Mostrando entradas con la etiqueta Claudia Sheinbaum. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Claudia Sheinbaum. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de junio de 2026

La necesaria ocupación norteamericana de Cuba

Foto: CiberCuba
 

Duele mucho decirlo, duele mucho aceptarlo, pero entre todas las opciones visibles para el día después de la desaparición de la Junta Militar de Barrigones que ha desgobernado lo que queda de Cuba, la más viable y efectiva es la de una ocupación humanitaria bajo el mando de Estados Unidos. No es una solución honorable, conste, pero es la más efectiva.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

No tiene que ser una ocupación humanitaria solo por parte de Estados Unidos; pudiera ser de una coalición de países del hemisferio. Pero siendo este mundo como es, creo que sería meter más ruido a lo que ya de por sí nos duele aceptar.

No será la primera vez que esto suceda en la convulsa historia de nuestra querida isla. El 1.º de enero de 1899 —sesenta años antes de ese nefasto 1.º de enero— se arrió la bandera española en La Habana y se izó la de las barras y estrellas. Iniciaba un corto período de reconstrucción: tres provechosos años en los que, bajo administración norteamericana, Cuba pudo salir de la crisis provocada por la sangrienta guerra de independencia.

Una ocupación extranjera denostada por quienes secuestraron el destino de Cuba desde aquel nefasto 1.º de enero de 1959. Administradores norteamericanos que organizaron un gobierno provisional compuesto por muchos excelentes cubanos; cubanos capaces trabajando codo con codo con los ocupantes reconstructores.

Organizaron un sistema de salud desde la nada y uno educacional que incluso convirtió los cuarteles en escuelas —¿les suena la frase?—: escuelas desde primarias hasta facultades universitarias; se enviaron miles de cubanos a estudiar Pedagogía en Harvard; se instalaron escuelas especializadas, desde la de Comercio y la de Artes y Oficios hasta la reorganizada escuela de arte de San Alejandro.

Bajo la dirección del cubano Carlos J. Finlay se erradicó la fiebre amarilla, devastadora epidemia endémica desde siglos atrás. Se implantó un reglamento sanitario, se repararon los acueductos y las alcantarillas, y se organizó la recogida de basura.

Los culpables de la catástrofe humanitaria —sin precedentes en la isla— que sufren hoy los cubanos llevan sesenta y siete años denostando aquella intervención humanitaria que devolvió a Cuba y sus habitantes a la civilización. Estoy seguro de que usted sabe lo que fue la Enmienda Platt, pero nunca ha escuchado sobre la Enmienda Foraker de 1899.

La primera fue impuesta a la primera constitución de Cuba libre para proteger a Cuba de los propios cubanos y, de paso también, como es lógico, los intereses norteamericanos en la isla. Las veces que se aplicó no fue a iniciativa de los norteamericanos, sino de los propios cubanos, para disgusto de los primeros.

La Enmienda Foraker se hizo también para proteger los intereses de los cubanos. La enmienda prohibía que el gobierno interventor aprovechara su posición para entregar o conceder propiedades en Cuba al capital norteamericano. Fue una enmienda con vistas a devolver Cuba a los cubanos, con miras a evitar una anexión ansiada por muchos y rechazada por otros tantos.

Así fue que, luego de tres provechosos años, Cuba libre se convirtió en una república constituida. Una república que resultó convulsa políticamente, pero asombrosamente exitosa en su prosperidad y desarrollo. Una república que en solo sesenta años convirtió una isla desolada por la guerra en una de las economías más pujantes del mundo.

En pocos años, Cuba se convirtió en el principal productor de azúcar del mundo, en el productor del mejor tabaco y en uno de los principales socios comerciales de la primera economía del mundo, atractiva para sus inversiones y su progreso. Cuba tenía tratados comerciales, en condición de iguales, con muchos países del mundo; comerciaba incluso con la Unión Soviética.

