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miércoles, 29 de abril de 2026

El bloqueo comunista de la realidad

 

Foto: Cubadebate 
 

En enero de 1959, un joven Fidel Castro se hizo del destino de Cuba —y de los cubanos— con asombrosa facilidad. Un país entero, o al menos su mayor parte, dejó que este individuo tomara las riendas de sus destinos. Tengo la impresión de que ni él mismo creía lo fácil que le resultó. Desequilibrado como era, hay que reconocerle que supo leer el tablero político en ese momento. Bandido como era, no dudó en aprovecharlo para su ventaja.

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Cuando llegó a La Habana ese enero, encontró una ciudad que era un arcoíris de neón, pletórica de autos y edificios nuevos. Capital de un país pujante, el principal productor de azúcar del mundo, pionero en tecnologías de comunicación, lleno de industrias que daban empleo a millones de cubanos y con un comercio exterior saludable y fluido.

No solo eso; a pesar de las limitaciones de las libertades políticas que se sucedieron durante el gobierno inconstitucional de Fulgencio Batista, Castro se hizo con el destino de un país con una muy bien organizada sociedad civil. Tomó el control de un país que tenía una muy activa y próspera clase media, y con unos índices de desarrollo entre los primeros de América Latina y mayores a los de muchos países de Europa.

La Cuba que le entregó sus destinos era uno de los principales socios comerciales de Estados Unidos. Las dos economías estaban imbricadas y funcionaban en coordinación natural, como con México y Canadá hoy en día. Cientos de empresas norteamericanas tenían grandes inversiones en Cuba; inversiones que no tenían nada de depredadoras, todo lo contrario.

Incluso el gobierno de Eisenhower fue el primero que reconoció al nuevo régimen impuesto sobre los cubanos en la primera semana de enero. También todo el sector privado —sobre todo los grandes empresarios— se puso al servicio del gobierno “revolucionario”. Todos a favor del cacareado, por Castro, desarrollo del país.

Pero no; Fidel Castro no quería ese desarrollo. Al sujeto no le gustaba la competencia, ni política ni económica. En la política destruyó una imperfecta democracia e impuso una dictadura totalitaria de corte comunista. En la economía, siguiendo el mismo plan, confiscó todas las grandes empresas de Cuba y la mayor parte de sus tierras.

Todo esto aduciendo que les robaba a los “explotadores” para entregárselo al “pueblo”. Todo esto prometiendo que lo hacía para, ahora sí, llevar a Cuba y a los cubanos a un nivel superior de desarrollo económico. Prometiendo que, bajo su mando, Cuba pronto exportaría carne de res, queso, automóviles y todo lo que usted imagine.

Promesas hechas por un tipo que nunca tuvo un empleo productivo en su vida. Pero, aun así, los cubanos —o al menos la mayoría de ellos— le creyeron. Le entregaron gratuitamente su condición de ciudadanos de una república para ser convertidos en “masas populares” por una dictadura totalitaria.

Como tampoco quería que le pusieran límites a su actuar, desde el principio no dejó —como Orador Orate que fue— de hablar y hablar en contra de Estados Unidos. Su retórica “antimperialista” corrió junto a ese afán de confiscar lo que no era suyo. Les confiscó todas las empresas a los norteamericanos, que eran particulares; no pertenecían a ningún gobierno.

Pero sí pertenecían a ciudadanos de un país que sí defiende a su gente. Si a usted un vecino o un cliente le roba lo suyo mientras le mienta la madre, no creo que quiera seguir tratando o haciendo negocios con el truhan. Ladrón que, además, va por todo el vecindario alebrestando a todo el mundo en su contra.

Sacó a patadas a todos los empresarios de Cuba, tanto norteamericanos e ingleses como a los cubanos. A todos. Él y su pandilla le prometieron a esa “masa” enardecida que, bajo su tutela, Cuba sería en pocos años una potencia económica. Les dijo que tenían el orgullo de pertenecer al “primer territorio libre de América”.

Convirtió a Cuba en el primer territorio libre de América: libre de libertad, libre de prosperidad, libre de futuro. Como les he contado en mi libro Se acabó la diversión, bajo el totalitarismo comunista implantado por Fidel Castro y los viejos comunistas, la economía cubana colapsó en poco más de dos años. Desde 1962 se tuvo que establecer un racionamiento de alimentos y productos.

