Si usted vive, vivió o visita lo que queda de La Habana, podrá ver los vestigios de lo que fue la Cuba próspera y libre de la que nos “liberó” el Orador Orate a partir del 1 de enero de 1959.
Una ciudad cuya prosperidad, desde la segunda mitad del siglo XIX —hace casi doscientos años— desbordó las murallas, se expandió y floreció como ninguna otra en la cuenca del Caribe.
Yo, que he dado más vueltas que una piedra de río revuelto, les puedo decir que La Habana tiene un urbanismo casi sin igual en el mundo. Ya quisieran Miami, Ciudad de México —que para tanto auto no está tan mal— o cualquier ciudad de Latinoamérica tener un trazado urbano tan fluido como el de La Habana.
No en balde le decían el París de América.
Y no solo por sus avenidas, sino también por su arquitectura y sus monumentos. Edificios y conjuntos construidos con buen gusto y excelentes materiales. Levantados no por el Estado, salvo excepciones, sino por particulares: por cubanos libres.
Cubanos libres que incluso organizaban colectas públicas para erigir monumentos en homenaje a sucesos y personalidades importantes de nuestra historia.
Uno de ellos, la tumba de José Martí en el Cementerio de Santa Ifigenia, es una maravilla arquitectónica. Diseñada con sobriedad, buen gusto y una ingeniería notable. Los restos del Apóstol de la República permanecen siempre iluminados por el sol, a pesar de encontrarse a más de diez metros bajo el nivel del suelo.
No les haré la historia de ese mausoleo. Solo les diré que cuando uno lo visita —como lo hice siendo niño— queda, y quedé, para siempre impresionado. Incluso un niño se sobrecoge ante la solemnidad del monumento, construido de acuerdo con la magnitud de su inquilino.
Perdónenme lo extenso del preámbulo, les traigo todo esto porque ahora que sacaron a la momia de Raúl Castro para homenajear paquetes de picadillo mercenario y lamerle las botas a un general ruso, pude ver que el individuo ya tiene preparado su propio mausoleo.
Hay que reconocerle que fue previsor. Allí ya reposan las cenizas de su esposa, persona de recuerdo igualmente nefasto.
Y lo que hoy llaman mausoleo no es más que un pedazo de roca: cantera burda, apenas pulida. Un hueco en el centro, y listo.
Estoy seguro de que ellos —los Castro y los cuarenta ladrones de su pandilla— dirán que es por modestia y austeridad. Yo digo que no. El tiranuelo se va a tener que meter en una piedra porque ya no queda ni dinero ni talento en lo que queda de isla.
Comparen cualquier calle del Vedado o de Miramar. Comparen sus edificaciones —hoy en ruinas, pero cuya belleza aún se percibe bajo el óxido de las cabillas— con los edificios de Alamar o con los horrendos doce plantas —que solo tenían once— levantados por el castrismo cuando lo sostenían los soviéticos.
La bella y la bestia, llevadas al plano de la arquitectura.
Así, el rastrojo humano que hoy es Raúl Castro irá a meterse en esa piedra. Eso si no lo extraen antes, en medio de la noche, y termina jugando dominó con Maduro en Nueva York.
Y este segundón lo será incluso en la sepultura. No fue original en nada durante su vida y, ni siquiera al preparar su muerte, pudo evitar imitar a su hermano barbudo.
Es sabido que el Orador Orate se hizo enterrar en un pedruzco extraído de la Sierra Maestra. Una roca arrancada de las montañas desde donde, con una guerrilla y tres tiros, se hizo del destino de Cuba y de los cubanos.
Una piedra, como la de su hermano imitador. He visto una foto de los Panzones de la Junta Militar que desgobierna lo que queda de Cuba rindiéndole honores, con su vientres pronunciados y sus caras acongojadas.
Una piedra para uno, otra piedra para el imitador.
Dos piedras para dos tiranos.
Nos la pusieron fácil a los libres cuando recuperemos lo que queda de nuestra tierra: dos grúas, dos dollys, una patana, y pasando frente al Morro de Santiago de Cuba, ponerlas al pairo sobre la Fosa de Bartlett.
Y ya saben: dejarlas caer. Que viajen suavemente hasta el fondo, a siete kilómetros de profundidad. Voilá. Quien los extrañe, que les eche flores al mar, como ellos hicieron con Camilo Cienfuegos.
Pero antes de terminar quiero señalar otro detalle. Uno que revela la psicología retorcida del Orador Orate.
¿Saben dónde instaló su horrible guijarro?
A unos metros del mausoleo de José Martí, ese que me impresionó tanto siendo un niño.
Una piedra de tosca cantería junto a un mausoleo de mármol.
Los restos de un dictador totalitario al lado de los de un poeta patriota.
Los del destructor de una nación junto a los de su fundador.
Como dirían los mexicanos: pinche igualado de mierda.



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