El lunes pasado tuve un buen día. Pasé muy buenos ratos. También el lunes pasado tuve un mal anochecer: caí por unas escaleras en mi propia casa. Por tonto, por comemierda, como dirían en Cuba; por pendejo, como dicen en México.
Sucede, como les conté, que soy muy frugal en el tema del calzado. Y aquí en la casa de México uso en las tardes un par de mocasines Flushos que mi padre me regaló en Madrid. Hechos a mano, de piel de primera, tonos azules, plantilla acojinada y suela ergonómica. Una maravilla.
El problema es que mi padre me los regaló en 1998, y ya ha llovido algo desde entonces. Durante todo ese tiempo los Flushos me han acompañado por todo el planeta, fieles a mis pies. Cómodos.
En 1998, mi cabeza portaba una cabellera envidiable. Tenía de pelo lo que carecía de madurez. Ostentaba una barba negra y disfrutaba de más energía que una locomotora rusa.
Ahora estamos en 2025. Ahora la cholla es un páramo, y la madurez aún no aflora. La barba es blanca con pespuntes grises. Por suerte todavía tengo la energía de una locomotora, pero ahora de cualquier lugar menos de Rusia.
Lo mismo le pasó a los Flushos. Hoy están llenos de arrugas, más suaves que nunca, pero ya están cansados. Tan cansados estarán que el lunes intentaron matarme.
Justo antes de bajar una de las decenas de escaleras de esta casa asesina, los Flushos doblaron una de sus medio desprendidas suelas y, tropezando, me lanzaron al vacío.
Al vacío no, a los escalones. Con las manos ocupadas, fracciones de segundos en los que tienes que tomar la decisión correcta: soltar lo que traes en las manos y protegerte, o intentar salvar lo material que portas.
Les dije, la madurez aún no aflora. Protegí lo material y pagué la caída con mi maltrecha humanidad. Rodillas contra escalones y jeta contra un pedazo de continente que aflora dentro de la casa.
Ya era hora de dormir y no presté mucha atención a la caída. Nada, a la cama, que mañana será otro día.
Y llegó mañana. Como siempre, despierto antes que amanezca. Despertó un guiñapo humano. Rodillas inflamadas, inamovibles y adoloridas. A rastras hacia el baño, tengo que subir cuatro escalones. Maldita casa.
La sorpresa no fue que pude subirlos, la sorpresa fue el reflejo de mi cara en el espejo. Rocky Balboa al terminar una larga pelea. La piedra del continente me jodió más que Apollo Creed o Iván Drago jodieron al semental italiano.
Pues nada, para mí es resignación. A seguir con la rutina, caminando como autómata con la cara machacada.
El problema es la gente, los que te quieren y los que te conocen. "¿Qué te pasó? ¿Te fajaste? ¿Te peleaste?".
"Nada, me caí".
"Toma ibuprofeno, paracetamol, analgésicos, antiinflamatorios, ponte hielo, árnica, fomentos, miel de abejas, vitamina E o K, quién sabe".
Yo no tomo nada, que me duela por tonto, por comemierda y por pendejo.
Duele más lo que pasa en mi mundo. En mi isla cautiva que colapsa en la miseria y la represión. En mi México querido que marcha feliz hacia un destino incierto, mientras aún no se libra de la corrupción rampante y la violencia generalizada.
Las rodillas sanarán, espero; la cara de Rocky martillado curará en unas semanas. Los Flushos, cansados, fueron a retiro. Felices por la despedida, me imagino.
No tomaré pastillas ni me pondré menjunjes. Porto dolores que ni las pastillas ni los menjunjes aliviarán.
No los porto por pendejo o comemierda, los porto por decente, por libre.
Omar, espero que ya estés mejor. Qué traías en las manos que no la podías soltar y tratar de protegerte? Por qué no tomar analgésicos
ResponderEliminarantinfalamatorios y aliviar los golpes con medicina natural?
No digas que eres pendejo o comemierda, cualquiera resbala y cae, como dicen en Cuba, te 'comes un boniato'. El difunto en jefe en Santa Clara tropezó y por poco se va del aire, en vivo y en directo.
Desde Lucerna, Suiza, te deseo una pronta recuperación.
Tu amiga periodista, Tania Quintero