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lunes, 3 de agosto de 2026

En Cuba la comida abundaba y hasta sobraba

 

Foto: delcampe.net
 
 

Las generaciones de cubanos nacidos en la isla después de que Fidel Castro se la robara hace sesenta y siete años han crecido creyendo que su tierra natal siempre fue un territorio pobre y desabastecido. Lo han creído porque el totalitarismo comunista que nos impusieron desde octubre de 1960 convirtió a lo que fue un país próspero y autosuficiente en un territorio pobre y desabastecido.

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No solo eso: la narrativa oficial de ese totalitarismo comunista se empeñó —y lo logró bastante— en borrar el pasado de prosperidad y autosuficiencia que el propio sistema destruyó en pocos años. Los inicios de la conversión de Cuba en un país parásito e improductivo lo he contado en mi libro Se acabó la diversión.

Fue un proceso muy rápido. Tan solo tres años después de que Fidel Castro y su pandilla convirtieran un país en finca privada, tuvieron que implantar, en 1962, el racionamiento de alimentos y productos básicos. Al principio dijeron que sería una medida temporal, pero duró sesenta y cuatro años, hasta 2026, cuando ya fue eliminado.

Y no fue eliminado porque en 2026 abunden los alimentos, como abundaban antes de que los cubanos entregaran sus destinos a ese Orador Orate. No: la Junta Militar de Barrigones que heredó la finca miserable ha eliminado el racionamiento porque ya no tiene nada que racionar. Ya no tiene alimentos con qué alimentar a los mismos a los que impide producir alimentos. Un poco más y culparán a los cubanos de querer comer, tomar agua, bañarse y hasta respirar.

Son generaciones —me incluyo en ellas— que crecieron en un país que siempre tenía dificultades, que siempre tenía problemas para cumplir planes de producción. Que si el bloqueo, que si la falta de piezas de repuesto, que si la sequía, que si las lluvias, que si el moho azul o la roya de la caña. Siempre era algo.

Y les digo: no siempre fue así. Es más, nunca, hasta la llegada de esos bandidos barbudos, Cuba sufrió de escasez de alimentos. Nunca. Durante los casi cuatro siglos y medio antes de que ese vago pichón de gallego resentido se apoderara de un país próspero, pujante y funcional, nunca esa fértil isla sufrió de una escasez generalizada de alimentos.

Me dirán que sí, que cuando Valeriano Weyler encerró a miles de campesinos sí hubo hambre. Y tienen razón: miles de cubanos murieron de hambre por la nefasta —pero efectiva, aunque duela decirlo— política de reconcentrar campesinos en los pueblos de Cuba. Hambre por falta de suministros y porque las cosechas de los campos de Cuba eran quemadas consuetudinariamente por las fuerzas insurrectas, por los mambises.

Excepto esos dos o tres años, nunca en Cuba hubo escasez de alimentos. Nada parecido a lo que empezó en 1960 y tiene hoy a más de ocho millones de cautivos viviendo en condiciones primitivas. Y ya ven que soy historiador —o al menos creo que lo soy— y, escribiendo la historia de esa isla que llevo en mí, encuentro cosas que no solo me indignan ante la miseria actual, sino que me llenan de esperanza para ese futuro que ya vemos en el horizonte, y que no es utopía.

Les he contado historias parecidas a la que les voy a contar ahora, la de hoy es de mediados del siglo XVIII, hace más de doscientos cincuenta años. Les he contado descripciones similares a esta, pero que datan de los siglos XVI y XVII, hace una pila de años. Y desde hace una pila de años, durante toda su historia hasta la llegada del comunismo totalitario, en Cuba abundó la comida.

No me crean a mí; créanle a Nicolás Joseph de Ribera, un habanero que nació a finales de los 1600 y creció en una ciudad que crecía y se ennoblecía por entonces. En 1760, siendo profesor de la Universidad de San Jerónimo, escribió una Descripción de la Isla de Cuba para enviarla a España con algunas recomendaciones para el gobierno metropolitano.

Y lo que describe nuestro paisano Joseph es un país maravilloso. Miren un ejemplo:

Toda la isla está cubierta de florestas y bosques siempre verdes, que la hermosean mucho. Por partes abunda en sabanas que son dehesas pingües, que producen mucho pasto de ganados. Su inmensa arboleda es, o frutífera o de preciosas maderas. Su tierra es feracísima, lleva bien trigo, arroz, millo, maíz, garbanzos, chícharos, gandules, caballeros, congos, judías, con otras mil especies de frijoles y generalmente cuantos granos se conocen.

