Las relaciones internacionales, como algunos matrimonios, muchas veces se asemejan a un juego de ajedrez. Imaginemos que el tablero es nuestro planeta y que las piezas del juego son los países. Como en todo lo humano, siempre hay un bando contrincante del otro.
Todo el que juega ajedrez sabe que es un entretenido asunto de estrategia. El objetivo final es lograr acorralar a la pieza que representa al rey de tu adversario. Tanto en la vida real como sobre el tablero, esto no se logra con uno o dos movimientos, sino con muchísimos avances y algunas retiradas tácticas.
Esos principios funcionan tanto si el jugador es un ecuánime y certero Garry Kasparov como si es una “mula en cristalería” como Donald J. Trump. Cada uno tiene su estrategia en su búsqueda de ganar el juego, aunque, a diferencia de las partidas del campeón ruso, en el ajedrez del presidente norteamericano las piezas son países y vidas humanas reales.
Digo todo esto porque, desde hace ya casi tres meses, tanto los cubanos libres como los cautivos de la isla —así como todas las personas de bien de este planeta— hemos estado como peones de este ajedrez en el que solo observamos cómo otros mueven las piezas. Como cubanos al fin, todos somos estrategas y todos creemos saber, mejor que nadie, qué se tiene que hacer para lograr la libertad de Cuba.
Esto aplica tanto para la cura del cáncer, el cambio climático, la ampliación del aeropuerto, la guerra de Ucrania o de Irán, o la mejor receta de sándwich cubano. Los cubanos creemos que nos las sabemos todas. La historia nos ha demostrado que sabemos bastante, pero mucho menos de lo que creemos saber.
En el caso de Cuba, en las últimas semanas hemos tenido la sensación de que el asunto se empantana al mismo ritmo que Trump se empantana en Irán. La teocracia se ha defendido como "gato boca arriba" y, por ello, tenemos al mundo "patas para arriba" con el precio del petróleo por las nubes. Tampoco hay que alarmarse de más: la economía no detendrá su crecimiento; crecerá menos, pero crecerá. Y la inflación, bueno, ya esa es de la familia.
Y sí, lo de Cuba ha demorado más de lo que anhelábamos. Porque, nuevamente, así como creemos que nos las sabemos todas, también queremos que lo que deseamos se cumpla rápido y como nosotros queremos. Por supuesto que, en este caso, como en muchas otras cosas, no ha sido así.
Hemos visto en las últimas dos semanas cómo la cabeza visible de la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba se ha ido envalentonando desde aquella reunión grabada donde, nervioso y demacrado, salió a hablar incoherencias. Fue el 5 de febrero pasado, días después de que Trump declarara a su dictadura como un “peligro especial para la seguridad nacional de Estados Unidos”. Nicolás Maduro apenas cumplía un mes de ser inquilino del sistema penitenciario norteamericano.
A partir de ahí, el sujeto y su pandilla empobrecedora han vivido como si cada día pudiera ser el de su final, pero —ellos lo han dicho explícitamente— cada día que sobreviven es una victoria. Y miren que ya llevan victorias: más de cien días y contando.
Y eso ha hecho, junto a las payasadas de la llamada “solidaridad mundial”, que Miguel Díaz-Contados crea que sus días no están tan contados como él pensó en un inicio. Que quizás, marrulleros como son, alguna circunstancia le dé solución al callejón sin salida al que su dictadura obtusa y asesina ha llevado a lo que queda de Cuba. Les ha sucedido antes, sucesivamente, en 1989, 1991, 1994 y 2016, por recordar solo algunas veces en que su existencia pudo haberse eliminado.
Ahora piensan —o al menos sus posturas eso hacen ver— que la pueden librar una vez más. Y así lo hacen porque Trump lo mismo sale un día con que Cuba is next, que luego le dice a Lula da Silva que él no le va a meter mano de manera militar al cascarón de régimen cuya bota gastada aún asfixia —y patea— a los cautivos de la isla.
Y aquí viene de nuevo lo del ajedrez: el corrupto Lula —que, entre paréntesis, pertenece al equipo de la dictadura cubana (piezas negras o blancas, eso no importa)— fue a la Casa Blanca a darle la mano. Después de haber estado diciendo que “Trump no tiene derecho a levantarse por la mañana y pensar que puede amenazar a otro país”, salió de la Oficina Oval declarando que “fue amor a primera vista”. No me quedó claro si Melania estuvo en la reunión.
