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martes, 17 de febrero de 2026

La solución al colapso eléctrico en Cuba libre

 

Foto: X.com
 
 

Cuba libre podría convertirse en un laboratorio de la instauración de un nuevo modelo energético en el mundo. Bajo el segundo mandato de Donald Trump, el Departamento de la Guerra ha implementado un programa para el desarrollo de microrreactores nucleares.

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Y es que durante décadas las bases militares de este país, tanto en territorio nacional como en el extranjero, han dependido, y dependen, del suministro eléctrico de las redes civiles. Redes que, se sabe, son susceptibles de ataques enemigos.

Otras bases, en territorios alejados, no tienen ni acceso a estas redes, por lo que tienen que producir su propia electricidad a base de grupos electrógenos. Un método excesivamente costoso e ineficiente. 

Quizás por eso Fidel Castro instaló 189 de ellos por toda Cuba entre 2005 y 2006. Su “revolución energética” fue la última patada que le dio a la maltrecha economía cubana. Fue su regalo de despedida.

Los cacharros electrógenos que compró el Orate, que seguramente no pagó, no solo contaminaron, y contaminan, con ruido y emisiones los vecindarios donde fueron instalados. También constituyen una de las formas más ineficientes de generar electricidad y, además, gracias al efectivo programa de mantenimiento que caracteriza al totalitarismo socialista, pronto sus motores diésel dejaron de funcionar, por falta de piezas o de mantenimiento.

Por eso siempre les digo que, aunque llegue petróleo a la isla, no habrá electricidad para todos.

Y por eso estoy en este tema hoy.

Estamos no en una época de cambios, sino en un cambio de época.

Un cambio de paradigma.

Podríamos conversar horas sobre el cambio de paradigma geopolítico, pero vamos a ver lo de la electricidad.

Los cubanos libres tenemos que empezar a pensar en la reconstrucción de la que una vez fue una isla próspera y autosuficiente. Esa isla que ha sufrido una guerra de devastación durante sesenta y siete años.

Uno de los pilares de esa reconstrucción tendrá que ser el reemplazo de todo el sistema de generación eléctrica y la reconstrucción radical de las líneas de transmisión. Los enredos de cables que vemos en cualquier foto de La Habana o de cualquier pueblo en Cuba serán un asunto a atenderse después.

Lo primero es regresar a nuestros paisanos a la civilización.

Y uno de los pasos para lograr esto es dotarles de electricidad, habrá que ofrecerles la oportunidad de empleos para que puedan pagarla, pero lo urgente es regresarlos a su condición de seres humanos.

Y les digo que habrá que reemplazar todo el sistema de generación de electricidad porque las plantas generadoras ―es un decir, porque al día de hoy no generan―, son industrias obsoletas y destruidas por la consuetudinaria falta de mantenimiento.

Les conté en mi libro Se acabó la diversión como al principio de lo que llaman “revolución cubana” el Orate Castro envió al asesino argentino a comprar plantas industriales para industrializar la Cuba socialista.

No lo mandó a Estados Unidos, el imperio enemigo, por supuesto. No lo mandó a Europa occidental o Japón, bueno, por Japón pasó, pero no le hicieron caso. Lo mandó a la Unión Soviética y a los países del bloque socialista. 

Pasó también por la China de Mao, pero allí estaban en medio de la Gran Hambruna. No importaba que estuvieran muriendo entre 15 y 55 millones de chinos, el argentino Guevara regresó enamorado de Mao, pero con las manos vacías.

Los soviéticos y sus satélites embaucaron al gaucho y le vendieron una asombrosa cantidad de chatarra, de fábricas obsoletas e ineficientes. Nada comparables a las que ya el capital privado, que ellos confiscaron, había instalado en Cuba antes de 1959.

Y entre esas fábricas estaban varias termoeléctricas.

Después que el Orate Castro despachó al petulante a su destino en Bolivia, se instalaron varias termoeléctricas más, un poco más avanzadas, pero después de algunos años la falta de mantenimiento también las convirtió en testarudas chatarras.

A una, que inauguró el Orate en 1988, le puso el nombre del argentino despachado.

