viernes, 11 de septiembre de 2026

25 años de un mundo diferente

 

Foto: SK7
 

Si usted ya tenía uso de razón el 11 de septiembre de 2001, recordará exactamente dónde estaba en la mañana de ese día en el que nuestro mundo, nuestra existencia, cambió para siempre. Hace hoy veinticinco años. Y cuando digo en la mañana, me refiero a la mañana en la costa este de los Estados Unidos.

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Hace veinticinco años, en esa mañana de cielo azul y vida rutinaria, cuatro aviones civiles de pasajeros fueron secuestrados por diecinueve terroristas de Al Qaeda, quienes a la fuerza se hicieron con el control de cada uno de ellos. ¿Terroristas musulmanes sabrían operar esos grandes aparatos? Sí: se entrenaron en academias de aviación de la Florida.

No todos se entrenaron: solo los necesarios para convertir a esas aeronaves de progreso en proyectiles de terror. Los otros, los que no tenían entrenamiento de pilotos, fueron usados —palabra correcta— por Osama bin Laden, líder de Al Qaeda, como fuerza bruta para someter a los pilotos y a los pasajeros de los aviones.

Fuerza bruta que, a diferencia de los pilotos, no sabía que participaba en una misión suicida. Cosas que pasan cuando sirves al mal. De los diecinueve, ninguno provenía de países que estuviesen por entonces en conflicto con Estados Unidos: 15 eran de Arabia Saudita, dos de los Emiratos Árabes Unidos, uno del Líbano y otro de Egipto.

Diecinueve jóvenes que odiaban no solo a Estados Unidos, sino a nuestra forma de vida, a nuestra propia existencia. Odiaban a la civilización occidental en todas sus facetas y, usando las libertades que nuestra forma de vida ofrece, arremetieron contra ella.

Diecinueve individuos señalados por varias agencias de inteligencia como posibles terroristas. Sin embargo, aquí estaban, en Estados Unidos, muchos ya sin visa vigente e incluso entrenándose como pilotos. Y nadie hizo nada a pesar de las sospechas, a pesar de las advertencias.

El FBI, la NSA, la CIA, a pesar de tener múltiples indicios y sospechas, no actuaron a tiempo. Incluso el Mossad, desde casi un mes antes de los ataques, advirtió a Estados Unidos de que diecinueve terroristas preparaban una operación. Y no hicieron nada.

Las autoridades, quienes por ley tienen que proteger nuestra forma de vida, no hicieron nada. Los terroristas, esos sí. Mientras la civilización occidental —representada aquí por lo que llaman “modo de vida americano”— no hizo nada para protegerse, el mal aprovechó su desidia y la atacó en su corazón.

Esa clara mañana del 11 de septiembre de 2001, dos aviones cargados de pasajeros secuestrados por terroristas impactaron, cada uno, las dos elegantes torres del World Trade Center en Nueva York. Atacaron a mis dos edificios favoritos en este planeta. Desde niño, allá en la cautiva, veía sus siluetas y las relacionaba siempre con libertad y progreso.

Al parecer eso mismo significaban para Bin Laden y sus seguidores. Bajo las narices de las agencias de seguridad del mundo libre y protegidos por la condescendencia del mundo libre, organizaron y ejecutaron un ataque terrorista contra los íconos visibles de ese mundo libre al que desprecian desde el alma, si la tienen.

Otro avión se reventó contra el edificio del Departamento de Defensa en Washington D. C. —en Virginia, para ser exactos—. El Pentágono fue impactado por un avión en el que viajaban cincuenta y nueve inocentes, matando además a ciento veinticinco personas mientras trabajaban rutinariamente en uno de los pilares para defender nuestro modo de vida.

Un cuarto avión, el que menos pasajeros llevaba, fue también secuestrado y desviado de regreso hacia el área de Washington D. C. Los terroristas incluso mataron a uno de ellos mientras tomaban el control del Boeing 757 de United Airlines. A pesar de que en 2001 apenas las tecnologías de comunicación se expandían, los pasajeros del vuelo se enteraron del destino de los tres aviones utilizados en los ataques. Comprendieron que en el que ellos viajaban sería el cuarto.

