Foto: CBS News
Cuba siempre ha sido, desde su
gestación como país independiente, un país con muchos líderes. Muchas veces
líderes de bandos, facciones o grupos opuestos. Y fíjense que no digo que tener
líderes sea algo bueno o necesario. La mayoría de los países exitosos funcionan
felizmente sin necesidad de un líder.
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Pero siete u ocho mil años de
historia conocida han demostrado que, en ocasiones, es necesario tener un líder
para rectificar o eliminar el daño que ha hecho otro líder. Ha sucedido miles
de veces desde los tiempos de Egipto y hasta antes. No es necesario que les
haga una lista: no acabaríamos nunca.
En el caso cubano actual, que es
el que nos ocupa, el lado del mal siempre ha aventajado a los del bien en esto
de los liderazgos. El lado del mal, desde el 26 de julio de 1953, tuvo como
líder indiscutible a Fidel Castro. Tuvo como líder a un desequilibrado maleante
narcisista con una inusitada capacidad de convencimiento y supervivencia; a un
Orador Orate.
Un líder indiscutible,
sociópata de manual, que se las agenció para llevar a un país funcional y próspero al desfiladero de la miseria solo por un capricho personal. En
aquel entonces, la mayoría de los cubanos marcharon, literalmente, al ritmo de
su flauta embelesadora. A los valientes que se le opusieron los asesinó, los
encarceló o los desterró.
Un líder indiscutible —duele
decirlo—: incluso diez años después de su muerte seguimos hablando de él.
Seguimos siendo testigos del armagedón que su indiscutible y maléfico liderazgo
esparció por nuestra Cuba, antes próspera. Duele decir, también, que el líder
indiscutible del lado del mal murió tranquilo en su cama robada, bajo un techo
robado al bien.
Luego de que estirara la pata —en
las que ya no calzaba lujosas botas, sino cómodos sneakers del
capitalismo odiado—, lo reemplazó, ahora como líder indiscutible del lado del
mal, su acomplejado hermano Raúl Castro. Pequeño y menos retórico, pero igual
de maligno y despiadado. Cariñoso con su familia, despiadado con los cubanos.
Un líder indiscutible, pero menos
mediático que el Orador Orate. Una degradación, vaya, pero con liderazgo
indiscutible ante sus cautivos. Indiscutible por tener, en sus alcohólicas
manos, los hilos de la represión, la fuerza y —también importante— el dinero
del país, o de lo que quedaba del país.
Pero como estaba viejo o cansado
del trabajo del día a día, le cedió el liderazgo formal —que no el real— a un
pelele lamebotas —o lametenis, quién sabe— para que fuera la cabeza visible de
la Junta Militar de Barrigones que heredó las ruinas de la obra del Orate
parlanchín. Y ese individuo de líder no tiene ni la panza. Y miren que tiene
panza.
Gris como una rata y bruto como
una mula, es el elegido por el dedo del líder. Pero ahí lo tenemos: es la
cabeza visible, el líder visible que nos regala bellas frases como la de la
utopía en el horizonte, la resistencia creativa o “el limón es la base de todo”.
Para colmo, tiene que compartir el liderazgo con un Crustáceo cuidador del
abuelo que sigue siendo el líder simbólico de esa catástrofe. Miguelito y el
Cangrejo; daría risa si no provocaran tanto dolor.
El liderazgo del mal ha ido en
una caída en picada al mismo ritmo que el hundimiento de lo que queda de Cuba
en las profundidades de la barbarie y la miseria. Liderazgo que refleja el
fracaso de lo que nunca fue una utopía o un proyecto, sino el asalto y el robo
a una nación próspera por parte de una familia y su pandilla.
Liderazgo actual de ese mal que
ya lleva sesenta y siete años. Liderazgo de pocas luces que, sin embargo, sigue
siendo liderazgo. No porque lo merezcan o porque sigan siendo líderes por sus
capacidades. No: siguen ahí porque del lado del bien, a pesar de tantos
esfuerzos, nunca hemos tenido un líder efectivo.
Hemos tenido muchos y valiosos
líderes que —duele decirlo— no han sido efectivos a pesar del esfuerzo y
patriotismo con que lo intentaron. Hoy, de este lado del bien, desde el exilio,
nos sobran quienes se autotitulan líderes y nos faltan líderes verdaderos. Hoy,
en las calles y campos de Cuba, nos faltan esos líderes efectivos que impongan
la fuerza del bien, de la libertad, sobre la agonizante ya fuerza del mal.
Duele decirlo: que no podamos
desde aquí y desde las calles y campos de Cuba deshacernos de un inepto como
Díaz-Contados, de un corrupto como Marrano, de un llorón como Rodríguez
Parrilla, de un zopenco como el Cangrejo y de toda esa caterva de inservibles
que, por nuestra falta de líderes reales y efectivos, siguen considerándose
líderes en esa tierra de ciegos en la que el Tuerto es rey.
Duele.
Foto: CiberCuba