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sábado, 13 de junio de 2026

Un libro que une a amigos, y los hace hermanos

 


Gracias a mi libro Se acabó la diversión, a este blog nuestro y al canal de YouTube, he encontrado a un amigo de la infancia que ahora se convierte en mi hermano. Armando Rodríguez, su hermano y yo compartimos estancia, aventuras y avatares en la Escuela Secundaria Básica Urbana qué nombres ponen los comunistas a todo— Camilo Cienfuegos.

Estaba, o está, ubicada en la calle Pedro Pérez entre Masó y General Enrique Núñez, justo en la frontera en la que el Cerro se dividía en dos culturas. Una, la de La Habana cultural, política y empresarial y, la otra, más popular, de barrio y callejera. Las dos las disfrutamos y sufrimos todos.

Armando, como yo, decidió no dejarse aplastar por el totalitarismo comunista que ahoga al bello país que nos vio nacer. Más que yo, salió de Cuba como el patriota que es hoy. Como yo, rodó más que una piedra de río revuelto para asentarse en esta tierra de libertad y esperanza.

No solo compartimos pasado y presente. Compartimos el amor por Cuba, por Cuba libre. Compartimos la convicción de que será libre. No solo libre, sino también próspera, independiente, justa y feliz.

Armando, hermano, nos veremos pronto, no en Kentucky ni en la Florida. Nos veremos en la esquina de Masó con Pedro Pérez, "al ritmo de una vitrola y una cerveza en la mano".

En Cuba libre. Reconstruyéndola junto a tu hermano y a millones de cubanos libres.

 


domingo, 11 de enero de 2026

Decisiones vitales


En mi vida, como en la suya, ha habido decisiones, hechos que, sin uno saberlo en ese momento, definen y deciden una vida. Hoy les cuento una de esas. Ya verán por qué esta semana tropiezo con este tema.

Cuando yo tenía quince años, era un pichón de delincuente. No al cien por ciento, porque para esa edad había leído bastante y gracias a mi tío Florencio y a otras influencias era relativamente culto, pero pichón de delincuente.

Hasta diciembre de 1984 mi vida había transcurrido del lado sur de la calzada de Ayestarán, aunque nuestro pequeño apartamento estaba en la acera norte. Esa transitada calle dividía dos mundos. De un lado, hacia el norte, estaba la gran plaza de las marchas abyectas y el Vedado, amplia barriada que llegaba hasta el mar. Del lado sur empezaba el Cerro, un municipio que incluía zonas de clase media, como mi barrio, y legendarias áreas marginales como el Canal y Carraguao.

Pues bien, pasé la primaria en la calle Masó, todavía en una zona regularmente disciplinada. Escribió Cabrera Infante que Panchito Gómez era la calle más habanera de La Habana. En la misma cuadra vivían mi tío Florencio Gelabert y Virgilio Piñeira, dos buenos cubanos.

Va uno creciendo y llegó el tiempo de ingresar en la secundaria. Por avatares de la vida, y de mi padre —que luego les contaré—, terminé en una escuela secundaria en Pedro Pérez, esquina a Cocos. De un lado estaba el Platanito, del otro el Canal y, más al suroeste, el parque Piñera.

Fueron tres años divertidos. Aprendí en el aula y en la calle.

La evolución continuó y llegó el brinco al preuniversitario. Como bola de billar caí en el respectivo del Cerro, una antigua escuela normal de maestros, al lado del matadero de ganado de tiempos coloniales. Pero ahí se me acabó la diversión.

Entonces no le llamaban bullying, pero me dieron palos por todos lados. Eran como seis cabrones y la desigual bronca era a diario. Fue la primera vez que descubrí que algunos que se dicen amigos no lo son. Lección de vida. Tenía yo quince años.

Me dieron tantos palos que, cuando en venganza me disponía a clavarle una varilla de hierro, afilada a propósito, al líder de la pandilla, mi padre la descubrió y tomó rápidas medidas.

Como antes lo había hecho —ya les dije que les contaré—, nuevamente me cambió la vida. No sé qué maniobras ejecutó, pero terminé, además con dos amigos más —de los que les digo que ya no lo eran, pero él no lo sabía—, en uno de los dos preuniversitarios del Vedado.

El cambio fue como de la noche al día.

Allí conocí a Davide, a Ivette, a Aymeé, a Lelé, a Lidsy, a Elsa, a Nelson y a muchos más que pronto serían mis amigos para toda la vida. Salí de una tribu y entré a una sociedad. Repito: venía del Serengeti y llegué a la civilización.

