sábado, 9 de mayo de 2026

La Habana hace 353 años

Grabado de Arnoldus Montanus (1671)

 

En 1674, La Habana llevaba solo siglo y medio de establecida a la orilla de la bahía de Carenas. Para entonces ya tenía tres fortalezas, varias iglesias y un hospital. Tenía un acueducto que llevaba agua de sobra para sus vecinos y visitantes —que eran muchos—, puesto que su puerto era punto de escala y agrupación de las flotas que venían e iban a España.

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Ese año fue el último del largo y fructífero mandato del capitán general y gobernador Francisco Dávila Orejón y Gastón, un gran tipo cuya vida nos muestra cómo era vivir en aquel imperio. Había nacido en Amberes —que hoy es Bélgica, pero por entonces pertenecía a España—; como militar peleó en Flandes, en Francia y en Portugal. Fue gobernador de La Habana y capitán general de Cuba entre 1663 y 1673, y terminó su vida, a los cincuenta y cuatro años, en Caracas, como gobernador de Venezuela.

En sus diez años en Cuba dejó muchas buenas obras en La Habana, tanto materiales como intangibles. En su corta vida escribió dos importantes libros; en uno de ellos así se despidió de la ciudad que lo enamoró:

¡Oh, Habana! Puerto ilustre, erario seguro, reposo de los mayores tesoros que ha visto el universo, quien te pudiera dar a conocer: como te considero en tu propia sustancia, que aunque no eres ignota, yo te he tenido por buena suerte debajo de mi cargo, mediante el desvelo que me cuestas; no solo conozco lo que eres, pero también lo mucho que intrínsecamente vales, (…) como todas las demás cosas elementales, bien pueden hacerte padecer, pero no valer menos, pues siempre tu gravedad asegurará poder y riquezas al que te poseyere (…) ¡Oh, Habana, la menor de América! Ante tu formal grandeza, célebre será en la posteridad de los siglos; consérvete Dios con perpetuo vínculo debajo de la Corona de Castilla, a cuyos Reyes, liberal te concedió, en premio de su muy Católico celo. [1]

Estas emocionadas palabras las escribió un tipo que nació en lo que es hoy Bélgica y sirvió como español en Cuba, que entonces era España. Mejoró muchas cosas en La Habana; contribuyó a su belleza y prosperidad.

Estoy escribiendo mi tercer libro, que es una historia de esa misma ciudad que todavía me tiene enamorado, aunque la abandoné hace más de treinta años. Me duele mucho escribirlo, porque el libro trata de cómo cada año que pasaba, la urbe crecía, florecía y aumentaba su importancia en el mundo.

Duele escribir sobre su desarrollo conociendo su estado actual. Hace más de tres siglos y medio, un gobernador nacido del otro lado del Atlántico vino a La Habana, la mejoró y se enamoró de ella. Duele escribir sobre cosas que hoy están destruidas y que, cada día que pasa, se destruyen más y más.

Hace sesenta y siete años, el hijo de un inmigrante español llegó a La Habana y se dedicó a destruirla. Cuando murió, no se extinguió su plaga. La Junta Militar de Barrigones que desgobierna Cuba la sigue destruyendo, como siguen destruyendo esa isla que, hace sesenta y siete años, era próspera y feliz.

Por eso escribo sobre su historia, con la ilusión de un día reconstruirla. Por eso sigo aquí, haciendo lo que puedo para ayudar a extinguir, de una vez y para siempre, esa plaga maldita que nos cayó a los cubanos. Para que podamos retomar la ruta del progreso, la libertad, la prosperidad y la felicidad.

Hace 353 años, un español se fue de La Habana enamorado de ella. Nunca imaginó que casi 300 años después, el hijo de otro español se dedicaría, hasta su muerte, a demolerla.

Por eso, ¿entienden que a esa dictadura totalitaria, comunista y empobrecedora hay que desaparecerla cuanto antes? Cada día que estén allí es un día más de destrucción, un día perdido para empezar la reconstrucción.

 

Foto: Diario de Cuba

 

[1]  Dávila Orejón Gastón, Francisco. Excelencias del arte militar y varones ilustres. Madrid: Julián de Paredes, Impresor de Libros en la Plazuela del Ángel, 1683 (pp. 110-111).


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