martes, 3 de marzo de 2026

Abdi, el iraní



El que ha sido mi mecánico por los últimos quince años se llama Abdi. Tiene sesenta y tantos años y un párkinson del coño de su madre. Cobra caro como el coño de su madre y ha ganado mucho dinero gracias a mi debilidad por los autos viejos.

Abdi es iraní. Tuvo que exiliarse en 1979 siendo un joven que soñaba con democracia en un país que salía de una monarquía corrupta y se entregaba a los designios medievales de una teocracia extremista. El primer bound lo dio en Londres y el segundo, y definitivo, en Miami.

Se casó con una cubana. Exiliada como él. Veinte años antes tuvo que exiliarse siendo una niña, hija de padres que soñaban con democracia en un país que salía de un gobierno ilegítimo para entregarse a los designios totalitarios de un maníaco y su pandilla.

Dos exiliados procedentes de dos países tan diferentes, pero tan parecidos en entregar sus destinos a la locura.

Hoy Abdi está feliz. Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Israel, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Kuwait, Qatar, Irak, Jordania, Baréin, Siria, Omán, Chipre, Líbano, Yemen e Italia, cada uno a su manera, se han unido para descabezar ese manicomio islamista y quitarle a esa demente teocracia la capacidad de seguir haciendo daño a la humanidad.

Abdi está feliz. Es testigo de cómo el mundo se unió para eliminar, o al menos apaciguar, el mal que destruyó el país en el que nació.

Yo también estoy feliz.

Pero estaré más feliz cuando vea suceder lo mismo en el país que me vio nacer.

La teocracia iraní lleva cuarenta y siete años dañando a los iraníes y al mundo. La dictadura cubana lleva sesenta y siete.

Ya es hora, ¿no?

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