Foto: Cuba en Miami
Lo que les compartiré hoy no les va a gustar a muchos; la verdad, me da igual. Desde que saqué el machete después del 11 de julio de 2021, cuando mis paisanos cautivos se lanzaron a la calle, masivamente, a exigir libertad, he focalizado mi vida en apostar por recuperar aquella Cuba libre que, en enero de 1959, la generación de mis padres —y las anteriores— le entregaron a la pandilla liderada por Fidel Castro.
Aquel 11 de julio, un funcionario “puesto a dedo” —títere del segundón eterno de la hermandad Castro— dijo con fingida firmeza, muerto de miedo: “La orden de combate está dada”. Y dada estuvo. Sus esbirros —y miren que uno ama a Cuba, pero cómo hay esbirros— reprimieron a cubanos que solo pedían algo que tiene el noventa por ciento de las naciones del mundo: libertad, que es sinónimo de prosperidad.
Pero no, fueron reprimidos a pesar de la rendición inaudita de la administración de Barack Hussein Obama unos años antes. La dictadura comunista cubana —ahora en forma de Junta Militar de Barrigones, en un país páramo, lleno de desnutridos sin dientes, qué dolor— salió a reprimir a sus paisanos, que solo exigían lo que es un derecho en el resto del planeta.
Han pasado casi cinco años y nuestra isla, castrada de población económicamente activa por esa dinastía Castro, sigue sumiéndose en esa interminable —hasta ahora— catástrofe humanitaria. Catástrofe que la mayoría por acá llama “crisis”, pero no, es catástrofe.
La dictadura totalitaria, representada por esa Junta de Panzones Ineptos, sigue hundiendo a los cautivos que quedan en esa isla del fracaso en la ignominia y la marginalidad. Los cubanos que quedan allí se están asesinando unos a otros hoy para robarse una “motorina”, unos paneles solares, un pedazo de pan o una cartera vacía. Como en aquella película catastrófica de Mad Max a finales de los ochenta. Nunca la vi completa; no me gusta la miseria humana.
Hace unos días, les comenté cómo esa dictadura maligna, a pesar de sus divisiones internas, sigue mostrando una cara única, un frente unido ante los embates de Rubio y Trump —tomen nota del orden—, mientras aquí, en el exilio, los personajes públicos que supuestamente nos representan se la pasan abogando por sus propios intereses antes de lo principal: la consecución de una Cuba libre, acabando de una vez y por todas con esa mafia maligna que secuestró el destino de nuestra nación.
Y como publiqué este libro sobre cómo llegó esa pandilla a apropiarse de los destinos de aquella Cuba próspera y autosuficiente —entregada graciosamente por mis ancestros, unos que huyeron y otros que se quedaron, a unos ineptos que nunca habían tenido un empleo productivo—, hoy se me acercan personas preguntándome o comentándome sobre cómo van a recuperar las propiedades que Fidel Castro y sus cuarenta ladrones les quitaron a sus padres y a sus abuelos.
Y no les va a gustar a muchos mi respuesta. Para mí, se jodieron. Como me jodo yo cuando renuncio a recuperar mi apartamento —“conseguido” con mis malabares, a mis veintitrés años— en el Vedado. Ese, que se lo quede quien lo viva. Si quisiera vivir en la Cuba libre que viene, llegaré a comprar algo nuevo. Con mi dinero fresco aportaré a su reconstrucción.
Hijos y nietos de propietarios injustamente confiscados por el totalitarismo que esos abuelos y padres permitieron imponer en un país libre y próspero, ahora queriendo reclamar lo que les quitaron a sus padres y abuelos. Sesenta y siete años viviendo en estos lares de libertad, en la civilización, estudiando en universidades de primer mundo, teniendo hijos en esta libertad majestuosa, hasta nietos. Y ahora, a reclamar lo que un vagabundo bandido, con la mano en la cintura, les confiscó a sus ancestros.
Pues no. Miren que no.
A los patriotas de la Brigada de Asalto 2506 yo les devolvería hasta el último centavo que les confiscó esa mafia, hasta la última pulgada de tierra cubana robada por esos déspotas. Arriesgaron sus jóvenes vidas y su propia existencia para intentar devolver a nuestra bella isla al sendero de la libertad y la alegría.
A sus hijos y nietos, criados y crecidos en este heroico exilio, no les toca nada. Pudieron haber ido en sucesivas brigadas —2607, 2708, 2809— a luchar por lo que les confiscaron a sus padres y abuelos. No lo hicieron, no lo hicimos. Así que, a aguantarse.
Cuba no será devuelta, será refundada. Fue abandonada por más de seis décadas. Que sufrimos dolor por estos sesenta y siete años, lo sufrimos, nos duele. Pero ahora, en los albores del nuevo futuro, en este amanecer que se avizora, no me vengan con que quieren recuperar las tierritas del abuelo, la casita de la tía o la fábrica del papá.
Nos jodimos todos. A los dictadores, justicia y condena. A Cuba, la patria, refundación. Quien quiera invertir, que empiece de cero. No hicimos nada efectivo durante sesenta y siete años; no hay juicio que dure tanto. Perdimos por default. Ganamos fortunas aquí, así que, si queremos algo de nuestra robada isla, a pagar, a comprar. Que para reconstruir, dinero falta. Lo de Gaesa no nos alcanza.
Déjense de estar repartiendo un pastel que no es. Es la patria, es una nación hoy torcida y pobre. Una nación que no necesita egoísmo, sino entrega. Todos perdimos, incluso los que nacimos décadas después de la debacle.
Nada para nadie, todos perdimos. Quien quiera reconstruir, que aporte. Ni cámaras de comercio antes de la libertad, ni reclamaciones. Todo eso tiene sesenta y siete años de atraso.
Hoy Trump, al parecer, titubea entre los “tontos útiles” de la dictadura y los preclaros como Marco Rubio. No podemos titubear: libertad absoluta, ojalá ganada por los cautivos de la isla con el apoyo de los de acá. Pero libertad absoluta, no mediaciones pactadas.
Repito: para los dictadores, justicia y condena. Para nosotros, los que perdimos todo, reconstrucción de borrón y cuenta nueva. Patria es antónimo de egoísmo. Tuvimos sesenta y siete años para recuperar lo que nos robaron. Así que ahora, a joderse. Perdimos.
La nueva Cuba, la libre y pronto próspera, nos espera, fresca, para que la refundemos. Nos robó un ladrón y no lo atajamos por casi siete décadas, así que a morder el polvo y levantarnos de nuevo en nuestra tierra linda.
A la patria no se le reclama lo que nos dejamos robar. Si la amamos, como decimos amarla, se le invierte, se le quiere. Sin egos, sin egoísmos. Ahí está nuestra isla y nuestros paisanos cautivos, esperando este nuevo renacer.
Cuba libre y próspera. Y no se nos olvide: feliz.


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