Recorro París y Madrid organizando la llegada de un tren. El arribo de un tren construido a pesar de los egos de dos grandes hombres de hace casi doscientos años. Su historia la cuento en un libro escrito sin absolutamente ningún ego.
Se lo escribí a mi Cuba y mi amor por ella que vivirá para siempre entre las páginas de ese libro. De ese libro sobre egos, pero también sobre progreso y prosperidad, escrito sin nada de ego.
Les comparto la introducción que le añadí:
Este libro surge como el hijo inesperado de un matrimonio maduro. Se presentó como cuando ya tienes a tus hijos estudiando en la universidad, viéndolos crecer y perfeccionarse, y de pronto llega la sorpresa de una nueva vida que cambia el destino de este y el propio.
Mientras escribía una voluminosa historia de La Habana desde 1519 hasta 1893 —vista a través de su infraestructura militar, económica, religiosa, social y de servicios públicos, los que en definitiva le dieron faz a aquella villa que se convirtió en ciudad—, llegué al capítulo sobre la introducción y construcción del camino de hierro habanero.
Era el primer ferrocarril de Iberoamérica. De no haber sido por el conflicto personal entre los dos hombres más importantes de la isla, Cuba habría sido no el séptimo país del mundo en contar con este medio, como lo fue, sino uno de los primeros en usar la fuerza motriz por vapor para transportar mercancías y pasajeros por tierra: una verdadera revolución tecnológica que, a su vez, transformó a la humanidad.
El capítulo creció y creció, así como el interés de quien esto escribe, hasta que, al alcanzar las ciento cincuenta páginas, dejó de ser una sección para convertirse en un libro independiente. Todos los textos que revisé sobre el tema contienen repeticiones de información (algunas veces inexactas) previamente publicadas, o forman parte de los muy de moda «libros de editores»: generalmente una amalgama de artículos de diferentes autores sobre distintos aspectos del ferrocarril, pero carente de homogeneidad temática. Muchos parecen preparados con premura, como para cumplir con algún programa o proyecto académico y justificar su financiamiento.
De ahí que, al igual que escalar una montaña por el mero hecho de escalarla —algo que no está muy atado al sentido común—, escribir una historia documentada de esta empresa pionera se convirtió en un reto difícil, pero sumamente placentero de ejecutar. Lo hizo Irene W. Wright a principios del siglo XX con una irremplazable historia de La Habana, escrita a partir de la pausada y minuciosa consulta de documentos originales en el Archivo General de Indias en Sevilla. Lo hice yo a principios de 1996 investigando para el libro antes mencionado.
Han pasado tres décadas de mi estancia en Sevilla, durante las cuales los adelantos de las tecnologías informáticas —como sucedió hace doscientos años con el ferrocarril— han revolucionado nuestra forma de vida. Esto ha significado que el trabajo de investigación histórica en la actualidad sea un paseo por las nubes en comparación con lo que era hace treinta años. El Portal de Archivos Españoles (PARES), del Ministerio de Cultura y Deporte de España, ha abierto con sus documentos digitalizados los fondos históricos del Reino para ser consultados en línea por cualquier interesado desde cualquier lugar.
Este acceso remoto facilitó enormemente la investigación. El presente libro es el fruto de esa exploración documental. La única parte de la historia de este ferrocarril que no está basada en su totalidad en documentos directos es la de sus pasos iniciales, cuando todavía era solo una idea o un sueño. Es así porque la mayoría de los registros de esa etapa germinal están resguardados en el Archivo Nacional de Cuba, país al que, al momento de escribir estas páginas, este autor no tiene acceso. Ojalá se mantengan allí en buen estado de conservación.
Si bien el texto se centra en el diseño, construcción y operación de este primer ferrocarril, no resta atención ni importancia a las personas que intervinieron en el proyecto o se relacionaron con él. El libro se titula El tren de los egos porque esta proeza de la ingeniería y la logística se convirtió en el campo de batalla de dos figuras cuyos egos competían en grandeza.
El camino de hierro de La Habana fue la primera línea de batalla entre un peninsular y un criollo, entre un militar y un rico funcionario. Este enfrentamiento fue —y lo verán a lo largo de la lectura— uno de los primeros pasos divergentes que iniciaron el largo proceso de separación entre Cuba y España. Fue el reflejo de la división de la sociedad habanera: de un lado los militares, los peninsulares y los comerciantes; del otro, los criollos, la clase ilustrada y los hacendados. Por entonces todavía convivían, pero lo hacían divididos en dos bandos que cada vez se distanciaban más.
La disputa en torno al ferrocarril fue la manifestación más pública de la rivalidad entre el capitán general Miguel Tacón y Rosique y el superintendente general de Hacienda, Claudio Martínez de Pinillos, conde de Villanueva. Pocas veces han coincidido en La Habana dos personajes tan brillantes y con tanta capacidad de ejecución. Ambos contribuyeron enormemente a llevar a la antigua ciudad-puerto hacia la modernidad; no es difícil imaginar cuánto más habrían aportado de haber colaborado en su actuar.
Lamentablemente no lo hicieron: sus egos y sus personalidades lo impidieron.
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