lunes, 1 de junio de 2026

Geopolítica caribeña, otra oportunidad perdida

Foto: Bloomberg
 

Cuando Fidel Castro y su pandilla de ineptos y asesinos aislaron a Cuba del sistema económico occidental, cometieron un error que resultó en la piedra angular de la catástrofe humanitaria en la que está sumida hoy lo que queda de isla. Error que han sostenido durante sesenta y siete años y contando. Incluso cuando han tenido oportunidad de enmendarlo —como en el caso de la rendición de Barack Obama en 2016—, han hecho todo lo contrario. Así son de ineptos. Así son de malvados.

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En 1959, Cuba era el principal productor de azúcar de caña del mundo, su industria turística empezaba un palpable despegue, su industria mostraba el inicio de una incipiente diversificación y el sector de los servicios florecía. La “marca Cuba” valía; el país estaba de moda. Todo eso desapareció de un plumazo —bueno, de muchos plumazos— bajo la bota y la verborrea del Orador Orate; de Fidel Castro, pues.

Con tal de hacerse de los destinos de la isla y de sus habitantes, el Orate extrajo a la isla de la autopista a la prosperidad y la sumió en el lodazal del camino al fracaso. Privó a los cubanos de su condición de ciudadanos y los convirtió en “pueblo unido que jamás será vencido”. Vencidos ya estaban. Humillados, también.

Y al eliminar el ímpetu económico de aquel país —hoy desaparecido—, dejó una gran ventana de oportunidad a los competidores que hasta entonces había tenido contra las vallas: México, República Dominicana, Panamá, Jamaica e incluso el sur de Estados Unidos se apresuraron a llenar ese vacío. Es lo maravilloso del capitalismo: funciona por sí solo.

Al entregarle sus destinos a un Orate como Fidel Castro, los cubanos se autoinfligieron un tiro en el pie. Pasaron de vivir en un país que iba rumbo al desarrollo y a la prosperidad, a sobrevivir en una isla plagada de fracasos, empobrecimiento y represión. Han pasado sesenta y siete años y, por primera vez en ese tiempo, pareciera que el fin de la tragedia se aproxima.

Desapareciendo a la dictadura castrocomunista y liberando las fuerzas productivas del país, la isla podría pronto tomar el sendero hacia la reconstrucción inicial y, poco después, hacia el crecimiento económico y la reformación social. Demográficamente, tiene el lastre del continuo drenaje de la población económicamente activa, sobre todo en los últimos cinco años.

Todo indica que el rumor —de ser cierto— de la repatriación a Cuba de medio millón de emigrados, pero portando una visa por cinco años para entrar y salir de Estados Unidos, pudiera ser una solución efectiva para la falta de mano de obra en una Cuba capitalista. El rumor ha sido desmentido por abogados de inmigración y otros expertos, pero no es una idea descartable y solucionaría dos problemas: ese de la falta de fuerza de trabajo y la solución a la invasión migratoria orquestada por la Junta Militar cubana en componenda con México y Nicaragua durante la administración de Joe Biden.

Y así como en 1959, el aislamiento de Cuba del sistema económico norteamericano generó increíbles oportunidades para otros países, en este 2026, a una próxima Cuba capitalista —no digo libre, pues ya vemos lo que sucede en Venezuela—, el México de Claudia Sheinbaum le estaría ofreciendo una oportunidad única en la historia.

Desde el realineamiento geopolítico ejecutado por Donald Trump en su primer mandato entre 2016 y 2020, México —bajo la acomplejada narcopresidencia de Andrés Manuel López Obrador— desperdició la coyuntura de poder desplazar de lleno el papel de China en las cadenas productivas de Estados Unidos. Al contrario: alió sus políticas económica y exterior a China, Rusia, Irán, Venezuela y Cuba. Mientras comerciaba con Estados Unidos, en los hechos actuaba a favor de sus enemigos.

Lo mismo ha venido sucediendo durante la administración de la camarada Sheinbaum, dirigida por control remoto desde Palenque, donde reside AMLO. La pupila del expresidente está aún más ideologizada que su maestro y, pese a las presiones de la administración Trump, mantiene su protección a políticos de su partido, Morena, acusados por Estados Unidos de estar coludidos o ser parte de los cárteles del crimen organizado.

