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jueves, 24 de septiembre de 2026

Presentando un libro en París, letras e ideas cuando lo que quiero es un machete

 


 

Llevo dos semanas en París, o con París en mí, da igual, y cada día que pasa comprendo más lo que debe de haber sentido nuestro José Martí, siendo muy joven, durante su estancia en esta ciudad, en este país. No digo, mucho menos insinúo, que me comparo con quien no tiene comparación con nadie. 

Digo que cada día que pasa comprendo las bocanadas de libertad que nuestro Apóstol sintió en su aliento mientras andaba por las calles de esta extraordinaria ciudad. Mucho más si la comparamos con el opresivo ambiente, por entonces, de La Habana o Madrid.

Hoy La Habana sigue siendo opresiva y oprimida, además de destruida, Madrid vive una libertad coaccionada por el wokismo y, sin bien no está destruida, está más sucia, mucho más, que hace treinta años. La Habana, París, Madrid, tres ciudades por las que nuestro Martí no paró de soñar y trabajar por la libertad de su isla amada, de su Cuba libre.

En una escala diminuta, quiero pensar, sigo los pasos del más grande de los cubanos. Si bien mis esfuerzos y resultados son microscópicos ante lo logrado por ese niño de la calle Paula, mi sueño y mi empeño por lograr ver a nuestra Cuba libre de nuevo me inunda el alma y me convierte en incansable.

Martí caminó París hace poco más de un siglo y medio. Cuba libre era solo un sueño luchado en los montes de la isla por unos valientes en harapos. Hoy la camino yo, con ese mismo sueño de recuperar la libertad de mi Cuba ahora en harapos. Martí nunca vio su sueño convertido en república, yo nunca conocí esa república que el concibió y por la que dio su vida.

Martí no tiene comparación con nadie, pero su vida nos hermana a todos los que deseamos y buscamos regresar la libertad arrancada a nuestros padres y abuelos. No le llegamos ni al tacón de sus gastados zapatos, somos hormigas ante su grandeza, pero sí nos igualamos en esa pasión perpetua de ver a nuestra isla amada libre otra vez, libre, próspera y feliz.

Quien esto les comparte, limitado como es, lo más que puede hacer en París es presentar un libro que devela como una pandilla de bandidos destruyó un país libre y próspero y lo convirtió en un campo de concentración vil, tenebroso y miserable. Eso, y denunciar a todo pulmón a la banda de ineptos y corruptos que hoy administran el exterminio de mis hermanos de la isla.

El 29 de septiembre, el próximo martes, presentaré Se acabó la diversión en la Maison de l´Amerique latine aquí en París. Me acompañará Zoé Valdés, "escritora y soldado de la libertad", en una conversación moderada por Daniel Verdú de El País. Hace bien en moderarnos.

Si usted anda por esta bella ciudad, acérquese; hablar y trabajar por Cuba libre es una de las más sublimes formas por las que los hijos de esa isla hoy triste pueden regresarle el amor que tanto necesita. 

Luego, si logro animarlo, acompáñenos a homenajear con respeto y cariño a ese niño de la calle Paula al que esta ciudad, esta república, homenajeó con un hermoso busto en la Square de l´Amerique latine. Martí merece más que un busto, pero, más que una escultura, el mejor homenaje que podemos hacerle es no dejar de trabajar por lograr esa Cuba libre por la que vivió y murió.

Cada uno de nosotros haciendo lo mejor que pueda hacer. Somos muchos y ellos, los tiranos, cada día son menos. Cada día son más cobardes, pero también, cada día son más malignos.

Nos vemos el martes, por Cuba libre, la de nuestro Martí. 

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

Y ya casi llega el tren

 


Recorro París y Madrid organizando la llegada de un tren. El arribo de un tren construido a pesar de los egos de dos grandes hombres de hace casi doscientos años. Su historia la cuento en un libro escrito sin absolutamente ningún ego.

Se lo escribí a mi Cuba y mi amor por ella que vivirá para siempre entre las páginas de ese libro. De ese libro sobre egos, pero también sobre progreso y prosperidad, escrito sin nada de ego.

Les comparto la introducción que le añadí:

 

Este libro surge como el hijo inesperado de un matrimonio maduro. Se presentó como cuando ya tienes a tus hijos estudiando en la universidad, viéndolos crecer y perfeccionarse, y de pronto llega la sorpresa de una nueva vida que cambia el destino de este y el propio.

Mientras escribía una voluminosa historia de La Habana desde 1519 hasta 1893 —vista a través de su infraestructura militar, económica, religiosa, social y de servicios públicos, los que en definitiva le dieron faz a aquella villa que se convirtió en ciudad—, llegué al capítulo sobre la introducción y construcción del camino de hierro habanero.

