Siempre les he dicho que la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba nunca ha tenido la capacidad —ni las ganas— de generar prosperidad para los cautivos que sobreviven bajo su totalitario cepo. No pueden producir un litro de leche, una libra de arroz ni un kilovatio de electricidad.
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Pero tampoco me canso de decirles que, en lo de esquilmar a otros países —o a los exiliados— no tienen competencia.
Fidel Castro, conocido en este mundo nuestro como el Orador Orate, y su sistema improductivo desangraron a la poderosa Unión Soviética. La madre del comunismo pudo derrotar a las hordas fascistas de Hitler, pero no pudo vencer la insaciable improductividad de un régimen parásito y terminó arruinándose mientras mantenía a un pichón de gallego que se apoderó del destino de la estratégica isla de Cuba.
El Orate los dejó secos.
De ahí vinieron las penurias del mal llamado “período especial”, cuando el Orate —según dicen— liberalizó la maltrecha economía, abriendo su reprimida isla al capital extranjero, sobre todo español, mexicano y canadiense. A todos los esquilmó. A todos los robó. Se lo merecían, por confiar en un ladrón, además de asesino.
En 1999 le cayó el bebé Chávez y la pequeña Cuba se convirtió en la metrópoli de un gran país. Durante cinco lustros, las garrapatas cubanas no solo empobrecieron al que había sido el país más rico de América Latina, sino que, como ya habían hecho en su isla cautiva, torcieron el tronco mismo de su sociedad.
Trump les habrá quitado a Maduro a los venezolanos, pero la Venezuela que sigue no será jamás la que fue destruida bajo la batuta habanera. Tampoco es que aquella fuera perfecta, pero, como Cuba antes de 1959, era perfectible, sin necesidad de arrancarla de raíz.
Ahora Trump les quitó a Maduro a los Panzones de La Habana. Les arrebató a su títere e instaló en Miraflores a otra figura igual de maligna, pero ya no subordinada a la Junta Militar cubana, sino a Washington.
Foto: Cuba sí
Cosas de la política y de los venezolanos.
Los Barrigones, humillados y sin el petróleo venezolano con el que al menos conseguían abastecer unas pocas horas de electricidad a los cautivos, han tenido, como siempre, suerte. Porque, como les repito, no producen un litro de leche, pero no tienen competencia a la hora de hincar sus colmillos en otro país para mantenerse en el poder.
Ya hemos visto que la nueva víctima es el México de la Cuarta Transformación, una autocracia taimada que, pese a pertenecer al bloque norteamericano, desde 2018 se ha alineado sistemáticamente con los enemigos de Estados Unidos, de la democracia y de la libertad.
Ya sabemos de los miles de médicos cubanos contratados por México y del regalo a los Barrigones de millones de barriles de petróleo robado a los propios mexicanos por su gobierno.
La operación de conquista acaba de dar un paso más. La Habana ha designado como embajadora en ese país a Johana Tablada y como número dos a su esposo, Eugenio Martínez, dos de sus más eficientes esbirros en política exterior.
Tablada, hasta ahora encargada de las relaciones con Estados Unidos, pasará a residir en la desproporcionada instalación que la República de Gobernantes Barrigones y Pueblo Desnutrido de Cuba mantiene como embajada en la avenida Masaryk de Polanco.
Foto: Cubadebate
Tendrán las puertas abiertas en el Palacio Nacional del Zócalo. Lázaro Cárdenas Batel, entrenado en Cuba y hoy jefe de la Oficina de la Presidencia, los conducirá hasta el despacho donde los recibirá Claudia Sheinbaum, “compañera de lucha” y aliada ideológica.
Sin el petróleo venezolano, Cuba y los Barrigones se hunden aún más en la miseria. Intentan subirse a un nuevo bote salvavidas, pero no es más que eso: un flotador temporal.
El barco ya se hundió. Ellos lo saben, pero no quieren que los cautivos se den cuenta. Les temen. Temen que, ante el hundimiento final, los cubanos pierdan el miedo.
Y cuando se pierde el miedo, se toman las calles.
Y cuando los oprimidos toman las calles, en cualquier parte del mundo, dejan de ser súbditos y se convierten en ciudadanos, en dueños de su destino.
Hoy, 21 de enero de 2026, los cautivos siguen a oscuras, con hambre, sin médicos ni medicinas, entre derrumbes y basureros, nadando en ríos de aguas albañales mientras los grifos de sus casas permanecen secos.
Hoy la Junta Militar intenta sobrevivir día a día. Intentan —e intentarán— exprimir de México todo lo que puedan. Pero México no es Venezuela, gracias a Dios, y en la Casa Blanca no está sentado un pusilánime como Biden ni un cómplice como Obama.
Los mexicanos acaban de dejarse arrebatar su defectuosa pero funcional democracia; acaban de perder su poder judicial independiente. Pero no creo que permitan que les roben el petróleo que les pertenece, el mismo que la actual presidenta defendía hace apenas unos años.
Además, la ineficiencia de la Cuarta Transformación ha provocado que Pemex, la endeudada paraestatal, extraiga cada día menos crudo. No alcanza para ellos, mucho menos para regalarlo.
Tanto los cubanos que sobreviven en la isla como los Barrigones que los desgobiernan se encuentran en un callejón sin salida.
La solución a la catástrofe humanitaria que arrasa lo que queda de Cuba depende de esos cubanos atrapados en una miseria sin salida.
Depende de ellos… o de la paciencia y el humor de Donald Trump.
Qué triste perder sesenta y siete años de existencia estúpida para terminar aquí.
Cuánta pérdida de tiempo.





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