Ayer tuve el honor de estrechar la mano de don Diego Suárez. Él escuchó por primera vez mi nombre hace unas semanas, yo escuché el suyo, y me enteré de sus acciones en pos de la libertad de Cuba, desde que era un niño. Un niño en aquella Cuba prisionera, allá por los años ochenta.
Ayer tuve el honor de estrechar su mano y el privilegio, no solo de compartir mesa, sino de disfrutar de casi seis horas de conversación fluida, enriquecedora, vitalizante e inusual. Dos cubanos conversando como si se conocieran de toda la vida. Y es que Cuba, cuando no hay maldad ni vanidad, une y no separa.
Diego Suárez cumple cien años. Representa aquel exilio original, al que llaman "histórico". Él no es histórico, es historia pura y dura, pero no es pasado. Con cien años, Diego es futuro, es actuar en pos de preservar y rescatar nuestra Cuba añorada, ahora pisoteada.
Estreché su mano centenaria, compartí mesa con un padre lúcido y divertido, conversé y reí con un patriota. Luchar por la libertad de Cuba no necesariamente tiene que ser solemne. Tiene que ser, eso sí, firme y decidido. Sin mezquindad entre nosotros y sin piedad con los que destruyeron nuestra bella isla.
Soy cuarenta y tres años menor que Diego Suárez, no más joven. En eso no hay quien le gane. Casi medio siglo. Con esa diferencia de tiempo ayer vimos que vivimos vidas paralelas. Él a gran altura, yo rozando el piso, pero paralelas. Valores y sentimientos compartidos.
Casi medio siglo de diferencia, dos cubanos, entre millones, que nuestra Cuba, antes próspera y autosuficiente, perdió bajo la bota de la epidemia castrista. Décadas y décadas expulsando a sus hijos, luego se preguntan, los dictadores, por qué la tienen sumida en la catástrofe humanitaria actual. Demasiado tiempo han permanecido destruyéndola.
Ayer estreché la mano de don Diego Suárez, un honor inesperado. Conversamos por casi seis horas, un privilegio memorable. Renovación de fe, certeza de que Cuba, pronto, será libre. Satisfacción de que don Diego, después de sesenta y cinco años de luchar por ella, caminará por sus calles y plazas con ese ímpetu y gozo de muchachón veinteañero.
Dicen que no hay mal que dure cien años, y tienen razón. Diego Suárez es bien, y tiene cien años y contando. Un honor y un privilegio.
Si quieren escuchar a este cubano sin igual, entre aquí. No se aburrirá.
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