México siempre ha sido un país de contrastes. Muchos países tienen contrastes, pero México les gana a casi todos. Así ha sido durante toda su historia después de la independencia. México es un país que no perdona a su historia: desprecia a Hernán Cortés, que liberó a millones del cepo mexica, y olvida despectivamente a Iturbide, el que finalmente aseguró su independencia.
Su historia durante todo el siglo XIX y el XX fue a la vez violenta y fructífera. Cuando en 1994 logró firmar un tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá, muchos mexicanos —tanto de izquierda como de derecha— lo vilipendiaron, lo repudiaron. Tres décadas más tarde, la economía mexicana es una de las principales del mundo y México tiene niveles de desarrollo que a veces ni los propios mexicanos perciben.
Se lo digo yo, que viajo por medio mundo por mi trabajo y he vivido como mexicano por mucho tiempo.
El siglo XXI inició para México con muchas esperanzas. Se produjo por primera vez una alternancia política desde los tiempos de la Revolución de 1917, se establecieron las bases para un sistema democrático moderno, se crearon organismos independientes de transparencia y control sobre el Estado, se amplió la libertad de prensa y la economía floreció como nunca antes.
Pero, en contraste, junto a esa prosperidad floreció también la corrupción, y junto a ella el narcotráfico. Poco a poco, pero de manera constante. Ya desde 2006, los cárteles de la droga controlaban grandes extensiones territoriales en varios estados, y desde 2012 la corrupción se instaló en la silla presidencial bajo el mando de Enrique Peña Nieto, quien fue un excelente gobernador, pero un presidente ausente y permisivo.
Todo esto llevó a que los mexicanos, usando las herramientas de esa democracia por la que tanto trabajaron, eligieran en 2018 a Andrés Manuel López Obrador (AMLO), un acomplejado que llevaba por entonces casi dos décadas intentando ser presidente. Votaron por alguien que les prometió ser diferente, ser honesto, justo y trabajar por todos los mexicanos. Por supuesto, hizo todo lo contrario.
AMLO se dedicó seis años a desarticular la democracia mexicana, secuestrar el Poder Legislativo, preparar la toma del Judicial y eliminar aquellas instituciones de transparencia y control. Las licitaciones públicas casi desaparecieron y se hicieron asignaciones directas a empresas de amigos y familiares. Dilapidó miles de millones de dólares en obras inútiles ordenadas a su capricho.
Destruyó un moderno aeropuerto a medio construir y ya financiado completamente para construir otro, pequeño e inservible. Como nadie quería volar a su adefesio, compró la marca Mexicana de Aviación y creó una aerolínea estatal en la que tampoco nadie vuela. La operación pierde 150 000 dólares diarios y ha costado a los mexicanos unos 2300 millones desde que se creó.
Se empecinó en levantar una innecesaria refinería de petróleo en medio de un manglar. Dijo que costaría 8000 millones de dólares y costó 21 000 millones. Eso sí: hizo millonarios a muchos de sus cercanos. Hoy opera a solo el 41 % de su capacidad y contamina a cada rato no solo al manglar, sino a toda la cuenca del golfo de México.
Acusó de corrupción a los distribuidores de medicinas, provocando un desabasto que hoy, ocho años después, aún no se soluciona. Dijo haber encontrado la solución creando una Megafarmacia: compró un gran almacén que hoy está vacío y abandonado. En su mejor momento, la farmacia de AMLO solo surtió una docena de recetas al día. Ni un solo alegado corrupto está en la cárcel.
Se encaprichó en construir un tren que atravesara la selva virgen de la península de Yucatán. Lo logró destruyendo cientos de cenotes ancestrales y asentándolo sobre balastro corrupto, alguno incluso comprado a la dictadura cubana. Sus hijos y los amigos de estos se hincharon de dinero y poder en esa obra que al día de hoy ha perdido casi 800 millones de dólares y cuyos trenes se descarrilan a cada rato.
Ese no fue el único tren de AMLO. Reactivó uno antiguo —aunque él dijo que era nuevo— y le llamó el Interoceánico. Dijo que iba a costarle a los mexicanos solo 1100 millones de dólares. Puso a uno de sus hijos a cargo de inspeccionar las obras; en vez de equipos nuevos compró chatarras, las repintaron y las echaron a andar. El costo hasta hoy es de 350 millones de dólares y también a cada rato se descarrilan. Van 14 muertos y la operación solo genera el 3 % de lo que gasta.
Así por el estilo en el lado económico, mientras coludía su gobierno con varios cárteles del narco que desde entonces hay que catalogar como cárteles del crimen organizado. Ya no solo se dedican a la producción, tráfico y distribución de estupefacientes, sino también al tráfico humano, el cobro de piso, el robo de combustible, la operación de minas y plantaciones, y la penetración en la política. Al día de hoy no hay una sola esfera de la vida de los mexicanos en la que no tropiecen con los largos y fuertes tentáculos de estos grupos criminales.
A pesar de todo esto, México sigue funcionando. Tropieza, pero sobrevive. México no solo es un país de contrastes: es un país fuerte y resistente. Hoy les traje una viñeta de cuánto daño puede hacerle un gobernante acomplejado y resentido, elegido democráticamente, a una pujante economía.
Regreso pronto: lamentablemente el daño no ha terminado; al contrario.


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