Abundan mucho la yuca, ñames, jengibre, batatas, jícamas, y otras raíces sabrosas e importantes. Son muchas las especies de sus frutas, saludables y grandes; cuales piñas, cimarronas y de Cuba, mameyes, zapotes, dominicos y colorados, plátanos machos, hembras, y guineos, papayas, aguacates, guanábanas, mamones, anones, nísperos, caimitos, jaguas, guayabas, cocos, corojos, granadas, naranjas y limones; también de muchas especies; y en abundancia extrema, cidras, limas, toronjas, melones, sandías, pepinos, y una infinidad de frutas pequeñas, como dátiles, uvas, ciruelas, jobos y otras. Las calabazas de todo género son abundantísimas y generalmente toda [la isla] está llena de frutas, semillas y otras producciones gustosas y de buen alimento. La caña dulce se da con gran abundancia en todas partes, el tabaco es común, el añil lo produce la tierra sin sembrarlo. Viene bien el café. El cacao con bastante prontitud y críanse las vacas y caballos de la raza de Andalucía con tan gran abundancia que en muchas partes los hay sin dueños, y en todas andan sin pastos. Los cerdos son infinitos, y de mejor gusto que en España.

También hay ovejas, pero pocas, porque siendo tan delicadas necesitan del cuidado y pasto que allá no se usan. Hay burras y mulas muy fuertes. También hay cabras, y, en fin, cualquiera especie de animales se produce allí con abundancia.

De aves domésticas hay pavos reales y comunes, patos, gallinas, pichones. De la caza y grandes, las que llaman gallinas de Guinea, muy sabrosas, los cocos y los guariados. Las cayamas, los flamencos, las guananas y las grullas, las palomas (de muchísimas especies), las perdices, los patos, de tres clases, las yaguasas y otras diferentes.

Y así continuó por largos y hermosos párrafos, describiendo una isla hermosa. Joseph termina su descripción diciendo que Cuba "no tiene animal ponzoñoso, ni fieras".

En esto no se equivocó: en su época, hace más de doscientos años, no había animales ponzoñosos ni fieras en esa isla hermosa. Las fieras ponzoñosas llegaron en enero de 1959 y destruyeron toda la prosperidad que, desde antes de los tiempos de Joseph y mucho después, bendijo siempre a Cuba hasta que llegaron Fidel Castro y sus bandidos a demolerla.

Nicolás Joseph de Ribera nos recuerda un país hoy demolido. Nos describe una abundancia tal que, confiéselo, entre los productos que menciona hay muchos que ni usted ni yo hemos conocido. El totalitarismo comunista ha demolido tanto que la Cuba de hoy es irreconocible en un espejo de hace más de doscientos años.

Espejo que, gracias a la historia, nos servirá para reconstruirla, refundarla y volverla a convertir en una isla próspera, autosuficiente, feliz y, sobre todo, libre. No sé usted, pero a mí me encantaría probar, por primera vez en mi vida, una jagua, o volver a comer un jobo producido en la fértil tierra de la que tuve que escapar para ser libre.

Comunismo es igual a miseria, es igual a fieras, es un animal ponzoñoso. Lo digo yo y lo dice la historia. Durante 450 años la comida abundaba y hasta sobraba en aquella Cuba. Todo eso fue desapareciendo durante los últimos sesenta y siete años.

Comunismo es igual a miseria.

 

Foto: Martí Noticias

domingo, 12 de julio de 2026

El Orador Orate, la serie: I. Moscú, 1963

 

Foto: Humanidadenred.org
 

Ayer, para aliviar el alma que ha tenido unas semanas únicas—, empecé a escribir la segunda parte de mi libro Se acabó la diversión. Ocupar la mente escribiendo historia es algo reconfortante y a la vez útil. El relato de mi primer libro terminó en el año 1965 y el de este inicia en 1963, durante la visita de Fidel Castro a la Unión Soviética entre el 27 de abril y el 2 de junio de ese año.

Fiel a su costumbre, el nuevo dueño de Cuba y ahora súbdito de los soviéticos dio varios discursos durante su larga estadía en el país. Durante su nefasta vida, el sujeto nunca dejó de hablar; de ahí que yo le llame Orador Orate. Esa denominación me saltó a la mente mientras terminaba ese primer libro a finales de 2024: Orador Orate, nunca mejor dicho, me dije. Hasta orgulloso me sentí de inventar un término tan preciso.