Cuando se acabó el petróleo soviético, pasaron los apagones del llamado “período especial” y el maligno ―porque tiene que haber sido Lucifer―, les mandó a Hugo Chávez y luego a Nicolás Maduro.

Volvieron a fluir el petróleo crudo, el diésel y la gasolina.

Pero la Junta Militar de Barrigones que heredó las ruinas que dejaron el Orate y su hermano el acomplejado no utilizó ese petróleo para dotar de electricidad a los cubanos, al contrario, revendió gran parte de ese combustible a cambio de divisas convertibles.

Las divisas convertibles no las utilizaron para darle mantenimiento o actualizar las centrales termoeléctricas y así mantener un sistema eléctrico estable y confiable. No, las dilapidaron.

Así llegamos a la catástrofe actual. Chávez está muerto, Maduro está en la cárcel, Delcy le lava los calzones a Trump, Claudia no puede ayudarlos en todo lo que ella quisiera, Putin anda matando ucranianos y Xi está ocupado en asuntos más importantes, para ellos, que sostener una improductiva y miserable isla desgobernada por una pandilla de ineptos.

Ineptos que, como les he dicho, están en un callejón sin salida.

Su maligno régimen está a punto de colapsar, por implosión, por rebelión o por “extracción”, pero está en sus días finales.

Al fin.

Y volvemos a lo de la reconstrucción.

Hace unos días, el Departamento de Guerra informó por X que por primera vez se transportó vía aérea un microrreactor nuclear para ser instalado en la base aérea Hill en Utah. Llevaron el reactor en ocho piezas compactas para ensamblarlas y probar la nueva tecnología.

En este caso fue un modelo Ward250, fabricado por Valar Atomics. Pero hay muchas otras empresas probándolos y fabricándolos. El reactor transportado en Utah es pequeño, generará solo 5 Mw de capacidad. 

Los que pronto estarán disponibles generarán en promedio entre 10 y 20 Mw.

Son el futuro, y proveerán de energía a los cada vez mayores centros de datos que requiere la inteligencia artificial, además de sustituir a los contaminantes generadores que consumen diésel y carbón.

Este cambio de paradigma será palpable tan pronto como 2027, el próximo año.

 

Foto: Youtube
 
 

Imaginemos una Cuba reconstruida que nunca más tenga que depender de petróleo extranjero para alumbrar a sus ciudadanos. Imaginemos.

Antes, por supuesto, habrá que enseñarles una cultura de trabajo y disciplina. Si no les dan mantenimiento a los minirreactores nucleares, ya veremos los fuegos artificiales desde Miami.

No los demoro más, lo que les quiero decir es que es un cambio de época. Una Cuba libre tendrá ilimitadas opciones para regresar al progreso y a la prosperidad.

A la libertad.

Mientras no metamos otra vez la pata, por supuesto.

lunes, 2 de febrero de 2026

Metástasis de la dictadura cubana


Foto: X.com

 

Cuando yo era un niño, allá por los años setenta del siglo pasado, escuchaba decir cosas como que para el año 2000 ya se habría encontrado la cura del cáncer, que habría autos voladores o que para entonces todos los cubanos podrían tomar leche.

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Casi sesenta años después, el maldito cáncer se ha llevado a más de un amigo querido, los carros de hoy no vuelan y se manejan como un electrodoméstico, y, en lo que queda de Cuba, ni leche, ni comida, ni medicinas, ni dignidad.

La historia de Cuba durante los cincuenta y seis años que llevo en este planeta ha sido la de una constante espiral hacia la ruina. El inicio de este declive ya lo conté en mi libro Se acabó la diversión. Me resulta incomprensible que todavía haya gente, y mucha, que justifique o apoye un sistema que no solo es intrínsecamente represivo, sino verdaderamente empobrecedor.

Escapé del manicomio insular relativamente joven, justo cuando terminaba lo que considero su primera etapa completa. Me refiero a las tres décadas que transcurrieron entre 1959 y 1989, en las que Fidel Castro, el Orador Orate, pudo hacer todo tipo de locuras, tanto en la isla como en el exterior, montado sobre los miles de millones de dólares de ayuda y subsidios que extraía de la Unión Soviética y otros aliados coyunturales.

