En mi vida, como en la suya, ha habido decisiones, hechos que, sin uno saberlo en ese momento, definen y deciden una vida. Hoy les cuento una de esas. Ya verán por qué esta semana tropiezo con este tema.
Cuando yo tenía quince años, era un pichón de delincuente. No al cien por ciento, porque para esa edad había leído bastante y gracias a mi tío Florencio y a otras influencias era relativamente culto, pero pichón de delincuente.
Hasta diciembre de 1984 mi vida había transcurrido del lado sur de la calzada de Ayestarán, aunque nuestro pequeño apartamento estaba en la acera norte. Esa transitada calle dividía dos mundos. De un lado, hacia el norte, estaba la gran plaza de las marchas abyectas y el Vedado, amplia barriada que llegaba hasta el mar. Del lado sur empezaba el Cerro, un municipio que incluía zonas de clase media, como mi barrio, y legendarias áreas marginales como el Canal y Carraguao.
Pues bien, pasé la primaria en la calle Masó, todavía en una zona regularmente disciplinada. Escribió Cabrera Infante que Panchito Gómez era la calle más habanera de La Habana. En la misma cuadra vivían mi tío Florencio Gelabert y Virgilio Piñeira, dos buenos cubanos.
Va uno creciendo y llegó el tiempo de ingresar en la secundaria. Por avatares de la vida, y de mi padre —que luego les contaré—, terminé en una escuela secundaria en Pedro Pérez, esquina a Cocos. De un lado estaba el Platanito, del otro el Canal y, más al suroeste, el parque Piñera.
Fueron tres años divertidos. Aprendí en el aula y en la calle.
La evolución continuó y llegó el brinco al preuniversitario. Como bola de billar caí en el respectivo del Cerro, una antigua escuela normal de maestros, al lado del matadero de ganado de tiempos coloniales. Pero ahí se me acabó la diversión.
Entonces no le llamaban bullying, pero me dieron palos por todos lados. Eran como seis cabrones y la desigual bronca era a diario. Fue la primera vez que descubrí que algunos que se dicen amigos no lo son. Lección de vida. Tenía yo quince años.
Me dieron tantos palos que, cuando en venganza me disponía a clavarle una varilla de hierro, afilada a propósito, al líder de la pandilla, mi padre la descubrió y tomó rápidas medidas.
Como antes lo había hecho —ya les dije que les contaré—, nuevamente me cambió la vida. No sé qué maniobras ejecutó, pero terminé, además con dos amigos más —de los que les digo que ya no lo eran, pero él no lo sabía—, en uno de los dos preuniversitarios del Vedado.
El cambio fue como de la noche al día.
Allí conocí a Davide, a Ivette, a Aymeé, a Lelé, a Lidsy, a Elsa, a Nelson y a muchos más que pronto serían mis amigos para toda la vida. Salí de una tribu y entré a una sociedad. Repito: venía del Serengeti y llegué a la civilización.
Fue Davide quien, sin él saberlo, guio mi acceso a la amistad, la paz y el disfrute pausado de aquella juventud. Las lecturas, la música, las películas, las conversaciones, los periódicos La Repubblica y Corriere della Sera me abrieron los ojos y la mente al mundo exterior. Hasta nuestros días.
En todo esto, como centro, su casa en la calle 25, y en ella, Regla, su madre, de la que ya hablaremos. Ahora que veo la foto de abajo, me topo con un recuerdo feliz y con una realidad triste. Todos los chicos de esa foto, excepto Lidsy, vivimos ahora fuera de la cautiva. Cuánto capital humano ha perdido Cuba por causa de ese Orate y de estos Barrigones.
Ya estamos todos un poco maduros como para que esta reflexión cambie algo, pero es bueno recordar cómo un hecho simple, una decisión, puede cambiar definitivamente el rumbo de una vida.
Fue en uno de esos pasillos de aquel viejo convento que, presionado por la maestra Virginia, hice un “tin marín de do pingüé” y escogí estudiar Historia. Otra decisión que cambió mi vida.
Pero esa es otra historia.
P. D.: Lo expresado aquí es solo mi opinión, y nada más que mi opinión.


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