En 1892, nuestro José Martí gastaba sus zapatos por las empedradas calles de una zona de Tampa que luego tomó por nombre el segundo apellido del tabaquero Vicente Martínez Ybor.
Gastaba sus viejos zapatos y no descansaba convenciendo a los cubanos de Tampa de la necesidad de luchar por la independencia de Cuba. Allí se tomó una foto con los tabaqueros —patriotas todos— sobre una escalera de hierro fundido que aún existe.
Cada paso de sus maltrechos zapatos era un paso de bondad, honradez, decencia y patriotismo limpio. Cada paso que daba era un golpe a la maldad.
Tantos pasos dio que incluso intentaron envenenarlo. La gracia de Dios, el doctor Barbarrosa y Paulina Pedroso salvaron su vida y pudo seguir su obra fundadora de patria.
Murió dos años después: una bala acabó con una estrella.
Hace unas semanas seguí sus pasos en Tampa. Me acompañó caminando a mi lado, con Cuba libre, ambos, en el pecho. Subimos juntos esa escalera, como hace ciento treinta y cuatro años.
En 1892 era una estrella, ahora es un sol. Intentarán apagarlo —ya lo han hecho—, pero el sol y el cielo limpio son invencibles.
El sol siempre se pone en Tampa mientras alumbra al otro lado del mundo. Deja a oscuras las calles de Ybor City. A oscuras: el vacío de la oscuridad. Dejó una escalera vacía y a oscuras.
Pero en ese firmamento oscuro, en ese vacío dejado por el sol que me calienta, hay una estrella que sigue brillando, como lo hacía en 1892.
Estrella entonces, sol ahora: dos luces por una Cuba libre.
La felicidad es saber que ese sol regresará a iluminarme, a calentarme. A mí y a mi Cuba libre que lo acompaña.



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