Me entero de que finalmente un juez del Undécimo Circuito Judicial emitió, el viernes pasado, una orden de arresto contra el dictador Raúl Castro. Bueno, mejor dicho: contra lo que queda de él a sus noventa y cinco años.
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Siempre agrada, y se agradece, cualquier acto o acción que se emprenda contra dictadores. Más aún si se trata de uno tan sanguinario como este hermano acomplejado de otro asesino llamado Fidel Castro.
Lo acusan de conspirar para asesinar a cuatro personas pertenecientes a la organización Hermanos al Rescate, cuyas dos aeronaves fueron derribadas por cazabombarderos MIG del régimen cubano el 24 de febrero de 1996. Cuatro inocentes asesinados por abusadores asesinos.
Repito: me complace mucho la orden de arresto.
Pero les confieso que me jode mucho que esa orden no haya sido emitida por un juez de Cuba. Un juez de la Cuba libre, de la república de Cuba que a estas alturas ya debería estar reconstruyendo la demolida nación que este acusado, su hermano y toda una gran pandilla han estado demoliendo —y lo siguen haciendo— durante casi ya sesenta y ocho años.
Un juez estatal de la Florida autoriza la captura y detención de este individuo que ha matado o mandado a matar a miles de cubanos. De este acomplejado disfrazado de general cuyo ejército invadió y ocupó países lejanos como Angola, Etiopía y Mozambique, y cercanos como Nicaragua, Granada y Venezuela. En todos ellos provocó muertes y destrucción.
Un juez norteamericano autoriza su arresto por participar en el asesinato de cuatro inocentes. Y cuando digo participar, quiero decir que Raúl Castro no lo hizo solo: participaron también los pilotos y el personal de la fuerza aérea de su tiranía, y no solo ellos, pues fueron partícipes decenas de espías integrantes de lo que se conoció como la Red Avispa.
De estos últimos, uno estafó a su esposa y regresó a La Habana un día antes de los asesinatos. Otros fueron a prisión —como debe de ser— hasta que Barack Hussein Obama decidió regalárselos, como gesto de buena fe —genuflexión en realidad—, al dictador asesino. Una bofetada a los cubanos libres por parte del presidente de Estados Unidos.
Luego de la bofetada, los libres recibimos un escupitajo de parte de Netflix, que les dedicó una película a los espías al servicio de los asesinos. Vamos, que por todos lados nos llegan las humillaciones.
Le regalaron una victoria al mismo asesino al que hoy un juez estatal ordena detener. Política y decencia: agua y aceite.
Pues nada: treinta años después, en una corte estatal en Estados Unidos se autoriza detener a este tirano. Mientras tanto, a un centenar de millas al sur, no solo ese asesino acomplejado —o lo que queda de él— y los espías liberados siguen a sus anchas; también siguen lucrando sobre la miseria de sus cautivos sus hijos, sus nietos y el resto de la pandilla de asesinos y destructores.
Y lo hacen porque los cubanos —los de allá y los de acá— no hemos podido borrarlos de en medio. No hemos podido no solo arrasarlos, sino ponerlos en la silla de los acusados. Juzgarlos por haber destruido a una nación, por haber demolido un país autosuficiente y próspero, por haber asesinado a decenas de miles de patriotas, por habernos exiliado a cientos de miles y por haber obligado a emigrar a millones.
La acusación y orden de captura es por participar en el asesinato de cuatro inocentes, cuando debería ser también por el genocidio que este Castro, su hermano Orate y toda esa banda que se apropió de Cuba desde 1959 han cometido y siguen cometiendo contra los desdichados habitantes de esa isla.
Y si a alguien no le gusta que use el término genocidio, que me explique qué es ver a una madre llorar de hambre, y llorar por ver a sus hijos llorar de hambre; ver a una anciana llorar por no haber tomado un vaso de leche en años; ver cómo la policía reprime a quien proteste mientras permite que prolifere la droga entre la juventud que, como el resto de los cubanos, se está extinguiendo. Ver sobrevivir en la indigencia a todo un pueblo.
Y todo esto porque los cubanos no hemos logrado refundar la república perdida. No hemos podido lograr que nuestra Cuba vuelva a ser libre y de todos; que los cubanos, todos, podamos vivir en paz y prosperidad. Libres, felices.
Mientras tanto, treinta años tarde, un juez local al menos hizo algo por nuestra causa. Tarde y poco, pero algo es algo, y se le agradece.
El resto nos toca a nosotros. A ver cuándo.


