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lunes, 13 de abril de 2026

Los cubanos nunca supieron gobernarse

 

Foto: Translating Cuba

 

Lo que les quiero comentar hoy me gustaría no tener que comentarlo, pero lamentablemente es una realidad. Realidad no porque lo diga yo; nos lo dice la historia.

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Los cubanos hemos demostrado durante más de un siglo y medio que no somos muy buenos para gobernarnos. La experiencia histórica ha demostrado que no sabemos. Seremos excelentes en muchas cosas, pero en lo de gobernarnos no mucho. Por desgracia, es muy probable que cuando los dictadores se vayan, o los echemos, tampoco sabremos gobernarnos.

Al menos no de inmediato.

Lo voy a explicar basándome en la historia, de forma condensada, como una pastilla, una cápsula, una gragea.

Cuba dejó de pertenecer a España en 1899, después de una guerra civil de cuatro años, y surgió como república en mayo de 1902, con Tomás Estrada Palma como su primer presidente por un período de cuatro años. Un tipo decente y austero, compañero fiel de José Martí, no resistió la tentación de reelegirse, y así lo hizo.

Se armó nuevamente la rebelión —recordemos que los cubanos habían estado en rebelión desde 1868— y Estrada Palma llamó nuevamente a los americanos para que pacificaran la isla revoltosa. Theodore Roosevelt les mandó a William Taft y luego a Charles Magoon, quienes estuvieron allí entre 1906 y 1909.

Roosevelt había dirigido a sus Rough Riders durante la campaña contra los españoles en Santiago de Cuba —aunque la dictadura cubana y la historiografía oficial lleven sesenta y siete años diciendo lo contrario—, lo hizo del lado de los cubanos, por la independencia de la isla. Pero en 1906 se arrepentía de haberlos ayudado:

En este momento estoy tan enojado con esa pequeña e infernal república de Cuba que me gustaría borrar su gente de la faz de la tierra. Todo lo que deseábamos para ellos era que se comportaran y fueran prósperos y felices... Han iniciado una absolutamente injustificable e inútil revolución y pueden llevar las cosas a tal enredo que no tengamos otra opción que la de intervenir, lo que de una vez convencerá a los idiotas sospechosos de América del Sur de que queremos intervenir después de todo y que quizás tengamos algún hambre de tierras.

Evidencia de que el imperio “maligno” nunca ha querido cargar con el manicomio cubano fue que el señor Magoon nuevamente organizó elecciones. Iluso el gringo. Esa pequeña e infernal república continuaría dando dolores de cabeza.

Entonces fue electo José Miguel Gómez, un bravo general de la independencia a quien la historia le colgó para siempre el título de Tiburón, por aquello de “el tiburón se baña pero salpica” (su corrupción, pues). Pacificó el país. Su ejército mató como a tres mil negros —otros dicen que cinco mil—, de los llamados Independientes de Color.

El hijo de José Martí, el Ismaelillo, participó en la matanza del lado de Gómez.

En sentido general, el general Gómez fue un buen presidente, comparado con los que vendrían después.

Nuevas elecciones, y ganó Mario García Menocal, otro general. No lo hizo mal; incluso fue reelegido y gobernó hasta 1921. Nuevamente, en 1917, pidió a los norteamericanos que intervinieran con tropas en Cuba para apaciguar una revuelta conocida como la Chambelona, provocada por su intento de reelegirse. Chambelona en Cuba es una paleta, un caramelo, de azúcar. El azúcar fue el meollo de la intervención.

En las siguientes ganó Alfredo Zayas, quien había sido vicepresidente de Tiburón. Lo acusaron de todo, sobre todo de corrupto, pero no se reeligió y dejó a Cuba con libertad de prensa instaurada. El Orate derribó su estatua. También la de José Miguel. Luego la de todos los demás.

En 1925, en medio de la crisis mundial que se avecinaba, ganó Gerardo Machado, amigo de Zayas. Durante su primer mandato, hasta 1929, fue un presidente estrella, popular y eficiente. Incumpliendo su promesa de no reelegirse —políticos y promesas, agua y aceite—, lo hizo, a la fuerza, y se convirtió en dictador, hasta que los cubanos lo echaron en agosto de 1933.

La Revolución del 33, así le llamaron. Período convulso, con diez presidentes, que terminó en 1940 con la constitución más avanzada del continente, y quizás del mundo.

