Cuando yo nací, el manicomio que los cubanos le regalaron al Orador Orate ya llevaba diez años destruyendo Cuba. El Orate denominó a ese año, 1969, como "del esfuerzo decisivo".
De niño pensaba que le había puesto así por el esfuerzo de mi madre en soltar un crío de casi nueve libras. Pero no, el esfuerzo al que se refería era para producir el capricho de diez millones de toneladas de azúcar.
Probó ser decisivo en la ruina del país.
Nací en la ciudad, pero pasé mis mejores tiempos en el campo, en la vega de mis abuelos. Aprendí de ellos y del campo, cosas buenas de gente noble y lecciones de vida de la manigua cubana. De ahí vengo.
Hoy me tropecé con estas fotos. No solo veo a mis abuelos buenos, cuyo sepulcro no puedo visitar ni hoy ni el 2 de noviembre, como desde niño hice. Veo a mi padre, al que no podré abrazar mientras esa Junta Militar siga aplastando lo que queda de Cuba.
Veo la casa de tabaco, y la de mi tío Miguel. Ambas demolidas para construir una prisión de mujeres de esa Gestapo llamada allá Ministerio del Interior.
Veo una Cuba desaparecida para siempre. Desaparecida para mí y para millones como yo. Sé que la regresaremos a la libertad, la prosperidad y la felicidad, pero esa, en la que nacimos, desapareció para siempre.
Pues nada, de esas fotos, de aquella Cuba que todavía en 1969 recordaba lo que había sido, no queda nada. A veces me dan ganas de solo mirar hacia adelante, al fin y al cabo hoy vivo por mi milagro.
Me dan ganas de olvidarme de todo, pero no puedo.
Nunca he podido "quedarme dao". Ellos tendrán que pagar todo el daño que hicieron y que siguen haciendo.
Malnacidos.


Bellas fotos. Tampoco yo puedo quedarme "dá", la venganza con vergüenza es necesaria. Por un Nuremberg del comunismo en Cuba.
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