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miércoles, 22 de abril de 2026

La dictadura cubana trancando el dominó

 

Foto: CiberCuba
 
 

El dominó es un deporte nacional cubano. Los cubanos, a diferencia de los mexicanos, jugamos con fichas que llegan hasta el doble nueve. También les ponemos nombres a muchas de esas fichas y el juego, entre nosotros, es muy dinámico y divertido. Broncas y risas se suceden con naturalidad.

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La frase "trancando el dominó" se utiliza cuando llega el momento en el que ningún jugador tiene la ficha adecuada para continuar el juego. Se tranca, se cierra. Es ahí cuando el juego acaba y se cuentan los puntos que cada uno tiene.

Hoy en día todo indica que la cúpula visible de la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba tiene trancado el dominó. Me refiero a las cabezas visibles de esa heterogénea mafia: Díaz-Contados, el Marrano, Rodríguez Parrilla, el no sé qué Cossío... esa gente.

Esa gente se la pasa en posturas retadoras: recogiendo firmas un día, haciendo actos de “reafirmación revolucionaria” al otro o pantomimas militares el fin de semana. Incluso Díaz-Contados se mostró altanero y ofensivo ante una periodista de NBC que hizo el papelazo de ir a entrevistar a este pelele en La Habana.

Mientras recogen firmas y hacen pantomimas militares, los cautivos de la isla siguen a oscuras, inundados de basura, con hambre, sin transporte ni salud públicos y, lo que es peor, sin esperanzas. La represión, sin embargo, campea por las sucias y hediondas calles de La Habana y los pueblos. Las citaciones policiales les llegan a sus roídas viviendas a golpe de pedal o de bestia de carga; siempre de mano de un policía flaco, pero igual de represor.

Las cárceles siguen desbordadas de presos, de enfermedades, de lágrimas y de mierda, mientras Díaz-Contados y su claque dan entrevistas y encabezan actos políticos; mientras continúan —como lo han hecho durante sesenta y siete años— reuniéndose para, ahora sí, enfrentar las “dificultades” y “limitaciones”. Y claro, la culpa de la catástrofe humanitaria en la que ellos mismos sumieron a los cubanos de la isla no es de ellos; es del “brutal bloqueo asesino impuesto por el imperialismo”.

Desde finales de enero, cuando Trump anunció la orden ejecutiva declarando a Cuba como una “amenaza inusual” para la seguridad nacional de Estados Unidos, la dictadura cubana ha logrado ganar tiempo. Ha ganado mucho y preciado tiempo. Ha sobrevivido con unas gotas de petróleo que les envió la cómplice Sheinbaum y el jarrito regalado por Putin con un oxidado tanquero.

Esa dictadura ha sobrevivido sobre la miseria, el hambre, la muerte y la represión sobre sus cautivos. Ha podido movilizar a sus partidarios por el mundo: verdaderas huestes sin conciencia, ciegas ante la apestosa realidad que se vive en Cuba. Un capítulo más de la inmoralidad de una parte de la humanidad.

Foto: Cubanet 
 

Ahora mismo, a mediados de abril, la administración Trump les ha dado dos semanas de gracia. Incluso confirmaron que conversan con el “cerebro de almeja” conocido como el Cangrejo. Negocian lo innegociable. Todos los cubanos, los libres y los cautivos, tenemos que aguantar la ofensa y el desprecio. Nunca supimos —o pudimos— resolver por nuestra cuenta esta plaga que asaltó nuestra isla hace sesenta y siete años.

Dos semanas más. Cada día que pasa sirve para que la camarada Claudia, el tiranete Sánchez, el corrupto Lula o el marimbero Petro se junten y canten a coro loas de solidaridad con los que tienen a Cuba empobrecida, triste y miserable. Cada día de estas próximas dos semanas servirá para que los dictadores sigan con sus actos, con sus firmas, con sus marchas, alardeando de la mentada soberanía, que solo significa que ellos son soberanos para hacer lo que quieran con sus cautivos.

Dicen que conversan. Uno puede o no confiar en las buenas intenciones de la administración Trump, en especial de su secretario de Estado; pero en los hechos concretos, los visibles, la dictadura sigue ahí trece semanas después de que fue declarada una “amenaza inusual”. Como les dije hace unos días, siempre han sido una amenaza, no es nada inusual.

