Decía mi abuela que uno era un niño de teta cuando te comparaba con un individuo más listo, más cabrón, más extremista que tú, o que alguien más.
Yo nunca he sido extremista, excepto cuando intentan imponerme un criterio o una acción.
Aquí estoy hoy, 23 de febrero de 2026, tratando de vencer el sueño luego de un viaje desde un país en caos, queriendo recuperar la rutina deliciosa, pero mi boricua cubano me manda un segmento de Otaola en el que salen unos policías hijos de puta de la dictadura cubana tratando de desalojar —en medio de un campo que ellos mantienen improductivo— a una pobre familia del miserable conuco en el que sobreviven peor que los aborígenes que encontró Colón en esa, por entonces, apacible isla.
No soy fanático de nadie ni de nada, excepto de ser libre y obediente de las leyes de la democracia que disfruto. El individuo es polarizante, al parecer; la denuncia es efectiva, a mi parecer.
Ni Machado ni Batista hicieron algo así. Hijos de puta, estos reprimen por placer.
Qué tierra fértil, esa isla que amo, qué tierra fértil para germinar esbirros, jenízaros.
Y con ellos tendrán que lidiar los libres en el futuro próximo.
Duele ser cubano, a veces, muchas veces.

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