De todos es sabido que lo que queda de la isla de Cuba está sufriendo una catástrofe humanitaria sin precedentes en su historia. La Junta Militar de Barrigones que la desgobierna ha llevado a sus cautivos y a su improductivo régimen a un callejón sin salida.
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La administración de Donald Trump les cercenó el cordón umbilical por donde le extraían la riqueza a Venezuela para sostener su improductivo régimen. Intentaron reubicarlo con la cómplice Claudia Sheinbaum en México y no tuvieron éxito; no por ella, por Trump.
Están en un callejón sin salida.
Normalmente, como lo demostraron a lo largo de sesenta y seis años, estarían sus funcionarios rasgándose las vestiduras en todos y cada uno de los foros internacionales. Desde la Asamblea General de las Naciones Unidas hasta cualquiera de esas inútiles organizaciones regionales.
Estarían mostrando actos de "solidaridad" mundial hacia su "bloqueada" revolución. Pavoneando el apoyo de sus cómplices y tontos útiles, desde el Parlamento Europeo hasta una facultad universitaria en la Conchinchina.
Y no, nada de eso: solo silencio.
Silencio de los dictadores, que significa que negocian. Silencio de los cautivos de la isla, que significa que son una ficha insignificante en el futuro de la isla, en su propio futuro.
Ya antes de que Trump declarara a la Junta Militar de Barrigones como una organización que daña la mera esencia de Estados Unidos, la isla de Cuba estaba sumida en esta misma catástrofe humanitaria que vive hoy.
Los hoteles ya estaban semivacíos, el transporte público era esporádico, los hospitales y policlínicos estaban colapsados, los cubanos de la isla sufrían epidemias de virus desconocidos, la comida escaseaba, las medicinas también, mientras la represión aumentaba.
Ya antes de las acciones ejecutivas de Trump aquello se caía a pedazos.
Ante sus cautivos, la dictadura cubana asumió una postura beligerante y recurrió al recurso manido de la "resistencia". No les importa que esto signifique llevarlos de regreso a la edad de piedra.
Mantienen su retórica numancista para los de adentro, pero ahora, por primera vez en su maligna historia, callan hacia afuera.
Todos sus tradicionales aliados, los importantes, de una manera u otra, se han distanciado.
Venezuela, sostén del régimen cubano por casi tres décadas, es hoy un protectorado norteamericano regenteado por Delcy Rodríguez y su camarilla.
Rusia mantiene el apoyo diplomático, pero no envía petróleo y evacúa a sus turistas de la miserable isla.
China: ni petróleo ni turistas; si acaso un poco de arroz y un puñado de dólares.
Canadá, aliado económico tradicional, cerró sus vuelos a Cuba. Cero turismo para una isla nada turística.
Incluso las empresas cómplices de la dictadura, las basadas en Estados Unidos y dedicadas a la venta y distribución de alimentos y artículos de consumo dentro de Cuba, las que lavan el dinero de la dictadura, están limitando sus operaciones ante el colapso interno.
Si antes de esta operación que ha montado Trump ya en Cuba no se producía casi nada, ahora no se produce nada.
Callejón sin salida, para los dictadores.
Dice Trump ―y dice Mike Hammer, el embajador inquieto― que negocian con los jefes en La Habana. Dicen las cabezas visibles de la Junta Militar que no negocian, pero lo principal, a mi modo de ver, es el silencio: cada día hablan menos, menos discursos, menos lloriqueo.
Algo está pasando.
Ya hasta se menciona el nombre de la Delcy cubana: Ana María Mari Machado, otra hija de puta.
Lástima que los cubanos, cocinando con carbón o leña lo poco que encuentran, sin servicios públicos como electricidad, agua, transporte o salud, también sigan en silencio.
Siguen en silencio aunque tengan que sepultar a sus muertos en cajas de cartón, como si fueran paquetes de Amazon. Eso es lo que son para esos dictadores: paquetes, no seres humanos.
Y siguen en silencio.
Vienen tiempos de cambios. Ojalá que sean de libertad, de prosperidad.
Ojalá que, para cuando ustedes lean esto, ya esos malnacidos hayan pasado, de una vez y para siempre, al mal recuerdo de la historia.
Ojalá hayamos aprendido la lección.
Ojalá.



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