Resulta que no fui el primero. Zoé Valdés —alma querida— se me adelantó en llamar al dictador asesino “el Orador Orate”. Es más, en la misma página donde le dice así, también alude a la canción En eso llegó Fidel, en la que Carlos Puebla dice en uno de sus versos: “Se acabó la diversión, llegó el comandante y mandó a parar”. Coincidencia o destino; pero, entre muchas cosas malignas, eso fue Fidel Castro: un Orador Orate, un demente que nunca cesó de hablar.

Como voy a estar no sé cuántos meses o años en este esperado proyecto, he decidido compartir con ustedes —millones de lectores y amigos— algunas de las cosas que este individuo que nos jodió Cuba dijo en su vida. Por eso le llamaremos “El Orador Orate: la serie”.

Regresemos a Moscú; es el 23 de mayo de 1963.

Sobre la manipulación mediática de las “masas”:

En la prensa, en la radio, en el cine, en los libros, en las escuelas, por todos los medios se calumniaba a la URSS. Los enemigos de la clase obrera no solo se valen de la represión, sino también de las armas ideológicas y de su principal arma: la mentira, para someter a las masas y embotar sus sentimientos revolucionarios.

Sobre el Estado capitalista:

En nombre de la propiedad privada sobre los medios de producción entregan la patria al dominio imperialista, prostituyen las familias, suprimen las libertades; imponen una sociedad cruel, dividida entre explotadores y explotados, y esclavizan al individuo. Mendigos, prostitutas, desempleados, niños sin escuelas, familias sin hogar, analfabetos son categorías que abundan hasta en las sociedades capitalistas más desarrolladas. Donde las libertades, la moral, la cultura, la familia, el ser humano son brutalmente subordinados al concepto egoísta y a los intereses de la sociedad privada sobre los medios de producción.

Quiten capitalismo y sustitúyanlo por socialismo totalitario y verán que eso que denunciaba era exactamente lo que le ha hecho su Estado fallido a los cubanos.

Toda una vida mintiendo descaradamente.

Un Orador Orate, e hijo de puta.

 

Foto: Página 18 del libro de  Zoé Valdés*
 
 
* Zoé Valdés. Yo acuso, Cuba llora. Independently published, 2024 

viernes, 26 de junio de 2026

La necesaria ocupación norteamericana de Cuba

Foto: CiberCuba
 

Duele mucho decirlo, duele mucho aceptarlo, pero entre todas las opciones visibles para el día después de la desaparición de la Junta Militar de Barrigones que ha desgobernado lo que queda de Cuba, la más viable y efectiva es la de una ocupación humanitaria bajo el mando de Estados Unidos. No es una solución honorable, conste, pero es la más efectiva.

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No tiene que ser una ocupación humanitaria solo por parte de Estados Unidos; pudiera ser de una coalición de países del hemisferio. Pero siendo este mundo como es, creo que sería meter más ruido a lo que ya de por sí nos duele aceptar.

No será la primera vez que esto suceda en la convulsa historia de nuestra querida isla. El 1.º de enero de 1899 —sesenta años antes de ese nefasto 1.º de enero— se arrió la bandera española en La Habana y se izó la de las barras y estrellas. Iniciaba un corto período de reconstrucción: tres provechosos años en los que, bajo administración norteamericana, Cuba pudo salir de la crisis provocada por la sangrienta guerra de independencia.

Una ocupación extranjera denostada por quienes secuestraron el destino de Cuba desde aquel nefasto 1.º de enero de 1959. Administradores norteamericanos que organizaron un gobierno provisional compuesto por muchos excelentes cubanos; cubanos capaces trabajando codo con codo con los ocupantes reconstructores.

Organizaron un sistema de salud desde la nada y uno educacional que incluso convirtió los cuarteles en escuelas —¿les suena la frase?—: escuelas desde primarias hasta facultades universitarias; se enviaron miles de cubanos a estudiar Pedagogía en Harvard; se instalaron escuelas especializadas, desde la de Comercio y la de Artes y Oficios hasta la reorganizada escuela de arte de San Alejandro.

Bajo la dirección del cubano Carlos J. Finlay se erradicó la fiebre amarilla, devastadora epidemia endémica desde siglos atrás. Se implantó un reglamento sanitario, se repararon los acueductos y las alcantarillas, y se organizó la recogida de basura.