Era el primer ferrocarril de Iberoamérica. De no haber sido por el conflicto personal entre los dos hombres más importantes de la isla, Cuba habría sido no el séptimo país del mundo en contar con este medio, como lo fue, sino uno de los primeros en usar la fuerza motriz por vapor para transportar mercancías y pasajeros por tierra: una verdadera revolución tecnológica que, a su vez, transformó a la humanidad.

El capítulo creció y creció, así como el interés de quien esto escribe, hasta que, al alcanzar las ciento cincuenta páginas, dejó de ser una sección para convertirse en un libro independiente. Todos los textos que revisé sobre el tema contienen repeticiones de información (algunas veces inexactas) previamente publicadas, o forman parte de los muy de moda «libros de editores»: generalmente una amalgama de artículos de diferentes autores sobre distintos aspectos del ferrocarril, pero carente de homogeneidad temática. Muchos parecen preparados con premura, como para cumplir con algún programa o proyecto académico y justificar su financiamiento.

De ahí que, al igual que escalar una montaña por el mero hecho de escalarla —algo que no está muy atado al sentido común—, escribir una historia documentada de esta empresa pionera se convirtió en un reto difícil, pero sumamente placentero de ejecutar. Lo hizo Irene W. Wright a principios del siglo XX con una irremplazable historia de La Habana, escrita a partir de la pausada y minuciosa consulta de documentos originales en el Archivo General de Indias en Sevilla. Lo hice yo a principios de 1996 investigando para el libro antes mencionado.

Han pasado tres décadas de mi estancia en Sevilla, durante las cuales los adelantos de las tecnologías informáticas —como sucedió hace doscientos años con el ferrocarril— han revolucionado nuestra forma de vida. Esto ha significado que el trabajo de investigación histórica en la actualidad sea un paseo por las nubes en comparación con lo que era hace treinta años. El Portal de Archivos Españoles (PARES), del Ministerio de Cultura y Deporte de España, ha abierto con sus documentos digitalizados los fondos históricos del Reino para ser consultados en línea por cualquier interesado desde cualquier lugar.

Este acceso remoto facilitó enormemente la investigación. El presente libro es el fruto de esa exploración documental. La única parte de la historia de este ferrocarril que no está basada en su totalidad en documentos directos es la de sus pasos iniciales, cuando todavía era solo una idea o un sueño. Es así porque la mayoría de los registros de esa etapa germinal están resguardados en el Archivo Nacional de Cuba, país al que, al momento de escribir estas páginas, este autor no tiene acceso. Ojalá se mantengan allí en buen estado de conservación.

Si bien el texto se centra en el diseño, construcción y operación de este primer ferrocarril, no resta atención ni importancia a las personas que intervinieron en el proyecto o se relacionaron con él. El libro se titula El tren de los egos porque esta proeza de la ingeniería y la logística se convirtió en el campo de batalla de dos figuras cuyos egos competían en grandeza.

El camino de hierro de La Habana fue la primera línea de batalla entre un peninsular y un criollo, entre un militar y un rico funcionario. Este enfrentamiento fue —y lo verán a lo largo de la lectura— uno de los primeros pasos divergentes que iniciaron el largo proceso de separación entre Cuba y España. Fue el reflejo de la división de la sociedad habanera: de un lado los militares, los peninsulares y los comerciantes; del otro, los criollos, la clase ilustrada y los hacendados. Por entonces todavía convivían, pero lo hacían divididos en dos bandos que cada vez se distanciaban más.

La disputa en torno al ferrocarril fue la manifestación más pública de la rivalidad entre el capitán general Miguel Tacón y Rosique y el superintendente general de Hacienda, Claudio Martínez de Pinillos, conde de Villanueva. Pocas veces han coincidido en La Habana dos personajes tan brillantes y con tanta capacidad de ejecución. Ambos contribuyeron enormemente a llevar a la antigua ciudad-puerto hacia la modernidad; no es difícil imaginar cuánto más habrían aportado de haber colaborado en su actuar.

Lamentablemente no lo hicieron: sus egos y sus personalidades lo impidieron.

martes, 8 de septiembre de 2026

Las mujeres, las buenas, siempre tienen la razón

 


Anoche, preparando mi vuelo a París —sí, a París—, veo, como siempre, el programa de Mariam de la Fuente: la española más cubana de la historia, o quizás la cubana más española que existe. Ya no se sabe, pero lo que sí sé es que la Cuba libre la acoge en su seno como una patriota, nuestra.