Inusual es que Trump, después de trece semanas, siga conversando con esa amenaza. Como la otra noche le dije al periodista Juan Manuel Cao en su programa, pienso que —no es miedo— la precaución de esta administración no es desaparecer a esos ineptos dictadores. La verdadera cautela es con quién los reemplazará: quién se va a hacer cargo, no ya de la transición, sino de dirigir la reconstrucción, y quién atenderá a esos millones de personas mientras el país se vuelve a poner de pie.

Cuba puede y será reconstruida, pero tomará tiempo y muchos miles de millones de dólares. Han sido sesenta y siete años de destrucción. Extraer o eliminar a esos dictadores —incluyendo al clan Castro, que conste— es lo más sencillo. Lo que viene después es lo más difícil, pero también lo más necesario y lo más esperanzador.

Cada día que pasa es un día perdido para nosotros, los libres y los cautivos, y un día más de persistencia para la dictadura y sus cómplices.

Trump planea poner su Biblioteca Presidencial aquí en Miami; esperemos que no olvide que casi el ochenta por ciento de esta comunidad quiere que acabe de una vez con el problema cubano. Y acabar con ese problema solo tiene una solución: desaparecer, de la forma que sea, a esa dictadura parasitaria. Cada día que pase es un día más que los cautivos padecen en una supervivencia primitiva.

Sin la dictadura por medio, las fuerzas productivas de esa fértil isla se liberarán al fin. Desatarán toda su iniciativa e ingenio, ya no para recuperar sus vidas —que nunca las han tenido—, sino para, por primera vez, ser dueños de su destino. Por primera vez tener la oportunidad de prosperar gracias a su trabajo honesto, como lo hemos hecho millones aquí, en libertad.

Marco Rubio nació en un hogar cubano; cubano y libre. Espero que sus padres le hayan enseñado a jugar dominó. Nada de trancarse. La única solución es pegarse, aunque sea con el doble nueve.

Foto: YouTube

miércoles, 15 de abril de 2026

La orden está dada: falta que se ejecute

 

Foto: Noticias Martí
 
 

El lunes pasado, Donald Trump volvió a hablar del tema de Cuba. A cada rato lo hace y luego se le olvida por días. El lunes volvió sobre ese tema que tanto nos importa; no por voluntad propia, sino porque le preguntaron al respecto. Le cuestionaron por qué deja entrar combustible a Cuba cuando antes había amenazado con imponer aranceles a los países que enviaran petróleo a la dictadura cubana.

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Esto lo dijo a finales de enero de este año, cuando firmó una orden ejecutiva declarando a la Cuba desgobernada por la Junta Militar de Barrigones como una “amenaza inusual” a la seguridad nacional de Estados Unidos. Recuerdo ese día; fue un día feliz y esperanzador para los que queremos ver a esa bella isla libre y próspera.

El lunes, al ser cuestionado al respecto, dijo que Cuba era una “nación en quiebra” que ha sido “horriblemente mal administrada durante muchos años por Castro”. Creo que ya se leyó —o más bien, alguien de su equipo se leyó— la versión en inglés de mi libro Se acabó la diversión, en el que cuento los inicios de la destrucción de Cuba y explico esa “mala administración”. Por cierto, lo presentaremos este viernes 17 de abril en el Museo Americano de la Diáspora Cubana, en Miami.

La etimología de “orden ejecutiva” lo dice todo: es una orden que se da para que la ejecuten. A principios de 1986, el presidente Ronald Reagan dictó varias órdenes ejecutivas contra el régimen de Muammar Qaddafi. Unas bloqueando las propiedades del gobierno y testaferros libios en Estados Unidos, otras restringiendo el comercio y las transacciones con ese país.

No sirvieron de mucho; el dictador libio, el 5 de abril de 1986, reventó de un bombazo una discoteca en Berlín Occidental llena de soldados americanos que allí se divertían. Diez días después, Reagan ordenó la ejecución de la operación Cañón Dorado y le mandó más de cien aviones a bombardear el palacio de Qaddafi y varias instalaciones militares. No jodieron al maníaco, pero sí a una de sus hijas adoptivas.

Su sucesor, George H. W. Bush, en 1989, dictó una orden ejecutiva para que, precisamente, se ejecutara la operación Causa Justa para atrapar al sátrapa panameño Manuel Noriega. Empezaron en diciembre de ese año y terminaron un mes después con la captura del —dicen— pervertido dictador. Estados Unidos tomó Panamá y luego le devolvió su independencia. Murieron alrededor de dos mil personas en esa operación de seis semanas; menos que los que son asesinados en México, hoy en día, en seis semanas.

