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miércoles, 15 de abril de 2026

La orden está dada: falta que se ejecute

 

Foto: Noticias Martí
 
 

El lunes pasado, Donald Trump volvió a hablar del tema de Cuba. A cada rato lo hace y luego se le olvida por días. El lunes volvió sobre ese tema que tanto nos importa; no por voluntad propia, sino porque le preguntaron al respecto. Le cuestionaron por qué deja entrar combustible a Cuba cuando antes había amenazado con imponer aranceles a los países que enviaran petróleo a la dictadura cubana.

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Esto lo dijo a finales de enero de este año, cuando firmó una orden ejecutiva declarando a la Cuba desgobernada por la Junta Militar de Barrigones como una “amenaza inusual” a la seguridad nacional de Estados Unidos. Recuerdo ese día; fue un día feliz y esperanzador para los que queremos ver a esa bella isla libre y próspera.

El lunes, al ser cuestionado al respecto, dijo que Cuba era una “nación en quiebra” que ha sido “horriblemente mal administrada durante muchos años por Castro”. Creo que ya se leyó —o más bien, alguien de su equipo se leyó— la versión en inglés de mi libro Se acabó la diversión, en el que cuento los inicios de la destrucción de Cuba y explico esa “mala administración”. Por cierto, lo presentaremos este viernes 17 de abril en el Museo Americano de la Diáspora Cubana, en Miami.

La etimología de “orden ejecutiva” lo dice todo: es una orden que se da para que la ejecuten. A principios de 1986, el presidente Ronald Reagan dictó varias órdenes ejecutivas contra el régimen de Muammar Qaddafi. Unas bloqueando las propiedades del gobierno y testaferros libios en Estados Unidos, otras restringiendo el comercio y las transacciones con ese país.

No sirvieron de mucho; el dictador libio, el 5 de abril de 1986, reventó de un bombazo una discoteca en Berlín Occidental llena de soldados americanos que allí se divertían. Diez días después, Reagan ordenó la ejecución de la operación Cañón Dorado y le mandó más de cien aviones a bombardear el palacio de Qaddafi y varias instalaciones militares. No jodieron al maníaco, pero sí a una de sus hijas adoptivas.

Su sucesor, George H. W. Bush, en 1989, dictó una orden ejecutiva para que, precisamente, se ejecutara la operación Causa Justa para atrapar al sátrapa panameño Manuel Noriega. Empezaron en diciembre de ese año y terminaron un mes después con la captura del —dicen— pervertido dictador. Estados Unidos tomó Panamá y luego le devolvió su independencia. Murieron alrededor de dos mil personas en esa operación de seis semanas; menos que los que son asesinados en México, hoy en día, en seis semanas.

Bill Clinton usó también el recurso de la orden ejecutiva; recuerdo alguna contra los talibanes y los países que los acogían. Incluso dictó una contra el régimen de los ayatolás iraníes. Las ordenó, pero su ejecución evidentemente no fue muy exitosa. Ahí está el régimen iraní dándole guerra a Trump, y los talibanes controlaron gustosamente Afganistán hasta que uno de sus invitados cambió el mundo para siempre aquel 11 de septiembre de 2001. Consecuencias de no ejecutar una orden: Clinton estaba entretenido con el “chupachupa” en la Oficina Oval.

La mamadera, entre otras cosas, hizo que su candidato Al Gore no ganara las elecciones del año 2000. Candidato que se pasó toda la campaña hablando del calentamiento global. Nota aparte: cuando la Tierra no se calentó, le cambiaron el nombre a la campaña; ahora le dicen cambio climático. Así, si se calienta o si se enfría el planeta, ya no necesitarán cambiar el nombre de la operación.

La cachondez de Clinton le explotó literalmente a su sucesor, George W. Bush, en sus manos. Osama bin Laden, socio de los talibanes obviados por Clinton, ejecutó los peores actos terroristas en la historia de Estados Unidos. Bush no era Clinton y puso al Tío Sam en función de cumplir sus órdenes ejecutivas. Hasta se le fue la mano y siguió para Irak a terminar el trabajo que su padre dejó a medias en 1990.

