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Acabo de ver un documental dirigido por Ricardo Vega y producido por la escritora y patriota cubana Zoé Valdés. Un documental donde se proyectan imágenes de ese fenómeno histórico al que denominan Revolución cubana. Es como ver en imágenes lo que escribí en Se acabó la diversión.
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Viendo esos reels, o
cortos, veo escenas que enriquecen, o mejor dicho, completan, mi visión de lo
que pasó en esos convulsos años.
Veo, en primer lugar, a un pueblo
—palabra que ustedes saben que aborrezco— entusiasmado ante la sarta de
mentiras que un orate les decía, les prometía.
Veo a esa gente pidiendo paredón
contra curas y opositores, pidiendo que los fusilen.
Veo imágenes de cuando, durante
la llamada Ofensiva Revolucionaria, las turbas comunistas decomisaron todas las
mercancías de los pequeños comerciantes que aun subsistían. Como si tener un
inventario en un negocio privado fuera un pecado.
Pero lo principal: veo a todos
esos cientos de miles de cubanos adorando a un imbécil con evidentes dotes
oratorias. A un “hijo de papá” que nunca tuvo un empleo productivo.
Y en las imágenes que Zoé
recopiló se ve a simple vista que el sujeto, Fidel Castro, el Orador Orate, era
un psicópata compulsivo.
Si en mi libro se evidencia esta
condición, en las imágenes que compilaron Zoé y Ricardo Vega se aprecia a
simple vista el nivel de locura de este tipo.
Es increíble que un individuo
como este, y toda su pandilla de ineptos, hayan logrado hacerse del destino de
todo un país alegre y próspero.
Consecutivamente se ven
fragmentos de los discursos del Orate prometiendo riquezas, producción,
abastecimiento, mientras decenas de miles de cubanos lo vitorean.
Cubanos que iban camino a lo que
viven hoy, o malviven, en la isla fallida. La generación de los padres de mis
padres, la de mis padres. Suerte tengo de que mi abuelo Papá Lelé, respetado
como nadie, desde el 1 de enero de 1959 les dijo a sus hijos todo lo que venía.
Predicción certera.
El documental nos muestra la
genuflexión del Orate Barbudo ante sus amos de Moscú cuando apoyó y defendió la
masacre ejecutada por los zares comunistas en Checoslovaquia. Era 1968, el año
de esa Ofensiva Revolucionaria.
Cosas de la vida, de la política
“antimperialista”, siempre podrida: once años después, el mismo Orador Orate,
abyecto de los soviéticos, fue anfitrión de una cumbre de países que, según
decían, no se alineaban ni con Moscú ni con Washington.
Daría risa en otra situación,
pero menos de un año después, en 1980, más de cien mil cubanos huyeron de ese
manicomio en medio de humillantes actos de repudio.
El “pueblo” de Cuba es ese mismo
que yo ahora quisiera ver libre, pero hay que recordarle sus acciones.
La verdad es que yo llevaba años,
décadas, sin ver al Orate en su acto. Todo lo que he escrito hasta ahora, hasta
ver este documental producido por Zoé, fue a partir de mi memoria y de
documentos oficiales.
Pero reencontrarme con el sujeto,
en imágenes, después de treinta años, ya siendo quien les escribe un tipo
maduro —no mucho, pero lo suficiente—, permite ver a simple vista que era un
Orate embaucador.
Aun sin ver las imágenes ya lo
había contado; ahora que las vi quedé asombrado de cómo tantos respetaron y
temieron a este maníaco.
Después de prometerles a los
cubanos que en pocos años iban a estar nadando en leche fresca y con el
colesterol por el cielo de tanto comer carne, pollo y huevo, les —nos— metió un
racionamiento de alimentos y productos de consumo que, lánguidamente, persiste
hasta nuestros días.
Foto: Youtube
Antes de que los cubanos le
entregaran su destino, ellos mismos podían comer lo que quisieran, siempre que
les alcanzara el dinero, como en cualquier país libre. Trabajabas, ganabas
dinero y podías comer lo que quisieras.
Después de la instauración del
totalitarismo, específicamente en 1962, esa libertad también desapareció. Desde
entonces, hasta nuestros días, los cautivos de la isla de Cuba no pueden decir:
“Voy a comprar esto o lo otro”; ahora tenían —tienen— que decir, o mejor dicho,
preguntar: “¿Qué llegó a la bodega?”.
Como les conté en mi libro, el
racionamiento se sintetizaba en una frase: “Hay, pero no te toca; te toca, pero
no hay”.
En fin, el documental producido
por Zoé Valdés es una memoria gráfica de todas las estupideces que este
individuo hizo para destruir un país próspero y libre.
Se mantuvo hablando mierda
durante cuarenta y siete años, Orador al fin. Se mantuvo destruyendo y jodiendo
todo lo que tocaba durante ese mismo tiempo, Orate al fin.
Uno hubiera pensado que, cuando
estiró la pata en 2016 y se mudó a la rústica piedra que le sirve de sepultura,
aquel manicomio se iba a enderezar, o al menos a empezar a cambiar el rumbo
hacia la sensatez.
Tuvieron una oportunidad única.
El presidente Barack Hussein Obama les había otorgado la victoria. Ellos, los
Castro y su régimen, habían ganado el diferendo bilateral sin hacer nada.
Obama les abrió las puertas de
Estados Unidos.
Incluso La Habana se llenó de
gringos y de celebridades que llegaban a disfrutar lo snob del museo
totalitario que por entonces era la isla.
Y no: los que heredaron el trono
del Orador Orate, esos de la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que
queda de Cuba, fueron tan ineptos —lo siguen siendo, que conste— que dejaron ir
una oportunidad única.
Al contrario, atacaron con un
arma sónica a la recién abierta embajada de Estados Unidos. Dejaron a sus
funcionarios contando estrellitas y caminando como borrachos.
Actuaron como en la conocida
fábula de la rana y el escorpión. La ponzoña está en su esencia.
De 2016 a 2026 se han mantenido
hablando la misma mierda que el Orate, con menos locuacidad o elocuencia, con
mucho menos arte. El Orate no era un inepto: era un hijo de puta, muy
inteligente, talentoso, pero muy hijo de puta.
Los Barrigones de la Junta
Militar que se dice Gobierno de Cuba son, a la vez, ineptos e hijos de puta.
En 2016 pudieron haber
reencauzado su dictadura maligna; hasta tuvieron la oportunidad, que les dio
Obama, de mantenerse en el poder mientras liberaban las capacidades productivas
de los cubanos.
En vez de eso, se atrincheraron
en sus discursos vacíos mientras dejaban que el país se cayera a pedazos, hasta
llegar a la catástrofe humanitaria que hoy aqueja a lo que queda de la isla.
Como les he estado diciendo, su
barco se hunde. No tiene remedio, no tiene reparación posible. Como una fruta
cuando se pudre. No hay vuelta atrás.
Imagino que Zoé Valdés y algún
director de su preferencia ya estén preparando el guion de otro documental.
Ahora sobre estos imbéciles malignos que heredaron las ruinas que les dejó el
Orate y las convirtieron en desolación absoluta.
Foto: Infobae
De ese guion solo faltaría el
final. Ese depende de Trump, o de los cubanos de la isla.
O de ambos, quién sabe.