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domingo, 11 de octubre de 2026

El respeto a la propiedad individual en Cuba

 

Foto: WSJ

Llevo meses promoviendo una toma humanitaria de Cuba por parte de una fuerza multinacional; en específico, por parte de los integrantes de lo que se conoce como Escudo de las Américas. Lo he estado promoviendo ante la evidente complicidad de la Organización de las Naciones Unidas con la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de isla. No han movido un dedo por ayudar a los cubanos.

Muchos hablan sobre la futura transición política en Cuba y esto para mí tiene dos aristas, ambas negativas. Esa llamada transición política sería una adaptación astuta de una buena parte de la cúpula de la dictadura como una solución a la catástrofe en la que ellos mismos han sumido a la nación. Esa transición —orquestada dicen que desde el Departamento de Estado— sería encabezada por personas del exilio ante la evidente inexistencia de una Delcy Rodríguez (que hay muchas, que conste) dentro del podrido aparato dictatorial cubano.

Y digo que las dos aristas son negativas puesto que, desde el punto de vista moral y democrático, nadie que tenga aunque sea un ápice de decencia negocia o permite que quienes arruinaron durante casi sesenta y ocho años un país próspero y autosuficiente puedan tener cabida en la solución a lo que ellos provocaron y sobre cuya catástrofe lucraron —y lucran—. Ojalá solo fuera el tema económico: no lo es.

No se puede negociar con los mismos que han fusilado, asesinado, masacrado, torturado, encarcelado y exiliado a millones de cubanos. Y lo siguen haciendo. No se negocia con quienes mantienen oprimidos, reprimidos y sobreviviendo en la Edad de Piedra a casi ocho millones de mis paisanos. No se negocia con quienes —repito— siguen lucrando sobre la desgracia de sus cautivos.

Por otro lado, todas las transiciones políticas a las que se alude ante el inevitable cambio que viene sobre lo que queda de Cuba se han hecho en países que tenían una sólida base económica, una sociedad funcional y han sido cambios de un modelo político autoritario a uno democrático, como lo fueron los casos de España y Chile. Incluso las transiciones en los países de la órbita soviética —hace casi cuarenta años— se hicieron sobre la base de una economía estancada e ineficiente, pero relativamente funcional. Que hayan sido totalmente exitosas es otra historia.

Es decir: en el caso cubano actual tenemos una isla devastada totalmente por una casta dictatorial que la ha depredado desde 1959. No puede haber transición sobre las ruinas de lo que alguna vez fue un país. No puede haber transición como transacción con los mismos causantes de esa debacle. No se negocia con los mismos que, para seguir lucrando y sobrevivir de lo mismo que ellos causaron, mueven sus hilos, sus tentáculos y sus pezuñas de manera constante y certera en el mundo entero.

Si no me creen, ahí están los millones de barriles de combustible que desde Estados Unidos van a Cuba a rellenar los tanques de la reserva estatal, los de los autobuses de los acarreados a actos políticos, los de los autos de la cúpula, los de los camiones de los represores y los de las motos de los chivatos. El que se siga abasteciendo desde aquí a la dictadura —disfrazada de mipyme— es una gran victoria de estos astutos villanos. Y con ellos se quiere negociar; se negocia actualmente.

La otra arista negativa —que no se nos olvide— es el rumor —autogenerado o real— de que se habla de personas del exilio que serían nombradas para dirigir esa denominada transición. Personas que han hecho su carrera, que han levantado sus vidas a costa del tema de la libertad de Cuba. Profesionales en el tema de la libertad de Cuba.

La reconstrucción —o refundación— de nuestra Cuba necesita profesionales de verdad: ingenieros de todo tipo, médicos, urbanistas, financieros, higienistas, técnicos e ingenieros en servicios públicos y en manejo de desechos, epidemiólogos, arquitectos, gestores de capital, expertos en energía, personal pedagógico... de todo. También —y muy importante— para refundar nuestra patria se requiere de buenos juristas, constitucionalistas, especialistas en administración pública y en seguridad y orden público.

Y es este último eslabón —aunque no lo parezca— el tema que más me preocupa hoy.

Imaginemos que se produzca esa toma humanitaria que tanto deseo; que una pequeña operación militar dé de baja operativa —no es matarlos, que conste, aunque ellos siguen matando— a la cúpula de la Junta Militar. Imaginemos que una fuerza multinacional se ocupe temporalmente de la logística de empezar a sanear el país, de atender a las decenas de miles de personas hoy sin atención médica o alimentación suficiente y de recuperar el hoy perdido orden público.

