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lunes, 27 de abril de 2026

¿Y si Cuba libre no es como la soñamos?

 

Foto: elTOQUE
 

Los cubanos de bien —no importa que seamos los libres de acá o los cautivos de la isla— soñamos con una Cuba libre, bella, próspera, autosuficiente y feliz. Una Cuba tranquila, trabajadora y libre, bajo el imperio de la ley y el respeto a esta.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

Todos confiamos en que ese es el futuro que le espera a nuestra isla después de sesenta y siete años de destrucción. Un futuro por el que la mayoría —de los de aquí y los de allá— estamos dispuestos a trabajar o, al menos, a colaborar.

Para ello, lo primero que tenemos que lograr es quitarnos del medio a esa Junta Militar de Barrigones que desgobierna nuestra isla. Ese es el primer paso para que ese futuro se nos presente como una posibilidad; posibilidad que depende de nosotros hacer realidad.

Eliminada esa dictadura inepta y represora, las fuerzas productivas de nuestra nación serán libres para iniciar la reconstrucción material de un país devastado por una guerra de sesenta y siete años. Desde 1959, Fidel Castro y su régimen iniciaron una guerra contra el progreso y la libertad. Una guerra que ha sacado a los cubanos de la vida civilizada.

Y cuando digo vida civilizada, me refiero a vivir como cualquier otro habitante de este planeta en el 2026: con electricidad, agua potable, alimentación, salud y transporte público. Tener desayuno, almuerzo y cena; poder bañarse y lavar la ropa; tener gas o electricidad para cocinar esos alimentos y alimentar a tus hijos. Todas esas cosas que se daban por sentadas en la Cuba de hace sesenta y siete años.

Y no digo que aquella Cuba era perfecta, que era esa “tacita de oro” que muchos promueven. Lo he explicado en mi libro Se acabó la diversión: en 1958 Cuba era un país próspero y autosuficiente, un país que tenía problemas —como cualquier otro país de su época, o cualquier otro país hoy en día—. Problemas solucionables sin necesidad de implantar una dictadura comunista y destructora.

Aquella Cuba era próspera en el sentido económico, pero revoltosa en lo político. Los cubanos nunca fueron buenos para gobernarse. Incluso Fidel Castro es un subproducto de las pandillas que pululaban en La Habana de entonces. Pandillas de corte político que no dudaban en caerse a plomazos ante cualquier provocación.

Cuando nos liberemos de esos Barrigones ineptos, se nos abrirá el futuro en libertad. Nuestro sueño es regresar a nuestro país a la civilización, la prosperidad, la libertad y el orden. El reto más grande es que han sido sesenta y siete años de un régimen torciendo el tronco de la nación cubana. El daño antropológico se intensificó desde que designaron a Miguel Díaz-Canel como cabeza visible de la Junta Militar que heredó el manicomio castrista.

La ineptitud de esa Junta depredadora y represiva ha llevado a los cautivos de la isla a una catástrofe humanitaria sin precedentes ni en Cuba ni en el resto del continente americano. Hoy los cubanos sobreviven como primitivos. No tienen civilización, y no solo es algo material; es la barbarización de la convivencia pública. La escasez y la falta de condiciones materiales de existencia hacen que se implante, de manera natural, la ley del más fuerte.

Desde hace décadas, el respeto por la propiedad personal no existe. Todo se robaba en Cuba; total, si desde hace sesenta y seis años el Estado se robó toda la propiedad privada del país. Sentó el precedente y el ejemplo.

La convivencia pública está sufriendo un proceso de degradación paralelo a la degradación material de lo que queda de país. Por primera vez estamos viendo el surgimiento de pandillas. A diferencia de aquellas a las que perteneció Fidel Castro, estas pandillas de hoy se dedican al robo —a robar lo que sea— y a matar para robar lo que sea.

Asesinan para robar un celular, una motocicleta, unos pantalones o una vaca. Matan impunemente a un electricista para robarle ochenta dólares. A un anciano en su casa durante un apagón para robarle no sé qué miseria; a otro lo asesinaron para robarle su chequera de retiro. Retiro que ni se puede cobrar porque los bancos no tienen efectivo.

 

Foto: CiberCuba

A un muchacho lo cosen a puñaladas en pleno día en la playa de Santa María; a otro lo matan para quitarle su bicitaxi, o a un cantante le meten un balazo en la cabeza en la Autopista Nacional. Hasta un babalao fue muerto a puñaladas mientras defendía su casa. No hubo orisha que lo salvara.

