Foto: 14yMedio
La Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba
demuestra un día sí y otro también su desconexión con la realidad en la que
tiene sumidos a los cautivos de la isla. Me recuerdan a aquella corte de Luis
XVI a principios de julio de 1789, derrochando lujos, dando la espalda a una
población empobrecida y miserable.
📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí
Luego del encausamiento de Raúl Castro en una corte de Nueva York, los
Panzones de La Habana lo han sacado dos veces de la urna para exhibirlo en
sendos actos de esos que ellos disfrutan tanto. Lo que queda del anciano
dictador, siempre bajo la mirada vigilante de su perro guardián, con perdón de
los perros.
En las imágenes de esos groseros eventos aparece el mentado Cangrejo,
con su correspondiente cara de Neandertal, siempre detrás de su decrépito
abuelo. El crustáceo —se los he dicho antes— siempre viste un uniforme verde
olivo diferente al resto de los Barrigones que lo rodean. Su abuelo, fugitivo
de la justicia norteamericana, Díaz-Contados, Marrano y otros portan casacas
estilo soviético, o ruso, da igual. Los del represor Ministerio del Interior
usan algo parecido, pero más oscuro. El Cangrejo, como su tío Orate, viste uno
diferente.
Todos bien alimentados, peinados, haciendo sus pantomimas para dar la
impresión de que aún gobiernan. Pantomimas coreografiadas en limpios e
iluminados salones con aire acondicionado. Un Estado que solo funciona en sus
corruptas mentes y solo para ellos. Un Estado que abandonó a los cubanos —no es
que los cuidara antes— y solo interactúa con los cautivos para despreciarlos,
humillarlos, oprimirlos o reprimirlos. En ocasiones, todo lo anterior.
Hablando de humillación. Es humillante que, desde finales de enero de
este año, esa mafia maligna que es la Junta Militar de Barrigones haya sido
declarada un peligro inusual para Estados Unidos y, de allá a hoy, lo único que
ha significado es que nadie les regale combustibles, pues, con orden ejecutiva
o no, su fracasado régimen no tenía con qué comprarlo legalmente.
Eso y unas sanciones que, en realidad, no significan más que picadas de
mosquito a un burro flaco. Que si ICE capturó a la hermana de una esbirra, que
si otro, un piloto asesino al que le dieron siete meses y ya los cumplió, que
si Díaz-Contados y su bonsái esposa ya no pueden venir a Estados Unidos.
Picadas de mosquito a un burro flaco.
Y no me digan que la retirada de las operadoras de hoteles es algo
significativo. Es una retirada táctica. Se desprendieron de la carga de tener
que mantener personal en hoteles vacíos en un país en ruinas. Se desprendieron
del trabajo de estar vigilando que esos mismos empleados no les roben desde los
bombillos hasta las latas de habichuelas. No los culpo, que conste. A los
empleados, digo. A las empresas las entiendo, pero las desprecio por
explotadoras de esclavos.
Y es así que, como han ganado tiempo, se atreven a dar la impresión de
que su dictadura moribunda es legítima. Sacan al nonagenario dictador como si
fuera el Cid Campeador. Como en procesión sevillana, mientras los gordos
uniformados le cantan loas en vez de saetas. Pueden hacerlo porque, para
asombro de ellos, la administración Trump no los ha barrido de la faz de esa
isla bella.
¿Y por qué no lo ha hecho? Porque Cuba no importa, porque es
insignificante en el tablero mundial. Insignificante en el sentido material. A
diferencia de Irán y Venezuela, no tiene hidrocarburos en su subsuelo. Tierra
fértil y playas hermosas no valen en la geopolítica de las grandes ligas.
Tiene, además, que es un país colapsado, que no produce. Una nación
mendiga. Ocho o nueve millones —ya no se sabe— de personas talentosas y
trabajadoras —los más— a los que esa Junta Militar tiene aplastados con sus
botas lustradas. Mientras esos Panzones sigan en La Habana, la responsabilidad
de mal alimentarlos es de ellos, de los dictadores. Si Trump y Rubio los
eliminan, se echan el paquete arriba.
