Hace unos días vimos la pantomima de un acto de repudio postcastrista en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas. Los que se dicen diplomáticos de la dictadura cubana —que no son más que esbirros disfrazados de traje y corbata, de mal gusto casi siempre— al parecer creyeron que estaban frente a un grupo de cubanos exiliados pidiendo libertad para Cuba en una esquina europea.
Si se lo creyeron, se equivocaron. Intentaron ejecutar un acto de repudio —método preferido y probado del manual totalitario— en el salón de la Asamblea General situado en el corazón de un macizo edificio en el East River de Nueva York. Vamos: ahí no radica el problema; en ese salón ya han hecho sus fechorías otras veces. Recuerdo una con Luis Almagro, secretario general de la OEA, allá por 2018.
Tampoco es que la Asamblea General de la ONU sirva para mucho. Ahora mismo los cubanos de la isla apenas sobreviven en medio de una catástrofe humanitaria y los integrantes de esa asamblea no solo no han movido un dedo, sino que no han abierto sus políglotas bocas para intentar ayudar a los desdichados rehenes de la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba. Cuba no es Gaza.
Y no lo hacen, además de por complicidad unos, miedo otros y desidia los más, porque esos esbirros disfrazados de diplomáticos han sido especialmente efectivos en penetrar hasta la médula ese esclerótico y caro organismo internacional. La dictadura no sabrá cómo ordeñar una vaca y darle un vaso de leche a un niño o a un anciano en Cuba, pero para mantener a estos zánganos labrando su narrativa en el exterior no tienen competencia.
Tampoco es que ese salón de la ONU haya sido durante su larga historia un lugar de grandes finezas diplomáticas. Las ha habido, casi siempre, pero también por allí ha desfilado lo peor de la política mundial. Recuerdo a Nikita Jrushchov dando zapatazos, al Orador Orate —allí conocido como Fidel Castro— metiendo una perorata de siete horas, o a Hugo Chávez sintiendo efluvios y culpando al podio de oler a azufre cuando el tufo venía de su propia maledicencia. Arafat, Gadafi, Sadam... para qué les cuento.
Y regresando al Orate parlanchín: desde 1959 el muy bribón se dio cuenta de la importancia de la ONU para la dictadura que planeaba imponerle a nuestros padres y abuelos. Lograr complicidad mundial para su bandidaje y retórica doméstica para sus cautivos era —y es— muy rentable políticamente y a muy bajo costo económico comparado con los resultados. Sí: a pesar de que Bruno Rodríguez Parrilla se eche encima más de 16 000 dólares en trapos y vestiduras. Esbirro es esbirro aunque se vista de seda.
Es por eso por lo que, durante casi sesenta y ocho años, la dictadura cubana ha mantenido una desproporcionada presencia en la ONU. Para ellos es una maravilla que ese organismo internacional, generalmente cómplice con sus fechorías, esté situado en el corazón de la ciudad más grande de su enemigo mortal. La ONU les ha dado cobertura diplomática a sus agentes y matones, a los que disfrazan de diplomáticos. Si no me creen, lean los periódicos de diciembre de 1962: agentes cubanos planeando poner bombas en refinerías y tiendas.
Y por allí han pasado todo tipo de cancilleres de la ignominia cubana: desde el avispado Raúl Roa, el siniestro Isidoro Malmierca, el payasón de “Robertico” Robaina, el Brutus de Felipe Pérez Roque, hasta este último, Rodríguez Parrilla, que tiene el carisma y la presencia de un pepino de mar. Increíble que esté en ese puesto desde 2009. Bueno: es que hasta las dictaduras más sanguinarias degeneran con el tiempo; miren a quién tienen de presidente puesto a dedo.
Y hace unos días, la desproporcionada representación de los Barrigones en la ONU intentó hacer un acto de repudio en la Asamblea General. Ya habían hecho algo similar unos días antes, saboteando un acto organizado por la delegación norteamericana para exponer las fechorías y mentiras de la dictadura ante los desconectados diplomáticos de otras naciones. Lo hicieron sin la presencia de Rodríguez Parrilla, de lejos, por si acaso. Cobardes son, eso sí: cuando Donald Trump les dijo sus verdades y su destino próximo no le hicieron acto de repudio; salieron huyendo.