En la primera elección de la Segunda República ganó Fulgencio Batista, un campesino que, de telegrafista, llegó a general por voluntad propia. Socialista y aliado a los comunistas, tuvo un gobierno bastante decente. Hasta estableció relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, entonces aliada en la guerra contra el fascismo.

 

Foto: Reddit 

De él dijo el poeta comunista Pablo Neruda:
 
Los chilenos damos hoy la mano a Fulgencio Batista, con una franqueza y una sinceridad que llamaríamos chilena si no fueran también condiciones permanentes de Cuba. Saludamos en él al continuador y restaurador de una democracia hermana, al hombre que recibió la patria anarquizada y despedazada, recién salida de las garras de un tirano sangriento y palpitante aún de la heroica, legendaria lucha que lo derrotara. Saludamos al que, pudiendo haber seguido el camino de muchos filibusteros del poder, lo entregó con sus anchas manos morenas a quien eligiera su pueblo.

En las elecciones de 1944, ganó Ramón Grau San Martín, un profesor y revolucionario quien resultó verdaderamente débil como gobernante. Dejó a Cuba plagada de bandas revolucionarias y gansteriles. En una de ellas, un joven apodado el Loco, o Bola de Churre, insistía en ser aceptado. Se llamaba Fidel Castro.

A Grau lo sustituyó, elegido democráticamente, Carlos Prío, pinareño como él y del mismo partido político. Un presidente chic, demasiado decente. Las bandas y la corrupción crecieron, denunciadas por la oposición dirigida por un desequilibrado llamado Eduardo Chibás, que se pegó un balazo mientras transmitía su programa de radio. Qué país.

La economía prosperaba como nunca, pero antes de las elecciones de 1952, Batista —el “restaurador de la democracia”— dio un golpe de Estado militar y se quedó con la silla presidencial. La mayoría de los cubanos se quedaron apacibles.

Menos unos cuantos, entre ellos el pandillero Fidel Castro, que después de asaltar un cuartel del ejército y asesinar soldados —“pueblo uniformado”, diría después— fue legalmente juzgado, puesto en una prisión que haría avergonzarse a muchos hoteles propiedad de los militares cubanos actuales, e indultado por Batista, que era amigo y vecino de su padre y de su, dicen algunos, medio hermano Raúl.

Con dinero del depuesto Prío y de otros incautos, marchó a México, compró armas, se robó un yate y regresó a Cuba, donde miles de jóvenes luchaban en las calles contra Batista. Subió a las montañas de la Sierra Maestra, mientras la revista Bohemia y el New York Times le creaban la leyenda de héroe invencible.

Batista se fue el 31 de diciembre de 1959.

Y Fidel Castro llegó a La Habana y allí se la pasó de orador, prometiendo y destruyendo. Al principio, los cubanos pensaron que habían cambiado las reglas del juego. No se percataron de que el barbudo les había cambiado todo el juego.

Lo que les quiero decir: cuenten cuántas rebeliones, revueltas, revoluciones, presidentes depuestos tuvo esa república. Ingobernable, y, a pesar de todo, próspera y autosuficiente.

Nunca supieron gobernarse, pero nunca, hasta enero de 1959, nadie les había cambiado su forma de vida, su propiedad privada, su libertad individual, hasta que ellos recibieron a su mesías sobre un tanque de guerra. 

Imagen que bastaría por sí sola para prever el futuro. Ese futuro se convirtió en realidad y ha durado sesenta y siete años. Todas esas décadas destruyéndose un país que fue próspero. 

Por estos días, los cubanos podemos otear los aires de libertad. ¿Sabremos gobernarnos una vez que seamos libres? ¿Habremos aprendido la lección?


Foto: Instagram

viernes, 10 de abril de 2026

Patadas de ahogado del dictador cubano

 Foto: Newsweek
 
 

La campaña mediática de la dictadura cubana continúa. A la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba no le importa en lo más mínimo la situación y el destino de los cautivos de la isla. Ellos viven y trabajan, siempre, en función de lo internacional, en función de su supervivencia.

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Como desde 1961 crearon un régimen parasitario, que necesita de un agente externo para sostenerse, desde entonces siempre han dedicado incontables recursos y recurrentes esfuerzos para crear y mantener una imagen internacional a su conveniencia. Y miren que —con dolor les digo— han tenido mucho éxito.

Fidel Castro, el Orador Orate, y luego su hermano acomplejado y la Junta Militar de Barrigones que les heredó el fracaso han sido excelentes en el tema de proyectar una imagen o manipular a la opinión pública; más en la actualidad, cuando es más manipulable que nunca. No podrán producir una libra de papas o dos piezas —ya no de pan, de casabe—, pero en esto del tema internacional son campeones.