Clara, diáfana, como siempre.

Preparando mi regreso a Ítaca —sí, Ítaca: hogar desconocido, ahora esperado—, veo que Mariam entrevista a otra patriota de las buenas, a una hermana. La más cubana de las españolas conversa con una de las más patriotas de las cubanas.

Madre, hija, esposa, hermana y patriota: limpia es Iliana. Ay, mira que Cuba agradece que haya gente limpia.

Más aún, mujeres, a las que siempre he respetado tanto.

Hay patriotas —la verdad duele— que no son limpias, no son decentes. Quizás les viene desde la cuna, no sé.

Yo abrazo a los limpios; a los patriotas sucios no, a los impíos o impías no. Que luchan por Cuba libre, qué bien. Pero nunca en mi trinchera.

Bueno, yo no estaré nunca en una trinchera: yo soy de avance, de ofensiva. Palabras y acciones. No tiro tierra a los míos; les tiro cabos, como decían en mi Cuba.

Anoche vi a Mariam y a Iliana. Ayer vi a otras cubanas —que adoro— poner su grano de arena, bloques de pasión, para lograr lo que queremos: una Cuba libre. Limpias, sin suciedad.

Martí fue limpio, tan limpio que ofrendó su vida por esa Cuba libre de la que les hablé ayer, hoy olvidada.

Las mujeres —las cubanas, las españolas cubanas—, Cuba y España hermanas... las cubanas y las españolas cubanas no paran nunca de trabajar por acercar la libertad a nuestra Cuba, que durante cincuenta y nueve años fue libre y próspera. Ayer les conté.

Y les digo: lo volverá a ser pronto. Cuba libre. Con esas mujeres limpias, con estos millones de cubanos que amamos nuestra isla, con los que no portamos ponzoña, con los que traemos solo amor.

Con los que refundaremos esa Cuba libre, próspera y feliz. Sin ponzoña, solo con amor.

La ponzoña y la maldad quedarán en el olvido, lejos de nuestra Cuba amada. La ponzoña, en todas sus formas, nos robó esa Cuba que era próspera y feliz. El gen del comunismo quedará eternamente erradicado —que no olvidado— en nuestra Cuba libre y próspera.

La ponzoña inmunda quedará enterrada lejos de esa Cuba que yo, y millones como yo, reconstruiremos con amor limpio. Nunca la verán los que portan ponzoña y maldad; qué gusto me da, repito.

Nuestro milagro es libertad: limpia, cristalina. Limpia y feliz. Sin inquina, sin chismes, solo limpia, feliz y próspera. Una Cuba de emprendedores, no de siervos arrepentidos; una Cuba de personas decentes, libres, sin resentimientos: solo de emprendimiento.

Gracias, Mariam, Iliana, milagro, Cuba libre, por mujeres libres, limpias.

Cuba libre, limpia, cristalina.

Cuba libre siempre. Voy a París a seguir siendo libre, limpio y cristalino.

En mi mochila, vieja y gastada, cargo —como cargo un cepillo de dientes compartido— una patria por refundar. Una patria libre, sin un ápice de comunismo, sin uno.

No hay nada en el mundo como ser libre y ser limpio.

Gracias, una vez más, a ustedes, las patriotas limpias.

Cuba libre será gracias a las mujeres limpias, siempre.

 

Dulce María Loynaz, cubana limpia y pura 
Foto: Kiddle

lunes, 17 de agosto de 2026

Donde quiera que vayas, siempre estará cuidándote

 

Foto: TripCuba

Como muchos otros cubanos, quien suscribe tuvo que dejar la tierra que lo vio nacer, la ciudad que lo vio crecer, donde siempre tuvo la certeza de que en sus calles y plazas transcurriría su vida. 

Foto: CubaGo

Como muchos otros cubanos, esa certeza se convirtió en huída, en escape o en destierro. La asfixia totalitaria nos expulsó al mundo, nos quitó esa tierra, esas calles, esas plazas. Nos la robó como se robaron la república por la que tanto lucharon nuestros ancestros.

Foto: San Román de la Cuba

Como muchos otros cubanos, he echado raíces fuera de la tierra que me vio nacer. Raíces que, luego de treinta y un años, siguen nutriéndose de la tierra amada. No importa donde uno esté, Cuba te sigue, la llevas en ti.

Foto: AOM

No importa donde estés o donde vayas. No solo traes a Cuba en ti. Traes a Dios. Él siempre estará cuidándote. Siempre lo ha estado, y siempre lo estará.


Te cuidará donde quiera que estés, donde quiera que vayas. Incluso cuando nunca pensaste ir a donde vas.