Tampoco los salva la policía. La policía al servicio de esa dictadura está para reprimir, imponer multas y extorsionar, no para cuidar de la seguridad pública. Los cubanos están solos, abandonados por el mismo Estado que les quitó la libertad desde hace sesenta y siete años. El Estado desde el cual Fidel Castro les prometió un futuro luminoso a cambio de su obediencia. Un Estado que fracasó en todo, menos en lo de la obediencia.

La barbarie se expande y la violencia, en vez de dirigirse hacia ese Estado que los llevó a la catástrofe humanitaria, a la miseria y al hambre, se encarna con ellos mismos. Se matan entre sí mientras la policía y la dictadura miran hacia otro lado. Como si no tuvieran responsabilidad en ese miserable caos.

Como el genio de la lámpara del cuento, una vez que afloran —una vez que salen— la violencia y el desprecio por la propiedad personal y la vida humana, es muy difícil regresar a una vida pacífica. La descomposición social germina rápido, pero solucionarla toma años.

Durante décadas, la dictadura presumió de que Cuba, bajo su bota represora, era un país seguro. Y en eso tenían algo de razón. Violencia había, pero acotada. Se los digo yo que me crie en el Canal del Cerro.

Hoy en día la violencia está en las ciudades y los campos. Ladrones matando ancianos y niños. Hombres violentos matando a mujeres. Focalizando sus iras y frustraciones en otros cautivos, víctimas inocentes de la catástrofe humanitaria, mientras los mandamases viven en sus lujos sin cesar ni un minuto de hablar estupideces.

Cada día que esa dictadura sobrevive con respiración artificial significa más meses de reconstrucción material y espiritual de la nación cubana. Cada día que pasa es un día más para que la violencia y la descomposición social se profundicen, se hagan normales.

Y este horrible proceso no inició hace dos meses cuando Trump declaró a la dictadura cubana como una “amenaza inusual”. Lleva décadas de gestación y crecimiento. Tanto que hasta aquí, hasta el exilio, han llegado sus efectos colaterales. Lo vemos en los que llegaron a “bailar en casa del trompo”. Lo vemos en los que estafan al Medicare, en los que hacen fraude con las tarjetas de crédito o en accidentes fingidos. O en las broncas tumultuarias como la del juego de béisbol en Hialeah.

Así es que, una vez que nos hayamos librado de esta pandilla de ineptos, de represores, de empobrecedores, no solo tendremos que reconstruir desde los cimientos a ese país destrozado. Tendremos —y es lo más difícil— que trabajar para regresar a la sociedad cubana a la paz de la convivencia social y el respeto al derecho ajeno.

Puede suceder que la Cuba libre, próspera y feliz que todos soñamos no nos espere del otro lado cuando se acabe la dictadura. Puede ser que, una vez que los cubanos nos hayamos deshecho de esos ineptos y empobrecedores Barrigones, nos encontremos una Cuba que, como patio de prisión, sea un campo de batalla entre pandillas y delincuentes de toda calaña.

Ojalá no, pero puede ser. Cada día que sigan esos malditos en el poder es un día más en el que nuestra bella y querida Cuba avanza hacia ese horrible destino. No hay de otra que acabar con ellos; cada día que pasa el daño es más incurable.

Hace sesenta y siete años nos quitaron la patria libre y nos impusieron el “Patria o Muerte”. Hoy tienen a la patria destruida y a la muerte encendida. No hay de otra que acabar con ellos; cada día que pasa representa meses de reconstrucción.

Cada día que pasa, el costo material y moral se incrementa.

 

Foto: Periódico Cubano

sábado, 24 de enero de 2026

Fidel y Raúl Castro, ordinarios hasta en la sepultura

Fotos: Periódico La Demajagua
 

Si usted vive, vivió o visita lo que queda de La Habana, podrá ver los vestigios de lo que fue la Cuba próspera y libre de la que nos “liberó” el Orador Orate a partir del 1 de enero de 1959.

Una ciudad cuya prosperidad, desde la segunda mitad del siglo XIX —hace casi doscientos años— desbordó las murallas, se expandió y floreció como ninguna otra en la cuenca del Caribe.