Les decía, la campaña mediática continúa —creo que nunca ha parado—, pero desde que hace unos meses Donald Trump los puso en la mira del Tío Sam, la han arreciado como nunca. Cuando los cubanos libres nos ilusionamos tras la declaración de Trump de que ese maligno Estado fallido era un peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos, ellos de inmediato iniciaron una campaña aludiendo a supuestas negociaciones entre la gente de Trump y los dictadores cubanos.

Negociaciones negadas por la cúpula de esa dictadura pues, evidentemente, se hicieron a espaldas de sus cabezas visibles. No negocias con el portero, negocias con el dueño del hotel, literalmente. En público lo negaban, pero, por otro lado, ellos —u otros dentro de esa mafia— filtraban a varios medios que sí se negociaba.

Axios, USA Today, The New York Times y no sé cuántos medios más lanzaban exclusivas alegando unos que Marco Rubio negociaba con el Cangrejo —cerebro de almeja— en Panamá; otros que la CIA hablaba con el Tuerto Castro en México, o que si alguien misterioso lo hacía con el burro Parrilla en el Vaticano. Cosas así.

Todos basados en fuentes anónimas, todos haciéndole el juego a la dictadura; pues, cuando eres reconocido como interlocutor, quiere decir que eres reconocido como contraparte, como igual. Tuvo que salir Marco Rubio a poner un “hasta aquí” y calmar a la rumorología, y de paso a nosotros.

Como a Nicolás Maduro lo extrajeron como muela podrida en la madrugada de un sábado, los dictadores cubanos desde entonces cada fin de semana llenan La Habana con alguno de sus cómplices internacionales. Primero fueron medio centenar de zarrapastrosos que llegaron a visitar el “parque temático del fracaso” mientras se alojaban en hoteles cinco estrellas; entre ellos, Pablo “Dientes de Sarro” Iglesias.

Luego les llegó una flotilla —según ellos— compuesta solamente por un bote oxidado cargando más gente que “ayuda solidaria”. Otros dos veleros anduvieron perdidos unos días hasta que finalmente tropezaron con la isla.

El fin de semana pasado recibieron a unos cuantos congresistas norteamericanos; ya saben, de esos de extrema izquierda que tienen a sus distritos llenos de personas sin techo inyectándose mezclas alucinógenas fabricadas en Sinaloa. Allá fueron a sentarse con Díaz-Contados, a darle su lugar a ese monigote puesto a dedo.

Al mismo tiempo, la camarada Claudia un día sí y otro también les manda barcos con esa cómplice “ayuda solidaria”. Barcos de su Marina y Armada de México. Embarcaciones que, en vez de estar cuidando los mares mexicanos, los traen de fleteros para los amigos. “Ayuda solidaria” que, en vez de estarse usando para combatir la pobreza en México, se le está regalando a una dictadura para que se la venda a sus propias víctimas.

Cada evento de estos —inútiles desde el punto de vista material e inútiles para mejorar la catástrofe humanitaria que sufren los cautivos cubanos— ha sido muy útil para la narrativa de “resistencia” que venden esos dictadores. Son expertos en el teatro mediático para presentarse como víctimas y no como victimarios.

Y no crean que el espectáculo termina, no. La próxima semana harán otra pantomima, ahora llamada Coloquio Patria. Otra reunión de tontos útiles extranjeros, voceros defensores de los dictadores, ciegos ante la miseria de los cautivos. Hipócritas activados desde 2021 luego de las protestas —y la represión— del 11 de julio de ese año. Asco de humanidad.

Mientras Estados Unidos ha estado concentrado en su operación contra la teocracia iraní —que, sorprendentemente, se ha defendido como gato boca arriba—, la dictadura cubana ha aprovechado que su enemigo está ocupado para intentar salir del callejón sin salida en el que se vio arrinconada a finales de enero pasado.

Han pasado dos meses en los que no solo no se dio el colapso esperado, la implosión previsible. Los cautivos están viviendo como en la Edad de Piedra y, salvo actos aislados como los de Morón, lo más que hacen para mejorar su destino es pegarles a unas ollas en las noches. Se les acabarán las cazuelas de tanto palo, pues a cacerolazos no se caen las dictaduras.

La Junta Militar cubana ha aprovechado bien estos últimos dos meses. Excepto el cerco energético impuesto por Trump, Estados Unidos no ha tomado ninguna otra medida concreta para obligar a esa dictadura, ya no solo a otorgar derechos a los cautivos, sino al menos a no reprimirlos. La represión sigue igual que siempre.