Luego de esos provechosos tres años, Cuba se convirtió también en uno de los países más atractivos del mundo para los migrantes. Separada de España, en pocos años llegaron más españoles que nunca. No solo españoles: miles de chinos, gente de Medio Oriente y hasta italianos. Cuba era próspera, tan próspera que hasta los abuelos de Claudia Sheinbaum llegaron a La Habana a fundar el Partido Comunista que se encargaría de arruinar esa prosperidad.

Aquella república próspera fue asesinada desde el 1.º de enero de 1959 por la pandilla totalitaria de la que la Junta Militar de Barrigones —que desgobierna lo que queda de Cuba— es heredera. Aquella república duró sesenta años; la dictadura que la asesinó lleva sesenta y siete años y medio. Nuestra bella isla ha sufrido una guerra de sesenta y siete años y medio: el conflicto más largo en la historia contemporánea.

Hoy está sumida en una catástrofe humanitaria sin precedentes en su historia. No solo arruinada, Cuba está demolida. El socialismo muele y demuele el progreso al mismo ritmo que extirpaba la libertad. Reconstruirla —refundarla— nos costará mucho esfuerzo y dinero; requerirá de mucha organización.

Esa organización necesaria no la veo entre nosotros. Ni en los de aquí, que ya se quieren repartir el país que aún sufre, ni en los de allá, que llevan generaciones aislados del mundo real: el del trabajo digno con remuneración merecida, el del crecimiento propio, el del respeto a la propiedad privada e individual, a la ley, el del pago de impuestos y todo lo que enmarca el mundo civilizado de los países exitosos.

Por eso, aunque no sea una solución honorable, creo que una intervención humanitaria, como aquella de hace más de cien años, sería la solución más viable y efectiva para iniciar el regreso de nuestra isla a la civilización y al progreso. Ante una catástrofe de estas dimensiones tendremos que evitar las pasiones y buscar las soluciones.

Dicho esto, creo también que esa deseada —por mí— intervención humanitaria está cada día más lejos de concretarse. A pesar de la alharaca de esa dictadura marchita, Estados Unidos —la administración Trump— nos ha demostrado en los últimos meses que lo último que le interesa es encargarse de reconstruir una isla arruinada e improductiva.

Quiere decir esto que, para quienes queremos ver nuestra Cuba libre de una vez —libre para empezar a reconstruirla y sanarla—, tenemos que trabajar con pasión en pos de esa solución. Lo primero, lo indispensable, es eliminar a esa Junta Militar de Barrigones, borrar ese muro que aísla a sus cautivos de la libertad y la prosperidad.

Si no nos ayuda Estados Unidos con la necesaria intervención humanitaria, ya veremos qué haremos nosotros mismos una vez que no quede ni un solo dictador ni un solo beneficiario de Gaesa. Lo primero, lo indispensable hoy, es quitarlos de en medio con pasión. Sin mediaciones, sin medias tintas.

 

Foto: Diario de Cuba 

lunes, 1 de junio de 2026

Geopolítica caribeña, otra oportunidad perdida

Foto: Bloomberg
 

Cuando Fidel Castro y su pandilla de ineptos y asesinos aislaron a Cuba del sistema económico occidental, cometieron un error que resultó en la piedra angular de la catástrofe humanitaria en la que está sumida hoy lo que queda de isla. Error que han sostenido durante sesenta y siete años y contando. Incluso cuando han tenido oportunidad de enmendarlo —como en el caso de la rendición de Barack Obama en 2016—, han hecho todo lo contrario. Así son de ineptos. Así son de malvados.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

En 1959, Cuba era el principal productor de azúcar de caña del mundo, su industria turística empezaba un palpable despegue, su industria mostraba el inicio de una incipiente diversificación y el sector de los servicios florecía. La “marca Cuba” valía; el país estaba de moda. Todo eso desapareció de un plumazo —bueno, de muchos plumazos— bajo la bota y la verborrea del Orador Orate; de Fidel Castro, pues.

