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lunes, 9 de febrero de 2026

La desesperante espera de la caída de una dictadura podrida

 

Foto: Caracas Chronicles 

 

Les confieso que no soy un tipo paciente. Nunca lo he sido y, a estas alturas, creo que tampoco lo seré. Recuerdo que cuando estaba en la escuela primaria, o en la secundaria, y alguno de los peleones de turno me decía: “Nos vemos a las cuatro y media” o “nos vemos a la salida”. Lo que quería decir era que a esa hora empezaríamos la bronca, pero lo primero que hacía yo era meterle un puño en el tronco de la nariz y, si no se caía, ahí mismo empezaba la bronca.

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O como cuando me dolía una muela: arrancaba para el dentista a que me la sacara. Por suerte, el dentista, además de un profesional, era un tipo sensato y me salvaba el maltratado molar.

Ahora mismo, en el presente, cocino casi todos los días, pero mis recetas son todas rápidas, de no más de media hora de faena. Tengo amigos que pueden estar ahumando unas costillas toda una noche o medio día. Yo no, no puedo.

Dicho esto, imaginen cómo estará reflejándose esta falta de paciencia en el caso de la previsible, necesaria y justiciera caída de la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba.

El 3 de enero de este año, tropas especiales del Ejército de Estados Unidos se metieron en Caracas y extrajeron a Nicolás Maduro y a su esposa, después de hacer picadillo humano a un grupo de mercenarios cubanos.

Todo esto después de meses de estar concentrando una estupenda armada de última tecnología alrededor de las costas de Venezuela. Meses en los que estuve esperando, con esta paciencia que me caracteriza, que le metieran mano a esa narcodictadura.

Pasó casi un mes y, el 29 de enero, Donald Trump se levantó con el “moño virao”, como decía mi abuela Andrea, y declaró a la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba como una “influencia maligna y un peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos”.

Descubrió el agua tibia, pero me dio mucha satisfacción que esos Panzones estuvieran ahora en la mira del tío Sam.

De esto no hace ni dos semanas, lo sé, pero veo, escucho y leo cosas, datos y hechos que, por un lado, inspiran confianza y esperanza en que, de una vez y para siempre, Cuba podrá librarse de esa banda de ineptos represores —no represores ineptos, en eso son unos expertos— y, por otro lado, al contrario, indican que las sabandijas, una vez más, podrían sobrevivir y salirse con la suya.

Les comparto algunos. Vamos primero con los que nos inspiran.

Se dice que la flota que refundió a la dictadura venezolana y la convirtió en un virreinato sumiso a Estados Unidos se ha recolocado en los alrededores de Cuba.

Se dice que aviones espías RC-135V/W y P-8 Poseidón sobrevuelan a lo largo de toda la costa norte de la isla. Incluso vi en algún lugar que un dron espía había cruzado de costa a costa sobre el territorio insular; en otro, que no, que solo patrullaba el norte de La Habana.

Mientras tanto Trump nos dice que el cascajo de dictadura va a caer por sí solo, pero que también su gente está conversando con los verdaderos “mayimbes” de la mafia totalitaria.

Sin embargo, del lado de los hechos que me preocupan, está la información de que, hace unos días, un tanquero relacionado con la dictadura de Barrigones estaba cargando combustible en Venezuela.

Luego, hace dos días, me entero de que otro tanquero, de mediana capacidad, arribó al puerto de Matanzas procedente de Nipe, una bahía en la que no hay instalaciones petroleras, donde supuestamente recibió combustible desde otra nave.

Y yo digo: si esto es verdad, todo eso tiene que haber sido bajo la mirada complaciente de esos mismos aviones espías norteamericanos. Bajo la aprobación de la administración Trump.

Por un lado, dicen que cero petróleo para los ineptos dictadores; por otro, aparece un barco fantasma con combustibles para darle oxígeno a los represores.

Hablando de represores, no sé si recuerdan la historia de los últimos días del genocida régimen nazi en Alemania. Ante la derrota total, los nazis más fanáticos ejecutaron a muchos civiles y militares que sensatamente aceptaban el final. Asesinaron hasta el último día, mientras el desquiciado en el búnker exigía su versión teutónica de la “guerra de todo el pueblo”.

Pues estos hijos de puta de La Habana están en la misma sintonía. Siguen reprimiendo aún sin electricidad ni combustible. Hay casos conocidos como el de los valientes chicos de El4tico y otros, muchos más, que por ser a nivel local, en el interior de la isla, no llegan a nuestro conocimiento.

Reprimen mientras el Barrigón Puesto a Dedo, conocido por su apellido Díaz-Canel, les dice a los cautivos de la isla que su “revolución” los llevará marchando gloriosamente hacia una existencia en la comunidad primitiva, hacia el comunismo original.

Dice que si negocian con el “imperialismo” lo harán de igual a igual. Como si una dictadura que mata de hambre y reprime a sus sometidos pudiera compararse con un país democrático y rebosante —gracias al capitalismo y a la libre empresa— de riqueza.

Les he dicho anteriormente: si están negociando, que lo están, no es con él, ni con el Marrano que lo acompaña. Negociando estarán con los otros, con los del clan familiar.

Por último, les comento algo curioso. ¿Recuerdan ustedes cuando la autodenominada primera dama se la pasaba escribiendo acerca de su “dictador de mi corazón” o “amante divino”?