Bill Clinton usó también el recurso de la orden ejecutiva; recuerdo alguna contra los talibanes y los países que los acogían. Incluso dictó una contra el régimen de los ayatolás iraníes. Las ordenó, pero su ejecución evidentemente no fue muy exitosa. Ahí está el régimen iraní dándole guerra a Trump, y los talibanes controlaron gustosamente Afganistán hasta que uno de sus invitados cambió el mundo para siempre aquel 11 de septiembre de 2001. Consecuencias de no ejecutar una orden: Clinton estaba entretenido con el “chupachupa” en la Oficina Oval.

La mamadera, entre otras cosas, hizo que su candidato Al Gore no ganara las elecciones del año 2000. Candidato que se pasó toda la campaña hablando del calentamiento global. Nota aparte: cuando la Tierra no se calentó, le cambiaron el nombre a la campaña; ahora le dicen cambio climático. Así, si se calienta o si se enfría el planeta, ya no necesitarán cambiar el nombre de la operación.

La cachondez de Clinton le explotó literalmente a su sucesor, George W. Bush, en sus manos. Osama bin Laden, socio de los talibanes obviados por Clinton, ejecutó los peores actos terroristas en la historia de Estados Unidos. Bush no era Clinton y puso al Tío Sam en función de cumplir sus órdenes ejecutivas. Hasta se le fue la mano y siguió para Irak a terminar el trabajo que su padre dejó a medias en 1990.

Barack Hussein Obama, sucesor de Bush, no dejó morir la tradición del uso de la orden ejecutiva. Algunas de las que dictó tienen consecuencias hasta nuestros días y en nuestras vidas actuales. Una, del 14 de octubre de 2016, restableció las relaciones diplomáticas con la dictadura cubana. Les regaló una victoria a esos asesinos empobrecedores sin exigirles nada a cambio.

Ya antes, a través de otra orden de 2015, negoció e implementó un acuerdo nuclear con Irán. Como a los cubanos, a estos fanáticos les abrió el camino para que construyeran armas nucleares. Ah, y les descongeló entre 50 y 100 billones de dólares a los que no tenían acceso. Las cosas de la democracia: de vez en cuando la gente vota por un apaciguador de dictadores.

De Trump, ni les cuento; ya les he contado que es un elefante en una cristalería. Le ha estampado su gigante firma a no sé cuántas órdenes ejecutivas. Para la Venezuela chavista dictó muchísimas; incluso después de la extracción de Nicolás Maduro y compañía ha dictado otras, como virrey que es del chavismo amansado que administra la Venezuela de hoy. Mansa tiene a Venezuela, pero no libre.

Le metió mano a Venezuela, garantizando crudo a torrentes, antes de meterle mano a los iraníes. Garantizando el suministro. Negociante puro y duro; lo mismo que quien les habla haría. Negocio puro y duro.

La que nos ocupa, la del caso de Cuba, es la Orden Ejecutiva 14380, declarando a la dictadura cubana como una “amenaza inusual” para Estados Unidos. Lo de amenaza lo entiendo; lo de inusual menos: esa gente ha sido una amenaza usual, constante y decidida desde hace sesenta y siete años.

Al menos la orden ya está dada —coño, así mismo dijo Díaz-Contados cuando ordenó reprimir a los cubanos que pedían libertad el 11 de julio de 2021—. Está dada; lo que falta es que la ejecute. La emitió en enero pasado, luego se volvió a acordar de Cuba por allá por marzo cuando dijo que “Cuba es la próxima”. Y así, se acuerda del tema de vez en cuando, o cuando se lo recuerda alguien.

Este lunes dijo que “Cuba es una nación en quiebra. Y vamos a hacer esto. Tal vez nos detengamos en Cuba después de terminar con esto” de Irán. El “vamos a hacer” me encantó; el “tal vez” me preocupó.

Qaddafi, Noriega, Bin Laden, Sadam Hussein, Khamenei y Maduro —todos aliados, directos o indirectos, de la dictadura cubana— están hoy muertos o presos. Todos gracias a las acciones emprendidas por Estados Unidos. Todos, en los meses antes de su eliminación o apresamiento, se mostraron bravucones y envalentonados, desafiantes ante el poder y la determinación de Estados Unidos.

Díaz-Contados está hoy envalentonado. Incluso podría decir que desafiante. Esperemos que ese “tal vez” de Trump se convierta en “vamos a hacer” y lo haga de una vez. Extirpar ese cáncer empobrecedor y represivo de una vez por todas. Terminar con sesenta y siete años de órdenes ejecutivas inútiles e incumplidas.

 

Foto: El Tiempo