Con tal de hacerse de los destinos de la isla y de sus habitantes, el Orate extrajo a la isla de la autopista a la prosperidad y la sumió en el lodazal del camino al fracaso. Privó a los cubanos de su condición de ciudadanos y los convirtió en “pueblo unido que jamás será vencido”. Vencidos ya estaban. Humillados, también.

Y al eliminar el ímpetu económico de aquel país —hoy desaparecido—, dejó una gran ventana de oportunidad a los competidores que hasta entonces había tenido contra las vallas: México, República Dominicana, Panamá, Jamaica e incluso el sur de Estados Unidos se apresuraron a llenar ese vacío. Es lo maravilloso del capitalismo: funciona por sí solo.

Al entregarle sus destinos a un Orate como Fidel Castro, los cubanos se autoinfligieron un tiro en el pie. Pasaron de vivir en un país que iba rumbo al desarrollo y a la prosperidad, a sobrevivir en una isla plagada de fracasos, empobrecimiento y represión. Han pasado sesenta y siete años y, por primera vez en ese tiempo, pareciera que el fin de la tragedia se aproxima.

Desapareciendo a la dictadura castrocomunista y liberando las fuerzas productivas del país, la isla podría pronto tomar el sendero hacia la reconstrucción inicial y, poco después, hacia el crecimiento económico y la reformación social. Demográficamente, tiene el lastre del continuo drenaje de la población económicamente activa, sobre todo en los últimos cinco años.

Todo indica que el rumor —de ser cierto— de la repatriación a Cuba de medio millón de emigrados, pero portando una visa por cinco años para entrar y salir de Estados Unidos, pudiera ser una solución efectiva para la falta de mano de obra en una Cuba capitalista. El rumor ha sido desmentido por abogados de inmigración y otros expertos, pero no es una idea descartable y solucionaría dos problemas: ese de la falta de fuerza de trabajo y la solución a la invasión migratoria orquestada por la Junta Militar cubana en componenda con México y Nicaragua durante la administración de Joe Biden.

Y así como en 1959, el aislamiento de Cuba del sistema económico norteamericano generó increíbles oportunidades para otros países, en este 2026, a una próxima Cuba capitalista —no digo libre, pues ya vemos lo que sucede en Venezuela—, el México de Claudia Sheinbaum le estaría ofreciendo una oportunidad única en la historia.

Desde el realineamiento geopolítico ejecutado por Donald Trump en su primer mandato entre 2016 y 2020, México —bajo la acomplejada narcopresidencia de Andrés Manuel López Obrador— desperdició la coyuntura de poder desplazar de lleno el papel de China en las cadenas productivas de Estados Unidos. Al contrario: alió sus políticas económica y exterior a China, Rusia, Irán, Venezuela y Cuba. Mientras comerciaba con Estados Unidos, en los hechos actuaba a favor de sus enemigos.

Lo mismo ha venido sucediendo durante la administración de la camarada Sheinbaum, dirigida por control remoto desde Palenque, donde reside AMLO. La pupila del expresidente está aún más ideologizada que su maestro y, pese a las presiones de la administración Trump, mantiene su protección a políticos de su partido, Morena, acusados por Estados Unidos de estar coludidos o ser parte de los cárteles del crimen organizado.

 

Foto: Small Wars Journal

Basada en pruebas aportadas por los líderes del Cártel de Sinaloa presos en Estados Unidos y muchas otras evidencias, la fiscalía de Nueva York acusó a Rubén Rocha Moya, gobernador de Sinaloa; a Enrique Inzunza, senador por ese estado, y a otros funcionarios, de ser parte de ese nocivo y poderoso cártel. Tres de los acusados ya se entregaron —cargados, por cierto, de evidencias documentales—. El gobernador y el senador siguen protegidos por el gobierno mexicano, en violación abierta de los tratados de extradición.