Duele decirlo, pero es la realidad. Han pasado quince administraciones,
desde la de Eisenhower hasta la actual de Trump, y nunca han comprendido que la
insignificancia económica de la Cuba comunista es inversamente proporcional a
su malignidad corruptora de naciones. No acaban de entender el papel
trascendental que esos empobrecedores han tenido en la expansión de la
oscuridad antilibertad, antiprogreso, antidemocracia.
Y allí siguen en La Habana. Marrano, Díaz-Contados y el resto de la
comparsa reverenciando al fugitivo nonagenario y a su nieto oligofrénico.
Cangrejo, que todos dicen que tiene el mismo índice de inteligencia que un
mejillón, pero que me va pareciendo que no es tan tonto como dicen.
Y lo voy comprobando cuando ayer leo que el periodista independiente
Iván García dijo, desde abril de 2010, lo siguiente. Me lo mandó Tania, su
incansable madre. Refiriéndose a Raúl Castro, mi hermano negro escribió, hace
dieciséis años:
Se rodeó de su gente. Arropado por su yerno Luis Alberto
López-Callejas, un tipo que huye de los focos, pero resulta uno de sus más
valiosos asesores en materia de negocios que reportan moneda dura. A su lado,
en cada viaje al extranjero o acto público en la isla, está su nieto Raúl
Guillermo, conocido como el “Cangrejo”, y del cual se rumora tendrá un papel
importante en el futuro de Cuba.
Y sí que parece tenerlo, lo cual me irrita hasta la médula. Que el
futuro al que Iván se refería hace dieciséis años sea esta catástrofe
humanitaria que azota a nuestros paisanos de la isla, haya sido causado por ese
fugitivo dictador, acompañado de su nieto, y que ese nieto —al que sí le
encantan las luces de los focos— sea interlocutor de la nación más poderosa del
orbe, me dice el escaso valor que tienen los cubanos de la isla para unos y
para otros.
Dice Trump que atenderá el tema de Cuba cuando termine el de Irán. Es
decir, nos tocó el último turno en la fila, como en las colas de aquellas
bodegas racionadas, hoy ya desaparecidas en este colapso final. Y vuelvo a
repetir: ¿por qué? Porque los cubanos de la isla, valientemente, hasta ahora
solo han podido organizarse en algunos barrios para tocar cazuelas y quemar
basura, porque la policía sigue reprimiendo con eficiencia y porque esa
dictadura no podrá producir una fanega de maíz, pero es experta en mover sus
fichas cómplices en la política mundial.
Estamos de últimos en la fila porque, a pesar de todos los esfuerzos de
Marco Rubio, aquí en el exilio, en vez de presentarle un frente unido y
cohesionado a la administración, están sus cabezas visibles —políticos,
académicos, influencers y toda esa pléyade de organizaciones que dicen
luchar por una Cuba libre— peleándose entre sí por ver quién va a ser
presidente de esa república hoy inexistente. Negándose el saludo unos a otros,
mientras los dictadores a noventa millas sí presentan una cara uniforme, unida.
La dictadura, como la corte de Luis XVI en julio de 1789, le da la
espalda a sus cautivos y, como aquel rey y su María Antonieta, siguen
disfrutando de sus pantomimas y sus lujos. Ya casi llega julio de 2026; en una
de esas, esos cautivos hambrientos y olvidados se hartan, como aquellos
parisinos, y, por primera vez en sus vidas, toman sus destinos en sus manos y
barren con sus opresores, en la calle, hasta el final. Que conviertan a Cuba en
su propia Bastilla.
Así no tendrán, ni tendremos, que estar pendientes a los vaivenes y las
decisiones del presidente de un país que no es Cuba para llegar a la ansiada
libertad. Sin negociaciones con ningún crustáceo ni con ningún “tecnócrata”.
Libertad total, sin mediaciones. Libertad final, para empezar, de una vez, la
reconstrucción de nuestra nación robada. Trabajar duro para regresarla a la
prosperidad, el respeto a los ciudadanos y la felicidad de los cubanos.
Fotos: El Toque