Los culpables de la catástrofe humanitaria —sin precedentes en la isla— que sufren hoy los cubanos llevan sesenta y siete años denostando aquella intervención humanitaria que devolvió a Cuba y sus habitantes a la civilización. Estoy seguro de que usted sabe lo que fue la Enmienda Platt, pero nunca ha escuchado sobre la Enmienda Foraker de 1899.

La primera fue impuesta a la primera constitución de Cuba libre para proteger a Cuba de los propios cubanos y, de paso también, como es lógico, los intereses norteamericanos en la isla. Las veces que se aplicó no fue a iniciativa de los norteamericanos, sino de los propios cubanos, para disgusto de los primeros.

La Enmienda Foraker se hizo también para proteger los intereses de los cubanos. La enmienda prohibía que el gobierno interventor aprovechara su posición para entregar o conceder propiedades en Cuba al capital norteamericano. Fue una enmienda con vistas a devolver Cuba a los cubanos, con miras a evitar una anexión ansiada por muchos y rechazada por otros tantos.

Así fue que, luego de tres provechosos años, Cuba libre se convirtió en una república constituida. Una república que resultó convulsa políticamente, pero asombrosamente exitosa en su prosperidad y desarrollo. Una república que en solo sesenta años convirtió una isla desolada por la guerra en una de las economías más pujantes del mundo.

En pocos años, Cuba se convirtió en el principal productor de azúcar del mundo, en el productor del mejor tabaco y en uno de los principales socios comerciales de la primera economía del mundo, atractiva para sus inversiones y su progreso. Cuba tenía tratados comerciales, en condición de iguales, con muchos países del mundo; comerciaba incluso con la Unión Soviética.

Luego de esos provechosos tres años, Cuba se convirtió también en uno de los países más atractivos del mundo para los migrantes. Separada de España, en pocos años llegaron más españoles que nunca. No solo españoles: miles de chinos, gente de Medio Oriente y hasta italianos. Cuba era próspera, tan próspera que hasta los abuelos de Claudia Sheinbaum llegaron a La Habana a fundar el Partido Comunista que se encargaría de arruinar esa prosperidad.

Aquella república próspera fue asesinada desde el 1.º de enero de 1959 por la pandilla totalitaria de la que la Junta Militar de Barrigones —que desgobierna lo que queda de Cuba— es heredera. Aquella república duró sesenta años; la dictadura que la asesinó lleva sesenta y siete años y medio. Nuestra bella isla ha sufrido una guerra de sesenta y siete años y medio: el conflicto más largo en la historia contemporánea.

Hoy está sumida en una catástrofe humanitaria sin precedentes en su historia. No solo arruinada, Cuba está demolida. El socialismo muele y demuele el progreso al mismo ritmo que extirpaba la libertad. Reconstruirla —refundarla— nos costará mucho esfuerzo y dinero; requerirá de mucha organización.

Esa organización necesaria no la veo entre nosotros. Ni en los de aquí, que ya se quieren repartir el país que aún sufre, ni en los de allá, que llevan generaciones aislados del mundo real: el del trabajo digno con remuneración merecida, el del crecimiento propio, el del respeto a la propiedad privada e individual, a la ley, el del pago de impuestos y todo lo que enmarca el mundo civilizado de los países exitosos.

Por eso, aunque no sea una solución honorable, creo que una intervención humanitaria, como aquella de hace más de cien años, sería la solución más viable y efectiva para iniciar el regreso de nuestra isla a la civilización y al progreso. Ante una catástrofe de estas dimensiones tendremos que evitar las pasiones y buscar las soluciones.

Dicho esto, creo también que esa deseada —por mí— intervención humanitaria está cada día más lejos de concretarse. A pesar de la alharaca de esa dictadura marchita, Estados Unidos —la administración Trump— nos ha demostrado en los últimos meses que lo último que le interesa es encargarse de reconstruir una isla arruinada e improductiva.

Quiere decir esto que, para quienes queremos ver nuestra Cuba libre de una vez —libre para empezar a reconstruirla y sanarla—, tenemos que trabajar con pasión en pos de esa solución. Lo primero, lo indispensable, es eliminar a esa Junta Militar de Barrigones, borrar ese muro que aísla a sus cautivos de la libertad y la prosperidad.

Si no nos ayuda Estados Unidos con la necesaria intervención humanitaria, ya veremos qué haremos nosotros mismos una vez que no quede ni un solo dictador ni un solo beneficiario de Gaesa. Lo primero, lo indispensable hoy, es quitarlos de en medio con pasión. Sin mediaciones, sin medias tintas.

 

Foto: Diario de Cuba