Castro convirtió a ese “territorio” que decía “libre” en un parásito de la Unión Soviética y, luego, de Venezuela. Parásito que, como parásito al fin, no produce por sí mismo lo que necesita un país para funcionar. Un parasitismo acelerado después de que los hermanos Castro le legaron el manicomio improductivo a la Junta Militar de Barrigones con Miguel Díaz-Canel como cabeza visible.

Este monigote se la pasa lloriqueando que la catástrofe humanitaria en la que tiene sumidos a los cautivos de la isla es culpa de Trump. Que los sesenta y siete años que lleva ese régimen empobrecedor destruyendo la prosperidad de Cuba no cuentan; que lo importante y lo definitorio para ese fracaso es el “bloqueo energético” impuesto por Trump hace tres meses.

Sus lágrimas de cocodrilo sirven para animar a sus cómplices internacionales, como Claudia Sheinbaum o Vladímir Putin, a culpar a Estados Unidos de las calamidades que esa dictadura ha desatado sobre la nación cubana. Sirven también, increíblemente, para convencer a cientos de descerebrados del mundo que se creen toda esa monserga del socialismo bueno y el capitalismo malo.

Ante ese lloriqueo, el mejor antídoto es el sentido común. Hace sesenta y siete años en Cuba había electricidad, gasolina y gas para cocinar. Había comida por donde quiera; de todo: carne de res, puerco en todas sus formas, tasajo, pollo, pescado, camarones, arroz, frijoles, yuca, malanga, naranjas, canisteles, chirimoyas... de todo. Había agua potable en las casas, jabón, pasta de dientes y papel de baño. Había de todo.

Foto: Instagram
 
 

La mayoría de todo esto era producido en Cuba, producido por cubanos. Eran los tiempos del gobierno inconstitucional de Fulgencio Batista. Decían que era un tirano, pero había prensa libre, libre empresa y libertad de asociación. Se respetaba la propiedad privada y la movilidad social. Cuba era próspera y autosuficiente.

A quienes culpan de la catástrofe humanitaria que tiene en la Edad de Piedra a los cautivos de la isla, hay que responderles con hechos y con sentido común. ¿Por qué Cuba, antes de Castro, era un país funcional? ¿Por qué la Cuba bajo los Castro y los militares totalitarios es hoy un Estado fallido?

No es por culpa de Trump ni de Estados Unidos. Castro les confiscó todo y los sacó a patadas hace sesenta y seis años. Lo hizo mientras prometía que Cuba no los necesitaba para desarrollarse y mejorar la vida de su gente; que él y su Estado totalitario se encargarían de todo. No pasaron dos años y ya habían fracasado.

De una forma u otra, llevan casi siete décadas de fracaso en fracaso, y ahí siguen. Cada día más fracasados y cada día con menos oportunidades de sobrevivir. A la dictadura solo le interesa su propia existencia, no la de los cautivos de la isla. Lloran por el “bloqueo energético” —que no lo es— mientras reprimen a quienes se quejan y asfixian a quienes intentan producir algo material, ya sea un campesino o un cuentapropista.

Son ellos, como lo han sido siempre, los causantes de la debacle cubana. Es su propio bloqueo el que ha convertido a Cuba en el páramo ruinoso que es hoy. Antes de 1959 no era un país perfecto —ninguno lo es—, pero había de todo, y producido, casi todo, en la propia Cuba. Tres años después ya no había nada.

Ellos, los dictadores, son el bloqueo. Son lo que bloquea, el obstáculo entre los cubanos y la prosperidad, el derecho a una vida digna y, lo más importante, la libertad y la felicidad. Son ellos, solo ellos.

Foto: Cubanet

viernes, 23 de enero de 2026

Arroz chino y represión rusa para mantener a flote a la dictadura cubana

 

Foto: Martí Noticias

 

 Hace unos días vimos cómo la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba sacó de la tumba lo que queda de Raúl Castro para clavarlo entre los Barrigones principales y recibir la pedacera humana que dejó tras de sí la visita de los chicos de la 160th SOAR del Ejército de Estados Unidos al Fuerte Tiuna, en Caracas.

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Un poco detrás de él lo custodiaba su nieto, en actitud desafiante. Custodiaba también —imagino— que el viejo dictador no se desplomara, porque tambaleándose estaba. Alguien a quien admiro mucho me dijo que el descojonado que vimos allí era un doble del tiranillo.

Si era un doble, lo calcó a la perfección. Por cierto, el individuo —o lo que queda de él— portaba unos lentes Ray-Ban, del enemigo. Dicen que también le gustaba, o le gusta, beber whisky escocés.