Hace unos días, Sheinbaum se reunió con Markwayne Mullin, secretario del Departamento de Seguridad Interior de Estados Unidos. El funcionario entró a Palacio Nacional cargando una gruesa carpeta y salió con las manos vacías, literalmente.

Ante la reticencia del gobierno de México de dejar de proteger a narcopolíticos, el representante de Comercio de Estados Unidos —encargado de la renegociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, de libre comercio— canceló su visita a México. Solo enviará a un “equipo técnico”. Sara Carter, la zar antidrogas, ha hecho lo mismo: ha cancelado una visita y reunión con Sheinbaum. A los gringos, como a un servidor, no les gusta perder el tiempo.

Al mismo tiempo, Mullin no descartó aplicar aranceles tanto a México como a Canadá. También dijo que “por estrategia de seguridad nacional preferimos construir nuestras cadenas de valor en este hemisferio” y que “si podemos llegar con México a un entendimiento sobre aranceles a terceros” —es decir, a China—, “podemos otorgarle tratamiento preferencial”. Y es que México, desde tiempos de AMLO, es una plataforma para el contrabando de productos chinos hacia Estados Unidos. Productos que llegan hechos de China, se reetiquetan como “hechos en México” y son introducidos en Estados Unidos libres de impuestos.

Todo esto, aunado a la complicidad con los productores de fentanilo y drogas sintéticas y a los traficantes de personas, así como la protección a los cárteles y a sus políticos, han convertido a México en un problema de seguridad nacional para Estados Unidos. Claudia Sheinbaum está protegiendo a políticos relacionados con organizaciones criminales catalogadas como “organizaciones terroristas”, equivalentes a Hamás o Hezbolá.

Lo ha dicho hace poco Pete Hegseth, secretario de Guerra: su país entrará a una nueva guerra, esta vez contra esos cárteles, por mar, aire y tierra. Para eso se implementó la operación Escudo de las Américas, de la que ya les conté. Un grupo de países del hemisferio —excluyendo a México— para aniquilar cárteles terroristas.

La ofensiva no es solo militar, es judicial, comercial y financiera. Y aquí entra la oportunidad para una Cuba libre y capitalista. Claudia Sheinbaum es quizás la figura más moderada dentro del autodenominado movimiento de la Cuarta Transformación. Es un grupo heterogéneo, pero intrínsecamente antidemocracia, anticapitalista, anti todo lo que signifique libertad y, extremadamente, antinorteamericano.

Tal y como lo era la pandilla de Fidel Castro en enero de 1959. Entonces no les importó romper con Estados Unidos, a pesar de que la economía cubana dependía y estaba íntegramente vinculada a la de su vecino, como lo es la economía de México al día de hoy. Lo he contado en mi libro Se acabó la diversión.

Yo aún tengo mis dudas, pero existe la posibilidad de que el México de estos “transformadores” se dé un tiro en el pie, como los cubanos en 1960. Y si no es un disparo certero, al menos pudieran darse un buen tajo de cuchillo. Esto abriría una gran ventana de oportunidad para que otros países corran a ocupar el vacío que la estupidez del Gobierno mexicano pueda dejar.

Entre esos países, con una ventaja geográfica indiscutible, estaría una Cuba capitalista y libre. El problema es que hoy no es lo uno ni lo otro.

 

Foto: CiberCuba

lunes, 25 de mayo de 2026

Sheinbaum, la hipócrita

Foto: Proceso
 
 

La pupila de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) que administra, bajo el título de presidente, la nueva autocracia mexicana siempre ha estado del lado turbio de la realidad. Les he contado sus orígenes y su trayectoria política. De una forma u otra, siempre ha estado del lado turbio de la realidad. Siempre ha estado, de una forma u otra, trabajando codo a codo con la dictadura cubana.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

Esto lo he contado repetidamente. Cuando AMLO convirtió al Estado mexicano en el “megacártel de la Cuarta Transformación” y desarmó la incipiente democracia mexicana, no solo dilapidó los recursos públicos del país, sino que también se alió a todas las fuerzas del mal que trabajan en contra del mundo libre: iraníes, rusos, chinos, venezolanos, coreanos del norte y, por supuesto, cubanos.

