El fin de semana pasado sucedió algo que solo tiene un precedente en la historia de este continente: la expulsión del gobierno dictatorial comunista de Fidel Castro de la Organización de Estados Americanos en enero de 1962.
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El fin de semana pasado se reunieron en la ciudad de Doral, que pertenece al condado de Miami-Dade, un grupo de presidentes y una primera ministra de varios países de este hemisferio. Presidentes y primera ministra aliados de Donald Trump. Condescendientes y acomodaticios con la sacudida geopolítica con que las acciones de su administración han sorprendido al mundo.
Doral, que viene siendo la capital de los venezolanos en el exilio, es una ciudad pequeña con una buena parte de su pequeño territorio ocupado por un campo de golf y varias instalaciones turísticas que portan el nombre de Trump. Es decir, en Doral, como en Mar-a-Lago, el viejito se siente como en casa.
Allí se reunieron, además de Trump, los presidentes de Argentina, Bolivia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay y la primera ministra de Trinidad y Tobago. No es que sean los países más importantes del continente, pero es una alineación digna de ser tenida en cuenta.
Junto a los presentes, Trump anunció la creación de una alianza militar que incluirá al menos a diecisiete países del hemisferio. Una coalición para combatir a los cárteles del narcotráfico. Cárteles que, según Trump, y con razón, se han diversificado más allá de la producción, tráfico y distribución de narcóticos hacia la extorsión, el tráfico humano, el lavado de dinero y el control de sistemas políticos y judiciales.
Curiosamente, Trump no invitó al país que más cocaína produce en el mundo. No invitó a Gustavo Petro, de Colombia. Curiosamente, tampoco invitó al país en el cual no solo operan los más poderosos cárteles, sino que también es en el que más se han expandido hacia el control del sistema político y judicial. No invitó a Claudia Sheinbaum.
Sin embargo, Trump sí habló bastante de la señora Sheinbaum. Ya saben lo que opino de las formas de Trump, de su altanería, prepotencia, narcisismo y su tendencia a lucir como un abusador, como un bully. Todo eso lo aplicó al referirse a la presidenta de México. El problema, para ella, es que no dijo nada que no fuera cierto.
Trump dijo: “Los cárteles mexicanos están alimentando y orquestando gran parte del derramamiento de sangre y el caos en este hemisferio, y el gobierno de Estados Unidos hará todo lo necesario para defender nuestra seguridad nacional”.
Muchos de esos cárteles mexicanos de drogas han sido designados por ese gobierno como “organizaciones terroristas extranjeras”. Es decir, están en la misma lista que las FARC de Colombia, el Cartel de los Soles de la narcodictadura venezolana, Boko Haram en África, Hamás, Hizbulah, al-Qaida y la Yihad Islámica Palestina, entre muchos otros.
Así que Trump, y este grupo de países del continente, se han aliado para hacer frente a los cárteles mexicanos. No solo se han aliado sin contar con México, sino que lo han excluido a propósito. Y esta exclusión no es culpa de Trump, sino de Sheinbaum.
Desde que se volvió a sentar en la Oficina Oval a inicios de su segunda presidencia, Trump ha estado en contacto con la presidenta de México, solicitándole unas veces y exigiéndole las más que actúe contra los cárteles que controlan grandes sectores de la economía y la política, y una sustancial parte del territorio de México.
Una y otra vez le ha ofrecido la ayuda de Estados Unidos para combatir y frenar este flagelo que azota a México. Solo ha logrado que le entreguen un puñado de capos que ya estaban presos, que capturen o maten a otros cuantos y que se decomisen varias toneladas de drogas.
Una y otra vez le ha ofrecido información sobre los lazos entre políticos mexicanos, muchos de ellos del partido político de la presidenta, y le ha solicitado, exigido, tomar acción contra ellos y contra la penetración del narco en la política mexicana.
La señora, que se ufana de tener la “cabeza fría”, ha toreado durante más de un año los ofrecimientos de Trump. Le ha estado entregando migajas de lo que pide. Decenas de gobernadores, senadores, diputados e incluso funcionarios de su propia administración siguen impunes, como si nada ocurriera.
Altos mandos del Ejército y la Marina, acusados con pruebas de estar involucrados en diversos ilícitos, siguen en sus puestos o disfrutan del retiro. Ilícitos que van desde el robo y tráfico de hidrocarburos, en cantidades industriales, hasta suministrar armas a los cárteles mexicanos.
Le manda migajas mientras continúa la tarea iniciada por su mentor, Andrés Manuel López Obrador, de terminar de desarmar la democracia mexicana y consolidar la autocracia que se inició con el desmantelamiento del poder judicial independiente entre septiembre de 2024 y junio del año siguiente.
Lo “toreaba” mientras le robaba combustible a los mexicanos para regalárselo a la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba. Cuando Trump se lo prohibió, aumentó el envío de ayuda que, más que humanitaria, es cómplice. Ayuda que le sirve a la narrativa de esos Panzones en sus últimos días. Ayuda que, además, esos desvergonzados venden a sus cautivos.
Le envía narcotraficantes a Trump y mata a algunos, mientras continúa la tarea iniciada por su mentor para cambiar las leyes en busca de perpetuar su “movimiento” en el poder. Lo acaba de intentar con una reforma electoral, rechazada por sus propios partidos aliados. Es que, a diferencia de un sistema totalitario como el cubano, en uno autoritario todavía hay que tener en cuenta a otras fuerzas políticas.
Así es que, el fin de semana pasado, Trump no invitó a Sheinbaum a viajar al Doral para unirse a una alianza continental contra los cárteles que operan en su país. No la tuvo en cuenta. Sin embargo, habló mucho de ella. Se burló de ella.
“Yo le digo: ‘Déjeme erradicar a los cárteles'. Y ella dice: ‘No, por favor, president’”. Dijo que le gusta la presidenta, que le cae muy bien, que es muy buena persona, que tiene una voz hermosa. Y enseguida, imitando una voz de mujer, soltó: President, president, president.
Un grosero, pero un grosero que toma acciones para proteger la seguridad de su país y de sus gobernados. Un grosero que le ha estado pidiendo y exigiendo a Sheinbaum que emprenda acciones para proteger la seguridad de su país y de sus gobernados, y por ende la del vecino con el que comparte una frontera de dos mil millas, con el que realiza más del ochenta por ciento de su comercio y en el que viven cuarenta millones de personas de origen mexicano.
Si no fuera por los complejos ideológicos, podríamos decir que son dos países hermanos. Sin embargo, a pesar de esa estrecha relación con Estados Unidos, la señora Sheinbaum y buena parte de su “movimiento” se sienten más cómodos apoyando una decrépita dictadura empobrecedora que abrazando la ruta de la seguridad y el progreso que le ofrece su libre comercio con Estados Unidos y Canadá.
A finales del año pasado, Donald Trump decía que negociaba con la narcodictadura venezolana la salida de Nicolás Maduro, y miren qué pasó el 3 de enero pasado. Hace unas semanas, decía que negociaba con la teocracia asesina de Irán, y miren dónde está Jamenei.
Este fin de semana, en Doral, Trump, mientras continúa conversando con Claudia Sheinbaum, reunió a un grupo de países en una alianza militar contra los cárteles que operan y florecen en el país de Claudia Sheinbaum.
Si yo fuera ella, tomaría nota.



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