El Orate había empezado prometiendo, antes de yo nacer, que después de confiscar todas las tierras, industrias y negocios del próspero país que los cubanos le entregaron, el desarrollo y la abundancia llegarían en pocos años.

Cuando nada de esto llegó, y les metió a los cubanos un riguroso racionamiento de alimentos, productos básicos y electricidad, continuó entonces con una retórica de “sacrificio”, “dignidad” y “soberanía”.

A cambio de que Moscú lo mantuviera, mandó cubanos a intervenir en países repartidos por todo el planeta. Desde Angola, Etiopía y Argelia hasta Nicaragua, Granada y Chile. Siempre en busca de perjudicar a Estados Unidos y a la democracia mientras alimentaba su insaciable ego.

En 1980, los cubanos, cansados, lo sorprendieron con el asalto y ocupación de la embajada del Perú en La Habana. Siguiendo su mantra de querer convertir un fracaso en victoria, dejó salir de su cautiva isla a más de cien mil cubanos, entre los que metió a varios miles de delincuentes que languidecían en sus atestadas cárceles.

En 1962 había pretendido desaparecer a Estados Unidos, y a media humanidad, con cohetes nucleares soviéticos. En 1980 agredió a su enemigo con una invasión humana.

Cuando el socialismo soviético implosionó, el Orate barbudo y su improductiva isla quedaron a la deriva. El sujeto era un genio, hay que reconocerlo, en el uso del lenguaje, y llamó a la crisis terminal que le sobrevino “período especial”. De especial no tenía nada: solo más hambre, enfermedades y apagones.

Como la prostituta que era, se entregó a quienes antaño despreciaba, al capital extranjero. Abrió las puertas, no a cualquiera, sino a capitalistas cómplices. Las tres décadas anteriores quedaron en la retórica y los recuerdos y, de la inalcanzable utopía socialista, pasó, como si nada, a un sistema híbrido de socialismo para los cubanos y capitalismo para el Orate, su pandilla y la élite militar.

Aún en la miseria y la orfandad de patrocinadores efectivos, nunca paró de joder en todo lo que podía a Estados Unidos y a la democracia. En 1994, los cubanos salieron a la calle, cansados de tanta miseria y represión. Los volvió a reprimir y organizó un nuevo éxodo, ahora en balsas.

Para bajar la presión en su manicomio y elevarla en su enemigo, volvió a agredir a Estados Unidos usando cubanos que huían como armas de esa guerra no declarada, pero real.

Diez años, entre 1990 y el 2000, se arrastró sobre ese desierto hasta que la caridad del Maligno, ayudada en mucho por sus efectivos servicios de inteligencia, le puso a Hugo Chávez en el camino.

En pocos años logró que su improductiva isla se convirtiera en metrópoli política e ideológica del país más rico de Latinoamérica. Nos hemos pasado la vida leyendo o escuchando sobre lo rapaces que fueron los conquistadores o sobre las “venas abiertas de América Latina”, despojadas de sus riquezas por los malvados imperialistas.

Pero nunca hemos leído, ni escuchado, sobre cómo una pequeña isla con un Orate a la cabeza pudo convertir a un gran país asentado en un lago de petróleo crudo en una dictadura empobrecida, de la que en dos décadas tuvieron que escapar casi diez millones de sus ciudadanos.

Su “imperialismo solidario” sobrevivió aun después de que los intestinos del Orador Orate le traicionaran y se lo llevaran a la sepultura mientras balbuceaba unas seniles “reflexiones”.

Lo sustituyó Raúl Castro, el eterno segundón, quien después de limpiar su cofradía de cualquier vestigio de personal allegado al difunto, se aburrió de la faena y delegó la operación del garito en la Junta Militar de Barrigones que desgobierna hoy lo que queda de Cuba.

Ni chupar petróleo venezolano, exportar médicos esclavos y exprimir las remesas de los millones de emigrados fueron suficientes para evitar llevar la isla y a sus cautivos habitantes a la catástrofe humanitaria que experimenta hoy.

