La espiral de decadencia a la que la Junta Militar de Barrigones ha llevado a Cuba parece no tener fin. El costo material de la demolición de lo que fue un país próspero y autosuficiente casi ha llegado a su punto máximo. No así el humano.
Cada día que pasa son veinticuatro horas más en las que mis paisanos sobreviven en condiciones que hacen parecer el Infierno de Dante como un cuento de niños. Literalmente, la necedad e ineptitud de esa pandilla de desalmados ha sacado a los cubanos de la vida civilizada actual. Cuba es hoy el primer territorio libre de civilización en América; contando a Haití, que conste.
Los cubanos llevaban décadas malviviendo bajo un totalitarismo comunista y represivo desde que se dejaron arrebatar su condición de ciudadanos de una república —imperfecta, sí, pero funcional— y aceptaron convertirse en vasallos de un Estado omnipresente bajo la tutela de un Orate que no paraba de hablar y de destruir.
Había tanto que destruir que le tomó al barbudo y a su pandilla treinta años darse cuenta de cuánto habían destruido y de cuán dependiente era su circo, de cuán parásita era la finca en la que habían convertido aquella Cuba próspera y autosuficiente. Durante esos treinta primeros años, a pesar de los miles de millones de rublos de ayuda, los cubanos convivieron con apagones, escasez de gas, mal transporte público, racionamiento de alimentos y productos básicos, y haciendo largas colas para adquirir cualquier cosa, de las pocas cosas que podían adquirir.
No era todavía el paraíso socialista que el Orate les decía, repetidamente, que estaban construyendo. Como un niño malcriado pateando una lata vacía, el malcriado barbudo siempre pateaba hacia el futuro ese paradisíaco futuro comunista que decía que estaban construyendo. Treinta años de planes y campañas que “ahora sí” iban a desarrollar una isla que en 1959 ya estaba bastante desarrollada.
Llegó 1990 y se acabó la diversión para el parlanchín en jefe, y se quedó sin subsidios y con once millones de bocas a las que se había obligado a alimentar cuando les quitó su libertad a cambio de sumisión. Y ahí “se acabó lo que se daba”: nunca más literal ese decir cubano. Se quedó sin quien lo mantuviera. No era la primera vez: su padre lo había mantenido hasta su muerte, luego su madre y después los soviéticos hasta que los arruinó. Toda su existencia consistió en buscar quien lo mantuviera.
En 1990, el Orador Orate se quitó la careta. Siguió diciendo las mismas tonterías con la misma frecuencia, pero demostró que el socialismo que decía construir desde hacía treinta años no era tal. Lo único que construyó en esas décadas fue su poder personal. Sin papá soviético compartió, sin dudarlo mucho, su isla —su finca— con cualquier rufián dispuesto a ensuciar su capital en inversiones turbias con un dictador que no solo les ofreció una isla, sino también a sus hijos. Especialmente a sus hijas.
Desde el llamado Período Especial hasta la fecha, nuestra desdichada isla y sus hijos han sufrido esa espiral de decadencia, incrementada aún más desde la instauración de la Junta Militar encabezada, nominalmente, por un puesto a dedo. Miguel Díaz-Canel es la cabeza visible de ese Estado fallido que ata y somete a los cubanos. Un Estado que les impide progresar y ser libres al tiempo que los reprime por intentar ser humanos.
Hace unos días, este balbuceante esperpento dio una entrevista a un diario brasileño. Un intercambio que comenzó con complicidad, pero que la imbecilidad del individuo llevó a que rápidamente el terciopelo se convirtiera en yute. No por culpa de la periodista, sino por la misma desconexión de la realidad por la que transitan todos los barrigones miembros de esa Junta.
Hay que reconocerle que reconoció su propio fracaso. Lo hizo hasta con desgarradoras cifras de la catástrofe humanitaria que se extiende por toda Cuba. Por supuesto, como siempre, para él el causante de esta debacle no es el régimen que representa. La ruina final de la isla no es culpa de todos esos obtusos “reordenamientos” e “implementaciones” que han borrado las “potencialidades” del país. No: la culpa, ya saben, es del “bloqueo”, del “imperialismo”.