Pero como es la época de la acostumbrada votación sobre el tema del embargo norteamericano a la dictadura cubana, los Barrigones enviaron a Rodríguez Parrilla. No les puedo decir cómo el Pepino de Mar llegó a la Gran Manzana: ya la dictadura no tiene casi aviones y el que le robaron a Venezuela no tiene combustible. Perdón: si voló en ese, lo hizo con combustible norteamericano, que es el único que entra en la isla, vendido a esa exitosa mipyme llamada GAESA.
Y allí se apareció el equinodermo, de traje caro y comportamiento barato. No solo a defender lo indefendible, sino también —tengo la impresión— a defender su puesto en la dictadura indefendible. Allí organizó su turba de esbirros disfrazados de diplomáticos y se dispuso a ejecutar uno de esos actos de repudio que tan bien les salen en Cuba o en alguna esquina europea o latinoamericana.
Lo organizó, pero no lo pudo ejecutar. En el podio de ese salón no estaba Adlai Stevenson, con sus buenas pero firmes maneras. Estaba Mike Waltz, el representante de Estados Unidos ante el inútil organismo internacional. Y no estaba hablando de temas retóricos: estaba —en la era de las redes sociales— exponiendo las contradicciones del cacareado igualitarismo socialista, exponiendo los lujos y excesos de la élite dictatorial. Fotos y hechos, que es lo que vale en estos días.
Realidades y verdades que la dictadura y su pandilla en la ONU no pueden permitir que se sepan, que se expongan. Por eso no solo protestaron desde sus asientos, sino que, Pepino al frente, avanzaron hasta el podio portando el reglamento de la ONU como estandarte. Gritando y gesticulando: solar habanero en salón de mármol verde. Gritos y palmadas, del mismo modo que dan patadas a los disidentes y periodistas independientes en Cuba.
El problema para ellos es que en el podio no estaba de pie un indefenso disidente o periodista independiente cubano: estaba Mike Waltz. Un nacido en Boynton Beach y criado en Jacksonville, veterano de guerra, jefe de grupo de tanques Abrams en combate, Ranger y Boina Verde, hombre libre, funcionario de la única administración que les ha plantado cara de a de veras a esos bandidos que nos robaron Cuba.
Y no se dejó intimidar; al contrario: los manejó como un pescador maneja una presa que cayó en su anzuelo. Timing, se dice en inglés: como el pescador sabedor de que ya el pez es suyo, da cuerda, recoge cuerda, pero no suelta la captura. Ahí los tuvo, haciendo el ridículo, hasta que su firmeza y la del presidente de la sesión los regresaron a sus asientos, ahora convertidos en corral.
Pero a lo que vengo: lo importante del desagradable —para ellos— y entretenido y vigorizante —para nosotros— evento es lo que esa votación anual significa para la dictadura; lo importante es también para quién los esbirros encabezados por el invertebrado Rodríguez Parrilla hicieron el show. No lo hicieron para las delegaciones allí presentes ni para los periódicos internacionales: lo hicieron para La Habana, lo hicieron para los cubanos de la isla.
Las votaciones anuales, que no sirven para nada en el sentido práctico, siempre han sido favorables a la dictadura cubana. A los libres nos duele ver la complicidad del mundo ante la evidente guerra de un Estado contra su pueblo, pero para la dictadura es una gran victoria propagandística presentarse ante sus cautivos como protegidos por el mundo ante la maldad del “bloqueo”.
Y para eso fue el show del acto de repudio: para legitimarse ante los cautivos, para dar la impresión de que su dictadura no se ha quedado sola, desamparada en el terreno económico, pero con oxígeno en el diplomático. La eficiente labor del Departamento de Estado norteamericano le arrebató varios votos a los Barrigones: nunca suficientes, pero sí significativos. Rodríguez Parrilla necesitaba justificar el inicio de su fracaso, y los comunistas se justifican a gritos y con violencia.
No pudieron con Waltz ni con la realidad que hoy los sofoca. La televisión de la dictadura —que nadie ve, además de por aburrida, porque los cautivos no tienen electricidad— solo transmitió unas imágenes focalizadas del Pepino Gritón y su hueste de media docena de esbirros diplomáticos. Ni una imagen del Boina Verde Waltz exigiéndoles que se retiraran, que se sentaran. Lo que al final hicieron: derrotados, humillados.
Rodríguez Parrilla hizo su show, no para Nueva York o el mundo. Lo hizo para sus amos en La Habana o en Cayo Saetía. Lo hizo por lambiscón, por convicción o por miedo a que sospechen de él ahora que la CIA es una agencia de contratación de cubanos.
No les puedo asegurar sus razones; la verdad, nunca me he preocupado por entender a un pepino de mar.


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