Donald Trump, con su "aguaje" habitual, declaró en la Asamblea General de la ONU que el régimen cubano es un Estado fallido y que caerá. Reconforta que, después de tantos titubeos, al menos en el discurso esté la intención de que la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba desaparezca o, quizás, mute hacia otro estadio de ignominia a la venezolana.
Al menos lo repitió, y se le agradece.
Los representantes de los Panzones en ese foro inútil no soportaron escuchar las verdades sobre su régimen asesino. Mucho menos las de su destino próximo, que, con Trump o sin Trump, es inevitable.
Se levantaron de sus poltronas y se marcharon. Los cobardes no soportan la verdad, y mucho menos lo que les depara el futuro. Con Trump o sin Trump, es lo que les depara el futuro: su desaparición inevitable.
Trump también arremetió contra los asesinos iraníes sentados allí también. A diferencia de los lacayos de los Barrigones —dizque diplomáticos—, los persas aguantaron toda la bravuconería impasibles: llevan meses pasándosela por el forro de sus islámicas campanas.
Allí se quedaron escuchando, impasibles, pacientes. Desafiantes.
Los cubanos, abyectos, no aguantaron. Solo son bravos contra sus cautivos, contra el pueblo de la isla triste y pobre; huyen cuando les anuncian su realidad en un inútil foro mundial. Corren cuando les anuncian lo que les espera.
Ellos lo saben: su fin está cerca. Con Trump o sin Trump.
Está cerca.


Y a esa cobardía le llaman ellos “dignidad”
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