábado hubo más de dos mil manifestaciones bajo el lema No Kings (No a los reyes). Dicen que organizadas con dinero de George Soros, un viejo que aparece en todas las conspiraciones contra la libertad.

Sea Soros o sea quien sea quien las organice, lo hace muy bien, para nuestro mal. Las protestas están muy bien organizadas y disciplinadas en crear el caos y la violencia. Se refieren a Trump como un rey, que no lo es ni lo será nunca.

Les ofende un presidente elegido en las urnas que se rige por un código de leyes aprobadas en un marco jurídico democrático. Son los mismos a los que les ofende que el Estado de Israel se defienda de los terroristas.

Son los mismos que se envuelven en los trapitos palestinos, los que nunca dirán nada para denunciar a Hamás o a los dictadores que oprimen a muchos países. Son los que quieren que su hija compita en la escuela con un atleta del sexo opuesto y comparta el baño con una “chica” con un pene colgando.

Está bien que protesten, este es un país libre. Si lo hacen con violencia, que los manden a la cárcel. Allí compartirán el baño —y algo más— con sus anfitriones.

Trump se irá al retiro en enero de 2028. Ya veremos contra quién o qué protestarán entonces, pues, esté usted seguro, seguirán protestando contra cualquier cosa, excepto contra las verdaderas dictaduras.

Foto: People´s World

Marionetas de una mano oscura, o de muchas. Quién sabe.