Hace noventa y tres años un sargento taquígrafo entró a la Historia de Cuba. Entró por inteligente, esforzado, astuto y decente. Entró a una Historia que nunca le dio el lugar que merecía, que no hizo más que elevar sus errores y esconder sus muchas virtudes.
Fulgencio Batista y Zaldivar entró a la Historia de Cuba hace noventa y tres años con el grado de sargento de un Ejército Constitucional. Llegó haciendo su propia "revolución", otra más. Hasta una bandera lo representaba, azul, blanca y roja como la de la Patria, y al final, amarilla, como el uniforme de aquel sargento.
Hace ochenta y seis fue artífice de la constitución más democrática y avanzada de su época, sobre la que pronto reconstruiremos nuestra república robada. Fue el primer presidente de esa nueva república y cuatro años después la entregó a su sucesor mientras el mundo lo alababa.
Hace sesenta y siete años Fulgencio Batista salió de la Historia de Cuba, no por golpista, sino por decente. Se subió en un avión para quitarse de en medio después de los suyos lo traicionaron. Se fue por decente.
En aquel 1959 una pandilla de indecentes se robaron esa república, la mancillaron y humillaron, convirtiendo un país en una finca particular. El líder de esa pandilla debía su vida a Batista, que no lo eliminó como se merecía. No lo hizo por decente.
No olvidaron esos bandidos hacer lo mismo con esa Historia de Cuba en la que hace noventa y tres años un sargento taquígrafo, mestizo y joven, entró en ella por inteligente, esforzado, astuto y decente.
En unos días andaré por Madrid de la mano del milagro de mi Cuba. Iré a darle un saludo a quien la Historia de Cuba le debe un merecido reconocimiento.
Por decente, porque la nueva Cuba, la que pronto llegará, necesita ser refundada desde la decencia.



Salud Salud Salud. Gracias.
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