 

Foto: Small Wars Journal

Basada en pruebas aportadas por los líderes del Cártel de Sinaloa presos en Estados Unidos y muchas otras evidencias, la fiscalía de Nueva York acusó a Rubén Rocha Moya, gobernador de Sinaloa; a Enrique Inzunza, senador por ese estado, y a otros funcionarios, de ser parte de ese nocivo y poderoso cártel. Tres de los acusados ya se entregaron —cargados, por cierto, de evidencias documentales—. El gobernador y el senador siguen protegidos por el gobierno mexicano, en violación abierta de los tratados de extradición.

Hace unos días, Sheinbaum se reunió con Markwayne Mullin, secretario del Departamento de Seguridad Interior de Estados Unidos. El funcionario entró a Palacio Nacional cargando una gruesa carpeta y salió con las manos vacías, literalmente.

Ante la reticencia del gobierno de México de dejar de proteger a narcopolíticos, el representante de Comercio de Estados Unidos —encargado de la renegociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, de libre comercio— canceló su visita a México. Solo enviará a un “equipo técnico”. Sara Carter, la zar antidrogas, ha hecho lo mismo: ha cancelado una visita y reunión con Sheinbaum. A los gringos, como a un servidor, no les gusta perder el tiempo.

Al mismo tiempo, Mullin no descartó aplicar aranceles tanto a México como a Canadá. También dijo que “por estrategia de seguridad nacional preferimos construir nuestras cadenas de valor en este hemisferio” y que “si podemos llegar con México a un entendimiento sobre aranceles a terceros” —es decir, a China—, “podemos otorgarle tratamiento preferencial”. Y es que México, desde tiempos de AMLO, es una plataforma para el contrabando de productos chinos hacia Estados Unidos. Productos que llegan hechos de China, se reetiquetan como “hechos en México” y son introducidos en Estados Unidos libres de impuestos.

Todo esto, aunado a la complicidad con los productores de fentanilo y drogas sintéticas y a los traficantes de personas, así como la protección a los cárteles y a sus políticos, han convertido a México en un problema de seguridad nacional para Estados Unidos. Claudia Sheinbaum está protegiendo a políticos relacionados con organizaciones criminales catalogadas como “organizaciones terroristas”, equivalentes a Hamás o Hezbolá.

Lo ha dicho hace poco Pete Hegseth, secretario de Guerra: su país entrará a una nueva guerra, esta vez contra esos cárteles, por mar, aire y tierra. Para eso se implementó la operación Escudo de las Américas, de la que ya les conté. Un grupo de países del hemisferio —excluyendo a México— para aniquilar cárteles terroristas.

La ofensiva no es solo militar, es judicial, comercial y financiera. Y aquí entra la oportunidad para una Cuba libre y capitalista. Claudia Sheinbaum es quizás la figura más moderada dentro del autodenominado movimiento de la Cuarta Transformación. Es un grupo heterogéneo, pero intrínsecamente antidemocracia, anticapitalista, anti todo lo que signifique libertad y, extremadamente, antinorteamericano.

Tal y como lo era la pandilla de Fidel Castro en enero de 1959. Entonces no les importó romper con Estados Unidos, a pesar de que la economía cubana dependía y estaba íntegramente vinculada a la de su vecino, como lo es la economía de México al día de hoy. Lo he contado en mi libro Se acabó la diversión.

Yo aún tengo mis dudas, pero existe la posibilidad de que el México de estos “transformadores” se dé un tiro en el pie, como los cubanos en 1960. Y si no es un disparo certero, al menos pudieran darse un buen tajo de cuchillo. Esto abriría una gran ventana de oportunidad para que otros países corran a ocupar el vacío que la estupidez del Gobierno mexicano pueda dejar.

Entre esos países, con una ventaja geográfica indiscutible, estaría una Cuba capitalista y libre. El problema es que hoy no es lo uno ni lo otro.

 

Foto: CiberCuba

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