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sábado, 31 de octubre de 2026

La diversión en Londres, con olor a tabaco


Hace unos días mi gran Zoé me dio una gran alegría. Otra más: Zoé me da muchas alegrías que no merezco, pero que disfruto mucho. Me envió esta foto en casa de Miriam Gómez.

En casa de Miriam Gómez vivió Guillermo Cabrera Infante, su esposo y, estoy seguro, la razón de su vida. Conocí en persona a su esposo en 1995 en la Feria del Libro de Madrid. Crucé dos o tres palabras con él: ocupado estaba firmando sus libros y conversando con gente que lo admiraba.

No vi a Miriam por allí; lo recordaría. Ni a Zoé.

 


Zoé le llevó mi libro Se acabó la diversión. Me da mucho gusto que Miriam lo incorpore a la vasta biblioteca que ella y su esposo cultivaron y que hoy ella atesora en su morada.

Pero les digo algo: ojalá que no lo lea; ojalá que Miriam no lea mi libro.

En las páginas de ese libro describo paso por paso cómo un Orador Orate y su pandilla se esmeraron en destrozar el país en el que Miriam y su esposo nacieron. Zoé y yo, y millones de cubanos más, nacimos en otra Cuba: no en aquella de Miriam y Guillermo.

Cada capítulo de mi libro contiene destrucción: cómo desapareció la escuelita en Taguasco donde ella recitaba, cómo confiscaron el consultorio del doctor que le enseñó el mar por primera vez, cómo desaparecieron las orquestas de mujeres que alegraban La Habana, cómo expropiaron las fábricas de tabaco donde sus hermanas se ganaban una vida digna, o sobre cómo las “locas” dejaron de ser la alegría de La Habana para ser enviadas a morir en la UMAP.

No me gustaría que Miriam reviva en esas páginas la traición de Fidel Castro y sus bandidos a los cubanos, o cómo dejó ocupar la isla por los soviéticos a cambio de que lo mantuvieran y lo protegieran, o vuelva a recordar cómo la libertad de expresión desapareció bajo la pistola del barbudo mientras entronizaban a un malnacido como Alfredo Guevara para asfixiar el talento.

Se acabó la diversión es un libro muy triste, triste por verdadero. Todo lo que narra sucedió en aquella Cuba que ella perdió a los dieciocho años: una triste historia, lamentablemente real.

Ojalá que Miriam no lo lea.

Una cosa sí me gustaría que Miriam supiera sobre el libro que Zoé puso sobre su mesa: en sus páginas se descubre la maldad inaudita que desplegaron sobre aquella Cuba libre, próspera y feliz el Orador Orate y su hermano acomplejado. A través de sus capítulos se extermina el mito revolucionario que con tanto éxito ha propagado ese par de asesinos que nunca debieron salir de la vagina de Lina Ruz.

Miriam: no lo leas, por favor; pero, si puedes, sí consérvalo. Para mí es un honor que algo escrito por este zapatero conviva con la obra de un genio y con la presencia de una gran mujer.

Y si te llega un aroma a tabaco, cúlpame.

Esta tarde encenderé con gusto uno por ustedes y por una Cuba libre en la que, confío, verás nuevamente el mar, como aquella primera vez.

 

Foto: ZoéPost