Imaginemos que —como en 1899— esa fuerza cívico-militar extranjera aglutina y colabora con lo mejor que tiene Cuba, tanto en la isla como en el extranjero, para organizar el inicio de la reconstrucción material de la isla devastada. Leyes, infraestructura, capitales, inversiones, empleo y seguridad pública. Respeto jurídico a la propiedad privada y a la libre empresa: imaginemos.

El problema es que de la imaginación —y de los buenos deseos— a la realidad hay frecuentemente un gran abismo. Uno de esos grandes abismos que hoy tenemos quienes soñamos y trabajamos por ver a nuestra isla de regreso a la civilización y a la prosperidad es el del perdido respeto a la propiedad individual. Durante casi siete décadas el cubano ha sido obligado a sobrevivir robándole a ese mismo Estado que le robó su libertad.

Como en el proverbio del ladrón que roba a ladrón, robarle al Estado no solo ha sido un acto de venganza, sino también de supervivencia. El tema es que ese Estado —desde hace muchas décadas también— ha ido empobreciendo y retrocediendo en sus funciones materiales, mas no en las represivas. Cada vez hay menos que robarle. Cuando las necesidades materiales no solo se mantienen, sino que aumentan, y ya no es al Estado a quien puedes extraerle algunas migajas, la atención cambia de rumbo y se dirige a tus paisanos, a tus vecinos.

Y lo vemos todos los días: un vecino pone una lámpara solar en la calle para iluminar su cuadra durante los eternos apagones, y se la roban; otro vecino pone un panel solar para abastecer su casa y al mismo tiempo ayudar a otros a recargar sus teléfonos y equipos, y se lo roban; los campesinos no pueden sembrar bajo el ataque de la miseria, de los inspectores y de los ladrones; vas en una moto eléctrica y te asesinan para robártela... Y así sucesivamente.

Todo esto adobado con el aumento del uso de narcóticos y alcohol, y con el resquebrajamiento del tejido y la convivencia social. Los feminicidios aumentan, la violencia callejera se expande. Ya no es raro escuchar sobre asesinatos, no solo a machetazos o a puñaladas, sino a tiros. En un país sin transporte público son frecuentes los accidentes de tránsito con víctimas mortales. El caos.

Y siguiendo por el mismo trillo: adiciónele a todo esto otra consecuencia de sesenta y siete años de totalitarismo comunista, a lo que hace unos días una patriota llamó la “envidia comunista”. El adoctrinamiento por parte del Estado a partir de la mentira sembró el resentimiento en la mente de muchos cubanos.

Así como vemos llegar las noticias del robo, la violencia y los asesinatos, nos llegan otras sobre quejas y protestas de los cubanos. No contra la Junta Militar que los mantiene en la miseria, sino contra los altos precios de los alimentos y otros productos que ofrecen los emprendedores privados: tanto los independientes como los enchufados con la cúpula. Los primeros, obligados por la siempre presente ley de la oferta y la demanda; los segundos, por lucrar con el monopolio que disfrutan al amparo de esa tiranía.

Protestan contra el síntoma, no contra la causa.

No me canso de repetir que la reconstrucción material de Cuba, aunque difícil y costosa, será posible en un relativamente corto período de tiempo. Volver a la prosperidad a la que se encaminaba antes de la plaga totalitaria tomará más tiempo, si es que algún día se logra. Leyes, orden y seguridad pública son los pilares sobre los que se levantará el progreso.

Pero volver a encaminar la convivencia social y el respeto a la propiedad individual será mucho más difícil. Extirpar la envidia comunista y fomentar el respeto y la admiración por el éxito basado en el esfuerzo individual son retos significativos en la refundación de nuestra patria. Esto, señores, no lo van a lograr tres chiflados compartiendo mesa con dictadores reciclados.

En todos los países desarrollados del mundo libre se protege el derecho a la propiedad privada y el éxito se basa en la libre empresa, la democracia y el respeto al ciudadano y a las leyes. En países como Haití o en muchos de África también las leyes respetan la propiedad privada pero, a diferencia de los desarrollados, la calle no respeta la propiedad individual.

He aquí un gran reto que tenemos todos los cubanos. En qué atolladero nos metieron estos malnacidos.

 

Foto: Diario de Cuba