En la entrevista se contradijo constantemente. Digo que se contradijo porque así lo vemos quienes vivimos en el mundo real. Díaz-Contados no vive en este mundo: vive en el suyo. Él puede decir que Cuba antes de 1959 dependía de Estados Unidos y que por eso se hizo la “Revolución”, y dos minutos después decir que los problemas de Cuba empezaron cuando desapareció la Unión Soviética, de la que dependía el 88 % de su comercio exterior. Así, como si nada.
Luego dijo que la “situación compleja” a la que su Estado fallido intenta sobrevivir es causada por ese “bloqueo” norteamericano que no los deja comerciar con Estados Unidos. O sea: en 1960 comerciar con Estados Unidos era la causa de los problemas de Cuba, mientras que desde 1962 hasta 2026 no comerciar con Estados Unidos es la causa de los problemas de Cuba. Hay que ser imbécil o cínico, o las dos cosas.
Ante las presiones de la administración Trump, la Junta Militar ha propuesto “implementar” un plan de 176 medidas de privatización de la economía en ruinas. Capitalismo de Estado con sabor tropical; capitalismo de amigos, de cuates, de camaradas. Al preguntársele sobre estas medidas —inútiles por donde se vea—, el Puesto a Dedo contestó que eso no era capitalismo, que eso era socialismo. Hay que reconocerle también que hasta a un mentiroso compulsivo de vez en cuando se le escapa una verdad, y dijo que esas inversiones y semilibertades eran medidas temporales, que después seguirían ellos en la “construcción del socialismo”.
En su delirio llegó a decir que el “pueblo” —nefasta palabra si la comparamos con “ciudadanos”— estaría dispuesto a dar su vida en defensa de la “ruinalución” que él representa. Dispuestos a morir por un mequetrefe por el que nadie de ese pueblo votó, que representa al mismo diabólico régimen que los tiene sobreviviendo como primitivos y que les cae a palos y encarcela ante la primera queja o protesta.
Y miren: la espiral de decadencia no son solo las estupideces que dice esta pandilla de ineptos desconectados del mundo. Es también la forma. Sesenta y siete años de totalitarismo castrista no solo despojaron al cubano de su libertad y prosperidad: le extirparon las maneras de convivencia social con las que nació la nación cubana. La vulgaridad y el mal gusto en el hablar y en el vestir de este monigote al que un Cangrejo le llama Miguelito es reflejo y resultado del plan de Fidel Castro para deconstruir —mejor dicho, demoler— a la nación cubana.
El lenguaje, la manera de hablar, la gesticulación, la forma de vestir, el arte, la literatura, la música, la plástica, la culinaria, el respeto a la propiedad individual, la iniciativa propia, las formas sociales, los valores humanos, la religión... todo ha sido tergiversado hacia la marginalización. No solo han demolido la riqueza material de esa isla que siempre fue faro de prosperidad: han sepultado a una cultura vigorosa, rica y plural bajo una gruesa capa de estiércol resentido y vulgar.
Dondequiera que volteemos ahí está la marginalización de la cubanía. Lo mismo un performer que llega a mancillar nuestra bandera en el altar de la libertad y hablar de olores genitales ante un patriota, que este tarugo de Díaz-Contados al que, momentos antes de la mentada entrevista, su “excelsa” esposa le peina las canas de su vacía cabeza usando sus manos a golpe de salivazos y escupitajos, mientras sonríe orgullosa de ejecutar este acto “de pueblo” frente a una periodista extranjera.
Pobre Cuba: no veo la hora de que les llegue a estos malnacidos la justicia y el castigo que merecen. No veo la hora de empezar a reconstruirla, a refundarla. Pero, oigan, va a costarnos sudor y lágrimas.
Sangre no: en nuestra Cuba libre no correrá más sangre, solo vida, prosperidad y felicidad. Ah, y peines.