El cerco energético, por otro lado, es en realidad impuesto por la propia realidad de esa dictadura en bancarrota. Antes de la extracción de Maduro, sobrevivía a base del petróleo robado a los venezolanos; luego intentaron seguir esa tradición ahora usando el que Claudia y su clan les roban a los mexicanos. La realidad es que no tienen dinero ni para comprar un tonel de combustible. El tanquero ruso —supongo que regalo de Putin— fue una victoria política para ellos y la han sabido aprovechar tanto dentro como fuera de la isla.

Yo, que culpo de todo a los dictadores, no los culpo de usar toda su astucia para intentar sobrevivir una vez más. Cualquiera haría lo mismo. No todos opinan como yo; ya salió uno de esos líderes efímeros de los que abundan por acá a criticarlos por defenderse. Los dictadores han aprovechado todo lo que está a su favor: Trump y Rubio entretenidos con Irán, los cómplices internacionales en campaña de “solidaridad”, Putin mandándoles petróleo, Claudia embarcándoles de todo lo que puede, Andrés el capo llenando cuentas bancarias y así sucesivamente.

Para hacerse los justos y los nobles, anunciaron que liberarían a un millar de prisioneros. Y lo hicieron, pero sin liberar a uno solo del millar de presos políticos —gente inocente— que tienen muriendo en sus mazmorras. Soltaron a mil mientras, como en un carrusel, meten a prisión a otros tantos, incluyendo menores de edad por solo pedir libertad.

Hace unos días, para rematar, el semanario Newsweek —creo que sigue siendo semanario— mandó a dos de sus periodistas a La Habana. No fueron a entrevistar al mentado Cangrejo, o al Tuerto, o al Lombroso sobrino-nieto; fueron a entrevistar a Díaz-Contados. Al cabo, si CNN entrevistó a Sandro el boricua la semana pasada. Eso sí, ni a CNN ni a Newsweek se les ocurrió entrevistar a un opositor, ni tan siquiera hacer un reportaje sobre la catástrofe humanitaria en la que la Junta Militar a la que pertenece el entrevistado tiene a los cubanos.

Díaz-Contados, gracias a esta servil entrevista, pasó de ser el que parecía que estaba “detrás del palo” —es decir, ajeno a las presuntas negociaciones— a aparecer ahora en un medio estadounidense como un jefe de Estado; de un Estado fallido, pero Estado al fin. Se la pusieron en bandeja, como se decía en mi vieja Cuba.

Evidentemente la entrevista, y la deferencia, le mejoró el ánimo a ese uniforme vacío que es la cabeza visible de la Junta Militar. No leí las respuestas del monigote —no tengo estómago para leer mentiras de dictadores—, pero sí leí las preguntas que le hicieron. No parecían preguntas de un medio de un país libre; las estupideces que le preguntaron bien pudieron haber sido redactadas por Randy “el Baboso” Alonso. Newsweek preguntándole lo mismo que le preguntan en la Mesa Redonda castrista.

No leí las respuestas directamente, pero sí he visto los comentarios sobre ellas en otros medios. Al parecer el individuo está envalentonado. Ha sobrevivido dos meses, más de lo que todos —incluso él— pensamos al principio de esta novela. No ha dejado de recibir visitantes cómplices, ayuda cómplice y ahora hasta van a entrevistarlo periodistas que, si no son cómplices, al menos son simpatizantes.

No habían subido Tom O’Connor y la otra chica al avión de regreso a Estados Unidos cuando ya Cubadebate, el portal de desinformación de la dictadura, había subido la entrevista completa. Como si fuera una entrevista de la Mesa Redonda y no de un medio norteamericano al que hay que suscribirse para acceder a su contenido.

Envalentonado, dijo que su vida no le importa, que si Estados Unidos invade sufrirá muchas bajas, que los cubanos se tirarán al monte a hacer una guerra de guerrillas. Cosas por el estilo. Incluso dijo que Cuba es un país de paz, pero que no le tiene miedo a la guerra; también dijo que morir por la patria es vivir.

Dice Marco Rubio que él no le presta atención a lo que diga este infeliz Puesto a Dedo; yo tampoco, pero me recordó a aquel Maduro que gritaba fervoroso: “Vengan por mí, cobardes”. Morir por la patria es vivir, coño, dan ganas de tomarle la palabra.

 

Foto: Youtube