De todos es conocido ese cliché que dice que la élite del Imperio romano mantenía a sus súbditos tranquilos aplicándoles una política de “pan y circo”. Es decir, repartían comida mientras los entretenían con espectáculos. Daba igual que fuera una batalla de gladiadores que el ajusticiamiento de un cristiano o de un “bárbaro” germano.
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Pan y circo, gente tranquila.
El mismo método lo han aplicado después la mayoría de los gobernantes de la historia, incluyendo, por supuesto, a nuestro nefasto Fidel Castro. El Orador Orate fue un experto en mantener a los cubanos ocupados y entretenidos en cualquier cosa. Podía ser la defenestración de la “microfracción” o de Pérez Roque, el fusilamiento de Arnaldo Ochoa o la “infiltración” de Gutiérrez Menoyo.
Cualquier cosa. Ese era el circo; el pan lo aplicaba a través de la libreta de abastecimiento. Instrumento genial para hacer depender del Estado la alimentación de la gente, desvinculada del trabajo y del esfuerzo propios. Como las mascotas domésticas o los animales del zoológico, o del circo. Lo he contado en mi libro Se acabó la diversión.
En el caso de la Cuba del Orate, al pan y circo se le adicionaba una buena dosis de palos aplicada a quienes disintieran.
La Junta Militar de Barrigones que heredó el manicomio castrista y desgobierna hoy lo que queda de Cuba también heredó la receta del pan y circo. Como el 3 de enero pasado los chicos de las fuerzas especiales del Ejército de Estados Unidos convirtieron en carne molida al menos a treinta y dos mercenarios cubanos en Caracas, los Panzones de La Habana necesitaban una victoria para levantar la moral ante la pisoteada que le dieron a su mito de invencibilidad.
Por supuesto que no se pusieron de tú a tú con alguna fuerza especial, ni siquiera con una tropa regular de cualquier ejército. No. La emprendieron a tiros contra diez cubanos que de alguna manera llegaron a sus costas. Digo de alguna manera porque la lancha en que dicen los dictadores que esta gente llegó a Cuba desafía, según su relato, todas las leyes de la física.
Diez personas, media tonelada de balas 7.62 de AKM, todas oxidadas, cargadores de metal, además de otra tonelada de equipo y armas de las que aquí usan los aficionados los fines de semana para ir a cazar, a practicar tiro o a jugar paintball. Todo esto, según los dictadores, llegó a sus costas en una vieja y lenta lancha de 1981, desafiándolos no solo a ellos, sino también a la ley de Arquímedes.
Equipo y armas que mostraron en la televisión totalitaria como si hubieran sido capturadas a los Navy SEALs que capturaron y dieron de baja a Osama bin Laden. Incluso se sorprenden de que la vieja lancha contara con un GPS Garmin, como si fuera tecnología de la NASA, como si aquí cualquier cascarón de embarcación para pasear por los Everglades no tuviera un Garmin o algún artefacto parecido.
La fantasía que nos intentan hacer creer incluye la muerte de cuatro de estos supuestos invasores. Cuatro muertos justo treinta años después de que esa misma dictadura asesinara a cuatro patriotas sobre aguas internacionales. Son expertos en masacrar.
El circo no terminó ahí. Ahora se bajaron con que apresaron a diez panameños que algún misterioso ente envió a La Habana a pintar carteles contra su fracasada dictadura. Si usted no me lo cree, lea los titulares de las noticias. Suena ridículo, pero de ellos podemos esperar las ridiculeces más absurdas.
Panameños enviados a Cuba a pintar carteles contra la dictadura. Podría tener lógica, puesto que al parecer los cautivos de la isla no tienen voluntad o pintura para escribir en sus paredes consignas contra el mal gobierno que los oprime y que los tiene a oscuras y con hambre.
Diez cubanos llegan en una lancha surrealista. Diez panameños llegan a pintar carteles.
Circo para los cautivos.
El otro día les decía que esa dictadura es experta en ganar tiempo. Este circo es parte de ese libreto. Mientras Donald Trump y Marco Rubio dicen que conversan con la cúpula de asesinos, la dictadura va erosionando la voluntad inicial de estos dos, la voluntad inicial de desaparecerlos de la faz de la tierra.
Hasta ahora la negociación no ha logrado la libertad de un solo preso político, o el fin de la represión a los que disienten. Las conversaciones no impidieron las palizas y los asesinatos en la prisión de Canaleta, ni la muerte del prisionero político Luis Miguel Oña, con solo veintisiete años y condenado a doce años de cárcel por haber salido a pedir libertad aquel 11 de julio de 2021, el día que Díaz-Contados dijo: “La orden de combate está dada”.
Pero sí, esa negociación ha logrado que un barco de Gaesa esté en Venezuela cargando gas para los dictadores. Sí ha logrado que las “empresas privadas” de esos mismos dictadores estén importando combustible, alimentos y todo tipo de productos para venderlos dentro de la isla.
Productos y combustible que solo pueden adquirir los que tengan dólares o los que tengan familiares de este lado del charco. El resto de los cautivos, que se jodan. Solo les toca una lata de sardinas o un jabón de los que les manda la camarada Sheinbaum.
Como el eclipse de luna de ayer, poco a poco esa negociación va oscureciendo la luz de esperanza y libertad que nos iluminó por unas semanas luego de la captura del meón de Maduro.
Para la dictadura, las aguas se van asentando. Ya les dije hace poco: son expertos en ganar tiempo, y tiempo están ganando. Estuvieron en la lona, derrotados, pero como muchas veces antes intentan desesperadamente sostenerse. Y al parecer, ahí van.
Mientras Trump y Rubio dicen que conversan y que todo va muy bien, ya la élite de esa dictadura obtiene combustible, alimentos y productos para reanudar sus negocios. Pan para ellos, pero no para los cautivos. Los cubanos de a pie siguen a oscuras, con hambre, cocinando como primitivos los pocos alimentos que encuentran, entre montañas de basura, sin transporte público, sin atención médica y sin esperanza.
Siguen en sus casas, quizás esperando que unos panameños lleguen a pintar letreros, o que un camionero, un albañil, un artista y otros siete exiliados lleguen a liberarlos en una lancha de 23 pies con balas oxidadas.
A ver con qué otro cuento se bajarán los dictadores en los próximos días. En una de esas salen con que unos dominicanos desembarcaron por Baracoa, tomando cerveza Presidente y cantando que “el costo de la vida sube otra vez”.
Puro circo, sin nada de pan. Circo y palos. El totalitarismo comunista no dará pan, pero circo y palos les garantiza a su “pueblo”.
Me temo que las mentadas conversaciones se vayan desviando hacia que los cautivos tengan algo de pan, mientras se mantiene el circo y puede que les reduzcan los palos.
Ojalá me equivoque, pero hoy veo la libertad plena de Cuba y de los cubanos detrás de un oscuro eclipse.


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