miércoles, 14 de enero de 2026

Trump conversa con La Habana, no con Díaz-Canel

 

Foto: Granma

Desde el sábado pasado, las declaraciones de Donald Trump sobre el previsible y esperado fin de la dictadura cubana nos han llenado de esperanza a todos los cubanos libres. Ese día, el anciano presidente se levantó de la cama con ganas de seguir jodiendo a dictadores.

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La semana anterior, con la mano en la cintura, metió ciento cincuenta aviones en los oscurecidos cielos de Caracas y, en un abrir y cerrar de ojos, sus fuerzas especiales extrajeron al sátrapa Nicolás Maduro y a su esposa.

A los caraqueños —que además de la lluvia de bombas inteligentes que suprimieron las inútiles defensas antiaéreas, sintieron una llovizna de raro olor—, les aclaro que no provenía de una nube, sino de Maduro meándose repetidamente.

Por eso lo cambiaron de ropa tantas veces durante el trayecto. Como si fuera una Barbie: viste y desviste. Qué gusto da ver a un abusador humillado.

Pero regresando a Trump: el sábado pasado se levantó con ganas de tumbar dictaduras y puso su atención en la más longeva del planeta. Se focalizó en la dictadura iniciada por Fidel Castro, el Orador Orate, hace sesenta y siete años, y heredada por la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba.

Esa dictadura, además de reprimir y mantener en la miseria a los cautivos de la isla, demolió un país antiguamente próspero y autosuficiente, convirtiéndolo en un parásito pedigüeño.

Es, además, la cabeza más maligna de la sierpe totalitaria. De ella emanaron las dictaduras de Venezuela y Nicaragua. Intentó implantar su sistema siniestro en Chile, Ecuador, Granada, Jamaica, Panamá y otros países de este hemisferio, así como en África y Asia. Lo sigue intentando hoy, ahora con México.

Trump dijo que los días de esos ineptos Panzones están contados, que o se van por sus propios pies o les tocará su turno. Dejó entrever que les aplicará la misma quimioterapia que le aplicó al cáncer de Maduro.

Dijo también que su gobierno está en conversaciones con La Habana, lo cual veo muy bien. Es mucho más fácil que se suban en su mugriento avión y se larguen adonde sea. No es que merezcan irse en paz —sería más reconfortante verlos meándose de miedo en un helicóptero estadounidense—, pero si se van por sí mismos nos ahorramos tiempo y dinero.

Ya después los buscaremos.

De inmediato, salió el Barrigón número 1, conocido como Díaz-Canel —el puesto a dedo, o el… hay otra palabra muy adecuada que no me gusta decir—, a declarar que no existe ninguna conversación con el gobierno de Trump. Y que, de existir, tendría que basarse en su cantaleta habitual: soberanía y no injerencia en los asuntos internos de los pueblos.

No había terminado de decir eso cuando culpó a la ley de ajuste cubano de que los cubanos huyan de una Cuba en ruinas y sin futuro. Una ley que es, por cierto, un asunto interno de Estados Unidos. Así son ellos.

El problema de este imbécil es que no se da cuenta de que, si el gobierno de Trump habla con alguien en La Habana, no habla con él. Díaz-Canel y el Marrano que llaman primer ministro no son más que fusibles desechables del poder real, que dirige esa Junta Militar y controla la organización mafiosa que se autodenomina gobierno de Cuba.

Recuerden lo que le pasó a Gil; antes a Robaina, Aldana, Pérez Roque o Lage; o peor aún, a Ochoa y a La Guardia. Fusibles quemados por los dueños del garito.

¿O cómo creen ustedes que ciento cincuenta aviones atravesaron todo el estado de La Guaira, sobrevolaron la cordillera que separa a Caracas de la costa y extrajeron a Maduro de su resguardada madriguera?

Las fuerzas armadas de Estados Unidos demostraron que no tienen competencia en el mundo, gracias a Dios. Pero contar con información precisa sobre en qué recámara dormía el dictador y su esposa indica que alguien dentro de ese narcorrégimen estaba conversando con Washington.

Qué casualidad que Delcy Rodríguez, ese 3 de enero, estuviera en Moscú.

Si la gente de Trump habla con alguien en La Habana, no es ni con Díaz-Canel ni con Marrero. Y, cuidado: con el ego que se gasta el viejito hiperquinético, no duden que le encantaría tener a uno de estos ineptos como vecino de Maduro en Nueva York.

Bueno, a mí también me encantaría.

Díaz-Canel, como Maduro días antes de ser extraído mansamente, salió a gritonear en defensa de su ahora encarcelado cómplice. Como es un inepto y un idiota, no se da cuenta de que probablemente le apliquen el mismo método.

Es tan inepto que cree que él tiene el poder en Cuba. No: es un títere de sus amos. Peor aún, fue él quien el 11 de julio de 2021 anunció que “la orden de combate está dada”, autorizando la represión violenta contra quienes pedían cambio y libertad.

Durante años dijeron —incluso en la ONU— que no tenían personal militar en Venezuela. Hoy reciben treinta y dos paquetes de picadillo humano gracias a los chicos de la 160th. Y hoy este inútil vuelve a decir que no hay conversaciones con Washington.

Qué clase de comermierda, diría mi abuela.

 

Foto: El Vigía de Cuba
 

El otro día les dije que tenía dudas de que Trump se decidiera a meterle mano a la cabeza de la sierpe. Ayer, un buen amigo —a quien aprecio y respeto mucho, y que maneja información de primera mano—, cuando le pregunté del 1 al 10 cuáles eran las probabilidades de que al fin nos liberáramos de este cáncer, me respondió: 20.

Ojalá sea el final de este largo túnel oscuro. Que se vaya la muerte de la Patria y regrese la vida.

Nos vemos pronto. Esto se está poniendo bueno.

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