viernes, 3 de julio de 2026

La desilusión de los cubanos... y de los libres

 

Foto: El Debate
 
 

Lo que temíamos ha sucedido. Nunca habíamos estado tan cerca de lograr ese sueño millonario. Millonario por millones de cubanos de bien que soñamos ver amanecer sobre nuestra hoy triste isla un sol de libertad. Que la ilumine un sol de libertad para, con los millones necesarios, empezar a reconstruirla hasta verla feliz y próspera.

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Pero no, lo que temíamos ha sucedido. Ya lo sospechábamos, pero como ilusos subestimábamos los síntomas y anteponíamos las esperanzas. Los síntomas estaban a la vista: lo que el presidente Donald Trump decía un día lo desdecía dos días después; lo que Marco Rubio decía una mañana J. D. Vance lo desdecía en la tarde.

Aquel lejano 3 de enero de 2026 —parece que ya pasó un siglo— todas las personas de bien amanecimos esperanzadas. Imaginamos que a la extracción de Nicolás Maduro seguiría una ola libertadora. Una ola de principios, de justicia, de libertad.

Y no; Maduro y su esposa están en prisión, pero nos hicieron tragar el trago amargo de que, en vez de libertad, se instauró en nuestra querida Venezuela un régimen de complicidad. El mismo país que liberó a Europa dos veces en un mismo siglo se convirtió en cómplice y socio de una dictadura asesina.

Y no lo hizo de manera temporal, como jugada táctica. Su actuación ha demostrado que lo hizo a conciencia. Cualquier palabrería política, justificatoria de su sucia política, cae siempre ante la terca realidad de este mundo. Si nuestras críticas, protestas y reclamos no sirvieron para mucho, la madre tierra —la que, aunque nos acoge, es brutal cuando se enoja— lo ha demostrado.

Ha temblado la tierra venezolana, como un animal que se sacude de una molestia. Han caído columnas débiles armadas con cemento corrupto. Las dictaduras comunistas matan siempre: a tiros o con cemento corrupto, a golpes o con vacunas falsas —o con vacunas en falta—. Matan siempre.

Puede ser el desgobierno del corrupto Pedro Sánchez y la DANA de 2024, el corrupto Andrés Manuel López Obrador y su gestión —que no lo fue— del COVID-19 o su alianza con los cárteles criminales, los carrotanques corruptos de Gustavo Petro en La Guajira, o ahora Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello —sin cabello y sin vergüenza— rescatando su imagen en vez de a su gente.

 

Foto: El Nacional
 
 

Los muros caídos de La Guaira son la prueba de que el comunismo mata no solo a tiros o golpes. Los rescatistas impedidos de entrar a salvar vidas son la prueba de que la extracción de Maduro el 3 de enero, más que un acto de liberación, fue una operación de complicidad. Olvidemos la retórica de estos últimos meses; focalicémonos en los hechos: columnas dobladas, edificios caídos, rescatistas prohibidos, policía venezolana en plan rapiña.

Complicidad pura y dura. Duele constatar que la extracción de Maduro fue un golpe de efecto, un gatopardismo empresarial. Los terremotos de hace una semana lo demostraron. La dictadura venezolana mató a decenas de miles de guairenses aplastados por los muros corruptos del castrochavismo. Los sigue matando al obstruir su rescate y limitar la entrada de ayuda humanitaria. Muertes a cambio de imagen.

La administración Trump, en vez de poner a María Corina Machado en la proa de un barco de ayuda, la sigue ninguneando, humillando. Como si aceptar la medalla y el diploma del Premio Nobel no hubiera sido humillación suficiente. La complicidad con la narcodictadura venezolana es una humillación para la democracia norteamericana.

No quiere decir esto que el encarcelamiento de Maduro y la docilización —otro americanismo preciso— de Delcy y sus cuarenta ladrones no sea algo encomiable. Políticamente, Venezuela está mejor hoy que el pasado 2 de enero. Tampoco quiere decir que la administración Trump no esté haciendo nada por los venezolanos: ahora mismo hay al menos dos mil marines en la tierra que esos mafiosos empobrecieron. Boots on the ground, ayudando humanitariamente.

Botas en el terreno que los cubanos libres y de bien desearíamos acompañar en Cuba. Acompañarlos en ese rescate inicial y necesario antes de iniciar la necesaria reconstrucción. La tragedia de nuestros hermanos venezolanos va a hacer que la tragedia de mis hermanos cubanos se alargue una vez más. Duele decirlo.

Les repito: lo que temíamos ha sucedido. De nada valió la orden ejecutiva del 29 de enero declarando a la dictadura cubana como un peligro inusual para la seguridad nacional de Estados Unidos. Cinco meses después, la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba sigue ahí, haciendo lo que mejor saben hacer: ganar tiempo.

Ya salieron con la pantomima de las 176 medidas económicas, ganando titulares de periódicos y portales cómplices o ingenuos. Maniobras de gatopardo en consonancia con el actuar del empresario de la Oficina Oval. Antimperialismo en la plaza, victimismo en la prensa y represión en la calle. 176 medidas para repartirse las ruinas de Cuba y decir que cambian mientras no cambian.

Hace unos días, el presidente Trump declaró en Dakota del Norte que Cuba “está viniendo a nosotros”. Lamentablemente, al parecer, por Cuba él entiende a esa dictadura asesina. Dijo entonces que esa dictadura asesina y empobrecedora “está viniendo a nosotros”.

No sé usted, pero yo no quiero tener nada que ver con esa dictadura que destruyó el país donde nací, con la que mantiene a millones de mis paisanos a oscuras, con hambre y reprimidos. No quiero que el país que me acogió —por el que hoy daría mi vida defendiendo mi libertad—, en vez de llevar libertad a Cuba, negocie con los que destruyeron Cuba.

Les digo: lo que temíamos ha sucedido. Los jóvenes iraníes abandonados por negociaciones inútiles, los venezolanos aplastados por los muros corruptos de quien todavía hoy los reprime y asesina, los cautivos de Cuba esperando por una intervención que —según los últimos dichos— nunca llegará.

Desilusión que sale del alma. Por eso nunca sería político; siento rabia ante tanta suciedad. Después de meses de retórica y balbuceos, todo sigue igual, pero más sucio y con más muertes. Qué asco.

 

Foto: CNN

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