Lo que empezó llamándose revolución se convirtió en un cáncer para la nación cubana. Un cáncer que, como aquel que me contaban de niño, pudo haberse curado en 1980, en 1994 o en 2014.

 

Foto: ABC News 
 

El petróleo lo revendían en vez de usarlo para iluminar a los cubanos y proveer de energía a su maltrecha economía; los médicos los exportaban mientras los hospitales se derrumbaban, y cuando los cubanos, el 11 de julio de 2021, salieron a pedir libertad, fueron reprimidos violentamente bajo la frase: “La orden de combate está dada”.

Genios del mal, después de las protestas —para bajar la presión interna y subir la de su enemigo, Estados Unidos, y así de paso aumentar las remesas que los enriquecían—, aprovecharon la debilidad del gobierno de Joe Biden e invadieron, una vez más, a Estados Unidos con un millón de cubanos a través de la frontera sur.

Para esto último contaron con la complicidad del nuevo gobierno mexicano en manos de Andrés Manuel López Obrador. Otro que no solo los ayudó en esta invasión, sino que se alió de lleno con todos los enemigos de Estados Unidos, desde los cárteles de narcotráfico hasta Rusia y China, pasando, con un lugar honorífico, por la Junta Militar cubana.

Y así llegamos a nuestros días. Unas cosas siguen constantes y otras han dado un vuelco de 180 grados. De las primeras está que los dictadores cubanos siguen siendo ricos, con miles de millones de dólares escondidos por todo el mundo; los cautivos de la isla siguen siendo más pobres y estando más desamparados; y el Gobierno de México, ahora formalmente en manos de Claudia Sheinbaum, sigue siendo cómplice de esos ineptos e improductivos dictadores.

Lo que ha cambiado es que quien despacha en la Oficina Oval de la Casa Blanca es un elefante en cristalería llamado Donald Trump, quien en su segundo y último turno al bate llegó dispuesto a enderezar muchas cosas que durante décadas afeaban su traspatio.

El 3 de enero de este año fueron por el fanfarrón de Nicolás Maduro, heredero de Hugo Chávez en la destrucción de Venezuela. Después de barrer fácilmente con su escolta cubana, dejaron en su lugar a Delcy Rodríguez, miembro del mismo cártel, pero ahora sumisa y al servicio del nuevo sheriff del continente.

Con esto se les acabó el negocio a los Panzones de La Habana. El poco petróleo que recibían de Caracas, del cual revendían oscuramente casi todo, dejó de llegar. Claudia Sheinbaum intentó tirarles un cabo y hace unos días ese mismo sheriff la paró en seco.

Más de seis décadas culpando de su fracaso a un inexistente “bloqueo”, ahora, que sí les llegó un bloqueo real, su tan gastado discurso será solo un eco lejano.

Hoy vemos a los verdaderos capos del clan negociando su salida, mientras las cabezas visibles de la Junta Militar se desgañitan plañideramente en contra de la supuesta agresión y ante su inminente colapso.

Como una fiera —en este caso flaca y débil—, consciente del fin cercano, enseñan sus dientes mientras el miedo se manifiesta en sus ojos. Sacan de sus carcomidas bodegas unos viejos tanques de guerra cuya humareda de diésel quemado se ve a diez millas, a unos soldados flacos corriendo con fusiles antiguos y a dos pescadores lanzando unas minas marinas de la Primera Guerra Mundial.

Ridículo absoluto.

 

Foto: CiberCuba 
 

Pudieron curar el cáncer totalitario en 1980, en 1994 o durante la victoria que les confirió Barack Obama en diciembre de 2014. No lo hicieron porque nunca quisieron. Sus defensores, cada vez más pocos, vuelven con la amenaza de que una crisis humanitaria desencadenará una nueva ola migratoria intentando ayudarlos.

No tendrán éxito.

Les llegó la metástasis terminal. Solo falta que les apliquen la eutanasia.

Ojalá que sea pronto.

Como dicen en México: muerto el perro, se acabó la rabia.