El pasado 25 de abril, durante la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca, un desequilibrado intentó traspasar el control de seguridad exterior disparándole en el abdomen a un policía para, inmediatamente, correr hacia el salón donde se celebraba el evento. Un estúpido plan ejecutado por Cole Tomas Allen, un joven de treinta y un años proveniente de Torrance, California.
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Un joven que trabaja en C2 Education, una escuela dedicada a entrenar y preparar a los jóvenes que se aprestan a pasar los exámenes de ingreso a prestigiosas universidades. Una escuela de tutoría en la que Allen recibió el título de Maestro del Mes en diciembre de 2024. Un antitrumpista desequilibrado, como casi todos.
El chico pertenece a un grupo conocido como The Wide Awakes (Los Bien Despiertos), aliado del movimiento No Kings (No a los Reyes), que se organizó en contra de la presidencia de Donald Trump. Si en su primer término los enemigos de Trump sacaron a la calle a Black Lives Matter, ahora, en la segunda, inventaron el No Kings.
El problema es que Black Lives Matter, para este segundo término, estaba ya muy desacreditado por la corrupción rampante de muchos de sus líderes. Al parecer, hay dinero de sobra para ejecutar políticas que erosionen la democracia, la libertad de expresión, la convivencia y la gobernabilidad de Estados Unidos.
Este atentado a Trump es ejemplo de ello. Es ejemplo de la hipocresía de la llamada izquierda o de los autodenominados progresistas. Qué les habrá inculcado este estúpido a sus alumnos. Son de los que toman calles, atacan policías y hacen destrozos defendiendo a los extremistas islámicos en Gaza o en Irán, da igual. No importa que unos y otros se escuden detrás de inocentes civiles mientras masacran a todo el que puedan. Lo importante no es defenderlos; lo importante es joder a Occidente, a la democracia, a la libertad, al capitalismo, a nuestro modo de vida.
Defienden lo indefendible buscando instaurar en nuestras vidas eso indefendible. Da igual que sea Gaza, Irán o la dictadura cubana. Hamás puede matar a miles de israelíes, la teocracia iraní asesinar a treinta mil civiles o la Junta Militar cubana encarcelar a niños y ancianos y matarlos de hambre o golpes en sus mazmorras. Eso no importa; lo importante es joder a Estados Unidos.
Como en los tiempos del bloque comunista, se la pasan hablando de paz mientras fomentan la guerra. Exigen a Estados Unidos una paz que no le piden al contrario. No ves a nadie exigiéndole a Putin retirarse de Ucrania, pero no das dos pasos sin ver a alguien hablando de que negocien o de que Ucrania ceda parte de su territorio.
Ves a la representante Maxine Waters pidiéndole a la gente que, si ven en la calle o en un restaurante a cualquier miembro del gabinete federal, le caigan a palos in situ. Es la misma que se la pasaba viajando a La Habana y lamiéndole las botas a Fidel Castro. La misma que llamaba a ese Orador Orate “amigo de Cuba”.
El actor Robert de Niro, haciéndose el “toro salvaje”, diciendo que si ve en persona a Trump le daría un puñetazo en la cara. Atacar a un presidente elegido democráticamente mientras, en 2018, acogió a Miguel Díaz-Contados en Nueva York como si no fuera la cabeza visible de la dictadura que tiene a miles de presos políticos languideciendo en mazmorras hediondas solo por pedir libertad.
O Nancy Pelosi, rompiendo un discurso de Trump en pleno Congreso y acusando a ese mismo presidente electo democráticamente de ser “la peor cosa en la faz de la Tierra”. Otra que fue a La Habana a rendirle pleitesía a los dictadores que tienen a los cautivos de la isla de Cuba sumidos en una catástrofe humanitaria que, al parecer, a nadie —menos a nosotros— les importa.
Ese enrarecido clima que, desde la política, los medios y la cultura, se ha desatado en contra de Trump y de su equipo tiene consecuencias como lo que hizo el profesor Allen. No fue el primero en atentar contra Trump; aunque quizás ha sido el más torpe al hacerlo. Tampoco será el último mientras los políticos, artistas y periodistas sigan clamando por un nuevo John Wilkes Booth.
Los ciudadanos de bien que no votamos ni por Barack Hussein Obama ni por Joe Biden aguantamos doce años de desgobierno. Vimos con resignación cómo el primero rindió a Estados Unidos ante la dictadura cubana, que hasta se burló de él y de nosotros. Aguantamos ver al otro, senil, retirar a nuestras fuerzas armadas de Afganistán de manera desastrosa, traicionando a nuestros aliados y poniendo por el suelo el prestigio del país.
Fuimos testigos pacientes de cómo Obama firmó un acuerdo con la teocracia iraní, abriéndole de par en par la posibilidad de fabricar armas nucleares. No solo eso; también le abrió las puertas a su financiamiento al liberar miles de millones de dólares que habían estado congelados por las sanciones a ese régimen terrorista. O Biden, que dejó crecer un narcoestado al sur de nuestra frontera mientras permitía una invasión migratoria sin precedentes en nuestra historia.
Vimos y fuimos testigos de todo. Nunca se nos escuchó pedir que mataran a ninguno de los dos. Ni a Bill Clinton cuando, en febrero de 1996, no le metió mano a la dictadura cubana después de que esta asesinó a cuatro hombres de bien.
La izquierda, los progresistas, los woke, los que sean, se la pasan acusando a Trump por dividir la sociedad norteamericana. No les falta razón: no solo divide nuestra sociedad, divide al mundo. Pero eso no es razón para pedir que lo asesinen o que ataquen a cualquier miembro de su gabinete.
Trump no está solo en esto; ellos dividen tanto o más: blancos contra negros, negros contra otras minorías, heterosexuales contra homosexuales, ricos contra pobres, musulmanes contra cristianos, respetuosos de la ley contra revoltosos. Una lista que no acaba nunca. Para ellos, todo lo que no es de su gusto hay que destruirlo.
Por eso mataron al joven Charlie Kirk o al influencer Rob Reiner y a su esposa Michele. Por eso atacaron al congresista Steve Scalise y al juez Brett Kavanaugh. Salvo un loco que entró a casa de Nancy Pelosi, no he visto a nadie del lado conservador pedir que maten a Zohran Mamdani por comunista o a Bernie Sanders por hipócrita.
No es coincidencia que todos los que piden e incitan el asesinato de Trump apoyen todo lo oscuro de este mundo. Apoyan a Hamás, a Hezbolá o a Irán contra Israel y el mundo libre; respaldan la migración masiva que está diluyendo la Europa que conocimos; suben nuestros impuestos para dilapidarlos en beneficio de sus absurdas causas o envenenan a nuestros hijos y nietos en las escuelas y las universidades. Otra larga lista que incluye, además, su solidaridad con la empobrecedora y asesina dictadura cubana que tiene a los cubanos sobreviviendo en la Edad de Piedra.
Por todo esto —y sobre todo por esto último—, anhelo ver a Trump acelerando y profundizando sus políticas. El tipo es un pesado, pero como empleado nuestro lo está haciendo muy bien. Que se apure en todo sin mirar a los lados; al cabo, ya lo quieren muerto. Que siga imponiendo el sentido común y defendiendo a este gran país, a esta democracia y a nosotros, sus ciudadanos.


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