Como Aureliano Buendía, ante un pelotón de fusilamiento, recordó cuando su padre lo llevó a conocer el hielo, yo recuerdo el día en que conocí sobre la Navidad. Recuerdo el día, mas no el año, pero debe haber sido como por 1977 o 1978. Tendría yo ocho o nueve años.
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La conocí de casualidad, o más bien, por curiosidad. Jugaba con mi primo Carlitos en la inmensa mansión que heredó de sus abuelos y, de pronto, en un clóset, encontramos un árbol de Navidad y varias cajas de adornos navideños.
Niños aún, de inmediato, por instinto, lo armamos y decoramos. Sin saberlo, restablecimos una tradición a la que nuestros padres, indolentemente, habían renunciado.
No es que hubieran renunciado por voluntad propia, sino que, como en muchas otras cosas en sus vidas, habían aceptado una imposición, un capricho, del Orador Orate. Y es que, en 1969, en tiempo de las Navidades de 1969, año en que nací, el Orate canceló la celebración de la Nochebuena para mantener a los cubanos cortando caña en busca de lograr producir diez millones de toneladas de azúcar en la zafra de ese año.
Canceló las Navidades y los cubanos, obedientes, lo aceptaron. No me culpen, yo apenas tenía unos meses de nacido.
De más está decir que su desquiciada meta de los diez millones fracasó. De haberla logrado también hubiera sido un fracaso, puesto que habría desequilibrado el mercado azucarero mundial y pulverizado el precio del azúcar, generando pérdidas insostenibles.
El sentido común nunca fue de la mano de ese megalómano narcisista totalitario que destruyó a la nación cubana.
Canceló las Navidades de 1969, y aunque su absurda zafra fracasó, canceló las de 1970 y todas las demás hasta que mi primo Carlitos y yo encontramos ese árbol de Navidad con luces que todavía prendían.
A partir de entonces, cada 24 de diciembre, nuestra familia, ahora unida por otras nefastas circunstancias, se reunía alrededor de una mesa a celebrar la Navidad. Navidad despojada del sentido religioso, hay que decirlo. Nuestra familia fue más de adoración de vírgenes y santos que de tradiciones litúrgicas católicas, pero de que celebrábamos, celebrábamos.
No sé si para Carlitos, pero para mí esa celebración era como un acto de desafío. Provocación acentuada cuando la casa de al lado, perteneciente al pintor Domingo Ravenet y a una tía de Carlitos, fue adquirida por un joven chileno conocido como Guatón, que en chileno quiere decir panzón, o barrigón.
El sujeto se llamaba, se llama, Max Marambio, y por entonces era muy amigo del Orate. Se había casado con Lupe, hija de un lameculos profesional llamado Antonio Núñez Jiménez y que las malas lenguas dicen era hija del mismísimo Orate.
Con ese vecino al lado, resultó que el Orate, cada 24 y 31 de diciembre, en la noche, visitaba al chileno y a la Lupe. Al cabo, que la casa del otro lado, que también fue de la familia de mi primo, había sido confiscada desde mucho antes y convertida en escuela de los hijos del Orate.
Nos tenían rodeados. Y sí, nos rodeaban. En cada visita del barbudo fabricador de fracasos se nos llenaban la casa y la azotea de militares de su guardia personal. El dictador era, al parecer, muy miedoso. Y allí, entre los militares escoltas, estábamos nosotros y aquel, desafiante, arbolito de Navidad.
Años después, tras la disolución de la Unión Soviética, que demostró el fracaso del régimen totalitario cubano, el Orate, luego de una visita del pontífice polaco, permitió de nuevo la celebración del nacimiento del niño Jesús.
Como decía Groucho Marx: “Estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros”.
Para entonces, a mí ya me daba igual. Había decidido que no iba a llegar a mi adultez en ese manicomio totalitario.
Hoy mi primo Carlos y yo vivimos en libertad, tres décadas ya en libertad. Y, sin embargo, las acciones del ahora difunto Orate siguen jodiéndonos la celebración de la Navidad. Los que antes celebrábamos alrededor de aquel desafiante árbol, estamos ahora dispersos en varios países, incluyendo algunos, muy queridos, que aún sobreviven en la isla del fracaso.
No solo eso: a pesar de estar treinta años en tierra de libertad, cualquier celebración como esta nunca es completa. Nunca es completa por el dolor que conlleva saber de esa isla a oscuras, llena de basura, llena de gente hambreada, abandonada. Con cárceles llenas de presos políticos, reprimidos y también hambrientos.
El Orate prohibió la celebración de la Navidad en 1969. La Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba extirpa aún hoy en día la celebración de la Navidad, la celebración de la esperanza, la celebración de la vida digna.
Como dijo un cubano digno: “Mientras en otras partes del mundo se reparten regalos, en Cuba se reparten condenas”.
No soy vengativo, pero de verdad me gustaría ver algún día a varios de esos Panzones frente a un pelotón, como Aureliano Buendía.
De cualquier manera, feliz Navidad a todos. No hay mal que dure cien años, pero este que nos cayó a los cubanos lleva ya sesenta y siete.
Del carajo.



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