Miguel Díaz-Contados fue invitado varias veces a México; incluso firmaron un acuerdo de colaboración. Otra vez asistió al solemne acto del 15 de septiembre, la fecha conmemorativa más importante de México. En otra ocasión, en esa celebración, marcharon soldados rusos portando la Z asesina, mancillando las piedras del Zócalo capitalino bajo la complaciente mirada de AMLO y su pupila.

Ya ni entrar en el tema del petróleo robado a los mexicanos y regalado a los dictadores. Ni en el de los barcos de la Marina y Armada de México convertidos en cargueros para llevarles “ayuda solidaria” a los Barrigones de la Junta Militar cubana. Aliados y cómplices de todo lo turbio, de todo lo oscuro, lo sucio.

Y les traigo a Claudia porque, cuando se enteró de que el Departamento de Justicia norteamericano —con treinta años de retraso— encausó al dictador Raúl Castro por el derribo de dos aviones civiles y la masacre de cuatro patriotas, la compañera se bajó con un: “¿Qué sentido tiene que, en este momento, acusen a una persona por algo que ocurrió hace treinta años?”.

Lo dice la misma que se la pasa reclamando y pidiendo a España que se disculpe por la conquista de México, ocurrida hace más de quinientos años.

Lo dice la misma que se la pasa culpando al expresidente Salinas de Gortari por instaurar el “neoliberalismo” hace treinta y siete años.

Lo dice la misma que, ante el nulo actuar de su jefe AMLO contra el crimen organizado, culpa de todos los males a Genaro García Luna, un corrupto funcionario del Gobierno de Felipe Calderón hace veinte años y que, por cierto, está preso en Estados Unidos.

Los ejemplos de hipocresía, de ella y de su movimiento —o cártel—, son infinitos. Piden austeridad y viajan en primera clase. Presumen honestidad y dilapidan el dinero público, y han robado como nadie antes. Se dicen respetuosos de la ley y la violan sin rubor alguno; y siempre que pueden la cambian a su favor para perpetuarse en el poder. Se dicen demócratas y censuran —y censurarán más— a los medios de comunicación, último bastión de lo que fue la democracia mexicana.

Su odio hacia Estados Unidos y el mundo libre es palpable. Ahora que la administración Trump ha acusado formalmente al gobernador del estado de Sinaloa —base del cártel del mismo nombre— y a varios de su equipo, la compañera Claudia, en vez de extraditarlos como dicta la ley, los protege mientras pide pruebas. Pruebas hay de sobra, y no se necesitan para procesar la extradición. Pues bien, dos pruebas vivientes de esos encausados se entregaron voluntariamente a las autoridades norteamericanas, y lo que están cantando no son precisamente rancheras.

Ella y su cártel con ropa de Estado acusan a Estados Unidos parafraseando a Miguel de la Madrid, un expresidente corrupto de los tiempos felices en que AMLO pertenecía al partido oficial, el PRI, allá por los años ochenta. Amiguete de Fidel Castro, por supuesto. Dice la compañera que Estados Unidos siempre ha usado el tema del narcotráfico como pretexto para la “injerencia”.

Y lo seguirá usando. La protectora de políticos corruptos y ligados al crimen defiende a un dictador decrépito acusado con treinta años de retraso. Es la misma que le pide al rey Felipe —“¿rey, ja, ja, ja?”— que pida disculpas por la conquista gracias a la cual hoy hablamos español, mientras preferimos comer chicharrones antes que el corazón, aún latiente, de algún desdichado.

Hipócrita. En español a eso se le dice hipocresía, pura y dura.

 

Foto: Facebook