La última vez que asomó la cabeza fue para mandarle a decir a Trump: “Cuídese de quien le miente”.

No sé si se referiría a Marco Rubio o al Tuerto Castro Espín.

 

Foto: Diario de Cuba
 
 

Desde el 30 de enero anda muy calladita. Qué curioso.

En fin, qué triste destino ha tenido la antiguamente feliz y jodedora nación cubana. Los cautivos de la isla, a oscuras, con hambre, sin atención médica y reprimidos. Los libres de acá, con las manos atadas, pero gritando a los cuatro vientos las ansias de libertad.

Todos a la expectativa, fuera de la jugada, mientras otros conversan y deciden el destino de lo que queda de nuestra patria.

Qué desesperación.

domingo, 19 de octubre de 2025

No a los reyes, pero sí a los dictadores

Foto: ABC News 
 

Ustedes saben que a mí Donald J. Trump, como persona, me cae como una patada en las campanas. Como presidente, a pesar de algunos excesos, creo que lo está haciendo muy bien.

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La administración —es un decir— Biden fue un desastre. Lo de la frontera abierta y los millones de inmigrantes sin verificación fue un fenómeno del que todavía no sabemos sus consecuencias, aunque sí su magnitud.

Lo del adoctrinamiento en las escuelas y universidades, la imposición de los temas de sexualidad desde las escuelas primarias hasta los puestos de trabajo, hombres biológicos compitiendo con chicas en los deportes, la imposición también de la cultura woke, la satanización del capitalismo y, lo que es peor, la de Estados Unidos como bastión de libertad y democracia, es todo parte de una ofensiva ideológica contra los valores tradicionales de esta sociedad.

La ofensiva no solo ha sido larga, sino efectiva. Ha logrado dividir a este país en dos bandos bien definidos. El Partido Demócrata ha sido cooptado por los radicales que representan este movimiento, secta o como usted quiera llamarlo.

Y, como siempre les digo, a una acción hay una reacción.

Mientras más se estiró la liga hacia la llamada izquierda, la reacción del resto de la sociedad ha sido la equivalente en sentido contrario. He ahí la causa de que Trump esté sentado en la Oficina Oval.

Y no está sentado tocándose las pelotas, que a su edad bien podría estarlo haciendo. No, el sujeto es imparable. Ha emitido centenares de órdenes ejecutivas cancelando cientos de políticas impuestas por su antecesor. Políticas de esas llamadas “inclusivas” que no eran más que imposiciones y obstáculos al normal desenvolvimiento del país.

La frontera abierta durante cuatro años ha traído la reacción de las redadas del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE). Con un país lleno de personas que entraron sin revisión, la agencia solo está haciendo su trabajo. Un trabajo doloroso en términos humanos, pero obligado en términos legales.

La imposición de esa ofensiva ideológica en muchas ciudades como Washington D.C., Chicago, Portland o Memphis, con administraciones demócratas, ha traído por consecuencia una degradación de la ley y el orden que las ha convertido en verdaderos basureros y tierra santa para la delincuencia. La reacción de la administración Trump ha sido enviar a la Guardia Nacional a restaurar la ley y el orden en esas calles que son parte del país que él preside.

Durante los cuatro años de su primera administración y los cuatro de la Biden, a Donald Trump le encasquetaron no sé cuántas investigaciones en su contra. Todas han sido probadas como injustificadas y el individuo, ahora en el poder, ha respondido en consecuencia. De ahí los procesos contra James Comey, antiguo director del FBI; contra Letitia James, antigua fiscal general de Nueva York; contra el periódico The New York Times por difamación; y contra Mazzanini, el torero que se le meta en el camino.

Y, por supuesto, la contraofensiva desplegada por Trump y aplaudida por la mitad del país no le ha gustado a la facción más radical de la otra mitad. Los ha ofendido; ya ven que se ofenden de todo. Ayer sábado hubo más de dos mil manifestaciones bajo el lema No Kings (No a los reyes). Dicen que organizadas con dinero de George Soros, un viejo que aparece en todas las conspiraciones contra la libertad.

Sea Soros o sea quien sea quien las organice, lo hace muy bien, para nuestro mal. Las protestas están muy bien organizadas y disciplinadas en crear el caos y la violencia. Se refieren a Trump como un rey, que no lo es ni lo será nunca.

Les ofende un presidente elegido en las urnas que se rige por un código de leyes aprobadas en un marco jurídico democrático. Son los mismos a los que les ofende que el Estado de Israel se defienda de los terroristas.

Son los mismos que se envuelven en los trapitos palestinos, los que nunca dirán nada para denunciar a Hamás o a los dictadores que oprimen a muchos países. Son los que quieren que su hija compita en la escuela con un atleta del sexo opuesto y comparta el baño con una “chica” con un pene colgando.

Está bien que protesten, este es un país libre. Si lo hacen con violencia, que los manden a la cárcel. Allí compartirán el baño —y algo más— con sus anfitriones.

Trump se irá al retiro en enero de 2028. Ya veremos contra quién o qué protestarán entonces, pues, esté usted seguro, seguirán protestando contra cualquier cosa, excepto contra las verdaderas dictaduras.

Foto: People´s World

Marionetas de una mano oscura, o de muchas. Quién sabe.