Pues Trump le dijo que no le iba a entrar de frente a ese decrépito régimen. En La Habana, el monigote de los “días contados”, al mismo tiempo, gritoneaba que sus cautivos estaban dispuestos a “inmolarse” y dar su vida por la “revolución cubana”. Inmolados los tienen él y su junta militar: sobreviviendo a oscuras, cocinando con leña y matándolos de hambre, enfermedades y represión.
Gritonea —boconea, como se dice allá— mientras asiste a unas pantomimas militares en las que unos muchachos del servicio militar intentan operar unas baterías antiaéreas de la Segunda Guerra Mundial. La ridiculez es tan evidente que hasta el jovencito Nick Shirley, detenido e interrogado por esbirros cubanos, salió de la isla diciendo que “para el presidente Trump sería fácil tomar el control de Cuba”. La debilidad es tan evidente en el hecho de que una dictadura totalitaria vea un peligro en un chico que defiende la libertad y el sentido común.
Trump le dijo a Lula da Silva que no piensa meterle mano a Cuba, pero al mismo tiempo el USS Iwo Jima —el que despertó a Maduro y se lo llevó— sigue en el Caribe; el portaaviones USS Nimitz navega, rumbo norte, frente a las costas de Brasil en maniobras de “entrenamiento”; el USS Gerald R. Ford navega, rumbo oeste, con su cansada tripulación después de haber apoyado la operación contra el Cártel de los Soles en Venezuela y la operación Furia Épica contra la teocracia iraní. A pesar de ese cansancio, su estado operativo es deploy, en funciones.
El 16 de enero pasado escribí en mi blog:
En Caracas, el narcodictador bailaba y Padrino alardeaba. Cuando hace semanas leí en una fuente militar que Estados Unidos estaba volando aviones P-8 de control y comando en el sur del Caribe, le dije a mi amigo Álvaro: “Se van a tirar”. Y se tiraron.
Y es que, semanas antes de la extracción de Maduro, la Marina de Estados Unidos desplegó esos modernos aviones de reconocimiento frente a las costas de Venezuela. Hace unos días, CNN —que muchas veces ha jugado en este ajedrez para el equipo contrario— reportó sobre el incremento de los vuelos de reconocimiento alrededor de la isla de Cuba, al menos veinticinco de ellos. No solo con el P-8 Poseidon, sino también con los drones MQ-4C Triton y, el más importante, con el viejo pero letal RC-135V Rivet Joint.
Si nos alejamos y miramos el tablero de ajedrez, no nos va tan mal al equipo de los libres. Dos portaaviones avanzan hacia la zona, el USS Iwo Jima nunca se ha ido, los aviones de reconocimiento sobre Cuba parecen moscas alrededor de lo que esos dictadores han convertido a la isla; Marco Rubio se toma una foto con el general Donovan, jefe del Comando Sur, frente a un mapa de Cuba.
No solo eso; yo, que nunca he visto efectividad en la aplicación de sanciones —y mucho menos en su ejecución—, me quito el sombrero ante las últimas acciones de la administración Trump en este sentido. No sé qué les habrá dicho, pero Sherritt International —una minera canadiense cómplice de la dictadura desde 1991— recogió sus matules y se fue de la isla. Meliá Hotels, amantes y secuaces de Castro desde 1990, ha cerrado la mitad de sus, ahora vacías, instalaciones en Cuba.
En Brasil hay un Lula da Silva diciendo que Trump no le entrará a Cuba; en México, la taimada Claudia no ha podido mandar más tanqueros con combustible robado a los mexicanos; las empresas cómplices se retiran, los aviones espías rodean la isla, el Comando Sur se refuerza, dos portaaviones y sus grupos de ataque pasarán cerca, el barco de asalto USS Iwo Jima sigue ahí.
En La Habana, el monigote Díaz-Contados alardea de que si invaden será “un baño de sangre”. Me recuerda tanto a un guagüero dictador que bailaba desafiante un mes antes de que lo extrajeran.
Una cosa es lo que dicen los jugadores y otra lo que deja ver el tablero. Ya veremos —dijo un ciego y nunca vio—. Ojalá nosotros sí, aunque sigamos siendo peones de este juego, hasta ahora, sin fin.



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