Como ya sabemos, la isla de Cuba vive una crisis humanitaria de magnitud insospechada. Increíblemente, el mundo no le presta atención. Los cubanos, como los israelíes, estamos en el lado contrario de la noticia. Ambos somos noticias siempre del lado del desprecio.
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El socialismo totalitario, ahora aumentado exponencialmente por esta Junta Militar de Barrigones, ha convertido una isla fértil y antiguamente próspera en un territorio improductivo. Los Panzones van a Uganda por frijoles y maíz, cultivos que, en la Cuba que ellos extinguieron, mi abuelo sembraba entre cada cosecha de tabaco. Cultivos secundarios que ahora vienen de África.
Si usted se fija bien, verá que ellos, en sus noticieros mentirosos y dóciles, o en sus periódicos serviles, siempre publican reportes de la cantidad de hectáreas o caballerías que se sembraron de tal o más cual cultivo.
Pero nunca, casi nunca, dicen cuánto cosecharon de eso que sembraron. Y, si lo dicen, es para justificar una magra cosecha: que si el clima, que si el insecto imperialista que se comió los frutos o el bloqueo asesino que no dejó que el campesino vendiera su producto al precio justo, no al normado por un funcionario panzón de La Habana.
Cuba, antes de la plaga socialista, era un país donde se comía carne, tasajo, bacalao, camarones, pollo, gallinas, arroz congrí, vaca frita, ropa vieja, salpicón, cócteles de mariscos, huevos fritos, arroz con frijoles, plátanos fritos o en tentación, tostones, pimientos rellenos, arroz frito, sopas chinas, chilindrón, bistec de palomilla y mil alimentos más. Recetas nacionales.
Desde que los cubanos dejaron su destino en manos del Orador Orate, esas recetas tuvieron que emigrar junto a los libres, junto a los que no aceptaron el cepo totalitario. Venga al Palacio de los Jugos, o a cualquier cafetería latina aquí, en la capital de los libres, y verá un museo de lo que la culinaria de Cuba libre es.
Uno de los alimentos que el Orate nos metió a los de mi generación fue, además del arroz, chícharos y huevos, las pizzas y los espaguetis. En versión cubana. Versión asquerosa, pero deliciosa en mis años mozos. Así somos de adaptables los humanos.
Y ahora, en esta crisis humanitaria que experimenta nuestra desdichada isla, veo lo que la Junta Militar de Barrigones les ofrece como obligación para alimentar a sus cautivos: una serie de productos inventados. No hay nada de carne, pollo y menos pescado. No hay verduras, vegetales o frutas. En una isla de tierra fértil, rodeada de mar, con una antigua tradición ganadera, agrícola y pescadora.
Veo las recetas que esos Panzones ofrecen a sus cautivos: que si bebida de arroz, una cosa que le llaman Hemolin —suena asqueroso, creo que con sangre de escarabajos y cucarachas o algo así—, galletas de cúrcuma y bebida simbiótica de lácteo.
Les escribe esto un tipo que come de todo: hasta chapulines, grillos tostados del sureste mexicano, y son riquísimos. Pero, coño, cuando llegó el Orate había leche, carne, huevos, pavos, pollos... había de todo. Como lo sigue habiendo hoy en día en Dominicana o en Jamaica.
Bajo el desgobierno del barbudo siniestro, en vez de las comidas tradicionales, todo era espirulina, Cerelac o moringa. Lo que se le ocurriera.
Los esclavos que levantaron Cuba comían mejor que aquellos a los que, según el Orate, él liberó del imperialismo. En aquella Cuba esclavista, esos esclavos comían tasajo con boniato o arenque empapelado. Manjares hoy extintos, desconocidos para las nuevas generaciones de cubanos.
Yo como grillos porque me gustan y porque me sale de los berocos. También he comido gusanos de maguey y alacranes asados, pero, como el resto de la humanidad, puedo escoger con lo que me alimento.
Los Barrigones también lo hacen. No comen grillos, ellos sí comen lo que quieren. Sus cautivos tienen que conformarse con picadillo extendido o croquetas explosivas, si bien les va.
¿Hasta cuándo, cubano?


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