Fue Davide quien, sin él saberlo, guio mi acceso a la amistad, la paz y el disfrute pausado de aquella juventud. Las lecturas, la música, las películas, las conversaciones, los periódicos La Repubblica y Corriere della Sera me abrieron los ojos y la mente al mundo exterior. Hasta nuestros días.

En todo esto, como centro, su casa en la calle 25, y en ella, Regla, su madre, de la que ya hablaremos. Ahora que veo la foto de abajo, me topo con un recuerdo feliz y con una realidad triste. Todos los chicos de esa foto, excepto Lidsy, vivimos ahora fuera de la cautiva. Cuánto capital humano ha perdido Cuba por causa de ese Orate y de estos Barrigones.

Ya estamos todos un poco maduros como para que esta reflexión cambie algo, pero es bueno recordar cómo un hecho simple, una decisión, puede cambiar definitivamente el rumbo de una vida.

Fue en uno de esos pasillos de aquel viejo convento que, presionado por la maestra Virginia, hice un “tin marín de do pingüé” y escogí estudiar Historia. Otra decisión que cambió mi vida.

Pero esa es otra historia.

 

P. D.: Lo expresado aquí es solo mi opinión, y nada más que mi opinión.

sábado, 18 de octubre de 2025

Los hijos de papá

 

Foto: CiberCuba

Uno de estos días les contaré de cuando mi padre me sacó de una violenta escuela en el Cerro y me pasó a una en el Vedado, mi conversión de aprendiz de delincuente a persona medianamente decente.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

Aquella última escuela significaba un eslabón superior en esa sociedad en la que nos decían que todos éramos iguales.

No lo éramos.

Yo, que venía con mucha calle, me sentí a gusto en un ambiente no solo menos hostil, sino inmensamente amigable. Todavía conservo muchos amigos de entonces, eternos.

Por esas mismas causas coincidían allí los hijos de muchos “dirigentes”, gente importante según ellos. Hijos de “pinchos”, como se decía. “Hijos de papá”, los llamaban.

Normalmente eran chicas y chicos comunes, igual de jodedores que el resto, aunque tenían un je ne sais quoi entre ellos; eran como una cofradía no anunciada. Esto era algo que a mí no me importaba entonces y menos me importa ahora. Entre mis amigos, y de los buenos, hay varios que provienen de ese clan.

Lo que resulta curioso, y por eso lo comparto, es que estando aquí, en este exilio en el que al menos yo llevo ya treinta años, estos mismos amigos, y otros conocidos, se sigan comportando del mismo modo.

Por ley de la vida, ya la mayoría de aquellos “pinchos” están residiendo en los cementerios de La Habana; imagino que los huesos de alguno que otro formen parte de algún caldero o nganga. De igual manera, la mayoría de sus hijos residen fuera de la isla, porque los privilegios allí han adelgazado a la par que los cubanos.

De vez en cuando nos reunimos, venimos desde los más lejanos lugares, pero nos reunimos. La jodedera de siempre: abrazos, “¡qué gordo estás!”, “¡y tú qué calvo!”, lo normal. Felices, cerveza, ron, tabaco y dominó. Que somos el recuerdo de la cubanía.

Siempre hay un rezagado que llega más tarde, saluda a todos con camaradería y, al llegar a mí, me saluda con igual efusión y me pregunta: “¿Y tú de quién eres hijo?”. Yo, de mi papá.

Y les digo, no hay una sola vez que, en medio de esa felicidad, alguien hable de fulanito, el hijo de mengano. Que está trabajando de Uber y se divorció de la hija de ciclano. El comentario es como una chispa para mí.

De inmediato, los “hijos de papá” se enrolan en una conversación sobre sus conocidos. Ligan historias viejas con nuevas. Desde la escuela hasta el presente. Que si no sé quién dejó a Pedro para irse con Juan, que Lina se puso tetas pero sigue igual de fea, y así sucesivamente.

No les cuento en qué terminan esas conversaciones porque siempre me retiro a los diez minutos de iniciada. Feliz de haberlos visto y esperando la próxima vez para feliz verlos… por un rato. Hasta que prendan la chispa.

Al menos estos hijos de papá amigos míos son hijos de padres que ya están en el inframundo. Hoy Miami está lleno de nuevos hijos de papá, con papás que siguen allá, martirizando a los cautivos de esa isla desdichada.


Foto: Gran Azul

Y haciendo negocios a costa de su sufrimiento. Pero a esos no los conozco en persona, por suerte.