Barack Hussein Obama, sucesor de Bush, no dejó morir la tradición del uso de la orden ejecutiva. Algunas de las que dictó tienen consecuencias hasta nuestros días y en nuestras vidas actuales. Una, del 14 de octubre de 2016, restableció las relaciones diplomáticas con la dictadura cubana. Les regaló una victoria a esos asesinos empobrecedores sin exigirles nada a cambio.

Ya antes, a través de otra orden de 2015, negoció e implementó un acuerdo nuclear con Irán. Como a los cubanos, a estos fanáticos les abrió el camino para que construyeran armas nucleares. Ah, y les descongeló entre 50 y 100 billones de dólares a los que no tenían acceso. Las cosas de la democracia: de vez en cuando la gente vota por un apaciguador de dictadores.

De Trump, ni les cuento; ya les he contado que es un elefante en una cristalería. Le ha estampado su gigante firma a no sé cuántas órdenes ejecutivas. Para la Venezuela chavista dictó muchísimas; incluso después de la extracción de Nicolás Maduro y compañía ha dictado otras, como virrey que es del chavismo amansado que administra la Venezuela de hoy. Mansa tiene a Venezuela, pero no libre.

Le metió mano a Venezuela, garantizando crudo a torrentes, antes de meterle mano a los iraníes. Garantizando el suministro. Negociante puro y duro; lo mismo que quien les habla haría. Negocio puro y duro.

La que nos ocupa, la del caso de Cuba, es la Orden Ejecutiva 14380, declarando a la dictadura cubana como una “amenaza inusual” para Estados Unidos. Lo de amenaza lo entiendo; lo de inusual menos: esa gente ha sido una amenaza usual, constante y decidida desde hace sesenta y siete años.

Al menos la orden ya está dada —coño, así mismo dijo Díaz-Contados cuando ordenó reprimir a los cubanos que pedían libertad el 11 de julio de 2021—. Está dada; lo que falta es que la ejecute. La emitió en enero pasado, luego se volvió a acordar de Cuba por allá por marzo cuando dijo que “Cuba es la próxima”. Y así, se acuerda del tema de vez en cuando, o cuando se lo recuerda alguien.

Este lunes dijo que “Cuba es una nación en quiebra. Y vamos a hacer esto. Tal vez nos detengamos en Cuba después de terminar con esto” de Irán. El “vamos a hacer” me encantó; el “tal vez” me preocupó.

Qaddafi, Noriega, Bin Laden, Sadam Hussein, Khamenei y Maduro —todos aliados, directos o indirectos, de la dictadura cubana— están hoy muertos o presos. Todos gracias a las acciones emprendidas por Estados Unidos. Todos, en los meses antes de su eliminación o apresamiento, se mostraron bravucones y envalentonados, desafiantes ante el poder y la determinación de Estados Unidos.

Díaz-Contados está hoy envalentonado. Incluso podría decir que desafiante. Esperemos que ese “tal vez” de Trump se convierta en “vamos a hacer” y lo haga de una vez. Extirpar ese cáncer empobrecedor y represivo de una vez por todas. Terminar con sesenta y siete años de órdenes ejecutivas inútiles e incumplidas.

 

Foto: El Tiempo

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Mulas al servicio de la dictadura Barrigona

 

Foto: ABC News

La victoria que le dio el presidente Barack Hussein Obama al régimen de Raúl Castro sigue teniendo consecuencias tanto para los cautivos que sobreviven en la isla de Cuba como para los libres que vivimos fuera de ella. Aquel deshielo, como se conoció la rendición de la democracia norteamericana ante la tiranía cubana, duró poco. No por culpa de los primeros, sino por la malicia de los segundos.

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Desde el punto de vista político, la Junta Militar de Barrigones que heredó lo que queda de Cuba pronto volvió a sus andanzas antinorteamericanas. Realizaron aquellos ataques sónicos, incrementaron su beligerancia diplomática, enviaron decenas de brigadas médicas de adoctrinamiento a muchos países y, en general, se mantuvieron, y se mantienen, del lado de todo lo que pueda perjudicar no solo a Estados Unidos, sino a todo el mundo libre.

Desarrollaron también, aprovechándose de la debilidad estructural de la administración Biden, un efectivo plan de invasión migratoria. Para ello utilizaron a sus cómplices en Nicaragua, México, Guyana y muchos otros países. Mandaron a más de un millón de sus cautivos.