Yo, que he dado más vueltas que una piedra de río revuelto, les puedo decir que La Habana tiene un urbanismo casi sin igual en el mundo. Ya quisieran Miami, Ciudad de México —que para tanto auto no está tan mal— o cualquier ciudad de Latinoamérica tener un trazado urbano tan fluido como el de La Habana.

No en balde le decían el París de América.

Y no solo por sus avenidas, sino también por su arquitectura y sus monumentos. Edificios y conjuntos construidos con buen gusto y excelentes materiales. Levantados no por el Estado, salvo excepciones, sino por particulares: por cubanos libres.

Cubanos libres que incluso organizaban colectas públicas para erigir monumentos en homenaje a sucesos y personalidades importantes de nuestra historia.

Uno de ellos, la tumba de José Martí en el Cementerio de Santa Ifigenia, es una maravilla arquitectónica. Diseñada con sobriedad, buen gusto y una ingeniería notable. Los restos del Apóstol de la República permanecen siempre iluminados por el sol, a pesar de encontrarse a más de diez metros bajo el nivel del suelo.

No les haré la historia de ese mausoleo. Solo les diré que cuando uno lo visita —como lo hice siendo niño— queda, y quedé, para siempre impresionado. Incluso un niño se sobrecoge ante la solemnidad del monumento, construido de acuerdo con la magnitud de su inquilino.

Perdónenme lo extenso del preámbulo, les traigo todo esto porque ahora que sacaron a la momia de Raúl Castro para homenajear paquetes de picadillo mercenario y lamerle las botas a un general ruso, pude ver que el individuo ya tiene preparado su propio mausoleo.

Hay que reconocerle que fue previsor. Allí ya reposan las cenizas de su esposa, persona de recuerdo igualmente nefasto.

Y lo que hoy llaman mausoleo no es más que un pedazo de roca: cantera burda, apenas pulida. Un hueco en el centro, y listo.

Estoy seguro de que ellos —los Castro y los cuarenta ladrones de su pandilla— dirán que es por modestia y austeridad. Yo digo que no. El tiranuelo se va a tener que meter en una piedra porque ya no queda ni dinero ni talento en lo que queda de isla.

Comparen cualquier calle del Vedado o de Miramar. Comparen sus edificaciones —hoy en ruinas, pero cuya belleza aún se percibe bajo el óxido de las cabillas— con los edificios de Alamar o con los horrendos doce plantas —que solo tenían once— levantados por el castrismo cuando lo sostenían los soviéticos.

La bella y la bestia, llevadas al plano de la arquitectura.

Así, el rastrojo humano que hoy es Raúl Castro irá a meterse en esa piedra. Eso si no lo extraen antes, en medio de la noche, y termina jugando dominó con Maduro en Nueva York.

 

Fotos: Noticias Martí 

Y este segundón lo será incluso en la sepultura. No fue original en nada durante su vida y, ni siquiera al preparar su muerte, pudo evitar imitar a su hermano barbudo.

Es sabido que el Orador Orate se hizo enterrar en un pedruzco extraído de la Sierra Maestra. Una roca arrancada de las montañas desde donde, con una guerrilla y tres tiros, se hizo del destino de Cuba y de los cubanos.

Una piedra, como la de su hermano imitador. He visto una foto de los Panzones de la Junta Militar que desgobierna lo que queda de Cuba rindiéndole honores, con su vientres pronunciados y sus caras acongojadas.


Foto: Radio Agramonte

Una piedra para uno, otra piedra para el imitador.

Dos piedras para dos tiranos.

Nos la pusieron fácil a los libres cuando recuperemos lo que queda de nuestra tierra: dos grúas, dos dollys, una patana, y pasando frente al Morro de Santiago de Cuba, ponerlas al pairo sobre la Fosa de Bartlett.

Y ya saben: dejarlas caer. Que viajen suavemente hasta el fondo, a siete kilómetros de profundidad. Voilá. Quien los extrañe, que les eche flores al mar, como ellos hicieron con Camilo Cienfuegos.

Pero antes de terminar quiero señalar otro detalle. Uno que revela la psicología retorcida del Orador Orate.

¿Saben dónde instaló su horrible guijarro?

A unos metros del mausoleo de José Martí, ese que me impresionó tanto siendo un niño.

Una piedra de tosca cantería junto a un mausoleo de mármol.

Los restos de un dictador totalitario al lado de los de un poeta patriota.

Los del destructor de una nación junto a los de su fundador.

Como dirían los mexicanos: pinche igualado de mierda.