En vez de amilanarse y esperar resignadamente por su destino, decidieron luchar en contra del mal. Si bien no ganaron el control de la aeronave, obligaron a los terroristas a estrellarla en medio de un campo en Pensilvania. Pasajeros inocentes sacrificaron sus vidas para salvar vidas de inocentes.

El 11 de septiembre de 2001 el mal atacó al World Trade Center, símbolo del éxito financiero de Occidente, símbolo de la libertad del capitalismo. Atacaron el Pentágono, sede del poder militar de la principal potencia de Occidente y del mundo. Nunca pudimos saber qué objetivo tendrían en sus miras los terroristas del cuarto avión. La valentía de los defensores de la civilización occidental frustró sus planes malignos.

Aquella mañana del 11 de septiembre de 2001 cambió el mundo, cambió nuestra forma de vida. Han pasado veinticinco años. Miles de inocentes murieron víctimas de aquellos ataques; miles más murieron en las décadas que siguieron defendiendo nuestro modo de vida y, qué bueno, en venganza contra quienes nos atacaron.

Pero la humanidad, sobre todo los que tenemos la bendición de pertenecer a Occidente, tiene una memoria corta y una ingenuidad larga. El mal ahí sigue, los binladens ahí siguen. El odio hacia Occidente, la libertad y el capitalismo ahí sigue. Que le pregunten a Israel sobre lo que le pasó el 7 de octubre de 2023.

La maldad persiste mientras Occidente regresó a la indolencia y la apatía. Los ejes del mal de este planeta no han hecho sino fortalecerse. Nuevas potencias, antagónicas con nuestro modo de vida, crecen mientras Occidente, como concepto, se debilita desde adentro. Tanto es así que, si la libertad se defiende contra la maldad, Occidente calla para no ofender a esta última. Que le pregunten a Israel sobre su respuesta a la brutalidad del 7 de octubre de 2023.

Trump puede estar bombardeando a los ayatolás iraníes, pero, mientras lo hace, hordas de musulmanes —casi todos varones jóvenes— rebasan las fronteras porosas de Europa Occidental. Zonas enteras —lo acabo de ver con mis ojos ayer— de las ciudades de la vieja Europa están ocupadas y dominadas por intransigentes musulmanes.

Hace más de veinticinco años caminé por las concurridas calles del barrio de Pigalle, en París. Ya saben: el Moulin Rouge, las prostitutas y los sitios de cachondeo. Ayer lo volví a hacer: solo encontré el cabaret; el cachondeo y las chicas desaparecieron. Ahora son tiendas halal y bares llenos de tipos rudos tomando té. Han dejado unos pedacitos de Montmartre para que los turistas pensemos que todo sigue igual.

Eso es en Europa; de este lado nos sucedió lo mismo durante toda la administración de Joe Biden. La debilidad del bien fortaleció al mal. Andrés Manuel López Obrador, la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba, Daniel Ortega y otros grupos afines organizaron una invasión migratoria que sobrecargó nuestra frontera sur.

Cientos de miles de inmigrantes procedentes de cientos de países pudieron ingresar a territorio estadounidense. Pudieron dispersarse a lo largo del país. Si Trump e ICE trabajan para solucionar este desastre, una buena parte de aquellos cuya forma de vida está bajo ataque los critica. Yo puedo criticar la forma, pero no el fondo.

Hace veinticinco años, diecinueve jóvenes se entrenaron en Estados Unidos para atentar contra Estados Unidos y Occidente. Hoy, tanto aquí en Europa como en Estados Unidos, conviven cientos de miles que han entrado en esas dos décadas y media. Cientos de miles —como quien les escribe llegó— solo llegaron a progresar, a aportar y a vivir en libertad.

Pero seguramente otros no llegaron a lo mismo. Otros vinieron con el mal. No hace falta que sean decenas de miles, miles o cientos. El 11 de septiembre de 2001, hace veinticinco años, solo necesitaron diecinueve.

 

Foto: Al Jazzera

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