Era —es— un negocio redondo. Por un lado, se deshicieron de un millón de personas sin empleos productivos a quienes tenían que alimentar, ofrecer servicio médico y educación. Al menos eso deberían hacer, ya sabemos que no es así.

Por otro lado, de este modo los Barrigones de La Habana tienen a un millón de personas dentro de la economía más pujante del planeta. Seguramente no todos se integrarán a esa economía, no todos se pondrán a generar dinero, pero sí la mayoría de ellos.

Los he visto, he visto a muchos recién llegados, gente decente y trabajadora. He visto cómo, en menos de un año, han mejorado su estándar de vida, sus condiciones materiales, sus empleos. He visto cómo se han integrado a su nueva sociedad.

Pero esta integración no es completa. ¿Por qué?

Por Cuba, por la isla dominada por los Barrigones. Ese millón que pudo escapar de aquel manicomio dejó atrás a otros siete u ocho millones de cautivos. Dejó atrás a sus padres, hermanos, esposas, esposos, hijos, sobrinos y amigos.

Y el sentimiento natural es cuidar de los tuyos, díganmelo a mí, que aún después de treinta años viviendo aquí lo siento como el primer día. Y aquí entra la segunda parte del plan de esos Panzones, que, les he dicho, son totalmente ineptos para producir bienes materiales, pero son unos expertos en exquilmar al que produce.

Entre todos los que entraron durante la mencionada invasión, entraron también muchos cubanos que en Cuba servían a los Panzones, y fueron enviados aquí a mantener ese servicio.

Y es que los que llegaron a trabajar y a producir necesitan un medio para hacer llegar ayuda a los suyos que quedaron en la isla. Es por ello por lo que hemos visto aparecer un sinnúmero de empresas de paquetería para Cuba, de mercados virtuales en los que pagas aquí y entregan allá. Lavado de dinero con licencia.

Hasta autos mandan a Cuba. Qué bloqueo ni bloqueo.

Y cada semana aparece —bueno, más bien el excelente Mario Pentón los encuentra— alguno de estos agentes que, calladitos, discretitos, entraron a trabajar para el régimen que oprime Cuba.

Una de las variantes más comunes de este servicio es la del envío de paquetería, tanto aérea como marítima, y venta de boletos en los chárteres que a diario vuelan desde Miami y tramitación de pasaportes para que puedan entrar a la isla cárcel.

Hace unos meses apareció uno en Las Vegas. Un amigo del Cangrejo, el nieto lombrosiano de Raúl Castro. Amigo cercano, hasta en la foto que se hizo pública salen abrazados los dos, sin prestarle atención a la chica que los acompaña en un yate. Estuvo detenido, pero, según he sabido, un juez de esos que abundan lo liberó.

 

Foto: Martí Noticias

Y, ayer, Pentón encontró a otro. A Yuniel Báez Pedrera, jefe de la Unión de Jóvenes Comunistas en La Habana. Jefe durante diez años. Entró hace dos años y medio con su esposa Yanisleidy, se establecieron en Gainesville y no tuvieron que emplearse en esos empleos que nos tocan a todos los recién llegados.

No, ellos crearon una empresa. Pa’La Familia LLC (el apóstrofo es incorrecto, pero es la grafía original del nombre comercial). Ya saben, paquetes para Cuba, pasajes para Cuba y pasaportes cubanos para entrar a Cuba. La registraron en St. Petersburg, Florida, aunque vivían en Gainesville.

A Yuniel Báez lo arrestaron regresando de uno de sus múltiples viajes a Cuba. Se le acabó el negocio.

Recordemos: por un lado, los Barrigones siguen en su beligerancia antinorteamericana, llorando contra el llamado bloqueo. Por otro lado, siguen habiendo decenas de vuelos comerciales entre Estados Unidos y Cuba. De aquí para allá van cargados de paquetes y emigrados, de allá para acá nos regresan los emigrados sin paquetes, pero con chikunguña o sabrá Dios qué otro virus.

 

Foto: Cuba en Miami
 

Obama les ofreció una victoria, que ellos, los Barrigones, despreciaron. Despreciaron la parte política, pero no la económica, la del dinero. Lo seguirán haciendo, mientras nosotros los sigamos dejando.

Gracias, Mario, por seguir exponiendo esta desvergüenza.