Cosas de los comunistas.

Recuerdo cuando me contaron, de primera mano, que Fidel Castro, el Orador Orate, después de la caída que le pulverizó una rodilla, usaba tenis Nike negros. Para tapar el logotipo de la marca —y como muestra de su senilidad— lo cubrió con tinta correctora blanca. No lo tapó del todo: escribió encima la palabra INDER.

Cosas ridículas que hacen los tiranos totalitarios.

Volviendo al hermano segundón. Hace unos días llegó a La Habana una amplia delegación del gobierno de Vladimir Putin. Jodedor que soy, le escribí a un amigo que, como periodista y patriota, está mucho más informado que este simple zapatero que les escribe.

Le dije: “Creo que los rusos trajeron ese IL-96-300 grandote para llevarse a varios de los Barrigones principales antes de que Trump les mande a sus chicos”.

Y no. De manera contundente me respondió: “Al contrario, fueron a ordenarles que cierren filas y aprieten el culo”. Cuba no solo les representa una base militar y de espionaje en el centro del Caribe; ahora también les provee miles de mercenarios que despachan como carne de cañón al frente de Ucrania.

La caída de la Junta Militar Panzona sería otra vergüenza más para el eje del mal al que Trump está pateando a trocha y mocha. Así como Stalin mandó a la muerte a millones de soviéticos, Vladimir Kolokoltsev fue a decirle al zombi de Raúl Castro, a Díaz Canel y al Marrano que allí no se rinde nadie.

Ya me imagino la conversación:

Díaz Canel: Tovarich, esto está malo; qué bueno que vino a rescatarnos de ese maníaco imperialista. Estaremos felices de vivir en Moscú.

Kolokoltsev: Niet, niet, niet. Como decía aquel negrito de ustedes, el cantarín: “Aquí no se rinde nadie”.

Raúl Castro: Ay, general, qué alto es usted; qué bien le han caído los años.

Marrano: Ño, se jodió esto… ¿y ahora qué hacemos, caballero?

El lombrosiano Óscar Pérez-Oliva, sobrino nieto de lo que queda de Raúl —o de su doble, ya no sé— no asistió a esa conversación. Estaba delante de un cargamento de arroz que China donó, pronunciando un discurso de agradecimiento ante un funcionario chino.

Es decir, el vicepresidente de un país —o de lo que queda de él— agradeciendo a un funcionario menor el regalo de un alimento que antes se producía en Cuba. Una fotografía del fracaso. 

Foto: 14ymedio
 

Como dijo mi amigo Ernesto Miami, arroz de China que es anestesia. Anestesia, y como toda anestesia, temporal. Cuando se termine de digerir el arroz regalado, volverá el hambre que acompaña a los cautivos de la isla durante la oscuridad del apagón.

También los chinos les donaron ochenta millones de dólares. Apuesto a que no fue en efectivo. Difícil saber en qué vendrá esa “donación”: desde más alimentos hasta más tonfas para romper cabezas y huesos de quienes salgan a pedir el fin del hambre y de los apagones.

Desde hace tiempo son pocos los que salen a pedir libertad.

Lo más probable es que ese dinero no llegue como dinero, para que no se lo roben en la desbandada. Probablemente llegue en equipos eléctricos para medio reparar las irreparables termoeléctricas de la isla.

Tanto Putin como Xi deben estar hasta los gemelos de esa sarta de Barrigones ineptos, inútiles, lloricones y pedigüeños. Saben que esa Junta Militar es un agujero negro para cualquier cosa relacionada con el progreso y el desarrollo.

Pero tampoco pueden permitirse que esos serviles Barrigones se hundan con todo y el valor geopolítico de Cuba, que es lo único que hoy vale de la demacrada isla, en medio de la reconfiguración de poderes que, desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, ha puesto a Rusia y a China en su sitio.

La mala noticia para ellos —y la buena para nosotros, los libres— es que el hundimiento ya empezó y es inevitable. Cuando un barco, como esa isla, está podrido hasta la quilla, no hay arroz ni buchito o gotica de petróleo que lo mantenga a flote.

Foto: Infobae

 

La otra mala noticia para nosotros —y la buena para ellos— es que el barco podrido sigue lleno de cautivos cubanos que, con displicencia y sin hacer nada para salvarse, observan pasivos cómo se hunde.

Dos libras de arroz por domicilio bastan para mantener el silencio.

Silencio de hambreados que sostiene a los Barrigones.