Hace unos días se cumplieron sesenta y siete años de que Fidel Castro, al frente de una caravana de tanques de guerra y jeeps, entró a La Habana. De por sí eso tendría que haber bastado a sus ciudadanos para comprender o prever lo que les deparaba el futuro.
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No les bastó; al contrario, la ciudad, como una novia enamorada, se entregó con alegría al amor desconocido.
En mi libro Se acabó la diversión lo cuento así:
Por ese litoral apareció el 8 de enero de 1959 un Fidel Castro triunfante, en una caravana de tanques de guerra y transportes militares capturados a sus regordetes enemigos, sobre los que sonreían los famosos jóvenes barbudos de la Sierra Maestra. Castro había partido desde Santiago de Cuba en un peregrinaje similar, y en similares circunstancias fundacionales, al que realizara Tomás Estrada Palma como presidente electo en 1902, y recorrió toda la extensión de la isla hasta La Habana en una reedición de la Caravana de la Victoria que había hecho Prío en 1948. Fue probablemente, si no el primero, sí el más largo anuncio publicitario político en la era de la televisión. Durante ocho días el país entero se mantuvo al tanto y a la espera de su nuevo salvador y su cohorte de melenudos que portaban, junto a sus armas, medallas de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona católica y sincrética del país.
Lo que dije en ese párrafo fue totalmente cierto. La caravana fue un acto de propaganda muy efectivo. Pero, reflexionando un poco más, también fue un acto de miedo.
Un acto de miedo, de precaución, del Orador Orate. La madrugada del 1 de enero de 1959, el dictador de tercera Fulgencio Batista no fue derrocado: simplemente huyó. Dejó un vacío de poder que muchos se disputaban.
El Orate envió a La Habana a dos de sus más cercanos ayudantes para que tomaran los principales cuarteles del Ejército Constitucional. A Camilo Cienfuegos lo mandó a Columbia, la sede central de las fuerzas armadas, y a Ernesto Guevara a La Cabaña, una fortaleza prisión que pronto el argentino convertiría en matadero de hombres libres.
Los mandó por delante, a ver qué les pasaba, a ver cómo les iba, por si acaso, como se dice en Cuba. Había hecho lo mismo el 26 de julio de 1953 cuando, asaltando un cuartel de ese mismo ejército, mandó a sus hombres por delante, a dar y a recibir plomo.
Él, sin embargo, no disparó un tiro ni entró al cuartel. Les digo: un cobarde.
Y he pensado esto tras ver la fácil captura del narcodictador Nicolás Maduro. Después de tanto alardear de valiente, se lo llevaron mansito, hasta deseándole a sus captores happy new year.
No estuvo solo el Orador Orate en eso de ser un dictador cobarde. Miren cómo terminó Gadafi en una alcantarilla, Saddam Hussein en un aljibe o Noriega en casa de un cura.
Iguales en lo cobardes, pero, como el 8 de enero de 1959, el Orador Orate les aventajó en astucia. Murió tranquilo y en paz en su casa robada.
Qué lástima.


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